El frío en el Pico de Aneto no te mata de golpe. Primero te miente. Te adormece las extremidades con una falsa sensación de calor, te susurra al oído con el aullido del viento helado y, cuando finalmente cierras los ojos, te arranca el alma dejando atrás una cáscara vacía. Pero lo que el suboficial Ramos del GREIM (Grupo de Rescate Especial de Intervención en Montaña) encontró a 3.200 metros de altitud no fue obra del frío. Fue obra del infierno mismo.
La tormenta “Filomena II” había azotado los Pirineos durante diez días ininterrumpidos. Una pared de nieve y hielo que había tragado a seis alpinistas experimentados. Seis nombres que ya llenaban las portadas de los periódicos nacionales: la Expedición Cénit. Ahora, en el undécimo día, el cielo se había abierto como una herida supurante, arrojando una luz pálida sobre el glaciar. Ramos avanzaba con la respiración entrecortada, sus raquetas de nieve crujiendo sobre el manto blanco. Fue entonces cuando vio la tienda.
O lo que quedaba de ella.
La lona amarilla de alta resistencia estaba destrozada, desgarrada no por la fuerza del viento, sino cortada desde adentro. Tiras de nailon ondeaban violentamente. El silencio que rodeaba el campamento era antinatural, pesado, asfixiante. Ramos hizo una señal a sus hombres para que se detuvieran. El aire apestaba. A esa altitud, nada debería tener olor, pero había un hedor férrico y dulce que cortaba la respiración. Sangre.
Ramos desenganchó su piolet, un instinto primario apoderándose de su entrenamiento. Se acercó a la entrada destrozada. Lo primero que vio fue una bota. La bota de alta montaña estaba unida a una pierna, pero la pierna terminaba abruptamente en un amasijo de carne congelada y hueso astillado a la altura del fémur. La nieve alrededor no era blanca; era un lienzo macabro de carmesí cristalizado.
—¡Dios Santo! —murmuró uno de los rescatistas detrás de él, cayendo de rodillas y vomitando sobre la nieve.
Dentro de los restos de la tienda, la carnicería desafiaba la razón. Había torsos irreconocibles, rostros congelados en máscaras de terror absoluto con los ojos arrancados o hundidos, ropa térmica desgarrada y manchada. No había sido una avalancha. No había sido la hipotermia. Alguien, o algo, los había destrozado metódicamente.
Y entonces, un sonido.
Un crujido húmedo. Un roce.
En el rincón más oscuro, bajo una montaña de sacos de dormir manchados de sangre y restos humanos, algo se movía. Ramos levantó su linterna, el pulso latiéndole en las sienes. La luz iluminó un rostro demacrado, cubierto de escarcha y sangre seca. Los labios estaban agrietados, negros por la necrosis. Los ojos, hundidos en sus cuencas, miraban sin ver. Era Mateo, el escalador más joven del grupo.
Estaba acurrucado en posición fetal. En sus manos, temblando espasmódicamente, sostenía el brazo amputado de Elena, la líder de la expedición. Mateo no estaba pidiendo ayuda. No lloraba. Simplemente murmuraba palabras inconexas mientras mordisqueaba la manga térmica del brazo amputado, con la mirada perdida en el vacío.
—Ellos… ellos tenían hambre… la montaña tenía hambre… —susurraba Mateo, su voz sonando como papel de lija rozando contra la piedra—. Tuve que hacerlo. Él nos obligó. El demonio del glaciar.
Ramos sintió que el estómago se le revolvía. Se acercó lentamente, hablándole con voz suave, como si intentara domar a un animal salvaje.
—Tranquilo, Mateo. Ya estamos aquí. Estás a salvo.
Cuando Ramos le arrebató el brazo inerte, Mateo soltó un grito desgarrador, un aullido gutural que resonó por todo el valle de Benasque, un sonido que perseguiría las pesadillas del equipo de rescate por el resto de sus vidas. Era el único sobreviviente. “El Milagro del Aneto”, lo llamarían los medios al día siguiente. Si tan solo supieran.
Tres semanas después. Hospital de San Jorge, Huesca.
La habitación olía a desinfectante y a flores marchitas. Mateo estaba sentado en la cama, mirando a través de la ventana. Le habían amputado tres dedos del pie izquierdo y la punta de la nariz por congelación, pero por lo demás, estaba físicamente estable. Psicológicamente, era otra historia.
El Inspector Jefe Torres, un veterano de la policía judicial con el rostro surcado de arrugas y una mirada que no admitía mentiras, se sentó frente a él. Había grabado horas de testimonios. La historia que Mateo contaba era una epopeya de supervivencia, una tragedia de proporciones homéricas que había paralizado a toda España.
