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El Fuego de las Noches de Fallas en Valencia

El olor a pólvora no era inusual en Valencia en el mes de marzo. De hecho, era el perfume de la ciudad, una fragancia embriagadora que se mezclaba con el aroma a buñuelos de calabaza y a azahar temprano. La Plaza del Ayuntamiento estaba atestada de gente. Decenas de miles de cuerpos apretados, vibrando al unísono bajo el implacable sol del mediodía mediterráneo. Faltaban apenas dos minutos para las dos de la tarde. La mascletà estaba a punto de comenzar.

Mateo Navarro, un joven artista fallero con las manos marcadas por años de moldear cartón piedra y madera, se apoyaba contra las vallas de metal. Conocía el ritmo de las explosiones de memoria; para él, la pirotecnia no era ruido, era una sinfonía visceral que le latía en el esternón. Sus ojos, oscuros y observadores, escaneaban la multitud por puro hábito. Fue entonces cuando la vio.

Destacaba entre la marea de camisetas de peñas y blusones falleros. Llevaba un abrigo ligero, demasiado elegante para la ocasión, y su rostro, de una belleza pálida y aristocrática, reflejaba una mezcla de fascinación y desconcierto. Parecía fuera de lugar, una flor de invernadero en medio de un campo de fuego. Mateo no podía apartar la mirada de sus ojos verdes, dilatados por la anticipación del estruendo.

Desde el balcón del ayuntamiento, la Fallera Mayor pronunció las palabras mágicas que desataban el caos controlado: “Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà!”

El primer trueno rasgó el aire. La multitud rugió. El suelo comenzó a temblar bajo las suelas de los zapatos. Era el compás inicial, un latido metálico y profundo que fue in crescendo. El humo blanco empezó a envolver la plaza, espeso y acre.

Pero los oídos de Mateo, entrenados desde la infancia en los talleres de pirotecnia de su abuelo, captaron una anomalía. Entre el estallido rítmico de los petardos de aviso, escuchó un silbido agudo, antinatural, un zumbido eléctrico que no pertenecía a la partitura de la mascletà. Su mirada, apartándose a regañadientes de la mujer de ojos verdes, se dirigió hacia la base de una de las farolas monumentales, a escasos dos metros de donde ella se encontraba.

Un hombre con una cazadora de cuero oscuro, con el rostro oculto por una gorra calada, acababa de dejar caer una mochila negra. El hombre no se quedó a mirar el espectáculo; se dio la vuelta y comenzó a abrirse paso entre la multitud con una prisa desesperada, empujando con violencia.

El instinto de Mateo fue más rápido que su raciocinio. El silbido de la mochila se intensificó, un sonido agudo y sibilante que cortaba a través del estruendo ensordecedor de la plaza. No era un fuego artificial. Era una bomba.

—¡Cuidado! —gritó Mateo, pero su voz fue engullida por el estallido simultáneo de quinientos truenos de la mascletà.

Nadie lo escuchó. Nadie lo vio saltar la valla de seguridad con la agilidad de un felino. La mujer se giró al sentir el movimiento brusco de Mateo hacia ella, su rostro transformándose de la sorpresa al miedo.

Mateo no tuvo tiempo de explicar. Se lanzó sobre ella, rodeando su cintura con ambos brazos y arrojando todo el peso de su cuerpo para empujarla hacia el suelo, detrás del pedestal macizo de la farola.

En ese preciso milisegundo, el infierno se desató.

No fue el estallido alegre de la fiesta. Fue una detonación sorda, brutal, que desgarró el aire y succionó el oxígeno de la plaza. Una onda expansiva de calor abrasador pasó por encima de ellos, reventando los tímpanos de los presentes y convirtiendo los cristales de los edificios cercanos en metralla mortal. El caos festivo se transformó instantáneamente en una pesadilla de gritos de terror, sangre y polvo.

Mateo sintió que el mundo daba vueltas. El impacto lo había dejado sordo, un pitido agudo dominaba su cabeza. Tosiendo, con los pulmones ardiendo por el humo tóxico y el polvo de hormigón, abrió los ojos. Estaba cubierto de escombros y ceniza. Debajo de él, la mujer respiraba entrecortadamente, temblando convulsivamente. Un hilo de sangre le bajaba por la frente, manchando su rostro perfecto de polvo gris.

—¿Estás viva? —logró articular Mateo, aunque ni siquiera él mismo podía oír su propia voz.

La mujer parpadeó, desorientada, y asintió débilmente, aferrándose a la chaqueta de Mateo con uñas clavadas como garras. Alrededor de ellos, la escena era dantesca. La mascletà se había detenido abruptamente. En su lugar, sirenas, llantos y el sonido de gente corriendo en estampida creaban una sinfonía de terror. Fragmentos de hierro retorcido humeaban a su alrededor. Si no la hubiera empujado tras la base de piedra, ambos habrían sido vaporizados.

—Tenemos que salir de aquí. Ahora —dijo Mateo, leyendo el pánico en los ojos de ella.

El instinto de supervivencia le decía que el hombre de la cazadora podría estar cerca, comprobando su obra. La levantó del suelo. Ella soltó un gemido de dolor; se había torcido el tobillo en la caída, o tal vez algo peor.

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