El aire de Triana pesaba aquella noche, cargado con la humedad del río y el eco lejano de una ciudad que se negaba a dormir. Alejandro, el fantasma que alguna vez fue Mateo, caminaba arrastrando su pierna destrozada por el pequeño salón de su piso franco. Las paredes estaban desnudas, pintadas de un blanco aséptico que contrastaba violentamente con la oscuridad que habitaba en su mente. A su lado, sobre una mesa de cristal barato, un monitor parpadeaba emitiendo una luz azulada que proyectaba sombras macabras sobre su rostro reconstruido.
Las visiones se habían vuelto intolerables. Ya no eran destellos fugaces que lo asaltaban en la madrugada. Ahora eran secuencias largas, vívidas, que se incrustaban en su nervio óptico con la brutalidad de un taladro. Veía el agua del río Támesis hirviendo, despidiendo un vapor verdoso y tóxico. Veía la cúpula de San Pedro en Roma resquebrajándose bajo el impacto de un cielo teñido de un rojo apocalíptico. Veía millones de pantallas alrededor del globo transmitiendo un mismo símbolo: un eclipse solar sangriento, acompañado de un código binario que no comprendía.
Se llevó las manos a las sienes, gimiendo de dolor. La piel injertada tiraba, amenazando con rasgarse. El CNI le suministraba analgésicos de grado militar, opiáceos sintéticos diseñados para calmar el dolor de las amputaciones traumáticas, pero ninguna droga podía anestesiar el alma.
La puerta del apartamento emitió un pitido electrónico y se abrió con un leve siseo. Elena entró. Era su enlace con el mundo exterior, una agente de inteligencia de unos cuarenta años, con ojos grises y una frialdad profesional que, a lo largo de los años, se había derretido hasta convertirse en una compasión cautelosa. Llevaba una gabardina empapada por la tormenta primaveral que acababa de estallar sobre Sevilla.
—Tus constantes vitales están por las nubes, Alejandro —dijo ella, dejando un maletín metálico sobre la encimera de la cocina—. Los monitores de la central casi explotan. ¿Otra vez los temblores?
—No son temblores, Elena. Sabes perfectamente lo que son —respondió él, su voz ronca, filtrada por la mascarilla que ocultaba su mandíbula deformada—. Se acaba el tiempo.
Elena suspiró, frotándose los ojos cansados. Conocía la historia de Mateo mejor que nadie. Había sido ella quien redactó los informes falsos de su autopsia, quien lo acompañó durante los meses de agonía en la unidad de quemados de la base secreta.
—El psiquiatra dice que estás desarrollando un trastorno de estrés postraumático severo, exacerbado por el aislamiento. Tus visiones de Sevilla fueron reales, lo sabemos. Salvaste miles de vidas. Pero esto… esto del fin del mundo, Alejandro. Es tu mente intentando procesar el trauma.
Alejandro se acercó a ella, cojeando, sus ojos inyectados en sangre brillando con una fiebre profética.
—No es mi mente. Es eso. Me vinculó. La explosión en el callejón de Entre Cárceles no destruyó la conexión, solo la pausó. La energía que fusionó el capirote con mi piel… dejó una cicatriz cuántica. Estoy viendo el futuro, Elena. Un futuro inminente. Y es un exterminio global.
Elena retrocedió un paso, instintivamente. —El mundo está en tensión, sí. Hay crisis energéticas, guerras frías cibernéticas… pero de ahí a un apocalipsis…
—He visto el origen —la interrumpió él, agarrándola de los hombros con una fuerza desesperada—. Es un grupo. Se hacen llamar “El Alba Oscura”. No son terroristas convencionales; son una coalición de magnates tecnológicos, ecofascistas y líderes de cultos apocalípticos. Tienen una red de satélites armados con pulsos electromagnéticos y toxinas biológicas de diseño. Van a purgar el planeta. Empezarán apagando la red global y luego envenenarán los cinco acuíferos más grandes del mundo. En mis visiones, mueren cuatro mil millones de personas en la primera semana.
El silencio en la habitación fue absoluto, roto solo por el tamborileo de la lluvia contra el cristal. Elena miró fijamente los ojos de Alejandro. Había locura en ellos, sí, pero era la misma locura lúcida que había visto en los vídeos de seguridad de la calle Sierpes, quince años atrás.
