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El Sabor Amargo del Duende

La gota de chocolate espeso, oscuro y ardiente, pareció caer en cámara lenta. En el majestuoso Teatro Lope de Vega de Sevilla, un silencio sepulcral, espeso y asfixiante, ahogó el eco del último acorde de la guitarra. El tiempo se detuvo. Miles de ojos, clavados en el centro del escenario, observaban cómo la mancha marrón se expandía con crueldad sobre la inmaculada blancura de la bata de cola de seda cruda, una obra de arte valorada en decenas de miles de euros.

Pero lo que heló la sangre de los tres mil espectadores no fue el vestido arruinado. Fue el grito que rasgó el aire, un alarido de furia pura que no pertenecía al arte, sino a la locura.

—¡Estúpida! ¡Miserable rata callejera!

Valeria “La Llama” Montenegro, la autoproclamada y temida Nữ hoàng Flamenco (Reina del Flamenco), temblaba de ira. Sus ojos, enmarcados en un maquillaje perfecto que ahora parecía una máscara demoníaca, fulminaban a la pequeña figura que yacía en el suelo de madera de roble.

Allí, encogida, temblando como una hoja bajo una tormenta, estaba Lucía. Tenía apenas dieciséis años. Sus manos, llenas de pequeñas cicatrices por el aceite hirviendo de la freidora, aún se aferraban a la bandeja de hojalata abollada. El aroma a masa frita, azúcar, canela y cacao caliente —el olor de los churros que vendía cada noche a las puertas del teatro para poder comprarle medicinas a su madre enferma— ahora apestaba a tragedia.

Lucía había entrado al teatro por la puerta de servicio, contratada apresuradamente por un productor estresado porque Valeria exigía su capricho de medianoche antes de su gran solo final. Un cable mal puesto en la penumbra de las bambalinas, un tropezón inevitable, y el destino de Lucía se estrelló contra la deidad del escenario.

El público murmuraba. La tensión era un cuchillo afilado rozando el cuello de todos los presentes. Valeria levantó su mano, adornada con anillos de esmeraldas, y señaló el charco de chocolate humeante que manchaba tanto su vestido como las tablas del escenario sagrado.

—¿Sabes cuánto cuesta esta seda, basura? —siseó Valeria, acercándose a la niña. Cada golpe de su tacón sonaba como un martillazo—. Cuesta más que tu miserable vida y la de toda tu estirpe. Has arruinado mi noche. Has arruinado mi presentación ante… —Valeria tragó saliva, sus ojos destellaron hacia el palco de honor, oscuro y silencioso—. Ante él.

En ese palco se sentaba la leyenda. Don Antonio de la Cruz, el “Dios del Flamenco”, el maestro que había forjado a los grandes, el hombre que no había aceptado un aprendiz en dos décadas. Valeria había organizado toda esta noche de gala, había sobornado, pisoteado y manipulado para que él estuviera allí. Quería ser su heredera, la portadora de su bastón sagrado. Y esta chiquilla con olor a fritura lo había arruinado.

—Perdóneme, señora, se lo suplico —sollozó Lucía, juntando sus manos ennegrecidas por el trabajo—. Trabajaré toda mi vida… le pagaré cada centavo… fue un accidente.

—¿Pagarme? —Valeria soltó una carcajada estridente, fría y carente de piedad—. No tienes suficiente sangre en las venas para pagarme. Pero vas a limpiar esto. Ahora mismo.

Lucía sacó apresuradamente un trapo de algodón de su delantal desgastado.

—No, no con eso —la voz de Valeria descendió una octava, convirtiéndose en un veneno letal. Sonrió, una sonrisa torcida y sádica—. Eres un animal que vive de las sobras de la calle. Así que vas a limpiar el escenario como un animal. Con la lengua.

El teatro entero ahogó un grito. Los músicos en la parte de atrás bajaron sus instrumentos, horrorizados. Un murmullo de indignación comenzó a crecer en las gradas, pero nadie, absolutamente nadie, se atrevió a levantarse. Valeria Montenegro tenía el poder de destruir carreras con un chasquido de sus dedos. Tenía a la prensa en el bolsillo y a los promotores a sus pies. El miedo paralizó a la multitud.

—¿Qué esperas? —rugió Valeria, agarrando a Lucía por el cabello oscuro y empujando su rostro hacia el charco de chocolate hirviendo—. ¡Lámelo! ¡Quiero que cada gota desaparezca! ¡Quiero verte arrastrarte como el gusano que eres!

Las lágrimas de Lucía brotaron como cascadas, mezclándose con el chocolate oscuro en el suelo. El calor de la bebida le quemaba las rodillas a través de la fina tela de su vestido remendado. El dolor de la humillación pública le desgarraba el alma. A través de sus ojos empañados, miró hacia el abismo negro del patio de butacas. Tres mil almas observando su degradación. Sintió la textura rasposa de la madera contra sus labios. Cerró los ojos, preparándose para la rendición absoluta, dispuesta a tragar su orgullo, su dignidad, su esencia, solo para sobrevivir, para no ir a la cárcel, para poder seguir comprando el pan de su madre.

Abrió la boca, temblando.

¡Alto!

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