El olor a pólvora no era inusual en Valencia en el mes de marzo. De hecho, era el perfume de la ciudad, una fragancia embriagadora que se mezclaba con el aroma a buñuelos de calabaza y a azahar temprano. La Plaza del Ayuntamiento estaba atestada de gente. Decenas de miles de cuerpos apretados, vibrando al unísono bajo el implacable sol del mediodía mediterráneo. Faltaban apenas dos minutos para las dos de la tarde. La mascletà estaba a punto de comenzar.
Mateo Navarro, un joven artista fallero con las manos marcadas por años de moldear cartón piedra y madera, se apoyaba contra las vallas de metal. Conocía el ritmo de las explosiones de memoria; para él, la pirotecnia no era ruido, era una sinfonía visceral que le latía en el esternón. Sus ojos, oscuros y observadores, escaneaban la multitud por puro hábito. Fue entonces cuando la vio.
Destacaba entre la marea de camisetas de peñas y blusones falleros. Llevaba un abrigo ligero, demasiado elegante para la ocasión, y su rostro, de una belleza pálida y aristocrática, reflejaba una mezcla de fascinación y desconcierto. Parecía fuera de lugar, una flor de invernadero en medio de un campo de fuego. Mateo no podía apartar la mirada de sus ojos verdes, dilatados por la anticipación del estruendo.
Desde el balcón del ayuntamiento, la Fallera Mayor pronunció las palabras mágicas que desataban el caos controlado: “Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà!”
El primer trueno rasgó el aire. La multitud rugió. El suelo comenzó a temblar bajo las suelas de los zapatos. Era el compás inicial, un latido metálico y profundo que fue in crescendo. El humo blanco empezó a envolver la plaza, espeso y acre.
Pero los oídos de Mateo, entrenados desde la infancia en los talleres de pirotecnia de su abuelo, captaron una anomalía. Entre el estallido rítmico de los petardos de aviso, escuchó un silbido agudo, antinatural, un zumbido eléctrico que no pertenecía a la partitura de la mascletà. Su mirada, apartándose a regañadientes de la mujer de ojos verdes, se dirigió hacia la base de una de las farolas monumentales, a escasos dos metros de donde ella se encontraba.
Un hombre con una cazadora de cuero oscuro, con el rostro oculto por una gorra calada, acababa de dejar caer una mochila negra. El hombre no se quedó a mirar el espectáculo; se dio la vuelta y comenzó a abrirse paso entre la multitud con una prisa desesperada, empujando con violencia.
El instinto de Mateo fue más rápido que su raciocinio. El silbido de la mochila se intensificó, un sonido agudo y sibilante que cortaba a través del estruendo ensordecedor de la plaza. No era un fuego artificial. Era una bomba.
—¡Cuidado! —gritó Mateo, pero su voz fue engullida por el estallido simultáneo de quinientos truenos de la mascletà.
Nadie lo escuchó. Nadie lo vio saltar la valla de seguridad con la agilidad de un felino. La mujer se giró al sentir el movimiento brusco de Mateo hacia ella, su rostro transformándose de la sorpresa al miedo.
Mateo no tuvo tiempo de explicar. Se lanzó sobre ella, rodeando su cintura con ambos brazos y arrojando todo el peso de su cuerpo para empujarla hacia el suelo, detrás del pedestal macizo de la farola.
En ese preciso milisegundo, el infierno se desató.
No fue el estallido alegre de la fiesta. Fue una detonación sorda, brutal, que desgarró el aire y succionó el oxígeno de la plaza. Una onda expansiva de calor abrasador pasó por encima de ellos, reventando los tímpanos de los presentes y convirtiendo los cristales de los edificios cercanos en metralla mortal. El caos festivo se transformó instantáneamente en una pesadilla de gritos de terror, sangre y polvo.
Mateo sintió que el mundo daba vueltas. El impacto lo había dejado sordo, un pitido agudo dominaba su cabeza. Tosiendo, con los pulmones ardiendo por el humo tóxico y el polvo de hormigón, abrió los ojos. Estaba cubierto de escombros y ceniza. Debajo de él, la mujer respiraba entrecortadamente, temblando convulsivamente. Un hilo de sangre le bajaba por la frente, manchando su rostro perfecto de polvo gris.
—¿Estás viva? —logró articular Mateo, aunque ni siquiera él mismo podía oír su propia voz.
La mujer parpadeó, desorientada, y asintió débilmente, aferrándose a la chaqueta de Mateo con uñas clavadas como garras. Alrededor de ellos, la escena era dantesca. La mascletà se había detenido abruptamente. En su lugar, sirenas, llantos y el sonido de gente corriendo en estampida creaban una sinfonía de terror. Fragmentos de hierro retorcido humeaban a su alrededor. Si no la hubiera empujado tras la base de piedra, ambos habrían sido vaporizados.
—Tenemos que salir de aquí. Ahora —dijo Mateo, leyendo el pánico en los ojos de ella.
El instinto de supervivencia le decía que el hombre de la cazadora podría estar cerca, comprobando su obra. La levantó del suelo. Ella soltó un gemido de dolor; se había torcido el tobillo en la caída, o tal vez algo peor.
—No puedo… —susurró ella, su voz temblorosa apenas audible sobre las sirenas de las ambulancias que ya se aproximaban.
—Sí que puedes. Apóyate en mí.
Mateo pasó el brazo de la mujer por encima de sus hombros y, sosteniéndola por la cintura, comenzaron a caminar cojeando a través del humo denso. La multitud huía en dirección contraria, alejándose del epicentro. Mateo, conocedor de cada callejón y rincón del centro histórico, la guio hacia la calle de las Barcas, esquivando a policías aturdidos y a personas que lloraban abrazadas en el suelo.
La adrenalina enmascaraba el dolor de los cortes en el rostro de Mateo. Su mente trabajaba a mil por hora. ¿Un ataque terrorista? ¿En plenas Fallas? Pero la forma en que el hombre había dejado la mochila… estaba exactamente a los pies de la mujer. No en el centro de la multitud, sino apuntando directamente a ella.
Se adentraron en el laberinto de callejuelas del Barrio del Carmen. Aquí, el eco de las sirenas se amortiguaba ligeramente, aunque la histeria colectiva seguía flotando en el aire. Mateo la condujo hasta un portal de madera vieja y desconchada. Sacó unas llaves con manos temblorosas, giró la cerradura y la empujó hacia dentro, cerrando la puerta a sus espaldas con un cerrojazo que sonó como un disparo en la oscuridad del zaguán.
El lugar olía a pintura fresca, a cola y a madera cortada. Era su taller, un inmenso bajo comercial reconvertido en refugio de arte efímero, lleno de figuras gigantes a medio terminar: monstruos sátiricos, políticos caricaturizados y ninfas hermosas que arderían en pocos días.
