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EL SECRETO BAJO EL TABLAO

PRIMERA PARTE: EL COMPÁS DE LA MUERTE

El taconeo era ensordecedor, un repique frenético de madera contra madera que resonaba en la bóveda de ladrillo visto del tablao. Tac, tac-a-tac, pum. Carmen giró sobre sí misma, la bata de cola roja barriendo el escenario como una ola de sangre coagulada. El sudor le resbalaba por la frente, picándole en los ojos, pero no parpadeó. No podía parpadear. El terror, frío y metálico, le atenazaba la garganta, ahogando el aire que sus pulmones exigían a gritos.

Bajo la suela de sus zapatos de clavos, a menos de medio metro de profundidad, dormían los secretos. Literalmente bajo sus pies, ocultos en la oscuridad perpetua de un sótano olvidado, yacían los diarios de las mujeres que habían bailado en ese mismo metro cuadrado de madera antes que ella. Mujeres que habían sudado, reído, amado, y que luego habían sido masacradas.

Y el asesino estaba allí. Esta noche. Sentado en la tercera mesa a la izquierda.

Carmen alzó los brazos en un gesto de agonía artística, un movimiento clásico del cante jondo, pero su dolor no era actuado. Era visceral. El guitarrista, el viejo Mateo, rasgueó las cuerdas con una ferocidad inusitada, ciego a la tragedia real que se desenvolvía a escasos metros de su silla de enea. El cantaor, con los ojos cerrados y el rostro contraído en una máscara de dolor ancestral, lanzaba un quejío que parecía rasgar el aire denso y cargado de humo y perfume barato.

«Él me mira», pensaba Carmen, su mente girando tan rápido como su cuerpo. «Sabe que yo lo sé».

La luz del escenario era un círculo de fuego ambarino que la aislaba del público, pero a través de la penumbra, Carmen podía distinguir los rostros. Turistas asombrados, locales asiduos, amantes del flamenco con copas de fino en la mano. Y luego estaba él. Un hombre de mediana edad, impecablemente vestido con un traje de lino oscuro, el pelo canoso peinado hacia atrás con precisión quirúrgica. Su rostro era una máscara de apreciación educada, pero sus ojos… sus ojos eran dos pozos negros, vacíos de empatía, rebosantes de una anticipación sádica. En su mano derecha, descansando casualmente sobre la mesa de madera tallada, giraba un anillo de plata maciza con una piedra de ónix negro. El mismo anillo que Elena describió en su diario en 1982. El mismo anillo que dejó una marca profunda en el cuello de Lucía en 1995.

Tac, tac-a-tac, pum.

Carmen golpeó la tabla suelta. El sonido fue un milisegundo más grave, un eco hueco que solo ella, y quizás él, podían identificar. Esa tabla era la puerta al infierno. Un sudor frío le recorrió la espina dorsal. Faltaban veinte minutos para que el espectáculo terminara. Veinte minutos de danza frenética, de mantener la máscara de La Leona, la nueva promesa del flamenco andaluz, mientras su instinto de supervivencia le gritaba que saltara del escenario y corriera hacia las estrechas calles de la Judería de Córdoba, perdiéndose en la noche.

Pero no podía correr. Las notas de las muertas se lo impedían. Si corría, sería una más. Una víctima más que desaparecería en las oscuras aguas del Guadalquivir o sería enterrada en cal viva en las afueras de la Sierra Morena. Las páginas de cuero gastado y papel amarillento que había leído esa misma tarde en el silencio sepulcral del subsuelo le habían revelado una verdad aterradora: él disfrutaba la cacería. Él se alimentaba del miedo. Si mostraba terror, si rompía la ilusión del baile, él atacaría. Tenía que matarlo ella primero, o al menos, sobrevivir a la noche para entregar las pruebas.

El cantaor bajó el tono, entrando en una soleá lenta y melancólica. Carmen redujo la velocidad de sus pasos, permitiendo que sus brazos dibujaran arabescos en el aire humeante. Cada músculo de su cuerpo estaba en tensión, preparado para el impacto. Sus ojos se cruzaron con los de él durante una fracción de segundo. El hombre levantó lentamente su copa de cristal, conteniendo un líquido ámbar, y le hizo un brindis silencioso. Una sonrisa gélida curvo apenas la comisura de sus labios.

En su camerino, sobre el tocador rodeado de bombillas cegadoras, descansaba una rosa negra. No una rosa marchita, sino una rosa genéticamente modificada, oscura como la tinta. Exactamente la misma firma que preludiaba la muerte en los escritos de las cinco bailarinas anteriores. El ritual había comenzado. La coreografía macabra estaba en marcha.

Carmen giró bruscamente, dando la espalda al público, sintiendo que el corazón le iba a estallar en el pecho. Las luces proyectaban su sombra agigantada contra la pared de piedra centenaria del tablao. Era el tablao más antiguo de Córdoba, El Cante de los Caídos. Un nombre que siempre pareció una metáfora romántica, un guiño a la pasión desgarradora del flamenco. Ahora, Carmen sabía que era una descripción literal.

«Cálmate, respira», se dijo a sí misma. «Eres Carmen Montoya. Has bailado en las cuevas de Sacromonte, has sobrevivido a la pobreza de tu barrio. No vas a morir en un sótano cordobés».

Pero el miedo era un animal vivo en su estómago. Se obligó a recordar cómo había empezado toda esta pesadilla. Necesitaba aferrarse a la lógica, a la secuencia de eventos que la habían llevado a este punto crítico, para no perder la cordura en medio de la danza. Mientras sus pies ejecutaban mecánicamente una serie de escobillas complejas, su mente viajó atrás en el tiempo, a solo dos semanas antes, cuando llegó a Córdoba con una maleta llena de sueños y un contrato que parecía el billete dorado hacia el estrellato.

SEGUNDA PARTE: LA LLEGADA A LA CIUDAD DE LOS CALIFAS

Hacía exactamente quince días, el calor de mayo en Córdoba ya era un preludio del infierno estival. Carmen bajó del tren en la estación del AVE, respirando el aire espeso que olía a azahar y asfalto caliente. Tenía veintiséis años, el cabello negro como ala de cuervo recogido en un moño tirante, y unos ojos oscuros que devoraban todo a su alrededor. Había sido contratada como la bailaora principal en El Cante de los Caídos, un honor que usualmente se reservaba para mujeres con décadas de trayectoria.

Don Fernando, el dueño del tablao, había viajado personalmente a Sevilla para verla bailar en un pequeño local de Triana. Era un hombre corpulento, de voz ronca y maneras antiguas, que fumaba puros puros habanos y miraba el mundo con una mezcla de cansancio y autoridad.

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