Según Mateo, la expedición había comenzado perfectamente. El cielo estaba despejado. Llegaron al Paso de Mahoma, la peligrosa y estrecha cresta final antes de la cumbre, cuando la tormenta los golpeó de la nada. Una caída de presión barométrica tan brusca que los radares ni siquiera la detectaron a tiempo. Quedaron atrapados.
Construyeron un refugio de emergencia. Las raciones escasearon al cuarto día. El frío empezó a cobrar su peaje. Lucía, la médica del grupo, fue la primera en sucumbir al edema pulmonar. Luego, según el relato de Mateo con lágrimas en los ojos, la locura se apoderó de Javier.
Javier era el miembro más corpulento, un bombero de Madrid con un historial impecable. Pero la falta de oxígeno y el terror lo habían quebrado. Mateo le contó al Inspector Torres cómo, en la octava noche, Javier había despertado con los ojos inyectados en sangre. Afirmaba que la montaña exigía un sacrificio.
—Él tomó el piolet… —Mateo había sollozado durante su declaración, cubriéndose el rostro con las manos vendadas—. Primero golpeó a Carlos. Mientras dormía. Le destrozó el cráneo. Nos despertamos por el sonido… como un melón reventando. Elena intentó detenerlo, pero Javier era demasiado fuerte. La apuñaló en el pecho con el crampón. Diego y yo intentamos huir, pero la tormenta… no podíamos ver ni nuestras propias manos.
Mateo relató cómo Javier los cazó en la oscuridad del campamento destrozado. Cómo Diego cayó por una grieta intentando escapar del enloquecido bombero. Y cómo él, Mateo, escondido bajo el cadáver de Elena durante dos días, finalmente tuvo que defenderse cuando Javier lo encontró. Una lucha a muerte en la oscuridad helada, que terminó con Mateo estrangulando a Javier con una cuerda de escalada en un acto desesperado de autodefensa. Después de eso, la mente de Mateo se había apagado. El shock, el hambre y la visión de sus amigos masacrados lo habían llevado a la disociación que los rescatistas encontraron.
La historia era perfecta. Horrible, pero perfecta. Explicaba el trauma, la sangre, los cadáveres mutilados en una frenética lucha por la vida. La prensa lo canonizó. Era un mártir, una víctima del “Síndrome del Tercer Hombre” y de la locura de las alturas. Se organizaron colectas, se escribieron libros fantasma basados en sus entrevistas.
El caso estaba a punto de cerrarse. Un trágico accidente provocado por la naturaleza y la psicosis de altitud.
Pero la montaña nunca olvida, y rara vez perdona.
A mediados de junio, el calor del verano comenzó a derretir la gruesa capa de hielo perenne del glaciar del Aneto. Un grupo de alpinistas de verano, haciendo la ruta de los Portillones, notó un destello metálico a unos trescientos metros por debajo de donde había estado el campamento de la Expedición Cénit.
El GREIM recuperó el objeto. Era un casco de escalada destrozado, perteneciente a Diego. Y montada en la parte frontal, incrustada en una carcasa de policarbonato ultrarresistente que había sobrevivido a la caída, había una cámara de acción GoPro.
La cámara fue entregada directamente al Inspector Torres. Estaba sucia, rayada y la batería estaba completamente muerta. El departamento de cibercrimen tardó tres días en extraer la tarjeta de memoria y reconstruir los archivos de video dañados por las temperaturas extremas.
Torres se sentó en su oficina, con las persianas bajadas y una taza de café frío en la mano. El técnico en informática, un joven pálido y nervioso, le había dicho que el video era… difícil de ver. Torres le restó importancia. Había visto de todo en sus treinta años de servicio.
Hizo clic en reproducir.
El primer archivo mostraba a los seis alpinistas en el segundo día. Estaban sonriendo, bromeando. Javier, el supuesto asesino enloquecido, estaba ayudando a Lucía a ajustar sus correas. Mateo estaba en el fondo, callado, limpiando su piolet con una expresión inescrutable.
Torres avanzó a los últimos archivos. Fechados en el séptimo día de la tormenta.
El video se abría en el interior de la tienda, iluminado por una luz química verde y fantasmal. La lente estaba ligeramente empañada por la condensación de las respiraciones. La cámara no estaba en el casco; estaba apoyada en una mochila, enfocando el centro del refugio.
Se veía a Carlos y a Elena durmiendo, acurrucados para darse calor. Javier estaba en un rincón, tiritando visiblemente, murmurando una oración. Lucía ya estaba muerta; su cuerpo yacía cubierto con una lona en la entrada.
Entonces, apareció Mateo en el encuadre.
No había locura en sus ojos. No había terror. Su rostro era una máscara de absoluta y fría concentración.
Torres contuvo el aliento, sintiendo un sudor frío bajar por su espalda.
