El calor en Málaga aquella noche de julio no era simplemente atmosférico; era una bestia densa y pegajosa que se adhería a la piel y asfixiaba los pulmones. El Teatro Cervantes estaba abarrotado, un mar de abanicos temblorosos en la penumbra y murmullos expectantes. Era mi última noche. Mi retiro. Después de veinte años desgarrándome el alma en los escenarios, derramando mis tragedias personales en cada estrofa de cada bolero, había decidido que la voz de Mateo Cruz debía silenciarse. Ya no quedaba sangre que exprimir de mi corazón.
El reflector me bañó en un halo de luz dorada. El piano comenzó a llorar las primeras notas de Cenizas de Mar, la canción que me catapultó a la fama, la canción que escribí sobre su tumba. Cerré los ojos, como siempre hacía, dejándome llevar por la marea del dolor destilado.
«Y en la espuma de las olas, busco el rostro que perdí…»
Cante con la garganta rota, sintiendo el escalofrío habitual que me recorría la espina dorsal. Pero esta noche, algo en la acústica del teatro, algo en la energía del aire, se sentía profano. Hostil. Abrí los ojos lentamente para conectar con mi público, para entregarles mi último aliento escénico. Mi mirada descendió desde los palcos hasta el patio de butacas, barriendo la primera fila.
Y entonces, mi corazón se detuvo. Literalmente. Un silencio gélido, absoluto e irreal, engulló el sonido del piano y el latido de la audiencia.
Allí estaba él.
No era un truco de las luces. No era el humo del escenario. Era él. Alejandro.
La nota se quebró en mi garganta, convirtiéndose en un sonido ahogado, un estertor de animal herido. El pianista me miró alarmado, improvisando un acorde para cubrir mi fallo, pero yo no podía moverme. Mis manos, aferradas al pie del micrófono, temblaban con tal violencia que el metal repiqueteaba contra la base.
Alejandro. El hombre al que amé con la furia de los condenados. El hombre al que vi, o creí ver, reducido a un amasijo de carne calcinada y metal retorcido en el fondo de un barranco en la carretera de Ronda, hace exactamente seis años. El hombre al que lloré hasta secarme, el espectro que me dictaba las letras de mis canciones cada madrugada.
Estaba sentado en la butaca número siete, justo en el centro. Llevaba un traje de lino oscuro, impecable, de un corte caro que el Alejandro que yo conocí —un pintor bohemio con los bolsillos vacíos— jamás habría podido permitirse. Su cabello, antes un caos de rizos azabaches, ahora estaba cortado al ras, revelando una dureza inédita en sus facciones. Pero eran sus ojos. Esos ojos de un verde turbio, como el mar antes de una tormenta, que ahora me miraban con una fijeza depredadora, desprovistos de cualquier asomo de amor, nostalgia o culpa.
Me miraba como a un extraño. Peor aún, me miraba como a una presa.
El teatro entero pareció contener la respiración. El público, notando mi colapso, comenzó a murmurar. Yo me asfixiaba. La sala daba vueltas. El sudor frío me empapaba la camisa de seda. Seis años atrás, yo mismo había elegido el ataúd de madera de roble. Yo mismo había esparcido las cenizas simbólicas en la playa de la Malagueta. Me había tragado el informe policial, los registros dentales que confirmaban que el cuerpo irreconocible del conductor era el suyo.
Pero el hombre en la primera fila levantó lentamente su mano derecha. Llevaba un anillo de sello de oro en el dedo índice. Y con un movimiento casi imperceptible, frotó el pulgar contra el nudillo de su dedo medio.
Un, dos, tres.
El gesto. El tic nervioso que Alejandro hacía cada vez que mentía, cada vez que estaba nervioso, cada vez que tramaba algo.
Un grito mudo pugnaba por escapar de mi pecho. ¿Era un fantasma? ¿Me había vuelto loco finalmente, consumido por la melancolía de mis propios boleros? El hombre curvó los labios en una sonrisa. No era la sonrisa cálida y torcida que iluminaba nuestros amaneceres. Era una sonrisa afilada, cínica, cargada de un secreto macabro.
—Perdón… —logré balbucear por el micrófono. Mi voz sonó como papel de lija. El público calló en seco.— Yo… necesito… un momento.
No esperé a ver sus reacciones. Me di la vuelta y huí. Huí del escenario como un cobarde, tropezando con los cables, empujando a los tramoyistas que me miraban atónitos. Llegué a mi camerino, cerré la puerta de un portazo y pasé el pestillo. Me derrumbé contra la madera, deslizándome hasta el suelo de baldosas frías, jadeando en busca de aire.
Me agarré el cabello con ambas manos, tirando con fuerza para asegurarme de que estaba despierto. El dolor era real. La textura de la pared era real.
—Está muerto. Está muerto. Está muerto —repetía en voz alta, como un mantra para exorcizar la visión.
Alguien golpeó la puerta. Eran golpes suaves, rítmicos. Demasiado calmados para ser de mi representante, que seguramente estaría sufriendo un infarto en bambalinas.
—Mateo —llamó una voz desde el otro lado.
El sonido de esa voz fue un balazo en el centro de mi pecho. Era un barítono profundo, inconfundible, la misma voz que me había susurrado promesas de eternidad en la oscuridad.
—Abre la puerta, Mateo. Tenemos que hablar.
Mi cuerpo se paralizó. El terror puro, viscoso y negro, me inundó las venas. No era un fantasma. Los fantasmas no golpean la madera. Los fantasmas no visten trajes de lino italiano. Me arrastré hacia atrás hasta chocar contra las luces del tocador, sin apartar los ojos de la puerta.
—¿Quién eres? —grité, con la voz quebrada por el pánico.
—Tú sabes quién soy —respondió la voz, con una calma espeluznante—. Pero ahora me llamo Víctor. Víctor Santoro. Y tú y yo tenemos asuntos pendientes. Asuntos que valen mucho dinero y sangre, querido mío.
El silencio que siguió fue más aterrador que sus palabras. ¿Víctor Santoro? ¿Sangre? El Alejandro que yo conocía no podía matar ni a una mosca. Vivía para sus lienzos, para sus colores, para nuestra música. ¿Qué clase de monstruo había usurpado el rostro de mi amante muerto?
Me puse en pie, agarrando unas tijeras de peluquería del tocador. Mis nudillos estaban blancos. Con un pulso errático, me acerqué a la puerta y giré el pestillo.
La puerta se abrió con un leve chirrido.
Allí estaba. A menos de un metro de distancia. El olor a su colonia de siempre había desaparecido, reemplazado por un aroma acre a tabaco negro, cuero fino y algo metálico que recordaba a la pólvora.
—Has envejecido bien, cantorcito —dijo, dando un paso hacia el interior del camerino, obligándome a retroceder. Cerró la puerta tras de sí con una suavidad letal—. Aunque he notado que el último Fa sostenido te ha costado un poco.
