Aeropuerto militar de San Antonio de los Baños. Roberto estaba realizando las últimas verificaciones de su Cesna 206. Era un avión pequeño de un solo motor, diseñado para seis pasajeros, perfecto para vuelos discretos que debían pasar desapercibidos. El Che llegó vestido como campesino boliviano, pantalón de lona gastado, camisa de trabajo, sombrero de paja.
Su famosa barba había sido afeitada. Sin ella era casi irreconocible. Con él venían tres hombres, Pombo, Tuma y Arturo, todos disfrazados, todos en silencio. Roberto notó que el che cargaba solo una pequeña mochila. Eso es todo su equipaje, comandante. Nomos, nomos. Pumasan, preguntó el Che. Sonrió tristemente.
¿Dónde voy, Tato? No necesito mucho, solo mis libros, mi diario y mi asma. Roberto había oído sobre el asma crónica del Che. “Trae suficiente medicina, dos meses de inhaladores, respondió el Che. Después Fidel me enviará más.” Roberto miró hacia el hangar donde Fidel observaba desde las sombras. No había venido a despedirse personalmente del Che, eso también le pareció extraño.
El vuelo despegaría en 10 minutos. Roberto ayudó a los hombres a subir al avión. El che fue el último en abordar. Antes de entrar, se volteó hacia el hangar, como esperando que Fidel saliera a darle un abrazo final. Pero Fidel nunca salió. El Che suspiró profundamente y subió. Roberto cerró la puerta, ocupó su asiento de piloto y encendió el motor.
A las 4:47 de la mañana, el Cesna despegó hacia Bolivia, llevando al revolucionario más famoso del mundo hacia su destino final. Durante las primeras 3 horas, nadie habló. El Che miraba por la ventana observando como Cuba desaparecía en el horizonte. Roberto lo veía por el espejo retrovisor.
El comandante tenía lágrimas en los ojos. Finalmente, cuando sobrevolaban el Caribe, el Che rompió el silencio. Tato, ¿puedo preguntarte algo? Claro, comandante. Fidel te dio instrucciones específicas sobre este vuelo. Roberto dudó. Recordó la advertencia de Fidel. No hablar de las órdenes secretas. me dijo que lo llevara a Bolivia de forma segura. El Che asintió lentamente.
Y te dijo algo más sobre regresar por mí si las cosas salen mal. Roberto sintió un nudo en el estómago. No podía mentirle al Che, pero tampoco podía desobedecer a Fidel. Comandante, mis órdenes son llevarlo a su destino. Nada más. El Che soltó una risa amarga. Entiendo. Fidel ya tomó su decisión. ¿Qué decisión? preguntó Roberto genuinamente confundido.
El Che lo miró a través del espejo retrovisor. La decisión de que esta es una misión sin retorno, Tato, Fidel no va a enviar refuerzos, no va a mandar medicina y tú, mi amigo, nunca regresarás a buscarme. Roberto sintió un escalofrío. Comandante, yo no no es tu culpa, interrumpió el Che. Tú solo sigues órdenes.
Pero quiero que sepas algo, Tato. Quiero que lo recuerdes cuando todo termine. ¿Qué cosa, comandante? Que yo elegí esto. Sé exactamente lo que Fidel está haciendo. Sé que me está enviando a morir y aún así voy. Porque morir luchando por la revolución es mejor que vivir como político en la Habana. Roberto no supo qué responder. Durante el resto del vuelo, el Che escribió en su diario.
Roberto lo observaba escribir página tras página, como si estuviera documentando algo importante para la posteridad. Años después, Roberto descubriría que el Che estaba escribiendo cartas de despedida a sus hijos, cartas que Fidel mantendría ocultas durante años. Cuando llegaron al espacio aéreo boliviano, Roberto descendió a baja altitud para evitar radares.
Aterrizaron en una pista improvisada en la región de Ñaguazú. En medio de la selva, eran las 6 pm del 5 de noviembre. Un grupo de campesinos bolivianos esperaba al Che. Lo saludaron como al Mesías que los salvaría de la opresión. Roberto ayudó a descargar el equipaje. El Che se acercó a él, le extendió la mano. Gracias, Tato.
Fuiste un excelente piloto. ¿Cuándo regreso por usted, comandante? El Che sonrió con tristeza. No regreses, Tato. Sigue con tu vida. Cuida a tu familia. Olvida que me conociste, pero comandante, es una orden”, dijo el Che firmemente. Luego añadió en voz baja, “Si Fidel te ordena regresar por mí, obedece. Pero si no te lo ordena, no vengas.
