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El Tomate Sangriento en La Tomatina

Capítulo 1: El Olor del Hierro y la Pulpa

El rojo lo inundaba todo. No era un rojo poético, ni el rojo de un atardecer en el Mediterráneo; era un rojo visceral, pegajoso, ácido y asfixiante. El municipio de Buñol vibraba bajo el estruendo de cuarenta mil almas gritando al unísono, atrapadas en un frenesí pagano donde la única regla era la anarquía. Era el último miércoles de agosto, y La Tomatina había estallado con la furia de una guerra santa.

Mateo Vargas apenas podía respirar. El ácido de los tomates triturados le escocía en los ojos, mezclado con el sudor de la multitud que se apretujaba en las estrechas calles empedradas. El cielo azul de Valencia había desaparecido tras una lluvia de proyectiles escarlatas. Desde los inmensos camiones que avanzaban lentamente por la calle San Luis, los lugareños arrojaban toneladas de tomates maduros. La masa de gente empujaba, reía, resbalaba en la espesa sopa de pulpa que les llegaba hasta las rodillas.

Pero en medio de aquel caos festivo, algo andaba terriblemente mal.

Mateo se frotó los ojos con el dorso de la mano, intentando aclarar su visión. A su izquierda, un hombre mayor, vestido con una camisa blanca que ahora era un lienzo de manchas rojas, tropezó violentamente contra él. No fue un empujón festivo. Fue el colapso de un cuerpo que había perdido el control.

—¡Eh, cuidado, hombre! —gritó Mateo, intentando sostenerlo por los hombros.

El anciano levantó la cabeza. Sus ojos estaban desorbitados, inyectados en sangre, llenos de un terror absoluto que desentonaba macabramente con las carcajadas que resonaban a su alrededor. Abrió la boca para hablar, pero solo emitió un gorgoteo húmedo. Fue entonces cuando Mateo lo vio.

Entre el mar de tomate triturado que cubría el cuello del hombre, un tajo profundo, casi quirúrgico, sonreía de oreja a oreja. La sangre que manaba a borbotones de su arteria carótida era de un rojo más oscuro, más brillante y espeso que el jugo vegetal que los empapaba. El olor férrico de la sangre humana cortó de tajo el dulzor ácido del tomate. Alguien le había rebanado el cuello en medio de la multitud, y el asesino se había escabullido usando la lluvia roja como camuflaje perfecto.

El pánico paralizó a Mateo. Antes de caer desplomado en la sopa roja del asfalto, el moribundo agarró la muñeca de Mateo con una fuerza sobrehumana, clavándole las uñas. Con un movimiento desesperado, el hombre le introdujo algo en el bolsillo delantero de sus pantalones empapados: un tomate. Pero no era un tomate normal. Se sentía pesado, duro, frío.

Por España… el león despierta… —susurró el hombre con su último aliento, antes de que una avalancha de jóvenes australianos borrachos pasara por encima de ellos, pisoteando el cadáver y empujando a Mateo contra la pared de yeso de una casa.

Mateo cayó de rodillas. El agua roja le llegó al pecho. A su lado, el cuerpo sin vida del anciano flotaba boca abajo, su sangre mezclándose indistinguiblemente con los restos de cien mil tomates. Mateo quiso gritar, quiso pedir ayuda, pero el claxon ensordecedor de otro camión de tomates ahogó cualquier sonido.

Entonces, sintió las miradas.

A través del diluvio rojo, tres figuras avanzaban contra la corriente. No reían. No lanzaban tomates. Vestían impermeables oscuros y se movían con la precisión de depredadores en la jungla. Uno de ellos, un hombre calvo con una cicatriz cruzándole la mejilla, clavó sus fríos ojos grises directamente en Mateo. Había visto el intercambio. Había visto el tomate pesado.

El instinto de supervivencia, crudo y primitivo, estalló en el cerebro de Mateo. Se puso en pie de un salto, resbalando en el fango rojo, y comenzó a correr.

—¡Abrid paso! ¡Dejadme pasar! —gritaba, empujando a turistas y locales, recibiendo impactos de tomates en la cabeza y la espalda.

Detrás de él, los tres hombres comenzaron a abrirse paso con una violencia calculada. No les importaba a quién golpeaban. La cacería había comenzado.

Mateo se desvió por un callejón estrecho, alejándose de la ruta principal de los camiones. El bullicio se atenuó un poco, reemplazado por el jadeo errático de su propia respiración. Se refugió detrás de un contenedor de basura volcado, temblando incontrolablemente. La adrenalina le quemaba las venas. Sacó la mano del bolsillo.

Allí estaba el tomate. Era anormalmente perfecto, con la piel brillante, pero no era blando. Con dedos temblorosos, Mateo apretó la superficie. La piel del vegetal cedió, revelando que había sido cuidadosamente cortado por la mitad y vuelto a sellar. Al abrirlo, el corazón de Mateo dio un vuelco.

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