—Te vi morir —susurré, alzando las tijeras como un arma patética—. Fui a tu funeral. Lloré sobre tus cenizas.
“Víctor” soltó una carcajada seca, sin alegría. Se acercó a mi tocador, ignorando por completo el arma improvisada en mi mano, y tomó un pañuelo de papel para limpiarse una mota de polvo imaginaria de la solapa.
—Lo que viste fue el cuerpo de un desgraciado al que le metí tres tiros antes de rociarlo con gasolina y empujarlo por el barranco en mi coche —dijo, girándose para mirarme, con los ojos fríos como cuchillos de hielo—. Y las cenizas sobre las que lloraste probablemente eran de un indigente sin nombre.
El mundo se inclinó sobre su eje. Mis rodillas flaquearon y tuve que apoyarme en el respaldo de una silla para no caer.
—¿Por qué? —la pregunta salió de mis labios como un ruego miserable. ¿Por qué me hizo pasar por un infierno en vida? ¿Por qué destruyó nuestra historia?
La expresión del hombre se endureció. Todo rastro de diversión morbosa desapareció de su rostro, dejando paso a una máscara de furia contenida que me heló la sangre.
—Porque estabas a punto de arruinarlo todo, Mateo. Tu incesante necesidad de ser el centro de atención, tus preguntas tontas, tu maldita moralidad. Me estaban pisando los talones. El Cártel de los Soles no perdona las deudas, y tú estabas demasiado cerca de descubrir de dónde sacaba el dinero para mantener tu estúpido estilo de vida bohemio antes de que fueras famoso.
Mi mente intentaba procesar las palabras, pero era como intentar beber del océano. ¿El cártel? ¿Deudas? Las piezas de un rompecabezas que nunca supe que existía comenzaron a encajar de forma grotesca. Los viajes repentinos de Alejandro, el dinero en efectivo que aparecía de la nada y que él justificaba como “ventas anónimas de cuadros”, los hombres extraños que a veces veía rondando nuestro antiguo apartamento en El Palo.
—Eras un narcotraficante… —murmuré, sintiendo que la náusea me subía por la garganta. El amor de mi vida, mi musa, era una mentira absoluta.
—Era un blanqueador de capitales, para ser exactos. Y uno de los mejores de toda la Costa del Sol —corrigió él con un orgullo enfermizo—. Fingir mi muerte fue la única forma de salir limpio. Les dejé el cadáver de un traidor con mis registros dentales, que me costó una fortuna falsificar, y desaparecí.
—¿Y por qué ahora? —grité, golpeando la silla—. ¡Han pasado seis años! ¡Seis años en los que me he consumido escribiéndote putas canciones de amor! ¿Por qué vuelves para atormentarme la noche que decido retirarme?
Víctor —o Alejandro, mi mente no podía decidir cómo nombrarlo— dio un paso amenazante hacia mí. Su estatura parecía llenar todo el camerino. Me arrebató las tijeras de las manos con un movimiento rápido y brutal, lanzándolas al otro extremo de la habitación.
—Porque el retiro no está en tus cartas, Mateo. No aún.
Me agarró por el cuello de la camisa, acercando su rostro al mío. Su aliento golpeó mi piel.
—He estado operando desde las sombras, construyendo un imperio bajo el nombre de Víctor Santoro. Pero he cometido un error. Un error estúpido de cálculo. Y ahora, los antiguos socios del Cártel saben que sigo vivo. Están buscando el dinero que me llevé. Un dinero que no tengo en efectivo.
Lo miré, paralizado por el terror, sintiendo la dureza de sus nudillos contra mi clavícula.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo? Yo no sé nada de tu sucio dinero.
Una sonrisa cruel y calculada se dibujó en sus labios.
—No. Pero eres inmensamente rico, Mateo. Veinte años de carrera, millones de discos vendidos gracias a tus lacrimógenas canciones sobre mí. Canciones que construiste sobre una farsa. Tienes cuentas en Suiza, inversiones inmobiliarias en Madrid y Marbella.
Me soltó de golpe y retrocedió, alisándose el traje.
—Necesito cinco millones de euros en cuarenta y ocho horas. Y tú me los vas a dar.
—¡Estás loco! —escupí, recuperando un ápice de dignidad frente al miedo—. ¡Ni un céntimo! Puedes matarme si quieres. Yo ya morí contigo hace seis años.
Víctor se rió a carcajadas, una risa que resonó en las paredes de ladrillo del camerino.
—Oh, mi dramático y dulce Mateo. Siempre tan teatral. No voy a matarte. Eso no solucionaría mi problema. Pero, si no transfieres esos fondos a la cuenta que te indicaré mañana a primera hora… el mundo conocerá la verdad.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué verdad? ¿Que eres un delincuente? ¿Que fingiste tu muerte? ¡Ve y cuéntalo! Yo seré la víctima.
—No tan rápido. Tienes una reputación intachable. El pobre viudo doliente. El artista que transformó la tragedia en belleza. ¿Qué crees que pensarán tus devotos fans, tus productores, la prensa, si se filtra un documento firmado por ti… hace seis años, donde autorizas la creación de una sociedad pantalla en Panamá?
La respiración se me atascó.
—Yo nunca firmé eso.
—No lo hiciste conscientemente —admitió él, encogiéndose de hombros—. Pero recuerdo que me firmaste un fajo de hojas en blanco para “gestionar tus derechos de autor” cuando recién empezabas a ganar dinero. Fui muy previsor. He creado un rastro de papel perfecto. Si yo caigo, tú caes conmigo. Serás acusado de ser mi cómplice en el lavado de dinero del narcotráfico. Tu carrera, tu legado, tu dinero, tu libertad… todo se desvanecerá, convertido en cenizas. Como las cenizas que tanto lloras en tus canciones.
Me sentí como si estuviera al borde de un abismo, mirando a un monstruo que llevaba la cara de un ángel perdido.
Afuera, en el pasillo, comencé a escuchar voces inquietas. Mi representante, Carlos, gritando mi nombre. La realidad exterior reclamaba su espacio en la pesadilla.
—Piénsalo, mi amor —dijo Víctor, usando ese apodo con una ironía venenosa—. Tienes hasta el domingo a medianoche. Te enviaré las instrucciones. Y por favor, termina el concierto. La gente ha pagado mucho por verte llorar en el escenario una última vez.
Se acercó a la puerta, abrió la cerradura, pero antes de salir, se giró hacia mí.
—Me gustó la versión de Cenizas de Mar de esta noche. Tiene mucho más… sentimiento.
Y sin decir más, desapareció por el pasillo.
Segundos después, Carlos irrumpió en el camerino, sudando a mares, con los ojos desorbitados.
—¡Mateo, por Dios bendito! ¿Qué ha pasado? ¡El teatro está a punto de amotinarse! ¿Te has mareado? ¿Un ataque de pánico?