Mateo se acercó a Carlos en silencio. En su mano no tenía un piolet. Tenía una jeringa de adrenalina del botiquín médico. Pero no la usó para salvarlo. Con precisión quirúrgica, Mateo inyectó el contenido directamente en la vena del cuello de Carlos y, simultáneamente, le tapó la boca y la nariz con un grueso guante de expedición. Carlos se despertó con un sobresalto violento, sus ojos desorbitados, su cuerpo convulsionando por el choque químico y la asfixia, pero Mateo usó todo su peso para inmovilizarlo. No hubo sonido. Solo un forcejeo ahogado que duró dos largos y agónicos minutos.
Javier, al otro lado de la tienda, no se dio cuenta. Estaba sumido en un letargo profundo inducido por la hipotermia.
En el video, Mateo se levantó. Miró el cuerpo sin vida de Carlos. Luego, miró hacia la mochila de Carlos. Con calma, extrajo las últimas tres barras energéticas y se las guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.
Torres pausó el video. El café en su estómago se había convertido en ácido. Mateo no se estaba defendiendo. Estaba cazando. Los estaba asesinando, uno a uno, para robarles las raciones y el equipo térmico. Para asegurar su propia supervivencia, había decidido que los demás eran prescindibles.
El Inspector reanudó la reproducción. El siguiente archivo era aún más perturbador. Era el noveno día. La cámara había sido movida, quizás por Diego antes de morir. Ahora mostraba a Javier.
Javier no estaba enloquecido atacando a nadie. Estaba de rodillas, llorando en silencio sobre el cadáver de Elena. Mateo estaba detrás de él.
El audio de la cámara captó la voz de Mateo, fría, calculadora, sin rastro de la voz temblorosa que usaría meses después en la sala de interrogatorios.
—Lo siento, Javi. Pero el clima no va a mejorar. Somos demasiados para el oxígeno que queda.
Javier se giró lentamente, la confusión dibujada en su rostro cansado.
—¿Qué dices, Mateo? Tenemos que…
No pudo terminar la frase. El piolet de Mateo descendió con una fuerza brutal, directamente contra la clavícula de Javier. El crujido del hueso fue ensordecedor. Javier cayó gritando de dolor. Mateo no dudó. Se abalanzó sobre el bombero herido. La cámara cayó de su posición, grabando el suelo de la tienda, pero el audio continuó.
Los gritos de dolor de Javier se convirtieron en súplicas ahogadas. Se escuchaba el sonido metálico de las herramientas, el desgarro de la ropa, el sonido húmedo de la carne siendo apuñalada repetidamente.
—¡Por favor! ¡Por mis hijos! —sollozaba Javier en el audio.
—Shh, Javi. Solo cierra los ojos. La montaña tiene frío. —La voz de Mateo era un susurro arrullador, psicopático.
Luego, un silencio sepulcral, interrumpido solo por el aullido de la tormenta exterior. Y el sonido de Mateo, respirando con calma, abriendo otra barra de proteínas, masticando lentamente junto a los cadáveres de sus amigos.
La historia de la supervivencia heroica acababa de colapsar. No había ningún demonio de la montaña. El único demonio era el hombre que sonreía para las cámaras de televisión en la sala de rehabilitación.
El arresto se llevó a cabo en el plató de televisión. Mateo estaba a punto de ser entrevistado en un programa de máxima audiencia, promocionando la creación de una fundación en nombre de sus compañeros “caídos”. Llevaba un traje hecho a medida, ocultando las cicatrices de la congelación, con un aura de falsa humildad que ahora a Torres le provocaba náuseas.
Cuando los agentes de policía irrumpieron en el plató con las esposas, el público pensó que era una broma. Mateo sonrió con confusión.
—Inspector Torres, ¿qué significa esto? Estamos en directo.
Torres se acercó, sosteniendo una tablet. No dijo una palabra sobre sus derechos todavía. Simplemente reprodujo un fragmento de audio. El grito de Javier pidiendo por sus hijos, y la respuesta fría de Mateo: “Solo cierra los ojos”.
La sonrisa de Mateo desapareció. La máscara del héroe trágico se desmoronó en un milisegundo. Sus ojos, antes llenos de lágrimas fabricadas, se vaciaron, volviéndose tan negros y fríos como las rocas del Aneto. La cámara del plató hizo un zoom sobre su rostro. Ya no había un sobreviviente allí; solo un depredador atrapado.
No opuso resistencia. Cuando le colocaron las esposas, el silencio en el estudio era absoluto, más pesado que la nieve de la montaña.
El juicio fue el más mediático de la década. La fiscalía argumentó que Mateo no sufrió psicosis de altitud; que cada asesinato fue calculado, metódico. Mató a Carlos por comida. Mató a Elena para robarle el saco de dormir de expedición y sus capas térmicas. Mató a Javier para eliminar al único que podría haberlo dominado físicamente. Y acorraló a Diego hacia la grieta, dejándolo caer a su muerte en el abismo.