Mateo la ayudó a sentarse en un viejo sofá de cuero frente a un enorme ventanal opaco. Ella se derrumbó, escondiendo el rostro entre las manos, rompiendo a llorar con sollozos secos y convulsivos.
—Estás a salvo. Ya pasó —dijo Mateo, yendo rápidamente hacia un pequeño lavabo en la esquina para mojar una toalla limpia.
Regresó y, con extrema delicadeza, comenzó a limpiar la sangre y el polvo de la frente de la mujer. El corte no era profundo, un rasguño provocado por algún fragmento volador. Al sentir el contacto del agua fría, ella levantó la vista. Sus ojos, ahora despojados del shock inicial, revelaban una vulnerabilidad profunda y un terror latente.
—Gracias… —murmuró ella, su voz aún rota—. Me has salvado la vida. No sé quién eres, pero me has salvado la vida.
—Soy Mateo. Mateo Navarro.
—Elena. Me llamo Elena.
Mateo la miró detenidamente. La elegante ropa de Elena estaba desgarrada y cubierta de polvo. Un collar de perlas auténticas colgaba roto de su cuello.
—Elena, escúchame bien —dijo Mateo, sentándose frente a ella y mirándola directamente a los ojos, adoptando un tono grave—. Lo que ha pasado ahí fuera… no creo que haya sido un ataque al azar. Vi al hombre que dejó la bomba. La puso exactamente donde tú estabas parada.
Los ojos de Elena se abrieron de par en par, el pánico resurgiendo en sus pupilas. Negó con la cabeza vigorosamente, retrocediendo en el sofá.
—No, no, no. Eso es imposible. Estás equivocado. Nadie querría hacerme daño. Sólo soy una turista. Vine a ver las Fallas antes de mi boda.
—¿Tu boda? —preguntó Mateo, sintiendo un extraño y repentino hueco en el estómago.
—Sí. Me caso en cinco días. El 20 de marzo. Tengo que volver a Madrid antes de esa fecha. Arturo, mi prometido, ni siquiera sabe que estoy aquí. Quería un momento de libertad, unos días a solas antes de… antes de comprometerme para siempre.
Mateo procesó la información. Cinco días. Una huida secreta a Valencia. Un atentado selectivo que parecía disfrazado de tragedia pública. Las piezas no encajaban, pero el peligro era innegable.
—Elena, la policía hará preguntas. El lugar estará acordonado. Deberíamos ir al hospital para que te revisen, y luego a la comisaría.
—¡No! —gritó ella de repente, aferrando la muñeca de Mateo con una fuerza sorprendente—. ¡A la policía no! ¡A los hospitales no! Si mi nombre aparece en las noticias, Arturo se enterará de que estoy aquí. Él… él se pondría furioso. Es un hombre de negocios muy poderoso en Madrid. Detesta los escándalos. Si esto sale a la luz, cancelará la boda, arruinará a mi familia. Por favor, Mateo. Te lo ruego.
Mateo frunció el ceño. El terror en la voz de Elena no era solo por la bomba; era un terror profundo, arraigado, hacia la figura de ese tal Arturo.
—Estás herida y alguien acaba de intentar volarte por los aires, Elena. ¿Y te preocupa un escándalo social?
—No lo entiendes —susurró ella, bajando la mirada. Las lágrimas volvieron a brotar—. Mi familia depende de este matrimonio. Mi padre está arruinado. Arturo pagó nuestras deudas con la condición de este enlace. Si huyo, si hay un escándalo… mi familia lo pierde todo.
Mateo se levantó y caminó nerviosamente por el taller, esquivando el brazo gigante de yeso de una figura fallera. Miró a Elena, esta mujer hermosa, frágil y atrapada en una jaula de oro que alguien, por alguna razón, quería destruir junto con ella.
—Está bien —suspiró Mateo, pasándose una mano por el pelo oscuro y rizado, manchado de ceniza—. Te quedarás aquí. Este taller es seguro. Nadie viene por aquí en estos días, las piezas ya están casi todas en la calle listas para la plantà. Pero tenemos cinco días. Solo cinco días antes de que tengas que volver a esa jaula. Y te juro que en estos cinco días, voy a descubrir quién intentó matarte en mi ciudad.
La primera noche transcurrió en un silencio tenso. Fuera, Valencia intentaba recuperar el aliento. Las noticias hablaban de un fallo catastrófico en un lote de pirotecnia, una versión oficial que Mateo sabía que era una mentira encubridora o un trágico error policial. La zona cero seguía acordonada.
Mateo le preparó a Elena una cama improvisada con mantas limpias en un rincón cálido del taller, rodeada de las figuras de cartón que parecían custodiar su sueño intranquilo. Él se quedó despierto, sentado en una silla de madera vieja, vigilando la puerta y limpiando una antigua escopeta de caza que su abuelo guardaba en un altillo.
A la mañana siguiente, el 16 de marzo, el sol irrumpió por los tragaluces del taller. Valencia, obstinada y vibrante, continuaba con su fiesta. A pesar del luto velado por el incidente del día anterior, las calles empezaban a llenarse con la música de las bandas de música, los pasodobles y el incesante crujir de los petardos arrojados por los niños. El olor a churros se filtraba por debajo de la puerta.
Elena despertó confundida. Le dolía todo el cuerpo. Al sentarse, vio a Mateo frente a un hornillo eléctrico, preparando café. Llevaba una camiseta limpia que marcaba la musculatura de sus brazos y espalda, esculpida por años de trabajo físico.
—Buenos días —dijo él, ofreciéndole una taza humeante—. He traído algunas ropas de mi hermana. Deberían servirte. Tienes que deshacerte de ese abrigo y de todo lo que llevabas ayer. Si alguien te busca, buscará a la mujer elegante del abrigo, no a una valenciana más.
Elena asintió, tomando la taza con manos aún temblorosas. El calor del café la reconfortó. Se cambió en el pequeño baño del taller. Cuando salió, llevaba unos vaqueros ajustados, una camiseta blanca sencilla y una chaqueta de punto azul. El cambio era drástico. Sin las perlas y la ropa de alta costura, parecía más joven, más terrenal. Más real.
—Te queda bien —dijo Mateo, apartando la mirada rápidamente, sintiendo un calor inesperado en el pecho.
—Mateo… he estado pensando. Quizás tenías razón ayer. Quizás fue un accidente. Un terrible accidente. Nadie sabía que yo vendría a Valencia. Compré el billete de tren a última hora, en efectivo. Me alojé en un hostal humilde con un nombre falso. Quería ser un fantasma durante unos días. Es imposible que alguien me rastreara.