Miré a Carlos, luego a la silla vacía, luego a las tijeras tiradas en el suelo. El aire del camerino todavía olía a la pólvora y al tabaco negro de Víctor Santoro. Mi respiración era irregular. La vida que había construido sobre el luto se estaba desmoronando a mis pies.
—Carlos… —dije, incorporándome con una lentitud de anciano, sintiendo que cada músculo de mi cuerpo pesaba una tonelada—. Llama al director musical. Diles que salgo en un minuto. Y dile a seguridad que cierren las puertas del teatro al terminar. Nadie entra, nadie sale de los camerinos.
—¿Estás bien para cantar? Estás pálido como un muerto, Mateo.
—Los muertos, Carlos —murmuré, ajustándome la corbata frente al espejo roto por la revelación—, tienen la mala costumbre de no quedarse en sus tumbas.
Salí de nuevo al escenario. Los aplausos fueron tentativos, mezclados con murmullos de preocupación. Me acerqué al micrófono. La butaca número siete de la primera fila estaba vacía. Un agujero negro en medio de la multitud.
Canté. Canté durante dos horas más. Pero esta vez, las lágrimas no eran por la pérdida. Eran por la ira. Por la traición. El bolero se convirtió en un grito de guerra silenciado. Mientras desgranaba las notas de Venganza de un Corazón Ciego, mi mente, operando en paralelo bajo la adrenalina del pánico, comenzaba a trazar un plan.
Yo no era el joven ingenuo de hace seis años. Me había endurecido en la soledad de las giras, en las negociaciones con tiburones de la industria discográfica. Alejandro subestimaba el poder de un hombre que ya no tenía nada que perder emocionalmente. Si quería jugar sucio en la Costa del Sol, yo le iba a enseñar de qué estaba hecho el verdadero dolor.
El concierto terminó con una ovación de diez minutos que no escuché. Al bajar el telón, me encerré en mi habitación del Hotel Miramar. No dormí. Encendí la lámpara, saqué un cuaderno de cuero donde solía escribir mis letras y comencé a anotar todo. Fechas, nombres, recuerdos vagos de los meses previos a su supuesta muerte.
El sábado amaneció gris sobre la bahía de Málaga, presagiando tormenta.
A las diez de la mañana, mi teléfono vibró. Un número oculto.
—Tienes cuarenta y ocho horas, Mateo. Veinte han pasado ya.
—No tengo el dinero en líquido, Víctor —respondí, usando su nuevo nombre con frialdad—. Mis inversiones están a plazo fijo y los fondos en Suiza requieren mi presencia física o una autorización biométrica que tarda días en procesarse desde aquí.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Sabía que él estaba calculando si mentía.
—Mierda —siseó—. Los colombianos llegarán a Marbella el lunes por la mañana. Necesito al menos dos millones para frenarlos.
—Nos vemos en Marbella. Mañana a las nueve de la noche. Cara a cara.
—¿Qué tramas, cantantito?
—Tú tienes tus armas y tus chantajes. Yo tengo las firmas digitales de mis cuentas. Si quieres el dinero, tendrás que traer tu ordenador portátil y sentarte conmigo a hacer las transferencias bajo mi supervisión. Y quiero ver los documentos originales de la supuesta sociedad pantalla. Una vez transferido el dinero, los quemamos. Si no, que te maten los colombianos.
Una risa áspera cruzó la línea.
—Tienes agallas. Supongo que el sufrimiento te ha quitado lo blando. Muy bien. Te enviaré una dirección por mensaje encriptado. Ven solo. Si veo a la policía, estás muerto tú también.
Colgué. El teléfono quemaba en mi mano.
No iba a ir a la policía. La policía en la Costa del Sol estaba llena de filtraciones y, además, él tenía razón: el rastro de papel falso me arruinaría la vida. Tenía que destruirlo desde dentro.
Contacté a un viejo amigo. Un hombre que conocí en mis primeros años tocando en antros de mala muerte en el puerto, antes de la fama. Paco “El Sordo”. Paco no era un criminal violento, pero era el mejor abriendo cajas fuertes, falsificando y consiguiendo cosas que no deberían poder conseguirse en España.
Nos reunimos en un callejón estrecho cerca del mercado de Atarazanas. El olor a pescado frito y especias saturaba el aire húmedo.
—Mateo, hombre, te vi ayer en las noticias. Triunfazo. ¿Qué haces en estos bajos fondos? —Paco me recibió con una sonrisa mellada.
—Necesito algo, Paco. Y lo necesito para esta noche. Rápido y sucio.
Le expliqué una versión editada de la situación. Necesitaba un inhibidor de señal telefónica de corto alcance, lo suficientemente pequeño para caber en un bolsillo. Y algo más. Un micrófono direccional de grabación en bucle. Y un arma.
Paco frunció el ceño, su rostro curtido se volvió sombrío.
—Un inhibidor y un micro te los consigo en dos horas. ¿Pero un hierro, Mateo? Tú eres un artista. Tienes las manos de seda. Si disparas eso, te romperás la muñeca o te meterás en un hoyo del que no se sale cantando boleros.
—Solo es para disuadir, Paco. Por favor. Te pagaré el triple.
A regañadientes, aceptó.
La noche del domingo cayó sobre Marbella como una manta pesada de lujo y corrupción. Conduje mi propio coche, un discreto Mercedes negro, por la carretera serpenteante que subía hacia la exclusiva urbanización de Zagaleta. Las mansiones se alzaban como castillos modernos entre los pinares, protegidas por muros altos y cámaras de seguridad.
La dirección que Víctor me había enviado correspondía a una villa minimalista de hormigón y cristal, colgada sobre un acantilado con vistas al Mediterráneo oscuro. Aparqué en la entrada de grava. Las luces estaban tenues. El corazón me latía con una fuerza ensordecedora, amenazando con quebrar mis costillas. Llevaba la pistola, una Glock 19 compacta que Paco me había enseñado a cargar y quitar el seguro, metida en la cinturilla del pantalón, presionando fría contra mi piel. En el bolsillo izquierdo, el inhibidor de señal encendido. En el derecho, el grabador.
Empujé la pesada puerta de roble, que estaba sin llave.
El interior de la casa era obscenamente lujoso y alarmantemente frío. Sofás de cuero blanco, arte moderno incomprensible en las paredes y un silencio opresivo.
—¿Víctor? —llamé, mi voz resonando en el vasto salón.
—Puntual. Como siempre —su voz provino del balcón exterior.
Salí a la terraza. La brisa marina arrastraba el olor a sal y a jazmín nocturno. Víctor estaba sentado en una silla de diseño, fumando un puro. A su lado, sobre una mesa de cristal, descansaba un ordenador portátil abierto y una carpeta de cuero negro. La luna iluminaba su rostro, revelando ojeras profundas que antes no había notado. Parecía cansado, acorralado.