La defensa intentó alegar enajenación mental transitoria, estrés extremo por la supervivencia. Trajeron psiquiatras que hablaron del instinto animal que despierta cuando el cerebro se queda sin oxígeno y sin esperanza.
Pero el video de la GoPro era innegable. La calma con la que Mateo ejecutaba a sus amigos, la racionalidad con la que inventaba la historia de la locura de Javier para culpar al hombre más fuerte y justificar su propia supervivencia, destruyó cualquier simpatía del jurado.
Fue condenado a cinco cadenas perpetuas revisables.
Años más tarde, en el Centro Penitenciario de Alta Seguridad de Zuera, un periodista logró conseguir una entrevista exclusiva con Mateo. Habían pasado casi diez años desde los eventos en la montaña.
Mateo estaba en una sala blanca, fuertemente custodiada. Su cabello había encanecido por completo. Se sentó frente al periodista, con las manos esposadas a la mesa.
—El mundo te odia, Mateo —comenzó el periodista, yendo directo al grano—. Te ven como un monstruo. Has tenido una década para pensar. ¿Sientes algún remordimiento? ¿Ves los rostros de tus amigos cuando cierras los ojos?
Mateo lo miró fijamente durante un largo minuto. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se formó en la comisura de sus labios.
—Ustedes no lo entienden —dijo Mateo, su voz rasposa, casi como el roce de la piedra contra el hielo—. Ustedes se sientan en sus oficinas con calefacción, van al supermercado cuando tienen hambre. Hablan de moralidad. De humanidad.
Mateo se inclinó ligeramente hacia adelante, haciendo sonar la cadena de las esposas.
—La humanidad es un lujo que existe a nivel del mar. A tres mil metros de altura, en la oscuridad, a treinta grados bajo cero… la humanidad se congela y muere. Solo queda la biología. Ustedes ven un asesinato en ese video. Yo veo evolución. El más apto sobrevive. Si no hubiera sido yo, habría sido la montaña. Yo solo me adelanté.
El periodista tragó saliva, incapaz de apartar la mirada de los ojos vacíos del recluso.
—Pero mentiste. Culpaste a Javier. Manchaste su memoria para salvarte.
—Hice lo que era necesario para seguir respirando, allí arriba y aquí abajo. —Mateo se recostó en la silla, mirando hacia la pequeña ventana enrejada de la sala, por donde se veía un trozo de cielo gris—. Ellos estaban muertos desde el momento en que la tormenta nos alcanzó. Solo que sus cuerpos tardaron un poco más en darse cuenta. Yo los ayudé a entenderlo.
Mateo cerró los ojos por un momento y tomó una profunda y lenta respiración, como si estuviera inhalando el aire puro y helado de la cumbre.
—A veces —murmuró, casi para sí mismo—, echo de menos el frío. Porque en el frío puro del Aneto, no hay mentiras. Solo hay vida, y muerte. Y yo sigo vivo.
La guardia dio por terminada la entrevista. Mientras Mateo era escoltado de vuelta a su celda de aislamiento, el periodista revisó sus notas, con las manos temblorosas. Había ido buscando el arrepentimiento de un hombre quebrado, la redención de un monstruo. Pero solo había encontrado a una bestia que nunca había bajado realmente de la montaña. Una bestia que, desde su jaula de acero y hormigón, seguía de pie, sola y triunfante, sobre los cadáveres helados de sus compañeros, en la cumbre más solitaria del mundo.
El frío de la celda en el módulo de aislamiento de Zuera no se comparaba con el de la montaña. Era un frío artificial, húmedo, que se colaba por los conductos de ventilación y se instalaba en las articulaciones, pero carecía de la pureza letal del viento pirenaico. Para Mateo, ese frío era un insulto. Una burla burocrática a la majestuosidad del hielo que él había conquistado.
Los años transcurrieron con la lentitud de un glaciar en movimiento. En el exterior, el mundo continuaba girando, olvidando gradualmente los nombres de la Expedición Cénit, pero el rostro de Mateo se había convertido en un icono cultural perverso. El periodista que lo había entrevistado, un hombre astuto llamado Ribera, publicó un libro titulado El Depredador del Aneto: Anatomía de la Supervivencia. El libro fue un éxito de ventas mundial, traducido a veinte idiomas. Ribera intentó pintar a Mateo como un monstruo amoral, pero, sin quererlo, encendió una chispa en los rincones más oscuros de la psique colectiva.
En internet, lejos de las miradas de las autoridades convencionales, foros anónimos comenzaron a diseccionar las palabras de Mateo. “La humanidad es un lujo que existe a nivel del mar”. Esa frase se convirtió en un manifiesto. Surgió una subcultura, autodenominada “Los Hijos del Hielo”. Eran jóvenes nihilistas, supervivencialistas extremos y psicópatas de clóset que veían en las acciones de Mateo no un asesinato a sangre fría, sino el pináculo de la evolución darwiniana. Consideraban que la sociedad moderna había ablandado al ser humano, creando una falsa red de seguridad que protegía a los débiles. Para ellos, Mateo era el primer hombre del futuro, el único que había entendido que cuando las reglas caen, solo el más fuerte tiene derecho a respirar.