No quiero que te maten por intentar salvarme.” El Che le dio un abrazo, el único abrazo que Roberto recibiría del revolucionario más famoso del mundo. “Cuídate, hermano”, susurró el Che. Y cuando todo termine, cuenta la verdad, cuenta que yo sabía, cuenta que elegí esto. Luego se dio la vuelta y caminó hacia la selva, seguido por sus tres compañeros.
Roberto se quedó allí de pie junto a su avión, viendo como el Che desaparecía entre los árboles. No sabía que esa sería la última vez que vería vivo al comandante Ernesto Guevara. Roberto despegó a las 7 pm y regresó a Cuba. El vuelo de regreso fue el más largo de su vida. llegó a La Habana al día siguiente, 6 de noviembre de 1966.
Inmediatamente fue llamado al despacho de Fidel. Todo bien, Tato. Sí, comandante. El Che llegó a su destino. Perfecto. Ahora escucha cuidadosamente. Este vuelo nunca existió. No aparece en ningún registro. Si alguien te pregunta, “¿No sabes nada sobre el che?”. “Entendido. ¿Entendido?” Fidel le entregó un sobre con dinero.
Toma unas vacaciones con tu familia, te las ganaste. Roberto tomó el sobre, pero algo dentro de él se sentía profundamente mal. Durante las siguientes semanas, Roberto intentó seguir con su vida normal. volaba rutas comerciales, pasaba tiempo con su esposa e hija, trataba de olvidar, pero cada noche soñaba con el che caminando hacia la selva, desapareciendo entre los árboles.
Para un momento, no te pierdas este detalle, porque lo que sucedió en marzo de 1967 cambiaría todo para Roberto. 5co meses después de dejar al Che en Bolivia, Roberto recibió una llamada urgente. Era de nuevo el asistente de Fidel. Comandante Castro, necesita verte. Es urgente. Roberto llegó al palacio esa misma noche.
Fidel estaba furioso, caminando de un lado a otro de su despacho. “El Che está en problemas”, dijo sin saludos previos. “Su guerrilla está fracasando. Los campesinos no lo apoyan. El ejército boliviano lo está acercando. Ha enviado mensajes pidiendo refuerzos, armas, medicina. Roberto sintió una punzada de esperanza. ¿Quiere que vaya por él? Fidel se detuvo en seco.
No, no, no vamos a rescatarlo, Tato. Sería demasiado arriesgado políticamente. Si enviamos un avión cubano y es derribado, Estados Unidos tendría la excusa perfecta para invadir Cuba. Roberto no podía creer lo que estaba escuchando. Pero, comandante, el Che va a morir allá. El Che eligió ir, respondió Fidel fríamente. Sabía los riesgos. Usted lo envió a morir.
Explotó Roberto, olvidando por un momento a quién le estaba hablando. Fidel lo miró con esos ojos duros que habían ordenado ejecuciones de cientos de hombres. Cuida tu lengua, Tato. El Che es un revolucionario. Los revolucionarios mueren en batalla. Así es como funciona. Pero, ¿podemos salvarlo? No podemos y no lo haremos.
Esas son mis órdenes y si intentas volar a Bolivia por tu cuenta, te fusilo por traición. Roberto salió de ese despacho devastado. Durante los siguientes meses escuchó las noticias desde Bolivia. La guerrilla del Che estaba siendo aniquilada. Sus hombres morían uno por uno. El Che enfermaba sin medicina para su asma y Fidel no enviaba nada.
Roberto intentó hablar con otros pilotos, preguntarles si alguno había recibido órdenes de volar a Bolivia. Nadie. intentó contactar a oficiales de inteligencia que estaban en comunicación con el Che. Todos recibían las mismas órdenes de Fidel, no intervenir. En septiembre de 1967, Roberto tomó una decisión desesperada. Fue a ver a María, su esposa, y le confesó todo.
“Tengo que ir a Bolivia”, le dijo. “Tengo que sacarlo de allá.” María lloró. Si vas, Fidel te matará y entonces nuestra hija quedará huérfana. Roberto sabía que su esposa tenía razón, pero cada noche la imagen del Che caminando hacia la selva lo perseguía. Prometió que regresaría si lo necesitaba, insistió María. Pero él nunca te lo pidió directamente.