—Ahí están las cuentas —dijo, señalando el ordenador con la cabeza—. Y aquí los documentos que te incriminan —palmoteó la carpeta—. Transfiere los dos millones a la cuenta de las Islas Caimán en la pantalla, y te llevas tus papelines, y me olvido de que existes.
Me acerqué lentamente. Sentí el peso de la pistola en mi cintura.
—Abre la carpeta. Quiero verlos —exigí.
Víctor sonrió con suficiencia, abrió la carpeta y sacó tres folios grapados. Efectivamente, ahí estaba mi firma, fluida y clara, en el borde inferior. El contenido superior había sido rellenado a máquina, designándome como socio mayoritario de Horizonte Azul S.A., una empresa fantasma.
—Eres un genio del mal, Alejandro —escupí su verdadero nombre con asco—. Construiste toda nuestra vida juntos como una tapadera.
—No todo fue mentira, Mateo —su tono cambió ligeramente, un destello fugaz del hombre que había amado se asomó por sus ojos verdes—. Al principio… te amaba. De verdad. Tu inocencia era un refugio. Pero el dinero es una bestia hambrienta. Y yo tenía hambre de mundo. No podía vivir a tu sombra mientras tú te conformabas con tocar en bares de mierda.
—Así que preferiste robarle a un cártel y fingir tu muerte. Muy romántico.
Me senté frente al ordenador. Tecleé mis credenciales bancarias. Mientras lo hacía, acerqué sutilmente mi mano derecha al bolsillo donde llevaba el grabador, asegurándome de que el piloto rojo estuviera parpadeando.
—Víctor… para que el banco autorice esta transferencia inusual a un paraíso fiscal a estas horas, me pedirán que justifique verbalmente el concepto si el algoritmo lo retiene. ¿Qué les digo? ¿Que le estoy pagando al Cártel de los Soles la deuda de sangre de Víctor Santoro, alias Alejandro Vargas?
Él frunció el ceño, soltando el humo del puro.
—Diles que es una inversión inmobiliaria en el Caribe. Una compra de tierras. No menciones al Cártel. Solo transfiere el dinero. Están a pocas horas de encontrarme.
—¿Cómo sabes que te encontrarán aquí? ¿Por qué no huyes?
—Porque me tienen intervenido el pasaporte. Tienen gente en aduanas. Si intento cruzar una frontera sin pagarles lo que les robé, soy hombre muerto. Eres mi única salida.
—Lo que les robaste… —repetí despacio, para que el grabador lo captara nítidamente—. Los tres millones que te llevaste hace seis años cuando mataste a ese pobre infeliz para quemarlo en tu coche.
—Fueron cuatro millones, en realidad —corrigió él, arrastrado por la necesidad de jactarse de sus crímenes, un error fatal de narcisistas acorralados—. Y no era un pobre infeliz. Era un matón de poca monta que me debía un favor. Lo emborraché, le pegué un tiro en la nuca y lo puse en el asiento del conductor. Fue una obra de arte. La policía se tragó los registros dentales alterados sin masticar.
Click. La confesión estaba grabada. Perfecta y prístina.
Levanté la vista de la pantalla del ordenador. No había entrado en mi banco. Había estado tecleando sin sentido en un documento de texto abierto, ganando tiempo.
—¿Y qué te hace pensar, Alejandro, que voy a darte un solo céntimo para salvar tu miserable vida?
Víctor se tensó. Su mirada bajó al ordenador y vio el documento en blanco. La furia transformó sus facciones, convirtiéndolo en un depredador de verdad.
—¡Hijo de puta! —bramó, lanzando el puro al suelo y llevándose la mano a la espalda, por debajo de la chaqueta del traje.
Fui más rápido. La adrenalina ahogó mis dudas morales. Saqué la Glock 19, quité el seguro con el pulgar y apunté directamente a su pecho antes de que él pudiera sacar su arma.
El tiempo se congeló en la terraza. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas cien metros más abajo parecía ensordecedor.
Víctor se quedó quieto a medio movimiento. Sus ojos pasaron del cañón del arma a mis ojos. Por primera vez, vi miedo genuino en ellos.
—Mateo… no vas a disparar eso. Tú no eres un asesino. Eres un cantante. Eres arte. No tienes el estómago.
—Tienes razón —mi voz sonaba extrañamente calmada. Temblaba, sí, pero no de miedo, sino de una resolución gélida—. Yo no soy un asesino. Pero tampoco soy tu víctima.
Saqué el inhibidor de señal de mi bolsillo izquierdo y lo apagué. Luego, saqué el grabador y lo puse sobre la mesa, junto al ordenador.
—Acabas de confesar un asesinato en primer grado, usurpación de identidad, fraude fiscal y robo al crimen organizado. Tengo copias de esta grabación subiéndose automáticamente a un servidor seguro en el momento en que desactive el inhibidor.
Víctor palideció. Miró la pequeña máquina negra en la mesa como si fuera una serpiente venenosa.
—Si se la das a la policía, enseñaré los documentos que te incriminan —amenazó, pero su voz carecía de la convicción anterior.
Sonreí, una sonrisa triste y rota.
—Hazlo. Iremos los dos a prisión. Yo cumpliré condena por evasión fiscal o por encubrimiento involuntario. Saldré en unos años. Pero tú… tú serás procesado por asesinato premeditado. Y, lo que es peor, la policía no será tu principal problema. Cuando esta grabación llegue a mis abogados, también he dado instrucciones para que una copia anónima sea enviada por correo electrónico a ciertos contactos en Colombia. Sabrán exactamente dónde estás, Víctor. Sabrán que no tienes su dinero.
El silencio se adueñó de la escena. El hombre que había destrozado mi vida, que me había condenado a años de luto y falsa inspiración artística, se desplomó en su silla, derrotado. El cazador había caído en la trampa de su propia arrogancia.
—¿Qué quieres, Mateo? —preguntó finalmente, con un susurro ronco, sus hombros hundidos.
Di un paso hacia la mesa, sin apartar el arma de su dirección. Cogí la carpeta negra con mi mano izquierda y la acerqué a la llama de una vela decorativa que parpadeaba en la mesa. El papel se encendió de inmediato. Observé cómo mi firma falsa y la mentira de Horizonte Azul se consumían, convirtiéndose en cenizas negras que el viento del Mediterráneo se llevó volando hacia el abismo.
Cenizas reales, esta vez.
—Quiero que desaparezcas —dije, bajando lentamente el arma, pero manteniéndola lista—. Quiero que vuelvas al agujero del que saliste. Esta casa, tu identidad de Víctor Santoro… todo está quemado a partir de esta noche.
—Los colombianos… me matarán.