—¿Cuándo? —preguntó ella, en un susurro, rindiéndose a la aterradora posibilidad de que estuviera diciendo la verdad.
—En cuarenta y ocho horas —Alejandro soltó sus hombros y retrocedió, exhausto—. El problema es que mis visiones son fragmentarias. Veo el desastre, veo el símbolo del eclipse, pero no logro ver el epicentro. No sé desde dónde van a lanzar la señal de ejecución. Mi mente no soporta la carga de la visión completa.
—¿Qué necesitas?
Alejandro tragó saliva. La simple idea le provocaba náuseas, un terror gélido que le paralizaba las extremidades. —Necesito el capirote. Necesito la tela original. Necesito volver a ponérmelo.
Elena empalideció. —Estás completamente loco. Esa cosa está sellada en el búnker de contención de anomalías del nivel 4 en la base de Toledo. Está irradiando una energía de taquiones que los físicos del CERN ni siquiera pueden clasificar. Si te lo vuelves a poner, te matará. La última vez te arrancó la mitad del rostro y te hizo explotar.
—La última vez yo era un cobarde intentando huir de su destino. Ahora sé lo que soy. Soy el canal. Si me lo pongo, la conexión será total. Podré ver las coordenadas exactas de la central de El Alba Oscura.
—Es un suicidio. Y además, es imposible. La base de Toledo es una fortaleza impenetrable. No puedes entrar cojeando y pedir que te devuelvan una reliquia anómala clasificada como amenaza de seguridad nacional.
—No voy a pedirlo —dijo Alejandro, abriendo el cajón de su mesa y sacando una vieja pistola Glock 19, reliquia de los tiempos en que el CNI usaba armas de fuego convencionales—. Vamos a robarlo. Y tú vas a ayudarme. Si no lo haces, en dos días no quedará España, ni Europa, ni mundo que proteger.
El viaje a Toledo se realizó bajo el manto de la oscuridad y una lluvia torrencial que parecía lavar los pecados de la tierra antes de su fin. Elena conducía un vehículo no registrado del CNI, mientras Alejandro iba en el asiento del copiloto, envuelto en un abrigo oscuro, revisando mentalmente los planos de la instalación que Elena había descargado de los servidores cifrados.
Llegaron a los aledaños de la base a las dos de la madrugada. Oculta bajo las ruinas de un monasterio abandonado en las afueras de la ciudad imperial, la instalación subterránea albergaba los secretos más oscuros del Estado español.
—El nivel 4 está a cincuenta metros bajo tierra —explicó Elena, ajustándose un auricular comunicador—. Los sensores térmicos y de movimiento cubren cada centímetro. Tenemos una ventana de tres minutos durante el cambio de ciclo de refrigeración del servidor principal para eludir las cámaras del pasillo sur.
Alejandro asintió. No sentía miedo. Sentía una anticipación morbosa, la llamada del abismo. Infiltrarse fue un ejercicio de precisión clínica. Elena desactivó los sistemas perimetrales usando códigos de acceso de nivel de director que había robado semanas atrás, previniendo que este día llegaría. Descendieron por un pozo de ventilación en desuso, deslizándose por cuerdas de polímero hasta aterrizar en los corredores de acero inoxidable del Nivel 4.
El silencio aquí abajo era opresivo, antinatural. Parecía una tumba de alta tecnología.
—Cámara acorazada 7-B. Al final del pasillo derecho —susurró Elena.
Avanzaron como sombras. Alejandro, a pesar de su pierna destrozada, se movía con una gracia nacida de la pura adrenalina. Dos guardias armados con fusiles de asalto doblaron la esquina. Antes de que pudieran reaccionar, Elena disparó dos dardos tranquilizantes con una pistola de aire comprimido. Cayeron al suelo con un ruido sordo.
Llegaron a la bóveda. Una puerta de titanio macizo de veinte centímetros de grosor les cortaba el paso. Elena conectó un pequeño dispositivo descodificador al panel biométrico. Los números en la pantalla parpadearon furiosamente durante un minuto eterno. El corazón de Alejandro latía contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
Finalmente, la luz del panel se volvió verde. Un siseo de despresurización llenó el aire y la pesada puerta se abrió lentamente.
