Posted in

El Último Taquillero de Atocha

El olor a hierro fundido y carne quemada no debería existir en una de las estaciones de tren más transitadas de Europa. Y, sin embargo, a las tres de la tarde de un martes aparentemente normal, ese fue el hedor exacto que golpeó el rostro de Mateo Vargas cuando la impresora térmica escupió el billete número 402 del día.

Mateo parpadeó, sacudiendo la cabeza. Frente a él, a través del cristal blindado de la taquilla número siete, un hombre con un abrigo de lana raído y la mirada perdida tamborileaba los dedos sobre el mostrador.

—Su billete a Santiago de Compostela, señor —dijo Mateo, pero su voz se quebró al leer los dígitos impresos en el cartón rígido.

El código de barras, esa secuencia rutinaria de números que sus ojos habían escaneado miles de veces durante sus treinta años de servicio en la estación de Atocha, estaba mal. Completamente mal. No era el formato estándar de Renfe. Era una fecha. Y un número de convoy. ALVIA 04155 – 24/07/2013.

Un escalofrío glaciar le recorrió la columna vertebral. Ese tren no existía. Ese tren era un fantasma. Ese era el tren de la curva de A Grandeira. El tren de la tragedia de Angrois.

—Señor —tartamudeó Mateo, intentando retirar la mano con el billete, pero los dedos del hombre ya habían apresado el cartón con una fuerza sobrehumana. La piel del pasajero estaba helada, con la palidez cenicienta de un cadáver.

—Llego tarde —susurró el hombre. Su voz sonó como el eco de un túnel oscuro, saturada por el ruido de metales retorciéndose—. Mi familia me espera en la curva.

Antes de que Mateo pudiera gritar, el hombre se dio la vuelta y se disolvió entre la multitud que pululaba bajo la inmensa bóveda de cristal y acero. El jardín tropical de Atocha, con sus palmeras exhuberantes y su humedad asfixiante, pareció retorcerse por un instante. Las hojas verdes adquirieron un tono mortecino, y el sonido del agua de los estanques de tortugas se transformó en un murmullo de llantos ahogados.

Mateo retrocedió en su silla, hiperventilando. Se frotó los ojos con los nudillos hasta ver chispas. “Es el estrés”, se dijo a sí mismo. “Es la falta de sueño. El aniversario de la muerte de Clara me está volviendo loco”.

Pero entonces miró la pantalla de su ordenador. El sistema no mostraba los trenes del día. Las líneas de código parpadeaban en un rojo sangriento, desplazándose hacia arriba como un pergamino macabro.

15:30 – Expreso a Chinchilla. Vía 4. (3 de junio de 2003. Choque frontal. 19 muertos). 17:45 – Correo a Torre del Bierzo. Vía 8. (3 de enero de 1944. Colisión múltiple en el túnel 20. Cientos de muertos). 19:20 – Regional a Urduliz. Vía 2. (9 de agosto de 1995. Choque frontal. 13 muertos).

No era una alucinación. El sistema central de emisión de billetes de Madrid Atocha había sido secuestrado por el pasado, por los ecos de las mayores tragedias ferroviarias de la historia de España. Y él, Mateo Vargas, un simple taquillero a un año de la jubilación, había estado vendiendo pasajes de ida hacia la muerte durante las últimas siete horas.

Calculó mentalmente. Trescientos pasajeros. Trescientos inocentes, estudiantes con mochilas, ancianos con maletas de cuadros, familias con niños pequeños, todos ellos caminando alegremente hacia andenes que, de alguna manera inexplicable, se habían convertido en portales hacia líneas temporales condenadas.

El terror, un terror puro y primitivo, se apoderó de sus entrañas. Miró el reloj digital que colgaba sobre las pantallas de salidas. Las 15:15. El próximo tren, el convoy fantasma hacia Chinchilla, saldría en quince minutos.

—¡Tengo que parar esto! —gritó Mateo.

Arrancó los cables de su terminal de venta. La pantalla chisporroteó y se apagó, pero la impresora térmica cobró vida por sí sola, escupiendo billetes en blanco a una velocidad vertiginosa. El papel caía al suelo como una cascada interminable, serpenteando alrededor de los zapatos ortopédicos de Mateo.

Golpeó el cristal de la taquilla contigua, donde su compañera, Lucía, atendía a una joven pareja.

—¡Lucía! ¡Lucía, no les vendas nada! ¡El sistema está corrupto! ¡Los trenes están malditos!

Read More