El Inspector Torres, ahora retirado, observaba este fenómeno con un terror silencioso. Su apartamento en el centro de Huesca estaba empapelado con recortes de prensa, mapas topográficos del Aneto y fotogramas impresos del maldito vídeo de la GoPro. El alcohol había mermado su salud, pero no su obsesión. Torres sabía que encerrar a Mateo no había solucionado el problema; lo había mitificado. Había convertido a un asesino calculador en un mártir de la brutalidad.
Dentro de la prisión, Mateo era un recluso modelo. No hablaba con nadie. No participaba en peleas. Su única exigencia era acceso a la biblioteca, donde devoraba libros de meteorología, fisiología humana en condiciones extremas y geología alpina. El psicólogo jefe de Zuera, el Doctor Arispe, pasó tres años intentando encontrar una fisura en la armadura mental de Mateo.
—No experimentas pesadillas, Mateo. Tu ritmo cardíaco en reposo es el de un atleta de élite. No hay trauma —le dijo Arispe durante una sesión en el invierno de su duodécimo año de condena—. Pero sé que algo te carcome.
Mateo, con el pelo ya blanco como la nieve, lo miró con esos ojos vacíos que absorbían la luz de la habitación fluorescente.
—Me carcome el aburrimiento, Doctor. Ustedes estudian la mente humana como si fuera un reloj complejo. Pero es mucho más simple. Es un estómago que necesita comida, y unos pulmones que necesitan aire. Todo lo demás, su moralidad, sus leyes… son cuentos para dormir que se cuentan para no aceptar que son animales esperando a ser devorados.
Arispe no pudo ayudar a Mateo, y poco después, solicitó un traslado. La presencia del asesino del Aneto era un agujero negro que drenaba la empatía de cualquiera que se acercara demasiado.
El punto de inflexión llegó en el decimoquinto año de su condena. Mateo desarrolló un dolor agudo en el abdomen. Los médicos del penal diagnosticaron una apendicitis aguda con riesgo de peritonitis. El protocolo exigía un traslado inmediato al Hospital Universitario Miguel Servet en Zaragoza.
El traslado se programó para la madrugada de un martes de febrero. El pronóstico meteorológico anunciaba una borrasca, pero nada que un furgón blindado de la Guardia Civil no pudiera manejar.
Lo que las autoridades no sabían era que “Los Hijos del Hielo” habían infiltrado a uno de los suyos en el personal de lavandería de la prisión, obteniendo los horarios de los traslados médicos.
La tormenta que azotó Aragón aquella noche fue de proporciones históricas, bautizada rápidamente como “La Ira Blanca”. Las carreteras se convirtieron en pistas de patinaje mortales. A mitad de camino, en un tramo solitario de la autovía A-23, un camión quitanieves robado embistió lateralmente al furgón blindado de la Guardia Civil. El impacto fue brutal. El furgón volcó, deslizándose decenas de metros sobre el asfalto helado entre una lluvia de chispas y metal retorcido.
Mateo, encadenado en la parte trasera, sintió el golpe pero no entró en pánico. Se aferró al banco de acero, dejando que su cuerpo fluyera con la inercia del impacto. Cuando el furgón se detuvo, el silencio que siguió fue roto solo por los gemidos de los guardias heridos en la cabina delantera.
Las puertas traseras fueron forzadas desde el exterior con sopletes térmicos. Un grupo de cuatro hombres y dos mujeres, vestidos con equipos de montaña tácticos de última generación y pasamontañas blancos, irrumpieron en el habitáculo destrozado. Cortaron las cadenas de Mateo en segundos.
El líder del grupo, un joven de mirada febril llamado Silas, se quitó el pasamontañas. Estaba temblando de pura devoción.
—Señor. Lo hemos liberado. Somos sus Hijos. Tenemos refugios, pasaportes falsos. El mundo es nuestro.
Mateo se frotó las muñecas marcadas por el acero. Salió del furgón y respiró hondo. El viento helado de la tormenta le azotó el rostro, y por primera vez en quince años, sonrió de verdad. Una sonrisa depredadora, mostrando los dientes. Miró a los guardias civiles inconscientes y sangrantes. Luego, miró a sus “salvadores”.
Silas le ofreció un abrigo de plumón de alta montaña y un piolet de titanio, como si le estuviera entregando Excalibur a un rey oscuro.
Mateo tomó el abrigo y se lo puso lentamente, abrochando cada botón con cuidado. Luego tomó el piolet, sopesando su equilibrio perfecto.
—Habéis hecho un trabajo excelente, Silas —dijo Mateo, su voz ronca mezclándose con el aullido del viento.