El interior de la bóveda estaba iluminado por una luz blanca y estéril. En el centro, dentro de una cámara de cristal reforzado, flotando en un campo de contención magnética, estaba el capirote.
Era de terciopelo morado muy oscuro, casi negro. Parecía una prenda ordinaria, la misma que miles de sevillanos usarían en la próxima Semana Santa. Sin embargo, a los ojos de Alejandro, pulsaba con un aura oscura, una negrura que absorbía la luz a su alrededor. Estaba intacto. La sangre y la carne que una vez lo mancharon habían desaparecido, consumidas por la energía aberrante de la tela.
Alejandro se acercó al cristal. El picor en las cicatrices de su rostro se convirtió en un ardor insoportable. Su cuerpo recordaba a su torturador.
—Desactiva el campo de contención —ordenó, su voz temblando ligeramente.
Elena tecleó en la consola de la bóveda. —Alejandro, por favor. Hay otra manera. Podemos buscar a esta gente con los satélites…
—Desactívalo, Elena. No hay tiempo.
Con lágrimas en los ojos, Elena pulsó el botón de ejecución. El zumbido magnético cesó y el capirote cayó suavemente sobre el pedestal de acero frío.
Alejandro abrió la puerta de cristal. Extendió las manos, temblorosas, y tomó la máscara de terciopelo. Al tacto, estaba caliente. No el calor de la tela, sino el calor de la fiebre, el calor de la sangre humana.
Sin dudarlo, se quitó la mascarilla médica que cubría su rostro desfigurado. Reveló las cicatrices retorcidas, la falta de labios, el monstruoso testimonio de su primer sacrificio. Cerró los ojos y se colocó el capirote sobre la cabeza.
El impacto fue instantáneo y devastador.
Alejandro gritó, pero el sonido quedó atrapado dentro del esparto. Sintió que mil agujas al rojo vivo se clavaban en su cráneo, buscando los nervios ópticos, fusionándose de nuevo con su cerebro. Cayó de rodillas sobre el suelo de acero, convulsionando.
Elena corrió hacia él, intentando arrancarle la máscara, pero una fuerza invisible la repelió, lanzándola contra la pared de la bóveda. El capirote comenzó a emitir un zumbido de baja frecuencia que hizo vibrar el suelo.
Dentro de la oscuridad del terciopelo, Alejandro ya no estaba en Toledo. Estaba cayendo a través de un túnel de tiempo y espacio, rodeado por millones de hilos de luz que representaban los posibles futuros de la humanidad. Cada hilo se estaba volviendo negro, marchitándose, muriendo.
Forzó su mente a buscar el origen. ¿Dónde? ¿Dónde está el Alba Oscura?
La visión se enfocó. Las imágenes pasaban a una velocidad vertiginosa. Un rascacielos en Tokio. Una plataforma petrolífera abandonada en el Mar del Norte. Un búnker bajo los hielos de la Antártida. No, todo eran señuelos. Nodos secundarios.
Profundizó más, empujando su mente más allá del límite del dolor, sintiendo cómo sus propios vasos sanguíneos comenzaban a estallar bajo la presión.
Y entonces lo vio. La verdad. El nodo central, la computadora maestra que enviaría la señal de aniquilación a los satélites y a los agentes durmientes en todo el mundo.
No estaba en una fortaleza futurista. Estaba en el lugar más sagrado y antiguo, oculto bajo las narices de la cristiandad. Las Catacumbas de San Calixto, en Roma. A cuarenta metros bajo la Vía Apia, en una sección inexplorada y bloqueada por siglos de escombros, los líderes de El Alba Oscura habían instalado un servidor cuántico refrigerado por las aguas subterráneas de la antigua Roma.
La visión terminó con un fogonazo de luz blanca. Alejandro cayó inconsciente en la bóveda de Toledo.
Despertó horas más tarde en la parte trasera del coche de Elena. Estaban conduciendo por una carretera comarcal. El capirote descansaba en el asiento a su lado, silencioso y aparentemente inofensivo. Alejandro se tocó el rostro. Sangraba por la nariz y los oídos, y el dolor de cabeza era una sinfonía de agonía, pero su mente estaba cristalina.
—Roma —graznó, su voz apenas un susurro—. Las catacumbas de San Calixto. Allí está el servidor principal.
