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El sótano de las catorce garrafas

El sótano de las catorce garrafas

Me llamo Derek Hayes y durante doce años me gané la vida entregando garrafas de agua en Brooklyn, Nueva York. Conocía cada calle, cada edificio agrietado y cada cliente raro del barrio. Había aprendido a distinguir a las personas por la forma en que abrían la puerta: estaban los que sonreían demasiado, los que jamás miraban a los ojos y los que parecían esperar algo terrible detrás de cada timbre.

Pero nadie se parecía al señor Arthur.

La primera vez que lo vi fue un martes lluvioso de noviembre. La dirección pertenecía a una vieja casa victoriana ubicada en una calle tranquila de Flatbush. Las fachadas vecinas estaban pintadas con colores vivos y tenían jardines pequeños, pero aquella casa parecía olvidada por el tiempo. Las ventanas permanecían cubiertas por cortinas gruesas y la pintura negra de la puerta principal se desprendía en tiras.

Tomé dos garrafas del camión y me acerqué pensando que sería un pedido normal.

Un anciano abrió apenas unos centímetros.

Era alto pese a la edad, delgado como un árbol seco y sostenía un bastón negro con la mano izquierda. Sus ojos grises parecían cansados.

—¿Entrega de Crystal Water? —pregunté.

—Sí.

Le mostré la factura.

—Tiene programadas catorce garrafas.

Pensé que corregiría el número.

No lo hizo.

—Déjelas junto a la puerta.

—¿Las catorce?

—Las catorce.

Su voz era suave, casi educada, pero algo en ella me produjo un escalofrío.

Aquel día hice tres viajes desde el camión hasta el recibidor. Cada vez que regresaba, el anciano seguía observándome desde la oscuridad del interior. Nunca se apartaba.

Cuando terminé, sacó un sobre con dinero exacto.

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