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El piloto que llevó al Che a Bolivia: ¿por qué no regresó para buscarlo? Secretos de Cuba

 

En ese momento nadie sabía que el piloto que llevó al Cheeguevara a Bolivia en 1966 había recibido órdenes secretas de Fidel Castro que cambiarían todo. Lo que descubrió durante ese vuelo, lo persegiría durante 57 años. Noviembre de 2023, Miami, Floride. Roberto Tato Martínez, de 89 años, está sentado en su pequeña casa de Lita La Habana, rodeado de fotografías amarillentas que nunca mostró a nadie.

 Sus manos tiemblan mientras sostiene una imagen borrosa de él y el cheegue vara junto a un avión cesne algún aeropuerto secreto de Cuba. 1966 El cáncer de pulmón en etapa terminal le ha dado apenas meses de vida, pero finalmente se siente libre para hablar. Durante 57 años he cargado con este peso.

 Prometí no hablar mientras Fidel viviera. Murió en 2016. Prometí no hablar mientras pudiera dañar a alguien. Ya todos están muertos. Ahora, antes de irme yo también, el mundo merece saber qué pasó realmente en ese vuelo. ¿Qué me ordenaron hacer y por qué abandoné al hombre más valiente que conocí? Roberto no solo transportó al Che a Bolivia, recibió una segunda orden de Fidel Castro que nunca cumplió.

 una orden que lo persegiría cada noche durante más de medio siglo. Con apenas semanas de vida, Roberto finalmente puede confesar la verdad completa. Para entender lo que pasó en ese vuelo secreto, primero necesitas saber quién era Roberto Tato Martínez. Nacinar del Río en 1934, a los 25 años ya era uno de los mejores pilotos de Cuba cuando triunfó la revolución en 1959.

Fidel Castro personalmente lo reclutó. para misiones especiales que el gobierno revolucionario no podía confiar a pilotos ordinarios. Durante los siguientes 7 años, Roberto voló docenas de misiones clasificadas transportando armas a guerrillas en América Central, llevando diplomáticos cubanos a reuniones secretas en México, evacuando agentes de inteligencia de operaciones fallidas.

 Pero ninguna misión se compararía con la que recibiría en noviembre de 1966. Era el 3 de noviembre de 1966, casi medianoche. Roberto estaba en casa con su esposa María y su hija Claudia de 7 años cuando sonó el teléfono. Un asistente de Fidel le ordenó presentarse inmediatamente en el palacio de la revolución. Ven solo.

 No le digas a nadie a dónde vas. Roberto besó a su hija dormida, sin saber que esa imagen de Claudia con su muñeca de trapo lo persegiría durante décadas. Se sentía honrado de que Fidel confiara en él para misiones secretas, pero algo en el tono de esa llamada le provocó un nudo en el estómago.

 Llegó al palacio a la 1 de la madrugada. Fidel lo esperaba en su despacho privado fumando unao. Junto a él estaba Ernesto Chegevara. Roberto sintió que algo enorme estaba por suceder. El Chelo miraba con esos ojos intensos que habían visto tantas batallas mientras Fidel se acercaba con tono grave. Lo que vas a escuchar esta noche no puede salir de esta habitación.

Si hablas, pondrás en peligro la vida del Che y la seguridad de Cuba. Fidel se dirigió a un mapa de Sudamérica colgado en la pared y señaló Bolivia con su dedo. El comandante Guevara va a iniciar un foco guerrillero aquí. Necesitamos que lo lleves en secreto, sin registro oficial, sin que nadie sepa que salió de Cuba.

 Saldrás pasado mañana desde un aeropuerto militar. El vuelo no debe aparecer en ningún radar. Llevarás al Che y tres de sus hombres más cercanos. Roberto miró al Che. El revolucionario argentino fumaba en silencio, observando el mapa como si estuviera memorizando cada montaña, cada río. La responsabilidad cayó sobre los hombros del piloto como una losa de concreto.

Estaba a punto de transportar al revolucionario más famoso del mundo a lo que podría ser su muerte. Pero entonces Fidel dijo algo que Roberto nunca olvidaría, algo que no entendió completamente hasta años después. Se acercó, puso su mano en el hombro de Roberto y le habló en voz baja. Casi un susurroctato. Escúchame bien.

 Vas a llevar al Che a Bolivia, lo vas a dejar allá y luego vas a regresar a Cuba y olvidar que esto pasó. Roberto frunció el seño. Confundido. Fidel repitió mirándolo fijamente. No hablarás de este vuelo con nadie. Si el che contacta desde Bolivia, no responderás. Si pide que regreses por él, dirás que no tienes autorización.

 El Che intervino bruscamente. Fidel, ¿de qué estás hablando? Tato es mi piloto de confianza. Si necesito evacuación médica o refuerzos, él vendrá. Fidel no miró al Che, mantuvo sus ojos clavados en Roberto. Tato recibirá órdenes solo de mí. Nadie más. Ni siquiera tú. Ched hubo un silencio incómodo. Roberto sintió la tensión entre los dos hombres más poderosos de Cuba.

 El che apretó su cigarro con tanta fuerza que las cenizas cayeron al suelo. Fidel, necesito saber que tendré apoyo. Si las cosas se complican, tendrás todo el apoyo que necesites. Ernesto, pero las decisiones logísticas las tomo yo. Esa noche Roberto no durmió. Algo en la conversación lo inquietaba profundamente.

 Había percibido una frialdad, una distancia que no había visto antes entre esos dos hombres que alguna vez fueron hermanos inseparables. La forma en que Fidel había cortado al Che, la manera en que le había quitado el control de su propia misión, todo parecía calculado. Roberto no era político, era solo un piloto, pero incluso él podía sentir que algo estaba terriblemente mal.

 Se preguntaba si el Che también lo había notado, si también había sentido la traición implícita en las palabras de Fidel, pero era demasiado tarde para preguntas. La misión ya estaba en marcha. El 5 de noviembre de 1966, a las 4:30 de la madrugada, Roberto realizaba las últimas verificaciones de su cesne en el aeropuerto militar de San Antonio de los Baños.

 El che llegó vestido como campesino boliviano con pantalón de lonagastado, camisa de trabajo y sombrero de paja. Su famosa barba había sido afeitada. Sin ella era casi irreconocible. Con él venían tres hombres, Pombo, Tuma y Arturo, todos disfrazados, todos en silencio. Roberto notó que el che cargaba solo una pequeña mochila.

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