Mateo caminó hacia su mesa de trabajo, cubierta de planos y bocetos.
—Ojalá tengas razón, Elena. Pero el hombre de la cazadora sabía lo que hacía. No actuaba como un terrorista suicida. Actuaba como un profesional. Dejó el paquete y se largó. Y lo dejó exactamente a tus pies.
Pasaron el segundo día encerrados en el taller. Para distraerla, Mateo le mostró su trabajo. Le explicó el proceso de creación de una Falla, cómo el corcho blanco se tallaba, cómo el cartón se moldeaba con paciencia infinita, cómo la pintura daba vida a las críticas satíricas de la sociedad. Elena, que venía de un mundo de galerías de arte pulcras y subastas millonarias en Madrid, quedó fascinada por ese arte brutal y efímero, destinado a convertirse en cenizas.
—Es hermoso y trágico a la vez —comentó ella, acariciando la mejilla de una figura que representaba a la diosa de la justicia con los ojos vendados y la balanza rota—. Trabajas durante meses en algo tan magnífico, solo para ver cómo el fuego lo devora en una noche.
—De eso se trata, Elena —respondió Mateo, acercándose a ella. El espacio entre ellos parecía haberse reducido—. Es la purificación. El fuego quema lo viejo, lo corrupto, los problemas del año pasado. De las cenizas nace algo nuevo. Nos recuerda que nada es permanente, que no podemos aferrarnos a lo material.
Ella lo miró, y por un momento, el pánico desapareció de sus ojos, reemplazado por una chispa de profunda melancolía.
—Ojalá pudiera quemar mi vida en esa hoguera —susurró ella—. Ojalá pudiera dejar a Arturo, las deudas de mi padre, el apellido, todo… y que de mis cenizas naciera alguien libre.
Mateo levantó la mano y, casi sin pensarlo, le rozó la mejilla suavemente, allí donde el corte ya empezaba a sanar.
—Solo tienes que tomar la decisión, Elena. Nadie puede obligarte a caminar hacia el altar.
—No conoces a Arturo —replicó ella, dando un paso atrás, cerrando los ojos con fuerza—. Es un hombre que no acepta un “no”. Lo controla todo. Sus negocios abarcan desde la construcción hasta la seguridad privada. Tiene contactos en todos los ministerios. Si yo lo abandono y provoco la quiebra de mi familia, mi padre no lo soportaría. Y Arturo se aseguraría de que no encontráramos paz en ningún lugar.
El nombre “Arturo” resonaba en la cabeza de Mateo como un eco oscuro.
Por la tarde, Mateo tuvo que salir para comprar comida y medicamentos. Le ordenó a Elena que no abriera la puerta bajo ninguna circunstancia, ni siquiera a la policía. Se puso una gorra y salió a las calles repletas. Valencia era un hervidero. La plantà de las Fallas estaba en su apogeo. Enormes grúas levantaban los monumentos en las plazas. Las charangas tocaban sin cesar.
Mientras compraba vendas y desinfectante en una farmacia, Mateo miró por el escaparate. Al otro lado de la calle, entre la multitud de turistas con cámaras y falleros con sus blusones, vio a dos hombres que desentonaban. Llevaban trajes grises, gafas de sol a pesar de que la tarde caía, y caminaban con un propósito rígido, observando cada portal, cada rostro de las mujeres jóvenes que pasaban. No miraban los monumentos; estaban cazando.
Un escalofrío recorrió la espalda de Mateo. Elena no estaba paranoica. La estaban buscando. Y si esos eran los hombres de Arturo, el prometido, entonces las piezas encajaban de una forma siniestra.
Pagó rápidamente y salió por una puerta trasera de la farmacia que daba a un callejón. Caminó a paso rápido, asegurándose de no ser seguido, tomando desvíos innecesarios a través de pasajes estrechos. Cuando regresó al taller, cerró la puerta con tres cerrojos y corrió las cortinas opacas.
Elena estaba sentada en el suelo, abrazando sus rodillas. Al ver la expresión de Mateo, se puso pálida.
—¿Qué pasa?
—Tenías razón sobre tu prometido, Elena. Te están buscando. He visto a dos hombres en la calle de la Paz. Profesionales. Matones a sueldo, seguridad privada, llámalo como quieras. Están peinando el centro.
Elena se llevó una mano a la boca, ahogando un sollozo.
—Él lo sabe. Arturo sabe que estoy aquí. Si me encuentran…
—No te encontrarán aquí —aseguró Mateo, agarrándola por los hombros para tranquilizarla—. Pero tenemos que pensar. ¿Por qué querría Arturo matarte? Si tú mueres, la boda se cancela y tu familia queda libre de sus deudas por pura tragedia, ¿no?
Elena negó con la cabeza, su respiración agitada.
—No… no lo entiendes. Hace unas semanas, el abogado de mi padre me hizo firmar un seguro de vida colosal. Arturo lo exigió como parte del acuerdo prematrimonial. Dijo que era una formalidad para garantizar la estabilidad de su imperio en caso de que a mí me pasara algo, ya que pasaría a ser accionista de sus empresas al casarnos. Él es el único beneficiario.
El silencio cayó pesado en el taller, interrumpido solo por el lejano estallido de un petardo. Mateo sintió que la sangre le hervía en las venas.
—Ese hijo de puta… —masculló Mateo—. Arturo no quiere casarse contigo, Elena. Compró a tu familia para poder asegurarte, y ahora quiere matarte para cobrar el seguro y de paso ahorrarse el matrimonio con la hija de un noble arruinado. La bomba en la mascletà… la camufló en medio de un evento multitudinario para que pareciera una tragedia nacional, un accidente de pólvora o un ataque terrorista. De esa forma, nadie investigaría a un afligido novio en Madrid.
Elena se derrumbó en el sofá, llorando desconsoladamente. Toda su realidad, su sacrificio familiar, no era más que un elaborado plan de asesinato por codicia.
La noche del 17 de marzo, la ciudad entera se iluminó. Era la noche de la Ofrenda de Flores. Mientras miles de falleras marchaban emocionadas hacia la Plaza de la Virgen, Mateo y Elena permanecían en las sombras de su refugio. La tensión del peligro inminente, sumada a la intimidad del aislamiento forzado, encendió una chispa ineludible entre ellos.
Compartieron una cena frugal a la luz de las velas, ya que Mateo había apagado las luces principales para no llamar la atención desde la calle. Bebieron vino tinto barato, que a Elena le supo a gloria en comparación con los champagnes que bebía en Madrid. Hablaron de sus sueños, de sus miedos. Mateo le contó sobre su abuelo, quien le enseñó el amor por el fuego y el arte efímero. Elena le habló de su infancia, antes de que las deudas ahogaran la alegría de su hogar.