—Ese es tu problema, no el mío. Has muerto para mí dos veces, Alejandro. Y te aseguro que la segunda vez no me va a inspirar ni un solo maldito bolero.
Me di la vuelta y caminé hacia el interior de la casa, dejándolo solo en la terraza, bajo la pálida luz de la luna andaluza.
Al cruzar la puerta de entrada y salir a la grava, sentí una brisa fresca en el rostro. Miré hacia el cielo estrellado. El dolor crónico que había anidado en mi pecho durante seis años había desaparecido. No había cierre milagroso, solo una verdad cruda y fea, pero la verdad, al fin y al cabo, liberaba el alma.
Arranqué el coche y descendí por la carretera sinuosa. Mañana, la prensa hablaría de mi emotivo y misterioso último concierto en Málaga. Mañana, empezaría mi vida como un hombre libre de fantasmas. Y muy lejos de allí, en una mansión de Marbella, un hombre esperaba en la oscuridad la llegada inminente de las consecuencias de sus propios actos, atrapado en una jaula de oro y secretos.
El último bolero se había cantado. Y ya no quedaban lágrimas de sal.
Capítulo 1: La Falsa Calma y el Olor a Quemado
El trayecto de vuelta a Málaga por la sinuosa carretera de la costa fue un viaje a través del purgatorio. El mar Mediterráneo, a mi derecha, era una mancha de tinta negra y aceitosa que se fundía con el horizonte oscuro. Las luces de los faros cortaban la neblina nocturna como cuchillos estériles, iluminando brevemente los carteles de las salidas hacia Fuengirola, Benalmádena, Torremolinos. Cada kilómetro que me alejaba de la mansión de Zagaleta sentía cómo una costra de seis años de antigüedad comenzaba a desprenderse de mi alma.
Alejandro, Víctor, o como demonios quisiera llamarse el monstruo que había amado, se había quedado atrás. Lo había dejado a merced de los lobos que él mismo había alimentado. Yo no había apretado el gatillo, pero le había quitado su escudo, su coartada y su apalancamiento.
Llegué a mi ático en el centro de Málaga cuando el cielo comenzaba a teñirse de ese violeta magullado que precede al amanecer andaluz. Me serví un vaso de whisky puro, me senté en el sillón de cuero frente al ventanal que dominaba la Alcazaba y esperé. No sabía qué esperaba exactamente. ¿El sonido de las sirenas? ¿Una llamada de la policía? ¿O tal vez que la puerta volara por los aires y los sicarios colombianos entraran a cobrar una deuda que no era mía?
El lunes transcurrió en una neblina irreal. Carlos, mi representante, me llamó histérico a las nueve de la mañana. —¡Mateo! ¿Has visto las noticias? —gritaba, su voz saturando el altavoz del teléfono. —Acabo de despertarme, Carlos. ¿Qué ocurre? —mentí, con la voz pastosa, la garganta reseca por el tabaco, el alcohol y la tensión de la noche anterior. —¡Un incendio en Marbella! En Zagaleta. Ha ardido una villa entera. Dicen que han encontrado restos humanos calcinados. Un ajuste de cuentas, sospechan.
Sentí un vacío frío en el estómago, seguido de una oleada de alivio tan intensa que me mareó. ¿Lo habían matado? ¿Los colombianos habían llegado antes de tiempo? ¿O había sido el propio Alejandro quien, en un acto de cobardía y desesperación al verse acorralado por mí y por sus acreedores, había decidido borrar su rastro prendiéndole fuego a todo, incluyéndose a sí mismo?
—Qué tragedia —murmuré, forzando un tono sombrío—. El mundo está cada vez peor, Carlos. —Sí, sí, terrible. Pero escúchame, la prensa sigue como loca con lo de tu retirada. Tenemos ofertas millonarias para una gira de despedida en América Latina. México, Argentina, Colombia…
La palabra “Colombia” me hizo tensar la mandíbula. —No, Carlos. Retirada significa retirada. Cancela todo. Voy a desaparecer una temporada. Colgué antes de que pudiera replicar.
Durante las semanas siguientes, me convertí en un fantasma en mi propia ciudad. Seguí las noticias con una obsesión enfermiza. La policía científica tardó días en identificar los restos encontrados en la villa de Marbella. Finalmente, un escueto comunicado en los periódicos locales confirmó que el cadáver pertenecía a “un empresario de origen sudamericano vinculado a negocios inmobiliarios oscuros”. No se mencionó a Víctor Santoro. No se mencionó a Alejandro Vargas. Y lo más importante, nadie llamó a mi puerta.
Poco a poco, la paranoia comenzó a disiparse. Vendí el ático de Málaga a través de testaferros legales, cerré mis cuentas expuestas y me mudé a Vejer de la Frontera, un pueblo blanco encaramado en una colina en la provincia de Cádiz. Quería alejarme del Mediterráneo, de la Costa del Sol y de su podredumbre cubierta de purpurina. Buscaba el viento del Atlántico, crudo, salvaje y limpiador.
Allí, bajo mi nombre real, Mateo Cruz, compré una casa antigua con un patio interior lleno de limoneros y geranios. Me dejé crecer la barba, dejé de teñirme las canas y me dediqué a restaurar muebles viejos y a pescar en las costas de Zahara de los Atunes. Durante dos años, el mundo pareció olvidarse del cantante de boleros viudo y trágico. Durante dos años, creí que había ganado la partida.
Pero el destino, como un bolero mal escrito, siempre tiene un estribillo traicionero que vuelve para atormentarte.
Capítulo 2: El Acorde Roto y la Sombra Que Regresa
Fue a finales de octubre, en pleno otoño, cuando el viento de Levante soplaba con una furia desquiciada, amenazando con arrancar las tejas de las casas. Había bajado al pueblo a comprar provisiones. Al regresar a mi casa, encontré un paquete de cartón marrón en el umbral de la puerta. No tenía remitente ni sellos de correos. Había sido entregado en mano.
Mi pulso se aceleró. Miré a ambos lados de la calle empedrada, pero estaba desierta, barrida por el viento aullador. Recogí el paquete, que pesaba muy poco, y entré en casa, cerrando con doble llave.
Fui hasta la mesa de roble de la cocina. Con unas tijeras, corté la cinta de embalar. Dentro, solo había dos objetos. Una memoria USB plateada y una vieja partitura amarillenta.
Tomé la partitura con dedos temblorosos. Era el borrador original de Cenizas de Mar. Las notas estaban escritas con esa caligrafía nerviosa y desordenada que yo conocía tan bien. Pero no eran mis anotaciones. Eran las de Alejandro. En la esquina inferior derecha, escrita con tinta roja y fresca, había una frase: “El último compás aún no se ha tocado, mi amor”.
El aire abandonó mis pulmones. El terror, un terror paralizante y absoluto, regresó como una marea oscura inundando mi refugio. Alejandro no estaba muerto. Había escapado del fuego en Marbella. O tal vez el cadáver calcinado era de otra pobre víctima, su especialidad para evadir la muerte.