—Todo por la evolución, señor. ¿Hacia dónde vamos? El helicóptero clandestino no pudo despegar por la tormenta, pero tenemos vehículos todoterreno esperando a dos kilómetros. Iremos al sur, a Marruecos, y luego…
Silas no terminó la frase. Con un movimiento fluido y brutalmente rápido, que desmentía sus cincuenta años de edad, Mateo clavó la hoja del piolet de titanio en el cuello de Silas. El joven devoto abrió mucho los ojos, gorgoteando sangre caliente que se vaporizaba al instante en el aire gélido, manchando la nieve inmaculada a sus pies.
Los otros cinco miembros del culto se congelaron, incapaces de procesar lo que acababa de ocurrir. Su mesías acababa de asesinar a su líder.
Mateo extrajo el piolet con un tirón seco, dejando que el cuerpo de Silas se desplomara. Miró a los otros, que ahora retrocedían, aterrorizados, sacando torpemente sus propias armas.
—La evolución no necesita acólitos, niños —dijo Mateo, limpiando la sangre de la hoja en el abrigo del muerto—. Ustedes son débiles. Necesitan agruparse como ovejas, adorar a un ídolo. Yo no huyo hacia el sur. El calor me debilita. Yo voy al norte. Voy a mi montaña.
Antes de que los adoradores pudieran organizar una defensa, Mateo se movió entre ellos como una sombra en la ventisca. El entrenamiento en la prisión, la fuerza bruta conservada y la falta absoluta de piedad lo convirtieron en un espectro letal. En menos de tres minutos, dejó a sus “salvadores” desangrándose en la nieve, junto a los restos del furgón. Tomó las mochilas con provisiones, una radio de emergencia, unas raquetas de nieve y el mejor equipo de escalada que encontró en sus cadáveres.
No se dirigió hacia los vehículos todoterreno. Se adentró en la llanura helada, caminando con paso firme y sostenido hacia el norte. Hacia los Pirineos. Hacia el Aneto.
La noticia de la fuga y la masacre en la A-23 estalló a la mañana siguiente. Las autoridades cerraron las fronteras, los aeropuertos y los puertos. Se inició una cacería humana sin precedentes. Creían que Mateo buscaría refugio en las ciudades o intentaría cruzar a Francia.
Pero en Huesca, el exinspector Torres, al ver las imágenes de los cadáveres apilados junto al furgón, supo la verdad al instante. Sus manos temblorosas derramaron el café sobre la mesa.
—No está huyendo —susurró Torres, su voz quebrada por los años y el tabaco—. Está volviendo a casa.
Torres no llamó a la policía. Sabía cómo operaban; enviarían helicópteros que no podrían volar por la tormenta, patrullas que se perderían en la nieve. Tratarían a Mateo como a un criminal común. Pero Mateo ya no era un criminal; era un depredador apex regresando a su territorio de caza.
Torres abrió un viejo baúl militar en su dormitorio. Del interior sacó su antiguo equipo de alta montaña, mantenido obsesivamente durante años. Se puso las capas térmicas, revisó las fijaciones de sus crampones y cargó su revólver Astra 357 Magnum, asegurándolo en una funda interior cerca del pecho para evitar que el mecanismo se congelara. Él había sido el hombre que lo desenmascaró, el que lo arrebató de su trono de hielo. Esta historia había empezado en la cumbre, y Torres sabía que debía terminar allí.
El viaje hasta Benasque le tomó a Torres diez horas conduciendo su viejo Land Rover equipado con cadenas. La Guardia Civil había cortado los accesos principales, pero Torres conocía los caminos forestales como la palma de su mano. Llegó al refugio de La Renclusa, a los pies del macizo del Maladeta, cuando el sol comenzaba a ponerse, tiñendo las nubes de tormenta de un violeta cadavérico.
El refugio estaba cerrado y abandonado por la temporada invernal extrema. Torres forzó la cerradura y pasó la noche allí, racionando sus fuerzas. Sabía que Mateo llevaba ventaja, pero el terreno hacia el glaciar del Aneto en pleno invierno era casi intransitable. Sin embargo, si alguien podía hacerlo, era él.
Al amanecer, Torres comenzó el ascenso. El viento cortaba como cuchillas de afeitar. Cada paso era un esfuerzo titánico. La nieve polvo le llegaba hasta la cintura en algunos tramos. A sus sesenta años, sus pulmones ardían exigiendo un oxígeno que escaseaba, y sus rodillas protestaban en cada elevación. Pero la adrenalina y la determinación de cerrar el círculo lo impulsaban hacia arriba.
Atravesó el Portillón Superior. El glaciar del Aneto se extendía ante él, una vasta y brutal extensión de hielo azulado y nieve traicionera, salpicada de grietas mortales ocultas. Era un desierto helado donde la vida no tenía lugar.
