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El sudor frío le bajaba por la frente, trazando un camino húmedo sobre las arrugas profundas de su rostro curtido por el sol de Andalucía.

El sudor frío le bajaba por la frente, trazando un camino húmedo sobre las arrugas profundas de su rostro curtido por el sol de Andalucía. Don Alejandro, el respetado alcalde de San Miguel de los Pinos, llevaba setenta y dos horas sin dormir. Al otro lado de la pesada puerta de roble de su caserón, el pueblo entero aguardaba. No esperaban con vítores, ni con las palmas festivas típicas del sur de España. Aguardaban con hachas, escopetas de caza, hoces oxidadas y antorchas improvisadas que escupían chispas contra la fría noche de diciembre. Sus ojos, inyectados en sangre y dilatados por el terror absoluto, espiaban a través de las estrechas rendijas de las persianas de madera.

Allí estaba Carmen, la panadera que le horneaba las magdalenas cada mañana y que le sonreía con dulzura, sosteniendo ahora un enorme cuchillo de carnicero manchado con la sangre de un cerdo recién matado, sus ojos fijos en la ventana de su dormitorio con una intensidad psicópata. Allí estaba el padre Tomás, el viejo cura del pueblo, murmurando oraciones con una mirada llena de una codicia tan oscura y primitiva que parecía un emisario del mismísimo infierno. Y allí estaba Paco, el sargento de la Guardia Civil local, el hombre que debía protegerle, fumando un cigarrillo rubio mientras afilaba un machete contra el borde de la acera.

¿El motivo de esta locura colectiva? El Gordo. El puto Gordo de la Lotería de Navidad.

Cuatrocientos millones de euros.

La serie completa, el número 03347. Un número que ahora estaba grabado a fuego en la mente de cada hombre, mujer y niño de San Miguel de los Pinos. Una aldea olvidada de la mano de Dios, perdida entre campos de olivos secos y tierras yermas, donde la pobreza se heredaba de generación en generación como una enfermedad crónica. Todos, absolutamente todos en el pueblo, habían puesto dinero para comprar los décimos. Era la tradición. El alcalde viajaba a Madrid cada noviembre, compraba la serie completa en la famosa administración de Doña Manolita, y la guardaba en la caja fuerte del Ayuntamiento. Era el pacto. Era la esperanza.

Y este año, la esperanza se había hecho realidad. El 22 de diciembre, las voces angelicales de los niños de San Ildefonso habían cantado el número. San Miguel de los Pinos era inmensamente rico. Cada familia iba a recibir millones. Pero había un pequeño, minúsculo y aterrador detalle: los billetes no estaban.

Y Alejandro, el buen alcalde, el hombre que custodiaba el futuro de trescientas almas, había sufrido un “desafortunado” resbalón en las escaleras del Ayuntamiento justo una hora después del sorteo. Un golpecito en la cabeza. Una pequeña contusión. Y al despertar en el centro de salud, con la mirada vacía y un tono de voz tembloroso, había pronunciado las palabras que desataron el apocalipsis: “No… no me acuerdo. No sé dónde los he puesto. Mi mente está en blanco”.

Esa fue la chispa que encendió el polvorín.

Al principio, hubo lágrimas de preocupación. El pueblo lo abrazó. El médico local, Don Ernesto, le diagnosticó una amnesia retrógrada temporal causada por el trauma. “Tranquilos”, había dicho, “la memoria volverá en unos días. El cerebro necesita descansar”. Le acompañaron a su casa con honores, le prepararon caldos calientes y le arroparon en su cama.

Pero los días pasaron. El 23 de diciembre. El 24. La Nochebuena más oscura que el pueblo había vivido jamás. Las sonrisas comprensivas se transformaron en miradas de soslayo. Los susurros llenaron la plaza del pueblo. ¿Y si nos está mintiendo? ¿Y si el muy cabrón se los ha escondido para cobrarlos él solo y fugarse a Brasil? El veneno de la sospecha, alimentado por la avaricia más cruda, se infiltró en las venas de los vecinos.

Para el 25 de diciembre, la casa del alcalde ya no era un lugar de reposo; era una prisión de máxima seguridad.

Habían cortado la línea telefónica. Habían saboteado el motor de su todoterreno. El sargento Paco, líder de facto de la turba, había confiscado su teléfono móvil alegando que “las ondas electromagnéticas eran malas para su recuperación cerebral”. Habían establecido turnos de vigilancia de veinticuatro horas alrededor de la vivienda. Nadie entraba, nadie salía. El bloqueo era total.

Alejandro se apartó de la persiana, respirando entrecortadamente. El corazón le latía contra las costillas como un pájaro enjaulado. Caminó a oscuras por el pasillo de su casa. No se atrevía a encender las luces. El más mínimo movimiento provocaba gritos desde la calle.

—¡Alejandro! —rugió la voz de Paco desde el exterior, distorsionada por un megáfono—. ¡Sabemos que estás despierto, pedazo de escoria! ¡Acuérdate! ¡Haz un esfuerzo mental, hijo de puta, o juro por mi madre muerta que entraremos ahí y te abriremos el cráneo para buscar los billetes nosotros mismos!

Alejandro se tapó los oídos con las manos y se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo frío del pasillo. Sollozó, pero no de miedo, sino de una tensión insoportable. Porque la verdad era mucho más espeluznante que la simple pérdida de memoria. La verdad era que Alejandro no había perdido la memoria en absoluto. Recordaba perfectamente cada segundo del día del sorteo. Recordaba cómo su corazón casi se detiene al escuchar el número. Recordaba cómo corrió a la caja fuerte, sacó los fajos de billetes de lotería y sintió el tacto del papel áspero.

Y recordaba, con una claridad que le provocaba náuseas, lo que había hecho con ellos.

No era un héroe. No era un mártir. Era un hombre desesperado con un secreto putrefacto. Durante los últimos cinco años, Alejandro había estado robando fondos del ayuntamiento. Había falsificado las cuentas, había pedido préstamos a nombres de testaferros y lo había perdido todo en apuestas clandestinas y deudas con un cártel rumano que operaba en la costa de Marbella. Le habían dado un ultimátum: o pagaba dos millones de euros antes de fin de año, o su hija, que estudiaba en Sevilla, sufriría un “accidente” fatal.

Cuando el Gordo tocó, Alejandro vio la salvación. Pero no podía simplemente robar la caja fuerte y huir. El pueblo lo sabría de inmediato, la policía lo buscaría en todos los aeropuertos. Necesitaba tiempo. Necesitaba crear una historia tan perfecta y trágica que nadie sospechara de un robo hasta que él estuviera lejos. Su plan era sencillo: esconder los billetes, fingir el accidente, fingir la amnesia temporal, ganar unos días de lástima y confusión, recuperar el escondite en medio de la noche y desaparecer.

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