Corrí hacia el salón, encendí mi ordenador portátil y conecté el USB. Apareció un único archivo de vídeo titulado Para_Mateo.mp4.
Hice doble clic.
La pantalla se fundió a negro durante un segundo y luego reveló una habitación lúgubre, iluminada por la luz parpadeante de un fluorescente industrial. En el centro, atado a una silla metálica, estaba Alejandro.
Me llevé una mano a la boca para ahogar un grito. Estaba destrozado. Su rostro elegante era una masa de hematomas purpúreos y cortes profundos. Le faltaban varios dientes, y su ojo izquierdo estaba hinchado y cerrado. La camisa blanca que llevaba estaba empapada de sangre seca. Pero estaba vivo. Su pecho subía y bajaba con respiraciones agónicas.
De repente, una voz profunda y con un marcado acento colombiano sonó fuera de cámara. —Díselo —ordenó la voz, seguida del sonido seco de una bofetada que hizo que la cabeza de Alejandro se sacudiera violentamente.
Alejandro tosió sangre, levantó la cabeza y miró directamente a la lente de la cámara. A través del dolor, vi el destello familiar de supervivencia, de maldad pura y egoísta en su único ojo abierto.
—Hola, Mateo —graznó, su voz apenas un susurro roto—. Perdona que no esté… presentable. Tuvimos un pequeño desacuerdo sobre el dinero que te di a guardar.
Mi mente se detuvo. ¿El dinero que me dio a guardar? ¿De qué demonios estaba hablando?
La voz fuera de cámara intervino, acercándose al micrófono. Un hombre vestido con un traje inmaculado, cuyo rostro no se veía, entró en el encuadre. Solo se le veían las manos, adornadas con anillos de esmeraldas pesadas. —Señor Cruz. O Mateo. O como prefiera que le llamemos. Mi nombre no importa, pero en ciertos círculos me conocen como “El Alquimista”. Su… amante, amigo o cómplice, el señor Vargas, nos ha contado una historia fascinante. Dice que él fue solo el arquitecto del blanqueo, pero que el depositario final de nuestros cinco millones de euros siempre fue usted. Que utilizó su fama intachable y sus cuentas en Suiza para ocultar nuestra plata. Y que la noche de Marbella, usted se quedó con el dinero y lo dejó a él para que muriera en el incendio.
—¡Mentira! —grité a la pantalla del ordenador, como si pudieran escucharme—. ¡Es una mentira!
—Ahora bien —continuó El Alquimista en el vídeo, acariciando el cabello ensangrentado de Alejandro con una ternura espeluznante—, Víctor aquí presente dice que usted tiene un corazón blando. Que si lo vemos sufrir, usted pagará la deuda para salvar a su musa. Yo, personalmente, creo que es usted más listo que eso. Pero los negocios son los negocios. Tiene usted siete días, Mateo. Siete días para reunir cinco millones de euros en efectivo. Le enviaremos las coordenadas. Si no aparece, Víctor morirá, pero no antes de que le enviemos un par de regalos a ese representante suyo, Carlos, y a su amigo del puerto, el tal Paco “El Sordo”. Sabemos dónde viven. Sabemos dónde está usted. Tic, tac, cantante.
El vídeo terminó abruptamente.
La pantalla volvió al escritorio de mi ordenador, mostrando una foto de un amanecer en la playa. La ironía me asfixiaba.
Alejandro lo había vuelto a hacer. Atrapado, torturado, al borde de la muerte a manos del cártel, había tejido una última y magistral mentira para salvar su propio pellejo, usándome a mí como escudo humano. Había convencido a los criminales más despiadados de que yo, el cantante melancólico, era el cerebro financiero que escondía su fortuna.
La desesperación dio paso a una furia tan blanca, tan pura, que eclipsó por completo el miedo. Me había retirado de la música, pero Alejandro me estaba obligando a componer un último acto, un réquiem sangriento donde yo ya no sería la víctima pasiva que llora sobre unas cenizas falsas.
Capítulo 3: La Alianza de las Sombras
No podía acudir a la policía. Mostrarles el vídeo sería incriminarme a mí mismo bajo las acusaciones de Alejandro, y el cártel cumpliría sus amenazas contra Carlos y Paco antes de que los jueces emitieran una orden judicial. Estaba solo, fuera de la red, y tenía una semana para desmantelar un ejército.
Lo primero que hice fue llamar a Paco. —Paco. Recoge tus cosas. Sal de tu casa ahora mismo y vete a la finca de tu hermano en la sierra. No uses tu coche, coge un taxi. Tira tu teléfono al mar.
—Mateo, chiquillo, ¿qué pasa? Pareces el diablo… —respondió, alarmado. —Están detrás de mí, Paco. Y si te encuentran, te matarán para llegar a mí. Haz lo que te digo. Me reuniré contigo en tres días. Y Paco… necesito que contactes con Rivas. Dile que pago lo que pida.
Rivas era una leyenda urbana en los bajos fondos del sur de España. Un ex-legionario, expulsado del ejército por violencia excesiva, que ahora trabajaba como solucionador de problemas para quien pudiera permitirse su altísima tarifa y su absoluto desprecio por la moralidad. Si yo iba a entrar en una guerra, necesitaba un general sin escrúpulos.
Pasé las siguientes cuarenta y ocho horas liquidando activos a una velocidad vertiginosa. No cinco millones, no tenía esa cantidad en liquidez inmediata, pero logré reunir algo más de un millón de euros procedentes de mis regalías y fondos de inversión, asumiendo pérdidas brutales por las retiradas anticipadas.
Al tercer día, conduje hasta la recóndita sierra de Grazalema, donde Paco se escondía. En una cabaña de piedra, húmeda y fría, me esperaban Paco y un hombre que parecía esculpido en granito. Rivas. Tenía el pelo rapado, una cicatriz pálida que le cruzaba la garganta y unos ojos grises desprovistos de humanidad.
Le mostré el vídeo en mi portátil. Rivas lo vio en silencio, con los brazos cruzados. —El Alquimista —dijo Rivas, cuando terminó la grabación, escupiendo en el suelo de tierra de la cabaña—. Un narco colombiano de la vieja escuela. Opera desde Marruecos ahora, controlando las rutas del estrecho. Es un psicópata refinado.
—Me piden cinco millones. No los tengo, e incluso si los tuviera, no se los daría para salvar a ese parásito —dije, señalando la cara ensangrentada de Alejandro en la pantalla congelada.
—¿Entonces qué quieres, cantante? ¿Un equipo de rescate? Eso te costará el doble y las probabilidades de salir vivos son del cinco por ciento.