En la semioscuridad, Mateo la miró. Ya no veía a la mujer aristocrática y asustada del primer día. Veía a una superviviente, a una mujer valiente y desesperadamente sola que anhelaba libertad. Elena le devolvió la mirada, sus ojos verdes reflejando la luz de la vela, llenos de un deseo y una vulnerabilidad abrumadores.
Sin necesidad de palabras, la distancia física se desvaneció. Mateo se acercó a ella, rozando sus labios por primera vez. Fue un beso vacilante, teñido por el miedo y el humo de la ciudad, pero rápidamente se transformó en una necesidad desesperada. Era la urgencia de dos personas rodeadas por la muerte, buscando la confirmación de estar vivos.
Se amaron esa noche sobre el viejo sofá del taller, rodeados por los monstruos de cartón y la sátira pintada de colores brillantes. Fue un amor crudo, apasionado, nacido de la pólvora y el terror. Para Elena, las manos ásperas de Mateo eran un refugio más seguro que cualquier mansión amurallada de Madrid; para Mateo, la piel de Elena era la obra de arte más perfecta que jamás había tocado. En esos momentos de oscuridad iluminada por destellos de cohetes lejanos, olvidaron los trajes grises, la bomba y los días contados. Solo existían el uno para el otro en la efímera eternidad de la noche fallera.
Pero la mañana del 18 de marzo trajo consigo la dura realidad de la cuenta atrás. Faltaban apenas dos días para el 20 de marzo. El día de la supuesta boda. El día que Arturo esperaba recibir la noticia de su trágico final.
Mateo se despertó temprano. Observó a Elena dormir plácidamente, su cabello castaño esparcido sobre la almohada improvisada. Sintió una punzada de dolor físico ante la idea de perderla. No podía permitir que regresara a Madrid, ni como novia ni como cadáver. Tenían que desenmascarar a Arturo.
Dejando una nota junto a Elena, Mateo salió del taller armado únicamente con su teléfono móvil y su rabia. Tenía un plan desesperado. Necesitaba pruebas de que Arturo estaba detrás del atentado. Y la única forma de conseguirlas era atrapar a uno de sus perros de caza.
Se dirigió a la zona de Ruzafa, el epicentro de la fiesta nocturna, suponiendo que los hombres de traje gris habrían ampliado su radio de búsqueda. Caminó durante horas, camuflándose entre los puestos de comida y los monumentos falleros iluminados. Alrededor del mediodía, su paciencia dio frutos.
Vio a uno de los hombres de traje. Estaba interrogando al dueño de una pensión barata, mostrándole una fotografía en su teléfono móvil. Mateo se acercó sigilosamente por la espalda. Las calles estaban abarrotadas, lo cual era una ventaja y una desventaja. Esperó a que el hombre se alejara de la multitud y entrara en un callejón buscando cobertura para hacer una llamada telefónica.
Mateo lo siguió. El callejón olía a orina y cerveza derramada.
—Sí, señor —decía el matón por el teléfono, de espaldas a Mateo—. Nada todavía. Sobrevivió a la explosión. No sabemos cómo, pero el contacto de la policía nos confirma que no hay cadáveres femeninos sin identificar… Seguiremos buscando. No puede salir de Valencia sin dinero ni identificación.
Mateo no lo pensó dos veces. Tomó impulso y embistió al hombre por la espalda, estrellándolo contra los ladrillos húmedos de la pared. El teléfono cayó al suelo y se hizo añicos. El matón soltó un gruñido e intentó sacar un arma de su chaqueta, pero Mateo, más rápido e impulsado por una rabia primordial, le propinó un puñetazo directo a la mandíbula, aturdiéndolo.
Antes de que el hombre pudiera recuperarse, Mateo lo agarró por el cuello de la camisa y lo inmovilizó contra la pared, presionando el antebrazo contra su tráquea.
—¿Dónde está Arturo? —siseó Mateo, sus ojos ardiendo de furia.
El hombre, escupiendo sangre, soltó una carcajada ronca.
—Eres hombre muerto, chaval. No sabes con quién te metes.
—Sé que te han pagado para matar a una mujer inocente por un maldito seguro de vida. ¿Dónde está Arturo? ¿Está en Valencia?
El hombre luchaba por respirar, pero su arrogancia no desaparecía.
—El señor… Arturo… viene de camino. Llegará esta noche. Si sus inútiles peones no pueden terminar el trabajo… lo hará él mismo.
El corazón de Mateo dio un vuelco. Arturo venía a Valencia. La cazadora se convertía en presa.
—¿Dónde se va a alojar? ¡Habla! —Mateo presionó más fuerte.
—En el… hotel Las Arenas. Suite… ático. Ahora suéltame, payaso.
Mateo aflojó ligeramente la presión y, en un movimiento rápido, golpeó la nuca del hombre contra la pared, dejándolo inconsciente en el suelo del callejón. Registró sus bolsillos y encontró una tarjeta llave del hotel y una pistola semiautomática negra y pesada. Mateo dudó por un segundo, su naturaleza pacífica de artesano chocando con la violencia del momento. Pero al pensar en Elena, agarró el arma, la escondió en la cintura de sus vaqueros y huyó de la escena.
El reloj avanzaba implacable. La Nit del Foc, la noche más espectacular de fuegos artificiales que precede al final de las Fallas, estaba a punto de comenzar. Era la noche del 18 de marzo. Mañana sería el 19, el día de la Cremà, cuando todo ardería. Y el 20 era la fecha límite de Elena.
Regresó al taller corriendo. Al entrar, cerró con pestillo y se apoyó contra la puerta, respirando con dificultad. Elena saltó del sofá, con los ojos llenos de alivio y pánico.
—¿Qué ha pasado? Tienes sangre en las manos…
—No es mía —dijo Mateo, acercándose a ella y tomándole el rostro entre las manos—. Elena, escúchame. Arturo viene a Valencia. Llegará esta noche al hotel Las Arenas. Sabe que estás viva y viene a terminar el trabajo él mismo.
Elena se tambaleó hacia atrás, el color abandonando su rostro por completo.
—Estamos perdidos. Si Arturo está aquí… tiene a la policía comprada, tiene matones. Nos encontrará. Debemos huir ahora mismo, subir a un tren, irnos del país.
—No —dijo Mateo con voz firme, sacando la pistola de su cinturón y dejándola sobre la mesa de trabajo. El metal frío resonó en la madera—. Si huimos, pasarás el resto de tu vida mirando por encima del hombro. Arturo nunca dejará de buscarte. Tu familia no estará a salvo. Hay que cortar esto de raíz.