Te dijo que no regresaras. Respeta su decisión. Roberto pasó noches sin dormir, luchando con su conciencia. Aún no has visto la mayor sorpresa, porque lo que sucedió el 9 de octubre de 1967 destruiría a Roberto para siempre. Roberto estaba en casa cuando escuchó la noticia por la radio. El terrorista argentino Ernesto Chegueevara ha sido capturado y ejecutado en Bolivia.
Roberto sintió que el mundo se detenía. Corrió al baño y vomitó. Lloró durante horas. Su hija Claudia, ahora de 8 años, lo encontró en el suelo de la sala soyando incontrolablemente. ¿Por qué lloras, papá? Roberto no pudo responder. ¿Cómo explicarle a una niña de 8 años que había llevado a un hombre valiente a su muerte? ¿Cómo decirle que pudo haberlo salvado, pero no lo hizo? Al día siguiente, Roberto fue llamado nuevamente al palacio.
Fidel estaba destrozado, llorando públicamente por primera vez. El Che era mi hermano decía ante las cámaras. Cuba ha perdido a su hijo más valiente. Pero cuando las cámaras se apagaron y Fidel estaba a solas con sus asistentes más cercanos, Roberto escuchó algo diferente. Era necesario, murmuró Fidel. El Che vivo era un problema.
El Che muerto es un mártir que podemos controlar. Roberto sintió náuseas. En ese momento entendió todo. Fidel había enviado al Che a Bolivia sabiendo que moriría. Lo había abandonado deliberadamente y Roberto había sido el instrumento de ese plan. Durante las siguientes semanas, Roberto cayó en una depresión profunda. Dejó de volar. Apenas hablaba con su familia.
Su esposa lo encontraba llorando en la madrugada murmurando, “Perdóname, che. Perdóname. En diciembre de 1967, dos meses después de la muerte del Che, Roberto tomó la decisión más difícil de su vida. Una noche le dijo a su esposa, “Tenemos que irnos de Cuba.” “¿Inros dónde?” “A Miami, no puedo seguir viviendo aquí.
No puedo seguir viendo la cara de Fidel sabiendo lo que hizo. En enero de 1968, Roberto, María y Claudia escaparon de Cuba en una balsa improvisada. Casi mueren en el intento, pero llegaron a Florida. Roberto nunca volvió a pilotar un avión. El simple hecho de ver un Cesna le provocaba ataques de pánico. Durante 57 años guardó su secreto.
No habló con periodistas, no escribió memorias, no apareció en documentales. Hasta ahora. Durante 57 años, Roberto Tato Martínez vivió en Miami como un fantasma. Nadie sabía quién era realmente. Sus vecinos lo conocían como el viejito cubano callado que vivía en la pequeña casa azul de la calle 8o. Su hija Claudia creció sin saber completamente la verdad sobre por qué habían huido de Cuba cuando ella tenía 8 años. Roberto trabajó en lo que pudo.
Mecánico de autos, empleado de gasolinera, guardia de seguridad nocturno. Nunca volvió a tocar un avión. Cada 9 de octubre, en el aniversario de la muerte del Che, Roberto se encerraba en su habitación. Su esposa María sabía que no debía molestarlo. Lo escuchaba llorar durante horas, murmurando las mismas palabras una y otra vez.
Perdóname, Ernesto, debía haber regresado. Debía haber desobedecido. En 1995, María murió de cáncer. en su lecho de muerte, le hizo prometer a Roberto algo. “Tato, mi amor, tienes que soltar esta culpa. El Che te dijo que no regresaras. Obedeciste su última orden. No fue tu culpa.” Pero Roberto no podía soltar.
La culpa era como un cáncer en su alma que crecía cada año. Y justo en este punto todo cambió porque en 2016 algo sucedió que obligaría a Roberto a confrontar su pasado. El 25 de noviembre de 2016, Fidel Castro murió a los 90 años. Roberto estaba viendo las noticias cuando apareció la imagen del dictador en su ataúd. Sintió algo extraño.
No alegría, no tristeza, sino una liberación repentina. Ya murió, susurró. El único hombre que me ordenó guardar silencio ya no está. Su hija Claudia, ahora de 57 años y madre de tres hijos, estaba visitándolo ese día. Papá, ¿estás bien? ¿Te ves pálido? Roberto la miró con ojos llenos de lágrimas.