—No quiero rescatarlo —dije, y el sonido de mis propias palabras me sorprendió por su frialdad y dureza—. Quiero ir a la cita. Quiero llevarles algo que valga más que los cinco millones de euros que buscan. Y cuando estemos frente a frente, quiero destruir a El Alquimista y acabar con Alejandro de una vez por todas.
Rivas alzó una ceja. Por primera vez, vi una chispa de interés genuino en sus ojos fríos. —Estás hablando de un ataque suicida contra un cuartel general del cártel. —No si les ofrecemos un cebo que no puedan resistir. Un cebo que los haga bajar la guardia. Y tú, Rivas, vas a ser mi seguro de vida.
Pasamos la noche trazando un plan que rozaba la locura. Rivas utilizó sus contactos en la aduana y en la inteligencia de la Guardia Civil —contactos a los que untó con cien mil euros en efectivo de mi dinero— para conseguir un dosier clasificado. Era información letal: rutas detalladas, nombres de políticos sobornados, cuentas bancarias encubiertas y ubicaciones de pisos francos pertenecientes al principal cartel rival de El Alquimista, el Cártel de Sinaloa, que intentaba arrebatarle el control del Estrecho de Gibraltar.
Esa información valía mucho más de cinco millones en el mercado negro de la droga. Era la llave para que El Alquimista aniquilara a sus competidores. Ese iba a ser mi salvoconducto.
Al sexto día, mi teléfono satelital desechable, comprado por Paco, recibió un mensaje de texto con unas coordenadas GPS y una hora: Mañana. 22:00. Tánger. Kasbah. Lat/Long adjunta. Ven solo.
Capítulo 4: Cruzando el Estrecho hacia el Infierno
El ferry desde Tarifa hasta Tánger cortaba las aguas bravas del Estrecho bajo un cielo plomizo. El olor a salitre y a combustible diésel inundaba la cubierta. Yo iba vestido de forma anónima: chaqueta de cuero oscura, gorra negra y gafas de sol, aferrando un maletín metálico que contenía el dosier impreso y un dispositivo de rastreo oculto en el forro.
Rivas no iba conmigo en el ferry. Él había cruzado un día antes en una lancha rápida contrabandista, introduciendo un arsenal ligero y posicionándose en Tánger. El plan dependía de la sincronización y del elemento sorpresa.
Tánger me recibió con su habitual caos: una bofetada sensorial de olores a especias, sudor, té de menta y gases de escape. Me abrí paso a través del laberinto de la medina, siguiendo las estrechas y serpenteantes calles empedradas que subían hacia la Kasbah, la antigua fortaleza amurallada. El sol se estaba poniendo, tiñendo las paredes encaladas de tonos anaranjados y rojizos, como si la ciudad misma estuviera sangrando.
A las diez en punto de la noche, llegué a las coordenadas. Era un antiguo riad colonial, con una pesada puerta de madera tachonada. Dos hombres enormes, vestidos con trajes baratos que no lograban ocultar los bultos de las armas automáticas bajo sus chaquetas, me cerraron el paso.
—Mateo Cruz —dije simplemente, alzando el maletín.
Me cachearon con brutalidad, me quitaron la pistola que llevaba en la cintura, pero no revisaron el interior del maletín. Uno de ellos empujó la puerta y me hizo un gesto para que entrara.
El interior del riad era un contraste perturbador. Un patio central con una fuente de mosaicos andalusíes murmuraba suavemente. Había alfombras persas que sofocaban el sonido de las botas de los guardias. En el centro del patio, sentado en un sillón de mimbre, bebiendo té, estaba El Alquimista. Era un hombre de unos sesenta años, delgado, con el cabello blanco peinado hacia atrás y una elegancia depredadora.
A sus pies, como un perro apaleado, estaba Alejandro.
Alejandro alzó la vista cuando entré. Estaba demacrado, al borde del colapso físico. Tenía una cadena atada al cuello, sujeta a la pata del sillón del colombiano. Al verme, sus ojos se abrieron desmesuradamente, una mezcla de alivio enfermo y terror absoluto. Quizás pensó que realmente había traído su dinero.
—Señor Cruz. Qué honor recibir a una leyenda de la música en mi humilde morada —dijo El Alquimista, con una sonrisa que no llegó a sus ojos oscuros—. ¿Trae lo que acordamos?
Me acerqué lentamente, deteniéndome a dos metros de ellos. Cinco guardias armados estaban apostados en las esquinas del patio, apuntando sus subfusiles hacia mí en la penumbra.
—No he traído cinco millones, Alquimista —dije, mi voz resonando firme en el patio, sorprendiéndome a mí mismo.
El silencio que siguió fue sepulcral. El Alquimista dejó la taza de té en la mesita con exquisita lentitud. Alejandro emitió un gemido estrangulado. —¡Mateo, por Dios! —suplicó Alejandro, arrastrándose un palmo hacia mí—. ¡Te van a matar! ¡Dales el dinero!
Ignoré a Alejandro. Mantuve el contacto visual con el capo. —Le traigo algo infinitamente más valioso que el dinero que Víctor Santoro le robó.
Puse el maletín sobre una mesa baja, abrí los cierres y lo giré hacia él. El Alquimista hizo un gesto con la mano, y uno de sus sicarios se acercó, revisó el contenido en busca de explosivos y asintió. El Alquimista tomó el dosier y comenzó a hojearlo.
A medida que leía los nombres, las rutas y las cuentas de sus rivales mexicanos, la expresión de burla en su rostro fue reemplazada por una concentración intensa.
—Estas son las rutas operativas de Sinaloa en Algeciras y Cádiz —susurró el capo, maravillado—. Con esto… puedo borrarlos del mapa en una noche. ¿De dónde sacó usted esto, cantante?
—Tengo amigos en lugares que usted no imagina —mentí con aplomo—. Ese es mi pago por mi vida, por la de mi representante y la de mis amigos en España. Considere la deuda saldada.
El Alquimista cerró la carpeta de golpe. Una risa seca escapó de sus labios. —Es usted un hombre lleno de sorpresas, señor Cruz. Acepto el pago. Su vida y la de sus allegados están garantizadas. El Cártel de los Soles tiene honor en sus tratos.
—¡Espera! —gritó Alejandro, la desesperación rompiendo su voz—. ¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo, Mateo? ¡Me dijiste que me amabas! ¡Me escribiste canciones! ¡No puedes dejarme aquí para que me maten!
Lo miré. Por primera vez en seis años, lo miré sin que el dolor me desgarrara por dentro. Lo vi como lo que realmente era: un manipulador patético, un parásito que se alimentaba de la luz de los demás para cubrir su propia oscuridad.
—Ya te lloré una vez, Alejandro —le dije, mi voz vacía de cualquier emoción—. Las canciones eran para un hombre que murió en un accidente hace seis años. Tú eres solo el fantasma que dejó atrás. Quédate con él, Alquimista. Haz lo que quieras.
