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El Último Encuentro en la Estación de Atocha

La sangre en el pañuelo era del mismo color que los asientos de terciopelo del tren de alta velocidad que estaba a punto de arrebatarme de España para siempre. Un rojo oscuro, espeso, casi negro bajo la luz artificial y pálida de los inmensos ventanales de la Estación de Atocha.

Faltaban exactamente quince minutos. Quince minutos para las siete de la tarde. Quince minutos para que el AVE con destino a Marsella, y luego el enlace a París, cerrara sus puertas, sellando mi destino y mi huida. Mi corazón latía con una violencia que amenazaba con quebrar mis costillas, no por el peso de la maleta que arrastraba, sino por el monstruo silencioso que devoraba mis entrañas. El diagnóstico resonaba en mi mente con el eco metálico de la megafonía de la estación: Glioblastoma multiforme. Etapa terminal. Inoperable. Me quedaban tres meses. Cuatro, si un milagro decidía apiadarse de un cuerpo que ya se sentía como un campo de batalla abandonado.

Nadie lo sabía. Ni mis padres, ni mis amigos, y, sobre todo, no lo sabía él.

La sangre en el pañuelo era del mismo color que los asientos de terciopelo del tren de alta velocidad que estaba a punto de arrebatarme de España para siempre. Un rojo oscuro, espeso, casi negro bajo la luz artificial y pálida de los inmensos ventanales de la Estación de Atocha.

Faltaban exactamente quince minutos. Quince minutos para las siete de la tarde. Quince minutos para que el AVE con destino a Marsella, y luego el enlace a París, cerrara sus puertas, sellando mi destino y mi huida. Mi corazón latía con una violencia que amenazaba con quebrar mis costillas, no por el peso de la maleta que arrastraba, sino por el monstruo silencioso que devoraba mis entrañas. El diagnóstico resonaba en mi mente con el eco metálico de la megafonía de la estación: Glioblastoma multiforme. Etapa terminal. Inoperable. Me quedaban tres meses. Cuatro, si un milagro decidía apiadarse de un cuerpo que ya se sentía como un campo de batalla abandonado.

Nadie lo sabía. Ni mis padres, ni mis amigos, y, sobre todo, no lo sabía él.

El inmenso jardín tropical del interior de Atocha, con sus palmeras alzándose hacia la bóveda de hierro y cristal, me parecía hoy una jungla opresiva. El aire estaba cargado de humedad, de olores a café recién molido, a prisa, a despedidas y a sudor frío. El mío. Un sudor frío que me empapaba la nuca. Miré hacia atrás, presa de una paranoia irracional, como si la Muerte misma me estuviera siguiendo entre la multitud de turistas, ejecutivos y viajeros cansados. Solo quería desaparecer. Quería morir en mi pueblo natal, en la costa de Bretaña, lejos del sol abrasador de Madrid, lejos de los recuerdos que aquí me quemaban el alma.

Me apresuré hacia la zona de embarque. El pitido de los escáneres de seguridad sonaba a lo lejos. Bajé la mirada para guardar el pañuelo manchado en el bolsillo de mi abrigo. Un mareo repentino, un vértigo oscuro y familiar, me hizo tambalearme. Mi visión periférica se llenó de manchas negras.

Y entonces, el impacto.

Fue un choque brutal, un muro de músculo y hueso vestido con un abrigo de lana que me hizo retroceder y perder el equilibrio. Mi bolso cayó al suelo, esparciendo su contenido sobre las baldosas: el billete de tren, un bote de pastillas para el dolor crónico con la etiqueta medio arrancada, y mi pasaporte.

—¡Joder, perdona! No te había vis… —La voz masculina se cortó en seco. Una voz áspera, profunda, con ese acento madrileño que durante tres años había sido mi hogar, mi refugio y, finalmente, mi mayor tormento.

El tiempo en Atocha pareció detenerse. El rumor de las miles de personas a nuestro alrededor se redujo a un zumbido sordo. Lentamente, como si me moviera bajo el agua, alcé la vista.

Allí estaba. Mateo.

Sus ojos, de un marrón tan intenso que casi parecían negros, estaban muy abiertos. El asombro deformó sus facciones, unas facciones que yo había memorizado con las yemas de mis dedos en incontables noches de insomnio. Su mandíbula, siempre tensa, cayó ligeramente. Llevaba el pelo un poco más largo de lo que recordaba, despeinado, y un maletín de cuero colgaba de su mano derecha.

—¿Elena? —susurró. Su voz no era más que un soplo, pero me golpeó con la fuerza de un huracán—. ¿Qué… qué haces aquí?

El pánico se apoderó de mí con garras heladas. El reloj gigante sobre nosotros marcaba las 18:46. Catorce minutos.

—Mateo —logré articular. Mi voz temblaba, traicionando la fachada de hielo que había intentado construir desde el día en que le destrocé el corazón a propósito, hace apenas dos meses. Le había dicho que no le amaba. Le había dicho que había otro. Había destruido la mejor historia de amor de mi vida para evitar que él tuviera que ver cómo mi cuerpo y mi mente se marchitaban hasta convertirse en una sombra.

Él se agachó rápidamente para recoger mis cosas. Su mano grande y cálida rozó la mía al alcanzar el pasaporte. El contacto fue como una descarga eléctrica. Retiré la mano con brusquedad, pero él ya había visto el frasco de pastillas. Frunció el ceño. Sus ojos se clavaron en la etiqueta médica de advertencia severa. Oculté el frasco en un movimiento rápido, arrebatándoselo.

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