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El GUARDIA Que Vigiló al Che Su ÚLTIMA NOCHE — Lo Que Hablaron NUNCA Se Supo

 

Durante 57 años, Mario Vargas guardó un secreto que lo despertaba gritando cada noche. Tenía solo 19 años cuando le ordenaron vigilar al Cheegev vara en su última noche, 8 horas a solas con el revolucionario más famoso del mundo. 8 horas de conversación que nadie más escuchó.

 Ahora, a sus 76 años y antes de morir, revela exactamente qué le dijo el Che. Octubre de 2024, Santa Cruz, Bolivia. Mario Vargas Terrazas se sienta frente a la cámara por primera vez en más de medio siglo. Sus manos arrugadas tiemblan mientras sostiene una fotografía amarillenta. Es él en 1967 con el uniforme del ejército boliviano. Un muchacho campesino de mejillas hundidas y ojos asustados.

“He esperado a que todos murieran”, dice con voz quebrada. El capitán que me dio la orden murió en 1989. Los otros guardias, todos muertos. El Che, por supuesto, murió al día siguiente. Ya no queda nadie a quien pueda dañar con la verdad. Pero yo estuve allí. Yo escuché lo que nadie más escuchó.

 Y antes de irme, el mundo merece saber qué pasó realmente esa noche del 8 de octubre de 1967. Mario era hijo de campesinos de Vallegrande, una región empobrecida de Bolivia, donde el nombre Cheegevara sonaba como una leyenda peligrosa. Nos decían que era un terrorista comunista que venía a quitarnos nuestras tierras.

 Recuerda, Mario, yo no sabía nada de política. Solo sabía que mi familia pasaba hambre y que el ejército me pagaba 30 pesos al mes por llevar uniforme y obedecer órdenes. En septiembre de 1967, Mario fue enviado con su unidad a perseguir a la guerrilla del Che en las montañas de Ñancuazu. Tenía apenas 3 meses de entrenamiento militar.

 Su rifle era más viejo que él. La mayoría de nosotros éramos muchachos indígenas, pobres, analfabetos. Nos mandaban a matar a un hombre que decía luchar por los pobres. La ironía me tomó años entenderla. El 8 de octubre, después de meses de persecución, el ejército boliviano finalmente capturó al Cheegevara en la quebrada del yuro.

 Estaba herido, desnutrido, con el uniforme hecho girones. Lo llevaron a la pequeña escuela de la higuera. Yo estaba limpiando mi rifle cuando el capitán Gary Prado me llamó. Recuerda Mario con precisión fotográfica. me dijo, “Vargas, tú vas a vigilar al prisionero esta noche. Nadie entra, nadie sale. Si intenta escapar, disparas.

 Si alguien intenta rescatarlo, disparas. ¿Entendido? Yo solo atiné a decir que sí. Mario sintió terror puro. No era miedo al che como guerrillero, era miedo a la responsabilidad. Pensé, por qué yo había soldados con más experiencia, con más rango. ¿Por qué me eligieron a mí? Años después entendería que precisamente por eso, porque era joven, prescindible y si algo salía mal, nadie preguntaría por un campesino indígena de 19 años.

 Le dieron un rifle cargado y lo posicionaron frente a la única puerta del salón donde tenían al Che. Eran las 6 de la tarde cuando empezó mi turno. Me dijeron que mi relevo llegaría a las 2 de la mañana, 8 horas. No sabía que serían las 8 horas más largas de mi vida. La escuela de la higuera era un edificio miserable.

 Dos salones de adobe, piso de tierra, techo de tejas rotas. No había electricidad, solo una lámpara de quereroseno que el capitán dejó encendida afuera en el pasillo. Yo estaba de pie con el rifle en las manos tratando de no temblar, dice Mario. Adentro no se escuchaba nada. Silencio total. Pasaron 10, 15 minutos.

 Entonces escuché su voz. Soldado. La voz era ronca, cansada, pero firme. Mario no respondió. Le habían ordenado no hablar con el prisionero. Soldado, ¿estás ahí? Insistió la voz. Necesito agua. Mario dudó. No le habían dado instrucciones sobre qué hacer si el prisionero pedía algo. Finalmente abrí la puerta apenas unos centímetros.

 La luz de la lámpara del pasillo entró al salón y lo vi. El Che estaba sentado en el piso con la espalda contra la pared. Tenía las manos atadas al frente. Su pierna izquierda estaba vendada con trapos sucios, manchados de sangre seca. Su uniforme verde olivo estaba roto, cubierto de barro. Pero lo que más impactó a Mario fueron sus ojos.

 No eran los ojos de un prisionero derrotado, recuerda Mario con la voz temblorosa. Eran los ojos de alguien que ya había aceptado su destino. No había miedo en ellos, solo una tranquilidad extraña, casi sobrenatural. Mario se quedó paralizado en la puerta. ¿Puedes traerme agua, compañero?, le preguntó el che. El uso de la palabra compañero golpeó a Mario como un puñetazo.

 Nadie en el ejército lo llamaba así. Para los oficiales, él era indio, muchacho o simplemente soldado. Yo yo no puedo, tartamudeó Mario. Tengo órdenes de no entrar. El Che asintió lentamente. Entiendo. Entonces, ¿puedes acercarte para que te vea bien? No puedo distinguir tu rostro desde aquí. Mario miró hacia el pasillo.

 Los otros guardias estaban afuera, alrededor de una fogata. Nadie lo vigilaba a él. Lentamente dio dos pasos hacia adentro del salón. La luz de la lámpara ahora iluminaba su cara. El ch lo miró fijamente durante varios segundos. Luego sonrió levemente. Eres muy joven. ¿Cuántos años tienes? Mario no debía responder.

 Sabía que no debía, pero algo en la voz del Che, en su tono paternal y calmado, lo desarmó completamente. 19, susurró. 19, repitió el Che. como saboreando la palabra. Yo tenía 19 cuando decidí que quería cambiar el mundo. ¿Y tú? ¿Tú qué quieres hacer con tu vida, soldado? Mario sintió que las palabras se le atascaban en la garganta. Yo yo solo obedezco órdenes.

 Todos obedecemos órdenes, respondió el cheavidad. Pero antes de las órdenes hay sueños. ¿Cuáles son los tuyos? Nadie le había hecho esa pregunta jamás. En su comunidad, los campesinos indígenas no tenían derecho a soñar. Nacían para trabajar la tierra que no les pertenecía y morir jóvenes de hambre o enfermedad. No sé, admitió Mario, sintiendo vergüenza por su propia respuesta.

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