Me di la vuelta para marcharme. Pero la noche en Tánger no estaba destinada a terminar pacíficamente.
—Un momento, señor Cruz —la voz de El Alquimista se volvió gélida—. Dije que su vida estaba garantizada. Pero usted sabe demasiado. Ha visto mi cara. Conoce esta ubicación. Me temo que será un prisionero muy cómodo en nuestras instalaciones en la montaña hasta que estemos seguros de que esta información es legítima y no una trampa.
Escuché el sonido metálico de los fusiles de asalto al ser amartillados a mis espaldas. Me detuve en seco. Cerré los ojos. Todo estaba saliendo como Rivas había predicho.
—Se lo advertí, Alquimista. Tengo amigos en todas partes —murmuré, e introduje la mano en el bolsillo de mi chaqueta, presionando el pequeño transmisor de radio.
Capítulo 5: El Réquiem de Plomo
El caos estalló con una violencia ensordecedora.
No hubo advertencia. Las ventanas del piso superior del riad estallaron en mil pedazos cuando una granada aturdidora, lanzada desde el tejado adyacente, aterrizó en el centro del patio.
La explosión fue un relámpago cegador y un trueno que me reventó los tímpanos. Me tiré al suelo por puro instinto, cubriéndome la cabeza mientras el patio se llenaba de humo espeso y gritos de pánico.
Inmediatamente, el fuego cruzado comenzó. Rivas, posicionado estratégicamente como un francotirador en la cúpula de la mezquita abandonada que daba al riad, comenzó a abatir a los guardias del perímetro con una precisión quirúrgica. Un disparo, un muerto. El sonido amortiguado de su rifle con silenciador apenas se distinguía entre los gritos.
Aprovechando la confusión, me arrastré por el suelo, guiándome por la memoria hacia las sombras de las columnas. El humo me hacía toser. Vi a El Alquimista, tosiendo y sangrando por los oídos, siendo arrastrado por dos sicarios hacia una puerta blindada en el fondo del patio, llevándose consigo el maletín.
Pero Alejandro… Alejandro era una rata que había sobrevivido a un naufragio tras otro. En medio de la confusión, logró liberarse de la cadena rota por la explosión. Mientras un guardia moría a su lado por un tiro de Rivas, Alejandro, con una agilidad nacida de la desesperación, le arrebató la pistola al cadáver.
A través del humo disipándose, lo vi. No apuntaba a los sicarios. Me buscaba a mí. Su rostro estaba retorcido en una máscara de odio puro. Si él iba a morir allí, se aseguraría de que yo fuera con él. La envidia y el resentimiento hacia mi éxito, construido sobre su supuesta tragedia, siempre habían sido el verdadero motor de su veneno.
—¡Mateo! —rugió, levantando el arma.
No tenía dónde esconderme. Estaba expuesto contra la pared de azulejos. Me puse en pie, resignado, esperando el impacto caliente del plomo.
¡Pum!
El disparo sonó fuerte, resonando en el patio emparedado. Pero no sentí dolor.
Vi a Alejandro tambalearse hacia atrás, sus ojos abriéndose con incredulidad. Una mancha roja floreció en el centro de su pecho, expandiéndose rápidamente sobre la tela sucia de su camisa. El arma cayó de sus manos inertes, clac-clac, contra el suelo de baldosas.
Giré la cabeza. A mi derecha, emergiendo de las sombras de un arco, estaba Rivas. Había descendido al patio con cuerdas. Llevaba una pistola humeante en la mano.
Alejandro cayó de rodillas. Sus ojos, esos ojos verdes que alguna vez me parecieron el océano entero, se fijaron en mí por última vez. Los labios se le movieron, intentando articular una última mentira, una última excusa, un último nombre. Pero de su boca solo salió una burbuja de sangre.
Se desplomó de bruces en el agua de la fuente ornamental, tiñendo los mosaicos azules de un rojo oscuro y viscoso.
No hubo últimas palabras poéticas. No hubo una banda sonora dramática. Solo el gorgoteo del agua y el estertor de un hombre que había construido su vida sobre engaños, encontrando su fin en un charco de lodo y traición.
Rivas me agarró por el brazo con una fuerza hercúlea. —¡Muévete, cantante! ¡La policía marroquí estará aquí en tres minutos, y no querrás explicarles este desastre!
Corrimos. Huimos a través de la medina, perdiéndonos en los callejones más estrechos, esquivando a los pocos residentes que se atrevían a asomarse por las ventanas tras escuchar los disparos. Rivas tenía preparada una ruta de escape. Un coche nos esperaba cerca del puerto viejo.
Mientras nos alejábamos de Tánger en la noche cerrada, hacia un punto de extracción en la costa donde una lancha nos llevaría de vuelta a España, miré por la ventanilla del vehículo. Mi respiración era errática, pero, paradójicamente, mi mente estaba en calma. Una calma gélida y absoluta.
El monstruo estaba muerto. Y esta vez, no había funerales, ni cenizas falsas, ni dolorosas inspiraciones musicales. Solo el peso de la supervivencia.
Coda: El Silencio Final
Siete años después.
El sol caía sobre la bahía de Cádiz, pintando el mar de un naranja cálido y perezoso. Estaba sentado en la terraza de mi pequeña casa frente al océano, afinando lentamente una guitarra acústica de madera de ciprés. Mis manos, ahora marcadas por manchas de la edad y cicatrices de tallar madera, se movían sobre los trastes con suavidad.
Las noticias decían que El Alquimista había sido asesinado en Colombia hacía años, víctima de la información que yo le había entregado, la cual resultó ser un cuchillo de doble filo en la guerra de los cárteles. Rivas desapareció con su pago, probablemente viviendo como un rey en algún paraíso fiscal del sudeste asiático. Paco seguía en el puerto, sordo pero feliz, regentando un bar que le financié en secreto.
Rasgué las cuerdas de la guitarra. Un acorde mayor, brillante, limpio. Sin sombras menores. Sin melancolía.
Había dejado de cantar profesionalmente. La voz de Mateo Cruz, el viudo de España, se había extinguido en aquella terraza de Marbella y había muerto definitivamente en Tánger. Ya no escribía boleros. No podía. Porque el bolero requiere una herida abierta, y la mía, después de haber sido cauterizada con fuego y pólvora, por fin había cicatrizado.
A veces, en las noches de tormenta, cuando el viento aullaba contra las ventanas, la memoria de Alejandro volvía a mí. No como un amante, ni como un fantasma vengativo, sino como un mal sueño que se desvanece al despertar.
Miré hacia el horizonte, donde el mar se encontraba con el cielo, inmenso y libre de deudas, y toqué una melodía alegre, improvisada, destinada únicamente a los oídos del viento y de las gaviotas. Una canción sin letra, una canción sin pasado.
Y por primera vez en toda mi vida, encontré la paz en el silencio que quedaba cuando la música terminaba.