A lo lejos, cerca de la cuota de los 3.200 metros, casi imperceptible entre la blancura cegadora, Torres vio un destello naranja. Una tienda de campaña de alta montaña. El mismo modelo que los secuaces de Mateo llevaban en el furgón.
Torres amartilló el revólver, sintiendo el frío del metal incluso a través del guante. Avanzó lentamente, utilizando el piolet para asegurar cada paso en la pendiente de hielo.
La tienda estaba instalada en el mismo promontorio de roca donde, quince años atrás, la Expedición Cénit había montado su campamento final. El lugar de la masacre.
A medida que se acercaba, la puerta de la tienda se abrió.
Mateo salió al exterior. No parecía sorprendido. No estaba temblando. Llevaba el equipo robado con la naturalidad de un rey vistiendo su armadura. Se paró a diez metros de Torres, la tormenta aullando alrededor de ellos como un coro de almas en pena.
—Sabía que vendrías, Torres —gritó Mateo para hacerse oír sobre el viento—. Los perros jóvenes de la policía habrían buscado en las fronteras. Pero tú… tú y yo estamos unidos por la sangre que derramé aquí.
Torres apuntó con el revólver. Sus manos temblaban, no por el miedo, sino por el agotamiento y el frío extremo.
—Se acabó, Mateo. Se acabaron los juegos. Se acabaron las mentiras. Ponte de rodillas y pon las manos en la nuca.
Mateo soltó una carcajada que sonó como hielo resquebrajándose. Abrió los brazos en cruz, ofreciendo su pecho a la bala.
—¿Dispararme? ¿Aquí? Si lo haces, el estruendo provocará una avalancha que te enterrará vivo antes de que puedas darte la vuelta. La montaña está cargada, Torres. Mírala. Está a punto de estallar de nieve acumulada. Dispara. Te reto. Será una tumba gloriosa para los dos.
Torres dudó. Miró de reojo hacia la cresta de los Portillones, observando las inmensas cornisas de nieve suspendidas precariamente sobre ellos. Mateo tenía razón. Un disparo de calibre Magnum a esa altitud y en esas condiciones era un suicidio garantizado.
Viendo la vacilación del policía, Mateo bajó los brazos y desenganchó su piolet de titanio.
—Tú eres un hombre de la ciudad, Torres. Confías en tus herramientas, en tu placa, en tu pólvora. Pero aquí arriba, esas cosas no importan. Aquí solo importa la biología. La carne. El hueso. La voluntad de sobrevivir.
Mateo comenzó a caminar lentamente hacia Torres, cerrando la distancia.
—He esperado quince años para volver a respirar este aire —continuó Mateo, con una intensidad psicopática brillando en sus ojos—. Quince años en una caja de cemento pensando en Carlos, en Elena, en Javier. Pensando en cómo me alimenté de su debilidad para hacerme fuerte. Y ahora te vas a sumar a ellos, Torres. Vas a ser mi ofrenda a la montaña para recuperar mi trono.
Torres bajó ligeramente el arma. Si no podía disparar, tendría que pelear. Y sabía que en un combate cuerpo a cuerpo, Mateo, a pesar de su edad, tenía la ventaja del terreno y la locura.
—No eres un dios, Mateo. Eres un caníbal con delirios de grandeza —escupió Torres.
Mateo cargó. Fue rápido, despiadado, como un felino lanzándose sobre su presa. Torres intentó esquivarlo, golpeando con la culata del arma, pero Mateo bloqueó el golpe con el mango del piolet y le propinó una patada brutal en la rodilla al expolicía.
Torres cayó de rodillas, soltando un grito de dolor. El revólver resbaló sobre el hielo, perdiéndose en una grieta superficial. Mateo no perdió tiempo. Levantó el piolet, la misma herramienta que había destrozado el cráneo de sus compañeros quince años atrás, listo para asestar el golpe final.
—Cierra los ojos, Torres —susurró Mateo, repitiendo la infame frase del vídeo—. La montaña tiene frío.
Pero Torres, movido por el instinto de supervivencia puro, no se rindió. Agarró un puñado de nieve dura y hielo picado y se lo arrojó directamente a los ojos a Mateo. El asesino retrocedió ciego por un instante, maldiciendo, bajando la guardia.
Torres se impulsó con su pierna sana y embistió a Mateo por la cintura. El impacto los desequilibró a ambos. Cayeron al suelo, rodando sobre la pendiente de hielo puro que precedía al glaciar principal.
La lucha se convirtió en un forcejeo primitivo, agónico, resbalando hacia el abismo. Los guantes de Kevlar rasgaban la tela, los puños golpeaban contra las capuchas endurecidas por la escarcha. Mateo logró liberar un brazo y asestó un codazo en el rostro de Torres, rompiéndole la nariz. La sangre caliente brotó, tiñendo el hielo, evocando la carnicería del pasado.
