El tiempo, en la ciudad sumergida, no fluía; se estancaba. Arriba, en la superficie del mundo que Mateo había abandonado, los días se devoraban a sí mismos en una frenética sucesión de amaneceres grises y anocheceres sangrientos. Las estaciones giraban como la rueda de un molino desbocado. Zaragoza se recuperó de aquella inundación apocalíptica, reconstruyó sus puentes de hormigón y acero sobre las aguas del Ebro, y la vida continuó su curso ruidoso, implacable y doloroso. La esposa de Mateo, Lucía, envejeció esperando a un marido que las autoridades declararon muerto, arrastrado hacia el Mediterráneo por la furia del temporal. Ella lloró, guardó luto, finalmente sanó, rehízo su vida, tuvo hijos con otro hombre, y, tras largas décadas, exhaló su último aliento en una cama de hospital, llevándose consigo el recuerdo de aquel pescador de ojos cansados.
Pero abajo, en el anfiteatro de luz sólida, Mateo no envejecía. Su cuerpo físico había entrado en una estasis perfecta, suspendido en un líquido amniótico de energía dorada y olvido. Su mente, despojada de su individualidad, se había fusionado con la inmensa red de consciencia que formaba la entidad a la que llamaban “La Ciudad”. No era un lugar; era un ser vivo, un parásito antiguo, quizás extraterrestre, quizás de otra dimensión, que había anidado en el lecho del río eones antes de que el primer homínido caminara por la península ibérica. Se alimentaba no de carne, sino de la energía emocional, de la memoria y del dolor humano, ofreciendo a cambio una anestesia eterna, una felicidad sintética y hueca.
Durante lo que parecieron siglos, Mateo flotó en sueños que no eran suyos. Vio la construcción de las pirámides a través de los ojos de un esclavo sumerio que había sido arrastrado por otra corriente; sintió el calor de los incendios de Roma; escuchó los cánticos de los monjes medievales y el tronar de los cañones de la Guerra de la Independencia. Las mentes de los miles de cautivos en la ciudad se entrelazaban, compartiendo un eco perpetuo de la historia humana, desprovisto de todo sufrimiento. Era una existencia de pura contemplación, un éxtasis narcótico donde el “yo” no existía, solo el “nosotros” bañado en la luz de la esfera palpitante.
Y así pasaron los años. Cien. Doscientos. Trescientos años.
En la superficie, el mundo humano se precipitaba hacia su propio abismo. El cambio climático, que en la época de Mateo era una amenaza latente, se convirtió en un verdugo despiadado. Los glaciares de los Pirineos, que durante milenios habían alimentado las arterias fluviales de Aragón, se derritieron hasta desaparecer, dejando tras de sí roca estéril. Las lluvias cesaron casi por completo. El sol, antaño fuente de vida, se transformó en un ojo blanco y colérico que calcinaba las llanuras. La Zaragoza del siglo XXIV era una megalópolis blindada, cubierta por cúpulas de cristal tintado que protegían a sus habitantes de la radiación solar y de las tormentas de arena tóxica.
El Ebro, el río caudaloso y traicionero que había sido el alma de la región, comenzó a morir.
Primero, sus orillas retrocedieron, dejando expuestas extensiones de barro resquebrajado como la piel de un lagarto muerto. Luego, los meandros se desconectaron, formando charcas putrefactas que se evaporaban bajo el calor implacable. Finalmente, el caudal principal se redujo a un hilo pálido y agonizante.
A quince metros bajo tierra, en la ciudad dorada, el primer síntoma de la catástrofe fue un leve parpadeo.
Mateo, o la partícula de consciencia que alguna vez fue Mateo, sintió una vibración disonante en la melodía eterna que arrullaba su mente. La esfera central de luz sólida, el corazón del parásito arquitectónico, emitió un zumbido agudo y su luz amarilla y cálida se tornó momentáneamente verdosa, enfermiza. La ciudad necesitaba el agua no solo para ocultarse, sino como conductor de su energía, como barrera contra la entropía del mundo físico. Al disminuir la presión del río, la burbuja de estasis comenzó a perder estabilidad.
El agua que Mateo y los demás respiraban, ese líquido denso y oxigenado, comenzó a adelgazarse. Se volvió fría. Perdió su sabor a eternidad y empezó a saber a lo que realmente era: cieno, minerales muertos y estancamiento.
