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El Túnel Sepultado Bajo la Sagrada Familia

El llanto no era humano. O, al menos, la garganta que lo producía hacía décadas que había dejado de respirar el aire de Barcelona. Era un gemido agónico, afilado como el cristal roto, que reptaba por la piedra fría y se filtraba a través de las juntas del suelo inacabado de la Fachada de la Gloria.

Eran las tres de la madrugada bajo la Basílica de la Sagrada Familia. La ciudad condal dormía, ajena al terror gélido que había paralizado por completo el turno de noche en la obra más emblemática de Europa.

Mateo Vargas, ingeniero jefe de estructuras, frenó su todoterreno de golpe frente a las vallas metálicas de la calle Mallorca. No se molestó en apagar el motor. Había recibido la llamada quince minutos antes. El capataz, un veterano andaluz curtido en mil obras llamado Paco, sollozaba al otro lado de la línea. Paco nunca lloraba. Pero esta noche, con la voz quebrada por un pánico irracional, le había suplicado que bajara a los cimientos.

—Hay alguien ahí abajo, don Mateo —había susurrado Paco, con el terror latiendo en cada sílaba—. Alguien o… algo. Llora desde dentro de la piedra ciega. Desde donde no hay nada.

Mateo cruzó el control de seguridad corriendo. El aire de mayo en Barcelona solía ser húmedo y pesado, pero al adentrarse en la inmensa nave del templo, una corriente glacial le cortó la respiración. Las gigantescas columnas de pórfido, diseñadas por Antoni Gaudí para emular un bosque de árboles celestiales, parecían proyectar sombras retorcidas, hostiles. La iluminación de obra, normalmente un resplandor halógeno casi clínico, parpadeaba de forma arrítmica.

Descendió por las escaleras de servicio hacia los subniveles de los cimientos, la zona de las criptas más antiguas y oscuras, aquellas que sostenían el peso astronómico de las torres recién coronadas. Faltaban solo meses para la fecha fatídica: el año 2026, el centenario de la muerte de Gaudí, el año en que la obra maestra finalmente sería consagrada y terminada. La presión sobre los hombros de Mateo era abrumadora, pero nada lo había preparado para lo que encontró en el subnivel -3.

Un grupo de diez obreros, hombres grandes, endurecidos por el cemento y el acero, estaban apiñados en un rincón, pálidos como cadáveres. Ninguno sostenía una herramienta. Todos miraban fijamente un muro de carga de mampostería antigua, un muro que, según todos los planos topográficos, escáneres láser y archivos históricos, marcaba el límite absoluto de la cimentación sur. Detrás de ese muro, según la ciencia y la historia, solo había tierra compactada y el lecho rocoso de Barcelona.

Y sin embargo…

Aaaaaahhhh…

El sonido atravesó el muro. Fue un lamento largo, arrastrado, vibrando con una resonancia metálica que hizo que a Mateo se le erizara el vello de la nuca. No era el eco del viento. No era una tubería de agua a presión. Era dolor crudo, puro, antiguo. Era el sonido de la desesperación absoluta, enterrada viva bajo miles de toneladas de piedra consagrada.

—¿Cuánto tiempo lleva sonando? —preguntó Mateo, esforzándose por mantener su voz firme. El eco de sus propias palabras sonó diminuto frente a la inmensidad sombría de las criptas.

—Empezó hace una hora, justo cuando las perforadoras de la zona este se detuvieron —respondió Paco, temblando. Llevaba un rosario enredado en sus gruesos dedos—. Primero fue un susurro. Luego… luego empezó a arañar.

—¿Arañar? —Mateo frunció el ceño. Se acercó al muro de piedra. Era mampostería del siglo XIX, piedra de Montjuïc, sólida e impenetrable. Colocó la palma de su mano derecha sobre la superficie rugosa.

Al instante, sintió la vibración. Ras, ras, ras. No venía del otro lado de la pared. Venía de las profundidades de la tierra, canalizado a través de un vacío acústico perfecto que no debería existir.

—Traedme la maza y los cinceles neumáticos —ordenó Mateo, su mente de ingeniero intentando desesperadamente aferrarse a la lógica—. Detrás de este muro hay una cavidad no registrada. Podría ser un antiguo colector, un refugio de la Guerra Civil. Un desprendimiento subterráneo podría estar creando corrientes de aire que emulan…

—Eso no es aire, ingeniero —le interrumpió uno de los obreros más jóvenes, con los ojos muy abiertos—. Eso está vivo. Y está sufriendo.

—¡Las herramientas, joder! —gritó Mateo, perdiendo la paciencia. La lógica era su religión, y este sonido blasfemaba contra ella.

El compresor rugió, rompiendo la tensión mágica del lugar. Mateo no quiso delegar el trabajo. Agarró el martillo neumático, sintiendo el peso y la potencia vibrando en sus brazos, y apuntó a la junta de mortero más ancha que encontró en el centro del muro ciego.

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