Claudia, hay algo que nunca te conté, algo sobre por qué salimos de Cuba. Siempre dijiste que era por razones políticas. Era más que eso, hija, mucho más. Durante las siguientes tres horas, Roberto le contó todo a Claudia. El vuelo secreto, el chegue vara, las órdenes de Fidel, el abandono, la culpa de 57 años. Claudia lloró con su padre.
Papá, ¿por qué nunca me lo dijiste? Porque tenía miedo. Miedo de que Fidel enviara a alguien a matarme. Miedo de que te pusiera en peligro. Pero ahora Fidel está muerto y yo también pronto estaré muerto. Claudia abrazó a su padre. Papá, tienes que contar esta historia. El mundo necesita saber la verdad.
¿Quién me va a creer? Soy solo un viejo piloto sin pruebas. Tienes tu testimonio, tienes tu memoria. Eso es suficiente. Durante los siguientes meses, Claudia convenció a su padre de que hablara. Contactó a historiadores, periodistas, documentalistas, pero Roberto se resistía. Todavía no, decía, todavía no es el momento. Entonces, en marzo de 2023, Roberto recibió el diagnóstico que cambiaría todo. Cáncer de pulmón en etapa cuatro.
El doctor le dio 6 meses de vida, tal vez menos. Es por todos esos años de fumar”, le dijo el oncólogo, y probablemente por el combustible de aviación que respiró durante años. Roberto sonró amargamente. No, doctor, es por 57 años de culpa. La culpa también mata. Esa noche Roberto llamó a Claudia. Estoy listo, hija.
Estoy listo para contar todo, pero hay algo que necesito hacer primero. ¿Qué cosa, papá? Necesito pedirle perdón al Che. y necesito hablar con sus hijos. Todavía no sabes lo que está por venir, porque lo que Roberto descubriría al investigar a los hijos del Che cambiaría completamente su perspectiva. Claudia investigó y descubrió que Aleida Guevara March, la hija mayor del Che, vivía en La Habana y ocasionalmente viajaba por el mundo dando charlas sobre su padre.
También encontró que Camilo Guevara March, el hijo del Che, había muerto en 2022. Papá, Aleida viene a Miami el próximo mes”, le dijo Claudia. Va a dar una conferencia en la Universidad de Miami sobre el legado de su padre. Roberto sintió un escalofrío. “¿Quieres que la contacte?” “Sí”, respondió Roberto con voz temblorosa.
“Necesito verla. Necesito decirle la verdad sobre el último día que vi a su padre.” Claudia escribió un email a los organizadores de la conferencia explicando que su padre había sido el piloto que transportó al Cheche a Bolivia y que necesitaba hablar con Aleida. Dos semanas después recibieron una respuesta.
Aleida Guevara aceptaba reunirse con Roberto Martínez en privado antes de su conferencia. La reunión estaba programada para el 15 de abril de 2023. Roberto tenía dos semanas para prepararse para el momento más difícil de su vida. Durante esos días, Roberto escribió todo lo que recordaba, cada detalle del vuelo, cada palabra que el che había dicho, las órdenes secretas de Fidel, todo lo escribió a mano en un cuaderno viejo con letra temblorosa de anciano enfermo.
¿Por qué escribes si vas a decírselo en persona?, preguntó Claudia. porque tal vez no tenga el valor de decirlo todo. Y si me quiebro, quiero que ella lea esto y sepa la verdad completa. La noche antes de la reunión, Roberto no pudo dormir. Se quedó despierto mirando las fotografías viejas. Ahí estaba él, joven de 32 años, junto al Che frente al Cesna.
Se veía tan joven, tan inocente, tan inconsciente de que ese vuelo definiría el resto de su vida. 15 de abril de 2023. Hotel en Coral Gables, Miami. Roberto llegó acompañado de Claudia. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener su bastón. Aleida Guevara March, de 63 años, lo esperaba en una sala privada del hotel.
Cuando Roberto entró, ella se puso de pie. Durante un largo momento se miraron en silencio. Roberto vio en ella los ojos de su padre, los mismos ojos intensos del Che. “Señor Martínez”, dijo Aleida suavemente. “Gracias por venir.” Roberto no pudo hablar. Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro arrugado. Aleida se acercó y, para sorpresa de todos, abrazó al viejo piloto. “Está bien”, susurró.