El proceso de despertar no fue suave; fue un desgarramiento brutal, un nacimiento a la inversa, arrancándolos de la matriz de la eternidad para arrojarlos de bruces a la podredumbre del tiempo real.
La esfera central parpadeó por segunda vez, más violentamente, y luego, con un sonido que resonó como el chasquido de un látigo de cristal en las mentes de los durmientes, su luz se redujo a la mitad. La ilusión óptica que revestía la ciudad se desmoronó. El oro inmaculado reveló su verdadera naturaleza: no era oro, sino un material orgánico, similar a la quitina de un insecto, que ahora se mostraba agrietado, pálido y cubierto de una mucosidad grisácea. Las joyas latentes eran pústulas calcificadas; las hermosas cúpulas, membranas coriáceas que latían con debilidad.
Pero el mayor horror no fue visual, sino mental. Al debilitarse la red neuronal de la ciudad, el muro de amnesia se derrumbó.
Los recuerdos de Mateo regresaron en un maremoto devastador. Su infancia en las calles estrechas, el olor a pescado frito, el tacto áspero de las redes entre sus manos, el sonido de su pequeño motor fueraborda. Y entonces, como una lanza de fuego atravesando su pecho: Lucía.
Recordó su rostro, el sonido de su risa, el tacto de su piel. Recordó la mañana en que la dejó en casa, prometiéndole que volvería pronto, antes de enfrentarse al río inundado. El dolor de la separación, comprimido y almacenado durante más de tres siglos, estalló en su consciencia en una fracción de segundo.
Abrió los ojos físicos. Ya no brillaban con la luz dorada; eran los ojos aterrorizados de un ser humano. Sus pulmones se rebelaron violentamente. El líquido que antes le daba la vida ahora lo ahogaba. Mateo se inclinó hacia adelante en su asiento de piedra (que ahora se revelaba como una estructura ósea, similar a un coral gigante) y comenzó a toser con convulsiones salvajes. Vomitó agua negra y bilis.
A su alrededor, el anfiteatro era un coro de agonía. Los miles de cautivos estaban despertando simultáneamente. Pero no todos tuvieron la suerte de Mateo.
La estasis había conservado sus cuerpos, pero el parásito había absorbido su vitalidad celular a cambio. Al romperse el vínculo, el tiempo acumulado cobró su deuda con una rapidez aterradora.
Mateo, aún asfixiándose, vio cómo el soldado de la Guerra Civil que le había dado la bienvenida siglos atrás se ponía en pie, con los ojos desorbitados por el pánico. El hombre intentó gritar, pero de su boca solo salió una nube de polvo gris. En cuestión de segundos, la piel del soldado se arrugó como papel quemado, sus huesos se volvieron quebradizos y colapsó sobre sí mismo, reduciéndose a un montón de cenizas y tela carcomida antes de tocar el suelo.
La mujer íbera sentada cerca de Mateo corrió la misma suerte, disolviéndose en una bruma de polvo antiguo. Los que llevaban milenios allí no podían existir en el mundo físico ni un segundo más. Eran fantasmas sostenidos por una magia parásita, y al desaparecer la magia, fueron borrados de la existencia. Decenas, cientos, miles de figuras en el anfiteatro se desmoronaron en cenizas en un macabro efecto dominó, dejando las gradas cubiertas de una espesa capa de polvo humano.
Solo sobrevivieron unos pocos: aquellos que, como Mateo, llevaban “apenas” un par de siglos atrapados. Sus cuerpos envejecieron de golpe, pero no lo suficiente como para morir instantáneamente. Mateo sintió cómo su cabello se volvía blanco y caía en mechones. Su piel se llenó de manchas y arrugas profundas; sus músculos, atrofiados por la inactividad de trescientos años, gritaban de dolor. Era un hombre de treinta años atrapado en el cuerpo de un anciano decrépito de más de noventa.
La luz de la esfera se apagó por completo.
La oscuridad reinó durante unos instantes, acompañada por el sonido agónico de la entidad derrumbándose sobre sí misma. Las estructuras de quitina crujían y se partían bajo el peso del fango y la escasez de agua.
