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EL NÚMERO 10 DEL REAL MADRID

PRÓLOGO: EL ORO Y LA GUADAÑA

La sangre en el mármol del vestuario del Santiago Bernabéu no se parecía a la de las películas. No era de un rojo brillante y escandaloso, sino oscura, espesa, casi negra bajo las luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico insoportable. Mateo Vargas, con apenas diecinueve años y el barro de Valdebebas aún fresco en las botas de su memoria, contemplaba aquel charco con los ojos muy abiertos, incapaz de respirar.

El estadio estaba vacío. Eran las tres de la madrugada de un martes que debía haber sido glorioso, pero que ahora apestaba a muerte y a linimento. A pocos metros de él, yació el cuerpo sin vida de Héctor “El Mago” Silva, el ídolo absoluto del madridismo, el portador indiscutible de la camiseta número 10. Héctor no había muerto en el campo de juego por una entrada brutal, ni en un accidente de coche en las sinuosas carreteras de La Moraleja. Había muerto allí mismo, frente a la taquilla que ostentaba su nombre forjado en letras doradas, convulsionando de manera antinatural, escupiendo una espuma sanguinolenta mientras sus ojos se daban la vuelta, mostrando solo el blanco de un terror absoluto e incomprensible.

Mateo había sido el único testigo. El joven canterano, convocado a última hora para entrenar con el primer equipo al día siguiente, se había quedado hasta tarde en el gimnasio contiguo, soñando con cruzarse con sus ídolos. Y se había cruzado con el horror.

—No… no la toques —habían sido las últimas palabras de Héctor. Su voz no era la del líder carismático que levantaba Champions, sino un susurro gutural, desgarrado, como si sus cuerdas vocales estuvieran siendo trituradas desde dentro. La mano de Héctor, agarrotada por el rigor de un dolor extremo, señalaba temblorosamente hacia el banco de madera.

Allí descansaba, perfectamente doblada, la camiseta blanca con el número 10 a la espalda.

Mateo recordó cómo los médicos del club irrumpieron segundos después, alertados por sus propios gritos desesperados. Recordó los intentos frenéticos de reanimación, el sonido crujiente de las costillas de Héctor rompiéndose bajo las manos del doctor, el pitido monótono del desfibrilador que sonaba como una sentencia irrevocable. Pero lo que más se había grabado en el cerebro de Mateo no fue la muerte en sí, sino lo que sucedió después de que se llevaran el cadáver cubierto por una sábana térmica.

El presidente del club, un hombre de rostro esculpido en granito y poder incalculable, entró al vestuario. No miró la sangre. No miró el espacio vacío que antes ocupaba su jugador franquicia. Caminó directamente hacia Mateo, que seguía acurrucado en una esquina, temblando incontrolablemente.

El presidente tomó la camiseta número 10 del banco. La tela inmaculada parecía brillar con luz propia en la penumbra del vestuario. Con un gesto frío y calculado, se la entregó al joven de diecinueve años.

—El Real Madrid no se detiene a llorar, muchacho —dijo el presidente, con una voz que helaba la sangre más que la misma muerte—. El sábado jugamos El Clásico. Tú eres el heredero. El 10 es tuyo ahora. Póntelo.

Ese fue el momento exacto en el que Mateo sintió, por primera vez, que aquella tela blanca pesaba como una losa de plomo. Al tomarla, sus dedos rozaron la etiqueta interior. Estaba helada. Y en su mente, resonó como un eco fantasmal la voz de Héctor: No la toques.

Pero la ambición, ese fuego devorador que consume a todo aquel que pisa el césped de Chamartín, fue más fuerte que el miedo. Mateo apretó la camiseta contra su pecho. No sabía entonces que acababa de firmar su propia sentencia de muerte. No sabía que el reloj de arena había sido volteado, y que la arena que caía no marcaba los minutos de gloria, sino los días que le quedaban de vida. Setecientos treinta días. Dos años exactos. El precio de ser un dios en el templo del fútbol.

CAPÍTULO UNO: EL PESO DE LA LEYENDA

El silencio en el estadio Santiago Bernabéu es un monstruo diferente a cualquier otro. Cuando ochenta y cinco mil almas contienen la respiración al mismo tiempo, el vacío acústico te succiona los tímpanos. Eso fue lo que experimentó Mateo Vargas en su debut.

Hacía solo cuatro días del funeral de Estado de Héctor Silva. Madrid entera se había vestido de luto. Las banderas a media asta, los minutos de silencio sepulcrales en cada rincón de España. La versión oficial, dictada por los herméticos servicios médicos del club y aceptada dócilmente por la prensa, hablaba de un “fallo cardíaco congénito súbito, indetectable en los controles habituales”. Una tragedia estadística. Un capricho cruel del destino.

Mateo estaba parado en el túnel de vestuarios. Las luces cenitales arrancaban destellos de los tacos de sus botas recién pulidas. Frente a él, el túnel se abría hacia un rectángulo de luz verde y brillante: el campo de batalla. Llevaba puesta la camiseta con el número 10. Le quedaba ligeramente holgada en los hombros, un recordatorio físico de que esos zapatos eran demasiado grandes para llenarlos.

A su lado, el capitán del equipo, un veterano central de cicatrices profundas y mirada cansada, le puso una mano pesada en el hombro.

—Respira, chaval. La grada te va a mirar con lupa hoy. No buscan que seas Héctor. Buscan ver si eres digno de llevar su luto. Sal y corre hasta que escupas sangre. Es lo único que respetan aquí.

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