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El susurro de Emma

El susurro de Emma

—Mami…

La voz de Emma fue tan débil que casi quedó ahogada por el sonido del cuchillo golpeando la tabla de madera. Yo estaba cortando calabaza para la cena, pensando en cosas insignificantes: si aún quedaba leche en el refrigerador, si debía llamar al casero para que arreglara la fuga del baño, si aquella noche lograría dormir más de cinco horas seguidas.

Entonces sentí el pequeño tirón en mi suéter.

Me giré sonriendo, esperando verla con alguna pregunta absurda sobre dibujos animados o con su conejo de peluche exigiendo una curita imaginaria.

Pero Emma no sonreía.

Estaba pálida.

Tenía los ojos enormes, húmedos, llenos de una clase de miedo que ningún niño de cuatro años debería conocer.

—¿Qué pasó, mi amor?

Ella miró hacia el pasillo.

Después hacia la sala.

Y luego se inclinó contra mi oído.

—¿Puedo dejar de tomar las pastillas que la abuela me da todos los días?

El cuchillo se me escapó de las manos.

Golpeó la tabla con un ruido seco.

Y desde la sala, el televisor se apagó de golpe.

Un silencio pesado cayó sobre el apartamento.

Sentí cómo la sangre abandonaba mi rostro.

Pastillas.

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