Mateo se posicionó encima, sus manos enguantadas cerrándose alrededor del cuello del viejo inspector. Torres forcejeó, buscando oxígeno desesperadamente. La presión era inmensa. La visión de Torres comenzó a oscurecerse, los bordes de la realidad desdibujándose en un túnel gris.
—¡Eres mío! —rugía Mateo, la saliva congelándose en sus labios—. ¡Nadie me derrota en mi montaña!
Torres sintió que perdía la consciencia. Sus manos, buscando algo, cualquier cosa a lo que aferrarse, tocaron el arnés de Mateo. No había herramientas. Pero sus dedos rozaron algo más: el mosquetón de liberación rápida que unía la cuerda de seguridad de Mateo a su propio piolet, clavado precariamente en el hielo a un par de metros de distancia, el único punto de anclaje que impedía que ambos cayeran por la pendiente infinita hacia la base del glaciar.
Con un último esfuerzo sobrehumano, alimentado por la furia de los seis muertos de la Expedición Cénit, Torres presionó el seguro del mosquetón.
El clic metálico fue casi inaudible bajo el estruendo de la tormenta, pero para Mateo sonó como el cañón de un arma de artillería.
La cuerda se soltó.
La gravedad, la verdadera gobernante de las alturas, tomó el control.
Mateo, al perder el punto de anclaje de su tensión, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, soltando el cuello de Torres. El hielo bajo ellos estaba inclinado a más de cincuenta grados. Sin anclaje, no había fricción que los salvara.
Mateo intentó clavar sus crampones, pero la capa de hielo azul era demasiado dura, como cristal blindado. Empezó a deslizarse hacia abajo, alejándose de Torres. Por primera vez en quince años, el rostro de Mateo mostró una emoción genuina: terror absoluto.
—¡No! —gritó Mateo, arañando inútilmente la superficie pulida del glaciar.
Torres, por su parte, logró girarse sobre su estómago y clavar desesperadamente su propio piolet en una grieta milimétrica de la roca expuesta, deteniendo su caída justo a tiempo. Se aferró a su herramienta con una fuerza que le desgarró los tendones del brazo, jadeando, escupiendo sangre, observando el destino del monstruo.
Mateo se deslizaba cada vez más rápido por la rampa de hielo del glaciar del Aneto. A medida que cobraba velocidad, su cuerpo comenzó a rebotar violentamente contra las irregularidades de la pendiente. Sus gritos de terror se fundieron con el bramido incesante del viento.
Se dirigía inexorablemente hacia la Gran Grieta, una inmensa sima en la parte central del glaciar, el lugar donde, según sus propias palabras, había caído Diego huyendo de la locura. Una brecha insondable, oscura y sin fondo visible, creada por el movimiento milenario del hielo.
Torres observó, paralizado por la majestuosidad de la muerte alpina, cómo el asesino que se creía el amo de la montaña era devorado por ella.
El cuerpo de Mateo fue lanzado al aire al chocar contra un borde de hielo elevado, flotó por un segundo que pareció eterno, y luego fue engullido por las fauces oscuras de la inmensa grieta. No hubo sonido de impacto. Solo el vacío silencioso y hambriento absorbiendo al depredador.
El Inspector Torres permaneció aferrado a su piolet durante horas, mientras la tormenta “La Ira Blanca” comenzaba lentamente a disiparse. El cielo gris plomizo empezó a romperse, dejando pasar tenues rayos de un sol gélido sobre la cumbre del Aneto.
Sobrevivió al descenso. Fue encontrado dos días después por un equipo del GREIM, medio congelado, deshidratado, pero vivo. En su informe oficial, declaró que había acorralado a Mateo en el glaciar y que este, al intentar huir, había resbalado y caído en la grieta. No mencionó el combate. No mencionó el culto. Dejó que las autoridades creyeran lo que necesitaban creer.
Los equipos de rescate intentaron buscar el cuerpo de Mateo durante el verano siguiente, pero el glaciar del Aneto es un ser vivo que se desplaza y tritura todo lo que cae en sus entrañas. El cadáver jamás fue recuperado.
Muchos años después, cuando el glaciar retrocedió significativamente debido al cambio climático, los alpinistas encontraron restos fragmentados de la Expedición Cénit esparcidos por la morrena. Pero de Mateo, no hubo ni rastro.
La montaña lo había asimilado. Lo había juzgado, lo había aplastado y lo había enterrado en la oscuridad eterna, bajo toneladas de hielo azul. En el Pico de Aneto, el silencio volvió a ser absoluto, inmaculado, libre de las pretensiones de los hombres que creen poder dominar aquello que es, por naturaleza, indomable. Las reglas del nivel del mar no aplicaban allí, y la montaña, en su infinita y gélida sabiduría, había demostrado que ella, y solo ella, era el verdadero y único depredador.