Y entonces, una nueva luz perforó la negrura. No era dorada, ni mágica, ni cálida. Era blanca, cegadora, dura y despiadada.
El Ebro se había secado casi por completo en esa zona. La cúpula de agua que protegía la ciudad había desaparecido. El sol inclemente del siglo XXIV, filtrado a través de una atmósfera rojiza y contaminada, se abría paso por primera vez hasta las entrañas de la fosa del río.
Mateo, jadeando, respirando aire caliente y polvoriento que le quemaba la garganta reseca, se obligó a ponerse de pie. Sus articulaciones estallaron con un dolor agudo. Se apoyó en la barandilla ósea del asiento. El agua a sus pies apenas le llegaba a los tobillos, un charco fangoso y maloliente lleno de peces mutados que se retorcían asfixiándose en el lodo.
Miró hacia arriba.
Donde antes estaba la superficie del río, ahora veía un cielo de un color ocre enfermo, cruzado por gigantescas estructuras metálicas y vehículos voladores que zumbaban como avispones mecánicos. Los pilares de los nuevos puentes de Zaragoza no eran de piedra, sino de aleaciones sintéticas, hundiéndose profundamente en el lecho seco del río.
La majestuosa “Ciudad de Oro” se estaba desintegrando a la luz del sol. Sin la protección del agua, las estructuras orgánicas se pudrían a una velocidad vertiginosa, emitiendo un hedor insoportable a descomposición marina y amoníaco. El famoso puente dorado que lo había atraído no era más que el apéndice reseco de una criatura muerta, crujiendo y desprendiendo escamas bajo los implacables rayos ultravioleta.
Mateo no era el único sobreviviente. Vio a una mujer vestida con ropas de la década de 1980, arrastrándose por el fango, llorando histéricamente y agarrándose un rostro repentinamente surcado por profundas arrugas. Vio a un adolescente con una camiseta de un equipo de fútbol de principios del siglo XXI que corría en círculos, enloquecido, hasta que su corazón prematuramente envejecido cedió y cayó boca abajo en el barro estancado.
El instinto de supervivencia, oxidado pero aún presente, empujó a Mateo a moverse. Tenía que salir de aquella fosa. Tenía que saber qué había sido del mundo, qué había sido de Lucía. Su mente lógica aún se aferraba a la esperanza de que su letargo hubiese durado solo unas horas, días a lo sumo, y que la decrepitud de su cuerpo fuera solo un efecto secundario temporal de las aguas tóxicas.
Inició el penoso ascenso por las laderas del lecho del río. Cada paso era una tortura. Sus botas de pesca, extrañamente intactas, se hundían en el barro agrietado. El calor era sofocante, más de cincuenta grados centígrados bajo un sol sin filtros. El sudor, un líquido que su cuerpo no había producido en siglos, resbalaba por su rostro arrugado, arrastrando el polvo grisáceo de los muertos que cubría su ropa.
Tardó horas en escalar el talud de quince metros. A mitad de camino, se detuvo, exhausto, y miró hacia atrás.
La fosa donde se encontraba la ciudad parásita parecía ahora una inmensa herida abierta en la tierra. Restos de quitina gigante, pedazos de esferas rotas y el polvo de miles de almas formaban un paisaje macabro. Drones pequeños y esféricos, con luces parpadeantes y logotipos de corporaciones desconocidas, ya estaban descendiendo desde el cielo ocre, escaneando los restos de la anomalía biológica con haces de láser azul. El futuro había detectado la tumba del pasado.
Finalmente, Mateo llegó a la cima. Se aferró a las raíces secas de un árbol fosilizado y se impulsó para rodar sobre el suelo firme. Se quedó tendido boca arriba, respirando con dificultad, contemplando el cielo alienígena.
Lentamente, se incorporó. Se encontraba en lo que solía ser el Paseo de Echegaray. Pero no había árboles, ni aceras de baldosas, ni tráfico rodado. Todo estaba cubierto por una capa de arena rojiza. Ante él se alzaba un gigantesco muro de polímero transparente y oscuro, curvo, que se elevaba cientos de metros hacia el cielo: la cúpula climática que encerraba la “Nueva Zaragoza”.