Está bien. Roberto soyloosó en sus brazos como un niño. Lo siento, lo siento tanto. Debía haber regresado. Debía haberlo salvado. Siéntese, por favor, dijo Aleida gentilmente. Se sentaron frente a frente. Claudia se quedó de pie de la puerta llorando también. Roberto sacó su cuaderno con manos temblorosas y se lo entregó a Aleida. Aquí está todo.
Todo lo que pasó ese día, lo que su padre me dijo, lo que Fidel me ordenó. ¿Por qué nunca regresé? Aleida abrió el cuaderno y comenzó a leer. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras avanzaba por las páginas. Cuando terminó, cerró el cuaderno y miró a Roberto con una expresión que él no esperaba. Compasión.
Señor Martínez, ¿puedo llamarlo Roberto? Por supuesto, Roberto. Mi padre sabía exactamente lo que estaba haciendo. Sabía que iba a morir en Bolivia y sabía que Fidel no lo ayudaría. Roberto la miró confundido. ¿Usted sabía esto? No los detalles que usted acaba de contarme, respondió Aleida, pero sí sabía que mi padre eligió ir a Bolivia sabiendo que probablemente no regresaría.
Mi madre me lo contó años después. Papá le dijo antes de irse, “Si no vuelvo en un año, significa que morí haciendo lo que amo.” Roberto sacudió la cabeza, “Pero yo pude haberlo salvado. Pude haber desobedecido a Fidel y lo habrían fusilado.” Interrumpió a Leida. “Y mi padre habría tenido que cargar con su muerte también.
” “Roberto, usted siguió la última orden que mi padre le dio. No regresar.” Pero escúcheme”, dijo Aleida firmemente. Durante 57 años usted ha cargado con una culpa que no le corresponde. Mi padre era un hombre adulto que tomó una decisión consciente. Fidel no lo obligó a ir a Bolivia. Mi padre eligió ir.
“Pero Fidel lo abandonó”, insistió Roberto. “Sí, Fidel lo abandonó”, admitió Aleida con amargura. “Y eso nunca se lo perdonaré a Fidel. Pero usted, Roberto, usted no abandonó a mi padre. Usted respetó su decisión. Para un momento, no te pierdas este detalle, porque lo que Aleida le reveló a Roberto en los siguientes minutos cambiaría completamente la forma en que él entendía toda la historia.
Roberto, ¿puedo contarle algo que muy poca gente sabe. Por supuesto, mi padre dejó cartas para todos nosotros, sus hijos las escribió antes de ir a Bolivia. En mi carta me escribió algo que nunca olvidaré. Aleida sacó una fotografía de su bolso. Era una copia de una carta escrita a mano. Aquí dice, “Aleía, mi niña, si estás leyendo esto es porque no volví.
Quiero que sepas que elegí este camino. Nadie me obligó. Tu tío Fidel y yo tomamos rumbos diferentes, pero ambos creemos en la revolución a nuestra manera. No lo odies por dejarme ir. Él hizo lo que pensó que era correcto para Cuba. Roberto leyó las palabras con lágrimas en los ojos. ¿Ves? Continuó Aleida. Mi padre no culpaba a Fidel completamente.
Entendía las decisiones políticas, incluso si no estaba de acuerdo con ellas. Pero Fidel lo dejó morir, insistió Roberto. Sí, admitió Aleida. Y eso es algo que Fidel cargó hasta su muerte. ¿Cómo lo sabe? Aleida suspiró profundamente porque en 2015, un año antes de morir, Fidel me pidió que lo visitara en La Habana. Yo no quería ir.
Durante años había resentido a Fidel por no salvar a mi padre, pero mi madre me convenció. Ve, me dijo. Escucha lo que tiene que decir. Roberto se inclinó hacia adelante, completamente absorto. Fui a verlo a su casa. Estaba viejo, enfermo, casi no podía caminar. me miró con esos ojos cansados y me dijo, “Aleida, necesito que sepas algo antes de morir.
Tu padre era el mejor hombre que conocí y no salvarlo fue el error más grande de mi vida.” Roberto sintió un escalofrío. “Fidél admitió eso.” “Sí”, confirmó Aleida. me dijo que cada noche durante 49 años había soñado con tu padre en la selva boliviana pidiendo ayuda. Me dijo que si pudiera volver atrás, enviaría un ejército entero a Bolivia.
