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El Último Tango en Málaga

El olor a almendras amargas se mezclaba con el perfume caro y el sudor frío. Mateo giró sobre el mármol pulido, su brazo derecho sosteniendo con firmeza la cintura de su compañera, una bailarina de tez pálida y ojos vacíos que parecía tan aterrorizada como él. El bandoneón lloraba una melodía desgarradora desde el rincón oscuro del inmenso salón, marcando un compás que, de repente, se había convertido en el tictac de un reloj fúnebre.

A su alrededor, la élite de la Costa del Sol caía como marionetas con los hilos cortados.

El primer jadeo apenas se había escuchado por encima de las notas de “La Cumparsita”. Había sido el alcalde, un hombre corpulento y de rostro enrojecido, que se había llevado las manos a la garganta antes de desplomarse sobre una mesa de cristal, destrozándola en una lluvia de diamantes afilados. Mateo, llevado por el instinto de años en los escenarios de Buenos Aires, había intentado detenerse. Sus músculos se tensaron, dispuesto a soltar a su pareja y correr hacia la salida, pero entonces la vio.

La pantalla del teléfono.

El anfitrión de la velada, Don Alejandro Valbuena, un magnate de la naviera con la mirada fría de un tiburón blanco, estaba sentado en su trono de terciopelo rojo en el extremo opuesto del salón. No había tocado su copa de champán. Mientras los demás invitados —políticos corruptos, banqueros sin escrúpulos, herederos de fortunas manchadas de sangre— comenzaban a convulsionar en el suelo, asfixiándose en un silencio macabro ahogado por la música ensordecedora, Don Alejandro levantó un teléfono móvil.

La pantalla brillaba en la penumbra. Desde la distancia, la vista de Mateo, aguda como la de un halcón, captó la imagen en directo. Era el pequeño apartamento de Mateo en el barrio de El Palo. Su esposa, Lucía, estaba atada a una silla de la cocina, con el rostro bañado en lágrimas y una mordaza en la boca. A sus pies, sus dos hijos, de apenas seis y ocho años, temblaban bajo la sombra de un hombre corpulento que sostenía un arma con silenciador apuntando directamente a la cabeza de la mujer.

Don Alejandro sonrió. Una sonrisa delgada, cruel. Levantó un dedo, señalando a Mateo, y luego trazó un círculo en el aire. Sigue bailando. El mensaje era claro, cristalino como el veneno que estaba disuelto en las copas de cristal de Bohemia. Si la música se detenía, si Mateo dejaba de bailar antes de que el último acorde del tango resonara en la sala y el último invitado exhalara su último aliento, su familia sería ejecutada.

El corazón de Mateo golpeaba contra sus costillas como un pájaro enjaulado presa del pánico. El terror era un bloque de hielo en su estómago. Su mente gritaba, exigiendo auxilio, pidiendo despertar de aquella pesadilla dantesca. Un magnate español estaba asesinando a cincuenta de las personas más poderosas del país en su propia mansión, y él, un exiliado argentino que apenas tenía para pagar el alquiler, era el macabro entretenimiento de su funeral.

—No te detengas —susurró su compañera de baile, Elena, con los labios temblorosos—. Por el amor de Dios, Mateo, no te detengas. Él tiene a mi madre también.

Mateo la miró a los ojos y vio el mismo abismo de desesperación. Ambos eran rehenes. Ambos eran los verdugos involuntarios, los músicos del Titanic, tocando mientras el barco de la aristocracia corrupta se hundía en un océano de cianuro.

Mateo apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. Una lágrima solitaria, traicionera y caliente, resbaló por su mejilla. Cerró los ojos por una fracción de segundo, invocando el rostro de Lucía, el olor a lavanda de su cabello, la risa de sus hijos corriendo por la playa de la Malagueta. Si este era el precio, si tenía que bailar sobre las tumbas de estos monstruos de traje a medida para salvar a su sangre, entonces bailaría. Bailaría como el diablo.

Con un impulso violento, Mateo tiró de Elena hacia él, pegando sus cuerpos, y ejecutó un boleo perfecto. Sus zapatos de charol golpearon el mármol, salpicando gotas de champán derramado y, ahora, pequeños charcos de sangre que comenzaban a brotar de las bocas de los envenenados.

El salón de la villa, situado en lo alto de un acantilado de Málaga con vistas a la inmensidad negra del mar Mediterráneo, se había transformado en un infierno renacentista. Los candelabros de oro proyectaban sombras deformes sobre las paredes adornadas con obras de Goya y Velázquez. Los gemidos agonizantes de los hombres y mujeres más ricos del sur de Europa se mezclaban con los lamentos del violín y el fuelle quejumbroso del bandoneón.

Un banquero que había desahuciado a miles de familias se arrastró por el suelo, agarrándose desesperadamente a la pernera del pantalón de Mateo.

—Ayu… ayuda… —burbujeó el hombre, con los ojos inyectados en sangre y la espuma blanca asomando por las comisuras de sus labios.

Mateo sintió una oleada de asco y compasión entrelazadas. Su instinto humano le gritaba que se agachara, que hiciera algo, cualquier cosa. Pero la imagen del cañón del arma presionando la sien de Lucía quemaba en su retina. Con un movimiento seco y preciso, un gancho del tango, Mateo apartó su pierna del agarre del moribundo, girando sobre su eje y llevando a Elena al otro extremo de la pista improvisada. El hombre colapsó, un peso muerto sobre el mármol.

La música dictaba el ritmo de la muerte. Era una coreografía macabra.

Mateo sintió que su alma se fracturaba. Él, que había considerado el tango como una religión, como la expresión más pura del dolor, el amor y la nostalgia de su amada Buenos Aires, ahora lo estaba usando como el himno de una masacre.

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