—¿Qué estás diciendo, Mateo? ¿Quieres matarlo? ¡No eres un asesino! ¡Eres un artista fallero!
—No voy a matarlo, Elena. Voy a destruirlo. Voy a hacer que confiese. Y voy a hacer que todo el mundo lo sepa.
Esa noche, el cielo de Valencia explotó en la Nit del Foc. Desde las terrazas y puentes, miles de personas miraban maravilladas cómo los fuegos artificiales más grandiosos del mundo iluminaban la oscuridad, pintando el cauce del río Turia de rojos, verdes y dorados. Los estruendos hacían temblar los cimientos de la ciudad.
Bajo la cobertura de ese estruendo ensordecedor y la distracción masiva, Mateo y Elena pusieron en marcha su plan desesperado. Mateo sabía que no podían entrar en el Hotel Las Arenas por la puerta principal. Era una fortaleza de lujo frente a la playa. Pero Mateo, en su juventud, había trabajado en la instalación de los castillos de fuegos artificiales en la playa de la Malvarrosa, justo frente al hotel, y conocía los pasillos de servicio subterráneos.
Elena, vestida nuevamente con ropa oscura y con el cabello recogido bajo una gorra, seguía de cerca a Mateo. Su corazón latía tan fuerte que creía que se le iba a salir del pecho. Cada estallido de fuego artificial en el cielo la hacía estremecer, recordándole la explosión en la plaza.
Lograron infiltrarse por la zona de carga y descarga del hotel, aprovechando el cambio de turno de los empleados de cocina. Subieron por las escaleras de emergencia, evitando los ascensores principales y las cámaras de seguridad que Mateo había estudiado en un plano apresurado. El ascenso hasta el ático fue agotador, una escalada silenciosa hacia el infierno.
Llegaron a la puerta de la suite presidencial. La tarjeta llave robada al matón funcionó con un suave clic verde.
Mateo empujó la pesada puerta de roble. La suite estaba a oscuras, iluminada solo por los destellos intermitentes de los fuegos artificiales que entraban por el inmenso ventanal con vistas al mar. La habitación olía a tabaco caro y a loción de afeitar.
Avanzaron lentamente por el pasillo hacia el salón principal. De repente, las luces se encendieron de golpe, cegándolos temporalmente.
—Debo admitir —resonó una voz fría y elegante desde el otro extremo de la habitación—, que esperaba a un equipo de incompetentes lloriqueando, pero no esperaba a la novia fugitiva entregándose en bandeja de plata. Y acompañada de su… ¿qué eres, muchacho? ¿Un héroe de barrio?
Sentado en un sillón de cuero blanco, sosteniendo una copa de coñac, estaba Arturo. Era un hombre en la cuarentena, de rostro afilado, traje impecable y una mirada vacía y cruel que congeló la sangre en las venas de Elena. Detrás de él, de pie como una estatua letal, estaba el hombre de la cazadora de cuero que había dejado la mochila en la plaza.
Mateo alzó la pistola, apuntando directamente al pecho de Arturo. Sus manos temblaban ligeramente, pero su voz sonó firme.
—Se acabó, Arturo. Sé lo del seguro de vida. Sé que pusiste esa bomba. La policía se enterará de todo.
Arturo soltó una carcajada suave y dio un sorbo a su copa, sin inmutarse ante el arma.
—Ay, pobre chico rústico. ¿La policía? ¿Crees que me importa la policía? El jefe superior cena conmigo una vez al mes. Y en cuanto a ese seguro… es un documento privado. Mi querida Elena iba a morir trágicamente en un ataque terrorista durante las Fallas. Una víctima inocente de la barbarie. Yo sería el novio desconsolado que heredaría el imperio familiar que yo mismo salvé. Un negocio perfecto.
—¡Eres un monstruo! —gritó Elena, saliendo de detrás de Mateo, incapaz de contener la rabia tras días de terror—. ¡Pusiste una bomba en una plaza llena de familias! ¡Podrían haber muerto cientos de personas!
—Bajas colaterales, querida —respondió Arturo encogiéndose de hombros, con un cinismo repugnante—. Aunque admito que este inútil —señaló al hombre de la cazadora— calculó mal la cantidad de C4. Deberías haber sido vaporizada, no asustada.
Mateo sintió que la bilis le subía por la garganta. La frialdad con la que hablaba de asesinar a masas por dinero era aterradora.
—He grabado todo, Arturo —mintió Mateo, sacando su teléfono móvil del bolsillo trasero con la mano izquierda mientras mantenía la pistola en la derecha—. Toda esta confesión. Si me matas, esto se enviará automáticamente a todos los periódicos de España. Tus contactos no podrán tapar un escándalo mediático a nivel nacional.
La sonrisa de Arturo vaciló por un microsegundo, pero rápidamente recuperó su compostura.
—Un farol muy de aficionado. Mátalos, Carlos. Haz que parezca un robo que salió mal. Tíralos por el balcón.
El hombre de la cazadora, Carlos, sacó una pistola con silenciador de debajo de su chaqueta. Mateo no tuvo tiempo de pensar. El instinto que le hizo saltar la valla en la plaza volvió a apoderarse de él.
Mateo apretó el gatillo. El estallido ensordecedor del arma llenó la habitación cerrada. No le dio a Carlos, pero la bala destrozó un jarrón de cristal junto a su cabeza, haciéndole perder la puntería. El disparo de Carlos impactó en el hombro de Mateo, lanzándolo hacia atrás.
Elena gritó. Mateo cayó al suelo, agarrándose el brazo izquierdo mientras la sangre caliente empapaba su camiseta.
—¡Mateo! —lloró Elena, arrojándose a su lado.
Carlos avanzó lentamente, apuntando el arma silenciada a la cabeza de Mateo para dar el golpe de gracia. Arturo observaba la escena con aburrimiento, girando el coñac en su copa.
Afuera, la Nit del Foc llegaba a su clímax. El cielo parecía estar en llamas. El estruendo era tal que hacía vibrar los cristales de la suite.
Y en ese estruendo, Mateo encontró su salvación. No en el cielo, sino en su bolsillo.
Con la mano derecha, que aún sostenía su pistola, dejó el arma en el suelo y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta. Durante sus años en los talleres, Mateo nunca andaba sin un “masclet” de grado profesional, un petardo industrial del tamaño de un cartucho de dinamita pequeña, usado para el terremoto final de la mascletà.
Sacó el cilindro marrón. La mecha verde colgaba amenazante. Con un movimiento rápido, fruto de la desesperación, encendió la mecha con el encendedor zippo que siempre llevaba consigo y arrojó el explosivo directamente a los pies de Arturo.
—¡Al suelo! —rugió Mateo, agarrando a Elena y rodando detrás del pesado sofá de la sala.