A través del cristal oscurecido, Mateo pudo vislumbrar edificios que desafiaban la gravedad, torres aguja que perforaban el cielo interior, pantallas holográficas del tamaño de rascacielos enteros proyectando anuncios en idiomas que él no comprendía —una amalgama de español, chino, inglés y lenguajes sintéticos—. No quedaba rastro de la Basílica del Pilar, ni de la Seo, ni del casco antiguo. Todo lo que él conocía, todo lo que amaba, había sido barrido por la mano implacable del tiempo y la desesperación humana por sobrevivir al apocalipsis ecológico.
Un vehículo aéreo descendió en picado con un silbido silencioso y se detuvo a pocos metros de él, levantando una nube de polvo rojo. La puerta lateral se abrió, y de su interior descendieron dos figuras humanoides vestidas con trajes herméticos de color blanco mate, con cascos de viseras opacas. Llevaban instrumentos que parecían armas, pero también escaners médicos.
Se acercaron a Mateo con cautela. Uno de ellos levantó un dispositivo rectangular, emitiendo un haz de luz que barrió a Mateo de arriba a abajo.
La voz del humanoide resonó a través de un altavoz externo, metálica y carente de emoción. El idioma era una variante rápida y cortante del español, pero Mateo pudo entenderlo a duras penas.
—Anomalía temporal detectada. Marcadores genéticos del siglo XXI. El sujeto presenta envejecimiento celular acelerado. Peligro de contaminación biológica desconocido.
El otro guardia se acercó. A través de la visera oscura, Mateo no podía ver sus ojos, pero sintió la fría curiosidad con la que lo examinaba.
—Señor —dijo el segundo guardia, su voz transmitida por un sintetizador—. Está usted en una Zona de Exclusión de Nivel Cinco. El lecho del antiguo Ebro es área restringida por toxicidad. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿De dónde ha salido?
Mateo intentó hablar, pero su garganta estaba tan seca que solo produjo un graznido patético. Cayó de rodillas, la debilidad finalmente venciendo a la adrenalina. Miró sus propias manos temblorosas, llenas de manchas del hígado, la piel colgando como pergamino viejo sobre los huesos nudosos.
Recordó el río hirviendo de oro. Recordó la falsa promesa de paz eterna. Recordó haber elegido el olvido sobre el dolor, la anestesia sobre la lucha. El río no se lo había llevado por la fuerza; él se había entregado a él. Había renunciado a Lucía, a su sufrimiento, a su vida, por el espejismo de la ciudad sumergida.
Y ahora, el río lo escupía de vuelta. No había devuelto al pescador joven y fuerte que se lanzó al agua, sino a un fantasma, una cáscara vacía, un error estadístico en una época a la que no pertenecía.
El guardia más cercano le ofreció una cantimplora de aluminio. Mateo la tomó con manos temblorosas y bebió. El agua era sintética, filtrada, sin el sabor a tierra y a vida del agua real. Sabía a metal, al mismo metal opaco y sin vida del mundo que lo rodeaba.
—Identifíquese —repitió el guardia, apuntándole con el escáner—. Su huella genética no está en la base de datos de la Confederación Europea.
Mateo levantó la vista hacia el colosal muro de la cúpula, y luego miró hacia el abismo seco donde los restos podridos del parásito ancestral eran diseccionados por máquinas voladoras. Una risa seca, quebrada y dolorosa escapó de sus labios agrietados. Era la risa de un hombre que ha descubierto el remate final de la peor broma del universo.
—Mateo… —susurró, con una voz que sonaba como hojas secas aplastadas—. Me llamo Mateo. Fui a pescar.
Los guardias intercambiaron una mirada confundida a través de sus cascos.
—¿Pescar? —preguntó el primero—. ¿Qué es eso? No hay vida biológica en el sector exterior desde hace ochenta años.
Mateo no respondió. Cerró los ojos, dejando que la brisa cálida y contaminada acariciara su rostro arrugado. En el silencio de su propia mente, ya no resonaban cantos de sirena dorados, ni melodías de eternidad. Solo quedaba el eco sordo del tiempo perdido, el rugido fantasma de un río Ebro que ya no existía, fluyendo amargamente a través del paisaje desolado de su propia memoria. Y comprendió, con una claridad absoluta y desgarradora, que la verdadera prisión nunca había sido la ciudad bajo el agua; la prisión era estar condenado a recordar lo que habías permitido que te robaran.