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EL ÚLTIMO JUEGO DE AJEDREZ EN LA PLAZA DE ESPAÑA

PARTE I: EL SACRIFICIO DE SANGRE Y AZAHAR

El crujido del hueso ahogó por completo el repique lejano de las campanas de la Giralda. Fue un sonido seco, definitivo, obsceno en medio de la majestuosidad nocturna de la Plaza de España. La sangre, espesa y oscura bajo la pálida luz de la luna andaluza, comenzó a deslizarse sobre los intrincados azulejos de cerámica de la provincia de Ávila.

Mateo, un joven de diecisiete años cuya vida hasta esa noche se había consumido entre las sombras de las calles de Triana y la mendicidad, sintió que el aire se convertía en plomo dentro de sus pulmones. Sus ojos, dilatados por el terror absoluto, saltaron del cadáver destrozado de la mujer en la plaza hacia la pequeña pieza de madera que el anciano tenía entre sus dedos enjoyados.

Era un peón blanco. Su peón.

El anciano, Don Alejandro de la Cruz y Silva, un aristócrata cuyo nombre se susurraba con temor reverencial en los rincones más oscuros de Sevilla, esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Sus pupilas eran dos pozos de alquitrán, insondables y desprovistos de cualquier rastro de humanidad. Con una calma escalofriante, depositó el peón capturado en la caja de terciopelo que descansaba junto al tablero.

—Te lo advertí, muchacho —susurró el anciano, y su voz resonó extrañamente amplificada en la inmensidad de la plaza vacía, salvo por el grupo de “espectadores” forzados que los rodeaba en un círculo silencioso—. El ajedrez no es un juego de reyes. Es un juego de dioses. Y los dioses exigen sacrificios. Es tu turno.

Mateo no podía respirar. El olor embriagador a azahar de los naranjos cercanos se mezclaba ahora con un hedor metálico y cobrizo. Segundos antes, el anciano había movido su alfil, capturando el peón de Mateo en la casilla f6. En el instante exacto en que la pieza de madera tocó la caja de terciopelo, una de las pesadas farolas de hierro forjado que flanqueaban el canal de la plaza se había desprendido con una fuerza antinatural, aplastando el cráneo de una mujer que observaba la partida desde la segunda fila de la multitud.

Nadie había gritado. Nadie había corrido. La multitud, compuesta por unas treinta personas con los rostros pálidos y las expresiones vacías, como si estuvieran bajo el efecto de un trance hipnótico, apenas se inmutó ante la lluvia de sangre y masa encefálica que salpicó sus ropas.

—Esto… esto es una locura —tartamudeó Mateo, retrocediendo en su silla de caoba. Sus manos, sucias por años de dormir en portales y bajo los puentes del Guadalquivir, temblaban violentamente—. ¡Usted la ha matado! ¡Ha matado a esa mujer!

—Yo no he matado a nadie, Mateo —respondió Don Alejandro, apoyando sus manos sobre el bastón de ébano con empuñadura de plata—. Fue tu debilidad estratégica la que la condenó. Dejaste ese flanco desprotegido. En el ajedrez, como en la vida, cada error se paga con sangre. Ahora, mueve. O el reloj dictará la próxima ejecución.

Mateo miró el antiguo reloj de ajedrez mecánico. El tic-tac era ensordecedor. Le quedaban menos de dos minutos para su movimiento. Si el tiempo se agotaba, perdía. Y si perdía… el anciano había sido claro sobre las consecuencias, aunque hasta ese momento, Mateo había creído que era la metáfora macabra de un viejo excéntrico.

Horas antes, Mateo era solo un vagabundo más, conocido en el barrio de Santa Cruz por derrotar a turistas y ancianos en partidas callejeras a cambio de unas cuantas monedas de euro. Su mente era un prodigio, un laberinto matemático capaz de calcular quince movimientos por adelantado. El ajedrez era su único refugio, la única estructura lógica en una vida marcada por el abandono, el hambre y el frío.

Entonces llegó el sobre negro, entregado por un chófer de librea en el callejón de Agua. «Diez mil euros por una partida a medianoche en la Plaza de España. Solo tú y yo, Mateo. Y el tablero de tu destino».

Pero aquello no era un juego. La plaza entera, con su forma semicircular que abrazaba a la ciudad, sus puentes sobre el canal y sus bancos provinciales, parecía haber sido transformada en un altar de sacrificios. Las sombras de la noche se alargaban como garras sobre el mármol.

Mateo se obligó a mirar el tablero. Sus piezas, talladas a mano en un ónix más negro que la noche, parecían palpitar con una energía oscura. Las piezas del anciano, de marfil pálido, irradiaban una luz sepulcral.

Si movía su caballo a d4, amenazaría a la reina blanca, pero dejaría su propio alfil expuesto. Su mente procesó las combinaciones a la velocidad del rayo. Necesitaba comprobar si lo de la mujer había sido una coincidencia monstruosa o una realidad esotérica innegable.

Con mano temblorosa, agarró su Caballo de ónix y lo deslizó hasta la casilla d4, capturando un peón blanco.

Clack.

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