Arturo miró el cilindro humeante a sus pies con confusión. Carlos, reconociendo el peligro un segundo demasiado tarde, intentó saltar hacia atrás.
El masclet estalló dentro de la suite cerrada.
No era C4, pero era la pólvora valenciana más potente y pura. La explosión destrozó la mesa de centro de cristal, reventó los inmensos ventanales de la suite en una lluvia de diamantes mortales hacia el balcón, y llenó la habitación de un humo blanco y asfixiante. La onda expansiva derribó a Carlos, golpeándose la cabeza violentamente contra la pared de mármol y cayendo inconsciente. Arturo fue lanzado hacia atrás sobre su sillón, gritando de dolor por los cortes de cristal.
La alarma contra incendios del hotel comenzó a chillar histéricamente, sumándose al caos sonoro del exterior. Los aspersores de emergencia del techo se activaron, empapando la habitación y disipando el humo.
Mateo se levantó a duras penas, tosiendo y sangrando profusamente por el hombro. Elena lo ayudó a ponerse en pie. Se asomaron por encima del sofá. Carlos yacía inmóvil en el suelo. Arturo estaba en el suelo, gimiendo, con el rostro ensangrentado por los cristales rotos, incapaz de levantarse.
Mateo caminó hacia él, pisando los cristales rotos, y levantó la pistola de Carlos del suelo. Apuntó al rostro de Arturo.
—Se acabó tu impunidad, Arturo —dijo Mateo, escupiendo sangre—. Elena es libre.
Arturo lo miró con odio, pero también con terror. El monstruo había sido despojado de su poder en su propia jaula de cristal.
Sirenas de policía reales, no la falsa alarma de la plaza, comenzaron a aullar en la calle, mezclándose con las alarmas del hotel. Los huéspedes estaban evacuando. Mateo sabía que no tenían mucho tiempo.
Tomó a Elena de la mano ilesa.
—Vámonos —le dijo.
Salieron de la suite en ruinas y corrieron por las escaleras de emergencia, empapados, heridos, pero vivos. Llegaron a la calle justo cuando los primeros coches patrulla derrapaban frente al hotel. Aprovechando la confusión de la evacuación masiva, se escabulleron entre la multitud que miraba fascinada el hotel mientras los últimos fuegos artificiales de la Nit del Foc se desvanecían en el cielo negro.
El 19 de marzo, el día de San José, amaneció con un cielo limpio y despejado. La ciudad olía a pólvora quemada y a expectación. Era el día de la Cremà. Esa noche, todos los monumentos arderían, llevándose consigo lo malo y dejando paso a la primavera.
Mateo y Elena estaban en un pequeño ambulatorio en las afueras de la ciudad, donde un médico amigo de Mateo le había extraído la bala del hombro y cosido la herida en secreto.
Mientras estaban allí, las noticias en la televisión del ambulatorio informaron de un incidente dramático en el Hotel Las Arenas. Un famoso empresario madrileño, Arturo V. M., y su guardaespaldas habían sido detenidos. La policía, alertada por una llamada anónima (que Mateo había hecho desde un teléfono público antes de ir al médico), había encontrado en la habitación de Arturo no solo armas ilegales, sino documentos financieros incriminatorios y, lo más importante, un ordenador portátil abierto donde se detallaban pagos a cuentas en paraísos fiscales y correspondencia que demostraba la contratación del matón para el falso atentado en la plaza del Ayuntamiento. La arrogancia de Arturo le había hecho creer que nunca registrarían su suite presidencial.
Elena vio la noticia en la pequeña pantalla. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, pero esta vez eran lágrimas de un alivio inmenso, catártico. El imperio de terror de Arturo se había derrumbado de la noche a la mañana. Su familia, al salir a la luz los negocios sucios y el intento de asesinato por fraude de seguros, quedaría eximida de los contratos abusivos bajo investigación criminal.
Era libre. Verdaderamente libre.
Llegó la medianoche. La Cremà. Mateo, con el brazo en cabestrillo, y Elena, tomada firmemente de su mano derecha, estaban en la plaza del Ayuntamiento, el mismo lugar donde su pesadilla había comenzado cuatro días atrás. Esta vez, estaban alejados de la multitud, en una terraza superior que Mateo conocía.
Abajo, la majestuosa Falla municipal, una enorme sátira sobre el poder y la corrupción, estaba bañada en gasolina. La Fallera Mayor dio la orden. Las llamas lamieron la base de madera y, en cuestión de segundos, un pilar de fuego y humo negro se elevó hacia el cielo nocturno. El calor era intenso, casi reconfortante.
Elena miró el fuego devorando la estructura. Vio cómo la madera crujía y las figuras se desmoronaban bajo el abrazo purificador del fuego. Sintió que, de alguna manera, su propio pasado aristocrático, sus deudas y sus miedos estaban ardiendo allí abajo, convirtiéndose en cenizas grises que el viento del Mediterráneo se llevaría.
Se giró hacia Mateo. El resplandor naranja del fuego iluminaba su rostro curtido, resaltando sus ojos oscuros y la cicatriz incipiente en su rostro.
—Tenías razón, Mateo —susurró ella, acercándose a él—. El fuego quema lo viejo. De las cenizas nace algo nuevo.
Mateo la abrazó con su brazo sano, atrayéndola hacia su pecho.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó él en voz baja, mientras el estruendo del fuego llenaba la plaza—. El día 20 es mañana. Ya no tienes que ir a Madrid.
Elena levantó la vista, encontrando los labios de Mateo en un beso profundo y apasionado, un beso que ya no sabía a miedo ni a despedida, sino a promesas y a futuro.
—No voy a ir a ninguna parte —respondió ella, sonriendo con una luminosidad que rivalizaba con las llamas—. Me quedo en Valencia. Alguien tiene que enseñarme cómo se construyen estos monstruos antes de quemarlos.
Y allí, bajo el cielo estrellado y el resplandor de la Cremà, entre el humo de la pólvora y el aroma de la victoria, comenzó su verdadera historia. Una historia forjada en las noches de Fallas, donde el amor y la supervivencia ardieron más brillante que el fuego.
Libro II: Las Cenizas y la Semilla
Capítulo 1: El Amanecer del Día Veinte
El 20 de marzo amaneció con una luz gris y perezosa sobre Valencia. Era una mañana extraña, marcada por el silencio. Después de cinco días de explosiones incesantes, música de bandas y el rugido de la multitud, la ciudad parecía haber entrado en un letargo profundo. Las calles, apenas unas horas antes atestadas de gente y monumentos coloridos, ahora mostraban esqueletos negros humeantes, charcos de agua negra dejados por las mangueras de los bomberos y un ejército de barrenderos trabajando a destajo para devolver la normalidad a las avenidas.