Elena, con los nudillos blancos sobre el volante, asintió. —La alarma en Toledo saltó justo después de que te desmayaras. Tuvimos que salir disparados. Somos fugitivos del CNI, Alejandro. Somos los hombres más buscados de España ahora mismo.
—Da igual. Consígueme un vuelo militar, un jet privado, lo que sea. Tenemos que estar en Roma esta noche.
El viaje fue un torbellino de favores cobrados en el mercado negro de la inteligencia, sobornos astronómicos y vuelos clandestinos a baja cota para evitar los radares franceses e italianos. A las once de la noche, Alejandro y Elena se encontraban frente a la entrada turística de las Catacumbas de San Calixto, rodeados por el silencio milenario de la Vía Apia Antigua.
El complejo estaba cerrado al público. Usando equipo de visión nocturna y cortadores láser, forzaron la antigua reja de hierro forjado. Descendieron por las estrechas escaleras de toba volcánica, adentrándose en el vientre de la tierra, rodeados por millones de tumbas de los primeros cristianos y mártires.
Alejandro llevaba el capirote en la mano. Ya no necesitaba ponérselo para sentir su atracción magnética; la reliquia actuaba como una brújula, vibrando suavemente y guiándolo a través del laberinto subterráneo de galerías oscuras.
Descendieron al segundo nivel, luego al tercero. El aire se volvía más frío, cargado con el olor a tierra húmeda y antigüedad.
—Aquí no hay nada, Alejandro —susurró Elena, revisando su escáner—. Los mapas del Vaticano dicen que este sector termina en un derrumbe cincuenta metros más adelante.
—Los mapas mienten —respondió él, sin detenerse.
Llegaron al supuesto derrumbe. Parecía una sólida pared de rocas y tierra. Sin embargo, Alejandro se acercó, puso la mano sobre una piedra específica y empujó. La “pared” entera, un prodigio de ingeniería holográfica de camuflaje militar, vaciló y desapareció, revelando una puerta de acero negro y pulido.
El contraste era brutal. De la piedra milenaria al acero del siglo XXI.
Elena conectó sus herramientas a la puerta. —Es cifrado cuántico. Me llevará al menos una hora descifrarlo.
—No tenemos una hora —dijo Alejandro, mirando su reloj. Faltaban cuarenta minutos para que la cuenta regresiva que había visto en su visión llegara a cero.
Levantó el capirote. Sabía lo que tenía que hacer. Sabía por qué la reliquia no había explotado con él en Sevilla. El capirote no era una bomba; era un acumulador de energía temporal. En Sevilla, la energía inestable se había liberado violentamente al entrar en contacto con el explosivo físico del terrorista, causando una reacción en cadena contenida.
—Aparta, Elena.
Alejandro cerró los ojos, se colocó el capirote una vez más y dejó que la energía lo inundara. El dolor regresó, pero esta vez lo abrazó. Visualizó la puerta de acero en el futuro, no en el presente. La visualizó abierta, y forzó esa realidad a superponerse sobre la actual.
El capirote brilló con una luz violeta cegadora. La puerta de acero gimió bajo una presión invisible. Los mecanismos internos comenzaron a fundirse por el calor generado por la fricción de dos líneas temporales chocando. Con un crujido sordo, los gruesos cerrojos se rompieron y la pesada puerta cedió, abriéndose de par en par.
Alejandro cayó al suelo, escupiendo sangre oscura dentro de la máscara. Se la arrancó de la cabeza, jadeando en busca de aire. Elena lo ayudó a levantarse, horrorizada al ver que nuevas grietas se habían formado en la piel injertada de su rostro.
Cruzaron el umbral. El interior era una caverna masiva que había sido excavada y forrada de polímeros aislantes. En el centro, iluminado por luces de emergencia rojas, se alzaba el servidor cuántico. Parecía un monolito de cristal y oro, sumergido en un estanque de agua refrigerante. A su alrededor, decenas de técnicos con trajes asépticos corrían frenéticamente, comprobando consolas.
En una plataforma elevada, observando la cuenta atrás en una pantalla gigante, estaba un hombre vestido con un traje de corte inmaculado. Era el líder de El Alba Oscura, conocido en los archivos de inteligencia como “El Arquitecto”.
El Arquitecto se giró al escuchar la alarma de brecha en la puerta. Sus ojos se abrieron con sorpresa al ver a un hombre desfigurado y a una mujer armada irrumpiendo en su santuario inexpugnable.