Pero en ese momento, en 1967, pensó que estaba protegiendo a Cuba. Pensó que estaba haciendo lo correcto. Roberto no podía creer lo que estaba escuchando. Y usted lo perdonó. Aleida pensó cuidadosamente antes de responder. No lo perdoné completamente, pero entendí que él también era humano, que también cometió errores y que vivió con esas decisiones durante medio siglo.
Hubo un silencio largo. Finalmente, Aleida tomó las manos de Roberto entre las suyas. Roberto, si yo pude perdonar a Fidel Castro por no salvar a mi padre, usted debe perdonarse a sí mismo por obedecer órdenes. Usted era un soldado siguiendo instrucciones. Mi padre era un revolucionario eligiendo su destino.
Son dos cosas completamente diferentes. Roberto lloró abiertamente, pero cada noche, durante 57 años lo he soñado caminando hacia esa selva, desapareciendo entre los árboles, y me despierto gritando. Debí regresar. Debí salvarlo. Él no quería que lo salvaran dijo a Leida suavemente. Mi padre creía que morir luchando por sus ideales era mejor que vivir comprometido.
Y murió exactamente como quería, con un rifle en la mano, defendiendo sus principios hasta el final. Roberto sacudió la cabeza. No sé si puedo perdonarme. Entonces, déjeme ayudarlo dijo Aleida. Déjeme decirle las palabras que creo que mi padre le diría si estuviera aquí. Aleida cerró los ojos por un momento, como canalizando el espíritu de su padre.
Luego miró a Roberto directamente a los ojos y habló. Roberto, gracias por llevarme a Bolivia de forma segura. Gracias por respetar mi última orden de no regresar. Gracias por cuidar a tu familia como yo te pedí. No cargues con culpa por mi muerte. Yo elegí mi camino. Tú seguiste el tuyo. Ambos hicimos lo que creímos correcto.
Estás perdonado, hermano. Descansa en paz. Roberto se derrumbó completamente. Lloró como no había llorado en 57 años. Claudia se acercó y abrazó a su padre. Aleida también lo abrazó. Los tres se quedaron ahí abrazados, llorando juntos. Cuando finalmente se calmaron, Aleida le dijo a Roberto, “Ahora necesito que me prometa algo.” “Lo que sea, respondió Roberto.
Prométame que contará esta historia, que la hará pública. El mundo necesita saber la verdad completa sobre lo que pasó. No la versión heroica, no la propaganda, la verdad humana y complicada. Pero, ¿quién me va a creer? Yo voy a corroborar su historia”, dijo Aleida. Voy a aparecer con usted.
Voy a decirle al mundo que el piloto que llevó a mi padre a Bolivia finalmente rompió su silencio. Aún no has visto la mayor sorpresa, porque lo que Roberto y Aleida decidieron hacer juntos cambiaría la forma en que el mundo entiende la muerte del Cheegevara. En mayo de 2023, Roberto Martínez y Aleida Guevara March dieron una conferencia de prensa conjunta en Miami.
Fue transmitida en vivo a todo el mundo. Roberto, demacrado por el cáncer, pero con ojos claros por primera vez en décadas, contó toda su historia. Aleida estaba sentada a su lado asintiendo mientras él hablaba. Los periodistas estaban atónitos. Está diciendo que Fidel Castro deliberadamente abandonó al Chegueevara en Bolivia.
Roberto respiró profundamente. Estoy diciendo que Fidel tomó decisiones políticas difíciles. Decidió que salvar al Che era demasiado arriesgado para Cuba. ¿Fue la decisión correcta? No lo sé, pero sí sé que esa decisión lo persiguió hasta su muerte. Y usted se siente culpable por no regresar. Me sentí culpable durante 57 años”, admitió Roberto.
“Pero gracias a Aleida, finalmente entiendo que yo no maté al Che. No lo salvé, pero tampoco lo maté. Simplemente fui un instrumento en una historia más grande que yo.” La conferencia de prensa se volvió viral. Millones de personas la vieron. Algunos acusaron a Roberto de mentir. Otros lo llamaron héroe por finalmente decir la verdad.
Aleida defendió a Roberto en cada entrevista. Este hombre ha cargado con una culpa injusta durante casi seis décadas. Merece paz y mi padre, donde quiera que esté, estaría agradecido de que finalmente la verdad salga a la luz. En junio de 2023, Roberto fue invitado a la Habana. El gobierno cubano, ahora bajo nueva dirección, quería escuchar su testimonio. Roberto dudaba en ir.