En el taller de Mateo, el olor a humo penetraba por las rendijas de las ventanas. Elena abrió los ojos lentamente. Estaba acostada en la cama improvisada, envuelta en mantas pesadas. La luz pálida del sol se filtraba por el ventanal opaco. A su lado, Mateo dormía profundamente, con el brazo izquierdo inmovilizado en el cabestrillo y el rostro marcado por el cansancio de una batalla que apenas comenzaba a comprender.
Elena se sentó y miró el reloj de pared, cubierto de polvo de cartón. Las diez de la mañana.
Ese era el día. A esa misma hora, a más de trescientos kilómetros de distancia, en la majestuosa Basílica de San Francisco el Grande en Madrid, debería estar sonando la marcha nupcial. Cientos de invitados de la alta sociedad, políticos, banqueros y aristócratas deberían estar ocupando los bancos de madera noble, esperando a que la novia desfilara por el pasillo central envuelta en seda blanca y diamantes, lista para ser entregada en sacrificio al hombre más temido del mundo empresarial español.
En lugar de eso, Elena llevaba una camiseta holgada manchada de pintura, respiraba aire con sabor a ceniza y sentía el suelo frío de cemento bajo sus pies descalzos. Se levantó sin hacer ruido y caminó hacia la pequeña cocina para preparar café. Mientras el agua hervía, se miró en el pequeño espejo astillado del baño. Su reflejo le devolvió la mirada de una extraña. La joven pálida, asustada y perfecta que había llegado a Valencia hacía cinco días había desaparecido. En su lugar, había una mujer con un pequeño rasguño curándose en la frente, ojeras profundas, pero con un brillo en los ojos que nunca antes había tenido. El brillo de la supervivencia. El brillo de la libertad.
—¿En qué piensas? —La voz ronca de Mateo la sacó de sus pensamientos. Estaba apoyado en el marco de la puerta, mirándola con una intensidad que aún la hacía estremecer.
—En que a esta hora, el cura ya estaría preguntando si alguien tiene algún impedimento para que el matrimonio se celebre —respondió Elena con una media sonrisa, sirviendo dos tazas de café humeante.
Mateo se acercó, tomó la taza con su mano buena y le dio un sorbo antes de dejarla sobre la mesa. Con suavidad, rodeó la cintura de Elena y la atrajo hacia sí, besándole la frente, justo encima de la herida que él mismo había limpiado.
—Yo habría entrado pateando las puertas de la iglesia para oponerme —murmuró él, hundiendo el rostro en el cabello revuelto de ella.
—No habría hecho falta. Tú ya volaste la iglesia entera por los aires antes de que yo llegara al altar.
Se quedaron abrazados en silencio, sintiendo el latido acompasado de sus corazones. Pero ambos sabían que la paz de ese taller era una burbuja temporal. El mundo exterior rugía, exigiendo respuestas.
Esa misma tarde, el teléfono de Mateo sonó con insistencia. Era el Inspector Jefe de la Policía Nacional de Valencia, un hombre llamado Ramírez, que se había hecho cargo del caso tras el escándalo del Hotel Las Arenas. Necesitaban que Elena prestara una declaración formal. La maquinaria legal se había puesto en marcha y no iba a detenerse.
—Es hora de enfrentarse al dragón —suspiró Elena, apretando la mano de Mateo.
Capítulo 2: El Descenso a los Infiernos Burocráticos
La comisaría central de Valencia era un hervidero de actividad. Cuando Elena y Mateo cruzaron las puertas, escoltados por dos agentes de paisano para evitar a la prensa, sintieron el peso de la burocracia caer sobre sus hombros. La noticia del arresto de Arturo Villanueva, el magnate madrileño, por cargos de intento de asesinato, fraude de seguros, posesión de armas de guerra y terrorismo, había copado las portadas de todos los periódicos nacionales. Los telediarios abrían sus emisiones con imágenes de Arturo siendo introducido en un coche policial, con el rostro ensangrentado y una mirada de odio que traspasaba la pantalla.
El interrogatorio duró diez horas. Elena tuvo que revivir cada segundo, desde el momento en que su padre le informó de las deudas familiares y del “salvador” Arturo, pasando por la firma del colosal seguro de vida donde ella figuraba como asegurada y Arturo como único beneficiario, hasta su desesperada huida en tren a Valencia. Detalló el momento en la Plaza del Ayuntamiento, la mochila negra, el hombre de la cazadora, el estruendo que le rompió los tímpanos, y la salvación a manos de Mateo.
Mateo, por su parte, tuvo que explicar su heroico pero ilegal asalto a la suite presidencial, el robo de la tarjeta, la pistola confiscada y el uso de explosivos industriales en un recinto cerrado. El Inspector Ramírez lo escuchaba frotándose las sienes, debatiéndose entre condecorarlo o meterlo en el calabozo.
—Lo que hiciste, chaval, es una temeridad que te podría costar años de cárcel —dijo Ramírez, exhalando el humo de un cigarrillo en su pequeña oficina sin ventanas—. Allanamiento de morada, agresión, uso de explosivos…
—Era defensa propia y defensa de un tercero, Inspector —replicó Mateo sin apartar la mirada—. Ese hombre iba a matarnos. Si hubiéramos esperado a que ustedes solicitaran una orden de registro a un juez al que Arturo probablemente invita a jugar al golf, hoy Elena sería un cadáver más en la morgue y Arturo estaría en su luna de miel en las Bahamas lamentando su pérdida.
Ramírez apagó el cigarrillo y asintió lentamente.
—Tienes suerte de que encontramos el ordenador portátil de Villanueva. Encriptado, por supuesto, pero nuestros técnicos de delitos informáticos lograron acceder a una carpeta oculta. Encontramos las transferencias a cuentas opacas en Suiza a nombre de Carlos, el sicario de la cazadora. Encontramos borradores de correos electrónicos discutiendo la logística de un “accidente” con pólvora en Valencia. Y lo más incriminatorio: un contrato firmado hace tres días con una funeraria de lujo en Madrid para la repatriación de un cadáver desde Valencia. El tipo lo tenía todo planeado al milímetro. La fiscalía ha decidido no presentar cargos contra ti, Mateo. Consideran tus acciones como “estado de necesidad”. Pero no vuelvas a jugar a ser Batman.
Al salir de la comisaría, ya era de noche. El aire frío del Mediterráneo les golpeó el rostro. Pero el verdadero desafío aún los esperaba a las puertas del edificio.