—¡Matadlos! —ordenó con voz gélida.
Los guardias de seguridad, mercenarios de élite, abrieron fuego. Elena se cubrió detrás de unos servidores periféricos, devolviendo los disparos con precisión, abatiendo a dos guardias en segundos.
Alejandro no se cubrió. Avanzó cojeando por el centro de la sala, llevando el capirote en la mano izquierda y su pistola en la derecha. Su mente, aún bañada en los residuos de la visión temporal, se movía a una velocidad diferente. Veía las trayectorias de las balas iluminadas en el aire como hilos de plata antes de que fueran disparadas. Esquiaba su cuerpo un milímetro a la izquierda, luego a la derecha, mientras las ráfagas de ametralladora impactaban en el suelo a sus pies, rozando su abrigo pero sin llegar a tocarlo. Parecía un espectro inmortal, un ángel vengador descendiendo a los infiernos.
Disparó tres veces. Tres técnicos cayeron muertos antes de que pudieran accionar los sistemas de defensa automática del servidor central.
El Arquitecto, viendo la carnicería y la aproximación imparable de Alejandro, corrió hacia la consola de mando de la plataforma. —¡Iniciad la secuencia prematuramente! ¡Sube los datos a los satélites ahora! —gritó, golpeando el teclado holográfico.
La pantalla gigante detrás de él cambió. El mapa del mundo apareció, bañado en rojo. Una barra de progreso de carga comenzó a llenarse: 10%… 20%…
Alejandro llegó al pie de la plataforma. Recibió un disparo en el hombro izquierdo que lo hizo girar sobre sí mismo, pero el dolor era solo ruido de fondo. Subió los escalones metálicos, sangrando profusamente.
El Arquitecto sacó una pistola de pequeño calibre y apuntó directamente al pecho de Alejandro. —No sé qué eres —dijo el hombre del traje, con una mezcla de miedo y fascinación—, pero llegas tarde. El mundo está enfermo. Nosotros somos la cura. En cinco minutos, el reinicio global será irreversible.
Alejandro no respondió. Levantó su Glock, pero antes de que pudiera apretar el gatillo, el Arquitecto disparó. La bala impactó en el abdomen de Alejandro, atravesando sus entrañas.
Alejandro cayó de rodillas frente a la consola. La barra de progreso marcaba el 70%. A través del auricular, escuchó la voz desesperada de Elena, que estaba siendo acorralada por más guardias en la parte inferior de la caverna.
—Alejandro… no puedo contenerlos más…
El Arquitecto sonrió, de pie sobre el hombre herido. —Has perdido, mártir inútil.
Alejandro, tosiendo sangre que salpicó el suelo inmaculado, miró al Arquitecto con sus ojos negros y febriles. Lentamente, alzó la mano izquierda, mostrando el capirote de terciopelo oscuro.
—Yo… no he venido a… desconectar esto —susurró Alejandro, su voz un estertor que heló la sangre del Arquitecto—. He venido a destruirlo todo.
Con un último y supremo esfuerzo de voluntad, ignorando la bala en su vientre y el hombro destrozado, Alejandro se colocó el capirote por tercera y última vez.
Y esta vez, no intentó mirar el futuro. Intentó traer el futuro más destructivo, la energía del cataclismo global, y contenerlo dentro de sí mismo. Se convirtió en el recipiente de toda la furia termonuclear que El Alba Oscura pretendía liberar sobre el planeta.
El capirote no brilló. Se volvió de un negro absoluto, un agujero negro en miniatura que comenzó a tragar la luz de la habitación. El aire crujió con electricidad estática. Los monitores estallaron uno a uno. El agua del estanque de refrigeración del servidor cuántico comenzó a hervir violentamente.
El Arquitecto retrocedió, aterrorizado. —¡Detén esto! ¡Detenlo! ¡Nos vas a matar a todos!
Alejandro, a través de la tela, sonrió. La dolorosa cicatriz de su boca se curvó en una expresión de paz absoluta. Había sido un nazareno. Había sido un penitente. Ahora, era la expiación.
La barra de progreso en la pantalla gigante alcanzó el 99%.
Y entonces, el hermano cuatrocientos veintisiete de la cofradía de la Macarena detonó.
