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El Navío Fantasma en el Puerto de A Coruña

La brétema, esa niebla densa y fría que nace de las entrañas del Atlántico, se aferraba a la costa gallega como un sudario. Era una madrugada de noviembre, oscura como el abismo, y el mar rugía con esa furia contenida que los marineros de A Coruña conocen desde la cuna. Mateo Vargas, un lobo de mar con la piel curtida por la sal y los años, sostenía el timón de su pequeño pesquero, El Cantábrico, con las manos entumecidas. La Torre de Hércules, el faro romano más antiguo del mundo, lanzaba su haz de luz rasgando la neblina, pero aquella noche, la luz parecía incapaz de penetrar la oscuridad absoluta que se cernía sobre las aguas de la Costa da Morte.

Fue entonces cuando lo vio.

No apareció en el radar. No hubo una señal de radio, ni un destello de socorro. Simplemente, de entre el muro blanco de la niebla, emergió la silueta espectral de un barco. Era un arrastrero de tamaño medio, pintado de un azul desvaído y oxidado por el salitre. Su nombre, apenas legible en la amura de babor, rezaba: Silencio de Plata.

Mateo redujo la marcha de su motor, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento helado. El barco derivaba de forma errática, mecido por el oleaje, en un silencio sepulcral. No había luces de navegación encendidas. No había sonido de motores. Nada.

—¿Silencio de Plata, aquí El Cantábrico? ¿Me reciben? —graznó Mateo por la radio de onda corta. Solo obtuvo la respuesta estática de las interferencias. Un siseo eléctrico que le puso los pelos de punta.

Tomó los prismáticos y enfocó la cubierta. Estaba desierta. Las redes estaban recogidas de forma desordenada, como si hubieran sido abandonadas a la mitad de una maniobra. Las puertas del puente de mando batían violentamente con cada golpe de mar. Algo andaba terriblemente mal. La ley del mar es sagrada: un barco a la deriva es un hermano en apuros. Mateo ató un cabo de seguridad a su cintura, armó su escopeta de bengalas por pura precaución y maniobró hasta abarloar su pequeña embarcación contra el silencioso casco del arrastrero.

Con un salto ágil para sus cincuenta años, Mateo aterrizó en la cubierta del Silencio de Plata. Sus botas de goma resonaron de forma antinatural contra el acero.

—¡Hola! ¡¿Hay alguien a bordo?! —gritó, su voz tragada por el aullido del viento.

El olor lo golpeó primero. No era el hedor a pescado podrido o a muerte. Era un olor acre, a ozono, a metal recalentado y a tabaco negro. Caminó hacia el puente de mando, con los sentidos en alerta máxima. Al abrir la puerta de la cabina, el contraste de temperatura lo dejó sin aliento. Hacía un calor sofocante allí dentro.

La estufa eléctrica estaba apagada, pero el ambiente era un horno. Mateo bajó la mirada hacia los paneles de control. Todo estaba apagado, muerto, excepto por un detalle espeluznante: una taza de café sobre la consola de navegación todavía humeaba. Una fina columna de vapor ascendía hacia el techo. En un cenicero de hojalata, un cigarrillo a medio consumir seguía encendido, consumiéndose lentamente hasta la boquilla, dejando una perfecta columna de ceniza gris.

Mateo sintió que el corazón le martilleaba contra las costillas. ¿Cómo era posible? El café estaba hirviendo, el cigarrillo encendido, pero no había ni un alma a bordo. Bajó a la sala de máquinas. Al poner la mano sobre el enorme bloque del motor diésel, tuvo que retirarla con un grito ahogado. ¡Estaba ardiendo! El motor acababa de ser apagado, quizá segundos antes de que él abordara. ¿Dónde estaba la tripulación? ¿Habían saltado por la borda todos al unísono? No había señales de lucha, ni manchas de sangre, ni chalecos salvavidas desaparecidos. Era como si el océano los hubiera evaporado, dejándolos en el aire.

Regresó al puente de mando, sudando a mares a pesar del frío polar que esperaba fuera. Fue entonces cuando lo vio.

Sobre la mesa de cartas náuticas, iluminado por el débil rayo de luz de su linterna, descansaba un cuaderno. Un viejo y desgastado cuaderno de bitácora forrado en cuero negro. Las páginas estaban hechas de un papel grueso y amarillento. Mateo se acercó, tembloroso, y lo abrió.

Las primeras páginas eran registros normales: coordenadas, capturas de merluza, consumo de combustible. Pero al llegar a la fecha de hoy, la caligrafía cambiaba. Dejaba de ser una escritura ordenada para convertirse en unos trazos frenéticos, casi demenciales, escritos con una tinta roja que parecía sospechosamente oscura.

Mateo leyó en voz alta, y el sonido de su propia voz en ese barco fantasma le heló la sangre.

«Día 1. La brétema nos ha engullido. El motor quema. Hemos visto lo que hay debajo del agua. No son peces. Nos están llamando. A las 04:15, un pesquero pequeño, El Cantábrico, nos encontrará. Su capitán, Mateo Vargas, subirá a bordo a las 04:22. Tocará el motor caliente. Verá el cigarrillo. Leerá esto.» Mateo dejó caer la linterna. Rodó por el suelo metálico emitiendo un sonido estridente. Miró su reloj de pulsera. 04:24. Su respiración se volvió agitada. ¿Quién había escrito esto? ¿Cómo sabían su nombre? ¿Cómo sabían exactamente lo que iba a hacer?

Con las manos temblando violentamente, recuperó la linterna y pasó la página. Lo que encontró allí desafiaba toda lógica y cordura. El cuaderno no registraba el pasado; estaba escribiendo el futuro. El cuaderno detallaba los eventos de los próximos siete días con una precisión quirúrgica, milimétrica, monstruosa.

«Día 2. La marea traerá cuervos al puerto de A Coruña. El mar escupirá a los ahogados, pero no tendrán rostro. El faro de la Torre de Hércules se teñirá de sangre a medianoche. Un hombre vestido de sal intentará advertir a las autoridades, pero será encerrado.»

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