Y si me arrestan. Aleida se rió. Roberto, usted tiene 89 años y cáncer terminal. ¿Qué van a hacerle? Además, yo estaré con usted. Fueron juntos a la Habana. Para Roberto era la primera vez que regresaba a Cuba en 55 años. Lloró cuando vio el malecón. Pensé que nunca volvería a ver esto. Lo llevaron al mismo palacio de la revolución donde Fidel le había dado las órdenes secretas en 1966.
Ahora era un museo. Le mostraron el despacho donde Fidel había trabajado. Roberto se quedó de pie en ese lugar recordando. Aquí fue donde Fidel me dijo que nunca regresara por el che, murmuró. Aquí fue donde comenzó mi pesadilla de 57 años. Esa noche Roberto dio una charla en la Universidad de La Habana. Cientos de estudiantes jóvenes vinieron a escucharlo.
Les contó toda la historia. Al final, un estudiante levantó la mano. Señor Martínez, si pudiera volver atrás, desobedecería a Fidel y regresaría por el che. Roberto pensó por un largo momento. Durante 57 años me he hecho esa pregunta y la respuesta es no lo sé. En ese momento, con la información que tenía, con las órdenes que había recibido, hice lo que pensé que era correcto.
¿Fue correcto? Probablemente no, pero era lo único que podía hacer. sin poner en peligro a mi familia y a mí mismo. Otro estudiante preguntó, “¿Odia a Fidel Castro?” “No”, respondió Roberto con sorpresa ante su propia respuesta. Ya no lo odio. Fidel era un hombre que tomó decisiones imposibles. Algunas fueron correctas, otras no, pero al final él también era solo un hombre con todas las fallas que eso implica.
Cuando terminó la charla, cientos de estudiantes hicieron fila para abrazarlo. Muchos lloraban. Roberto regresó a Miami en julio de 2023. Su salud se deterioraba rápidamente. El cáncer se había extendido. Los doctores le daban semanas. No meses, pero Roberto estaba en paz por primera vez en 57 años. Claudia le dijo a su hija una noche, “Finalmente puedo dormir sin pesadillas.
Finalmente el cheen no viene a visitarme en mis sueños.” “¿Ya no sueñas con él?” “Sí, sueño con él,”, sonríó Roberto. “Pero ahora es diferente. Ahora sueño que estamos juntos tomando café, hablando como viejos amigos.” Y él me dice, “Gracias, Tato. Gracias por finalmente contar la verdad.” El 15 de agosto de 2023, Roberto Martínez murió en su casa de Miami, rodeado de su familia.
Tenía 89 años. Aleida Guevara voló desde Cuba para asistir a su funeral. Frente a más de 200 personas, dio un discurso que nadie olvidaría. Roberto Martínez fue el último hombre vivo que habló con mi padre antes de que entrara en la selva boliviana. cargó con una culpa que no merecía durante 57 años, pero al final de su vida encontró el valor para decir la verdad.
Y eso, amigos míos, es verdadero heroísmo. En su testamento, Roberto dejó instrucciones específicas. Quería ser cremado y que sus cenizas fueran esparcidas en dos lugares, la mitad en el mar frente a Miami, donde había llegado como refugiado en 1968. y la otra mitad en Bolivia, en la región de Ñaguazú, donde había dejado al Che por última vez en 1966.
En octubre de 2023, en el 56 aniversario de la muerte del Che, Claudia y Aleida viajaron juntas a Bolivia. Caminaron hasta el lugar aproximado donde el Cesna había aterrizado 57 años antes. La selva se había tragado la vieja pista, pero el lugar seguía ahí. Claudia esparció las cenizas de su padre mientras Aleida leía una carta que Roberto había escrito antes de morir.
Ernesto, hermano, finalmente regresé. Sé que llegué 57 años tarde, pero aquí estoy. Gracias por perdonarme. Gracias por entender. Descansa en paz, comandante. Y yo también. Finalmente descansaré en paz. Las dos mujeres, la hija del piloto y la hija del revolucionario, se abrazaron llorando en medio de la selva boliviana. Dos familias conectadas para siempre por un vuelo que cambió la historia.
Y ahora, vos has conocido la historia completa del piloto que llevó al Cheeguevara a Bolivia y nunca regresó. Una historia de culpa, perdón y redención que tardó 57 años en ser contada. Yeah.