No fue una explosión convencional. Fue una implosión de energía temporal y taquiónica. Una onda de choque silenciosa, de color violeta y plata, se expandió desde el cuerpo de Alejandro. Atravesó al Arquitecto, desintegrándolo a nivel subatómico antes de que pudiera emitir un sonido. Atravesó el servidor cuántico masivo, fundiendo sus núcleos de cristal, borrando el código malicioso, achicharrando los datos en fracciones de segundo.
La onda se expandió por toda la caverna. Los guardias, las armas, los equipos… todo quedó sumido en un éxtasis temporal, congelado y luego convertido en polvo fino que cayó suavemente al suelo como nieve gris.
Elena, agazapada detrás de la columna en la entrada, vio la ola de luz acercarse y cerró los ojos, preparándose para el fin. Pero la onda se detuvo justo a escasos centímetros de ella, reconociéndola, quizás, guiada por el último pensamiento consciente de Alejandro.
Luego, la luz colapsó sobre sí misma, volviendo al punto de origen en la plataforma, y desapareció con un chasquido sordo que hizo temblar las catacumbas hasta sus cimientos.
El silencio que siguió fue absoluto, profundo y sepulcral. Las luces rojas de emergencia parpadeaban sobre una sala cubierta por una gruesa capa de ceniza. El servidor central no era más que un amasijo de metal fundido e inútil. El Alba Oscura había dejado de existir en menos de un parpadeo.
Elena se levantó lentamente. Tenía cortes en la cara y el traje manchado de polvo, pero estaba ilesa. Caminó, como en un trance, hacia la plataforma metálica. Sus botas dejaban huellas en la alfombra de ceniza gris.
Subió los escalones. Allí donde había estado Alejandro, no quedaba nada. Ni un hueso, ni un rastro de sangre. Había sido consumido por la anomalía, borrado de la existencia física, finalmente libre de su cuerpo torturado.
Lo único que descansaba en el centro exacto de la plataforma, intacto, inmaculado, ajeno a la física y a la destrucción, era el capirote de terciopelo morado.
Elena cayó de rodillas frente a él. Las lágrimas trazaron surcos limpios en su rostro sucio de hollín. Lloró por el amigo, por el monstruo trágico, por el héroe que el mundo nunca conocería. El apocalipsis había sido cancelado. Mañana el sol volvería a salir, los mercados abrirían, la gente iría a trabajar, ajenos a que la humanidad entera había estado a segundos de la extinción y a que un solo hombre, vestido con la túnica de su fe y el peso del universo, había muerto por ellos.
Con manos temblorosas, Elena tomó el capirote. Ya no irradiaba calor. Se sentía frío, como la seda inerte, vacío de poder, vacío de visiones. Su ciclo había terminado.
Se levantó, guardó la reliquia en su mochila y comenzó el lento ascenso hacia la superficie, dejando atrás la tumba de la aniquilación para volver al mundo de los vivos.
Semanas después, en Sevilla.
Era Madrugá. El azahar perfumaba las calles y la luna llena iluminaba la Giralda con un resplandor lechoso. La marcha fúnebre resonaba en la calle Cuna, lenta, acompasada, marcando el paso de cientos de nazarenos vestidos de ruan negro que avanzaban en silencio, portando sus cirios encendidos.
Entre la multitud, de pie en una acera, Elena observaba la procesión. Llevaba ropa civil, una turista más a los ojos de los demás. Apretó contra su pecho una pequeña caja de madera de cedro que contenía el capirote, ahora sellado con plomo, listo para ser arrojado a la fosa más profunda del océano Atlántico, donde nadie jamás pudiera encontrarlo.
Vio pasar al Cristo. Vio pasar a la Virgen, majestuosa, meciéndose bajo la lluvia de pétalos que caían desde los balcones. Y luego, vio pasar a los penitentes anónimos, los hombres y mujeres que ocultaban su rostro para pagar sus promesas a Dios.
Mientras el mar de capirotes oscuros desfilaba ante ella, Elena sonrió tristemente. Ninguno de ellos sabía lo que realmente significaba llevar esa máscara. Ninguno sabía del peso del mundo. Pero Sevilla seguía viva, brillante y eterna. Y en el corazón secreto de esa noche, el alma de Alejandro finalmente caminaba en paz, liberado para siempre de la terrible visión del mañana.