Un Mercedes negro de cristales tintados estaba aparcado en la acera de enfrente. Junto a él, apoyado en un bastón de plata, se encontraba un hombre mayor, de cabello cano y rostro surcado por la angustia y la vergüenza. Era don Fernando, el padre de Elena.
El corazón de Elena dio un vuelco. Se detuvo en seco, sintiendo cómo las piernas le flaqueaban. Mateo, percibiendo su tensión, se colocó ligeramente delante de ella, en una postura protectora.
Don Fernando cruzó la calle lentamente. Sus ojos, enrojecidos por el llanto y la falta de sueño, se clavaron en su hija. No llevaba su habitual traje a medida, sino un abrigo oscuro mal abotonado. Parecía haber envejecido diez años en cinco días.
—Elena… —Su voz era un susurro roto y cavernoso—. Hija mía.
Elena sintió que una mezcla de rabia y piedad la inundaba. Avanzó unos pasos, separándose de Mateo.
—Padre. ¿Qué haces aquí? —preguntó ella, con una frialdad que la sorprendió incluso a sí misma.
—Cuando la policía llamó a casa… cuando me dijeron lo del atentado, lo de Arturo… Creí que te había perdido. Creí que habías muerto por mi culpa. —Don Fernando cayó de rodillas sobre la acera sucia, sollozando, sin importarle que un par de agentes en la puerta los miraran—. Perdóname, Elena. Por el amor de Dios, perdóname. Yo no sabía nada del seguro. Yo no sabía que él planeaba matarte. Te lo juro por la memoria de tu madre. Yo solo quería salvar nuestro apellido. Estaba desesperado.
Elena miró a ese hombre, antaño imponente y orgulloso, reducido a una sombra suplicante. Sabía que decía la verdad. Su padre era un cobarde y un pésimo administrador financiero, pero no era un asesino. Había sido un peón más en el retorcido juego de ajedrez de Arturo.
Se agachó y lo tomó por los hombros, obligándolo a levantarse.
—Lo sé, papá. Sé que no lo sabías —dijo Elena, su voz suavizándose pero manteniendo una firmeza de hierro—. Pero me vendiste. Me entregaste a un monstruo para pagar tus deudas de juego y tus malos negocios. Me pusiste un precio. Y eso casi me cuesta la vida.
—Te devolveré todo, Elena. Iremos a casa. Los abogados están trabajando para anular todos los contratos con las empresas de Villanueva ahora que está en prisión. Empezaremos de cero. Madrid…
—No, papá —lo interrumpió Elena, dando un paso atrás y tomando la mano de Mateo—. Yo no vuelvo a Madrid. Mi vida allí terminó cuando me subí a ese tren. Tú tendrás que lidiar con las deudas, con el escándalo y con tu conciencia. Yo he encontrado algo real aquí.
Don Fernando miró a Mateo con desconfianza y luego de nuevo a su hija, comprendiendo que la había perdido para siempre, no por una bomba, sino por su propia codicia. Asintió lentamente, las lágrimas rodando por sus mejillas arrugadas. Se dio la vuelta y caminó hacia el coche oscuro, arrastrando los pies como un fantasma exiliado.
Elena se giró hacia Mateo, apoyando la cabeza en su pecho sano. Él la envolvió con su brazo, besando su coronilla.
—¿Estás segura? —le preguntó él suavemente—. La vida de un artista fallero no tiene alfombras rojas ni cenas de gala. Hay polvo, hay quemaduras y hay meses en los que no sabemos si podremos pagar el alquiler del taller.
Elena levantó la vista, sus ojos verdes brillando con una determinación inquebrantable a la luz de las farolas.
—Mateo, he vivido en un palacio donde el aire estaba envenenado. Prefiero comer arroz blanco en un taller lleno de monstruos de cartón, sabiendo que el hombre que duerme a mi lado no está planeando cómo asesinarme. Enséñame a trabajar. Enséñame a construir.
Capítulo 3: El Olor a Cola de Conejo
El primer año de Elena en Valencia fue una metamorfosis brutal. Dejó atrás los vestidos de diseñador y los salones de té para sumergirse de lleno en la cultura de la sangre, el sudor y la sátira que definía a los artistas falleros.
El taller de Mateo, situado en una nave industrial a las afueras de la ciudad, cerca de la Ciudad del Artista Fallero, se convirtió en su universo. Al principio, sus manos suaves y manicuradas se llenaron de ampollas. Mateo le enseñó desde cero. Le enseñó a preparar la cola de conejo, un adhesivo tradicional que desprendía un olor fuerte y peculiar que al principio a Elena le daba náuseas, pero que pronto aprendió a asociar con la creación.
Le enseñó la técnica de la cartapesta. Capa tras capa de papel de periódico empapado en cola, aplicadas con paciencia sobre moldes de barro o poliestireno expandido, hasta que la figura adquiría la dureza de la piedra. Elena descubrió que tenía una habilidad natural para el lijado. Pasaba horas frotando el cartón seco con lija fina, cubierta de polvo blanco de pies a cabeza, hasta que la superficie quedaba lisa como la porcelana, lista para recibir la primera capa de imprimación.
Su relación con Mateo floreció entre el serrín y la pintura. No era un romance de cuento de hadas; era un amor forjado en el trabajo duro. Compartían bocadillos de tortilla sentados en cajas de madera, escuchaban la radio a todo volumen mientras pintaban, y hacían el amor en las noches frías de invierno en una pequeña habitación que habían acondicionado encima de la oficina del taller, con el sonido de la lluvia golpeando el techo de chapa.
Pero la sombra de Arturo aún se proyectaba desde la cárcel de Soto del Real.
Aunque estaba en prisión preventiva a la espera de juicio, el poder del magnate no se había desvanecido por completo. Arturo tenía contactos, dinero sucio escondido en paraísos fiscales y un ego que no podía soportar la humillación de haber sido derrotado por un “carpintero de barrio” y su prometida fugitiva.
Los problemas comenzaron en octubre, cuando se empezaban a firmar los contratos para las Fallas del año siguiente. Mateo tenía un acuerdo verbal con la comisión de su barrio de toda la vida, un casal fallero de clase trabajadora que siempre confiaba en él. Sin embargo, el presidente de la comisión llamó a Mateo un martes por la tarde con voz temblorosa.
—Lo siento mucho, Mateo —dijo el hombre, tragando saliva—. Tenemos que cancelar. Nos ha llegado una oferta de un taller de Burriana. Nos hacen el monumento a mitad de precio y, además… un donante anónimo ha ingresado una cantidad enorme en la cuenta de la comisión con la condición de que no te contratemos a ti.
Mateo colgó el teléfono y pateó un cubo de pintura vacío, estrellándolo contra la pared. Elena, que estaba modelando la cara de un ninot satírico que representaba a un banquero, se detuvo.
—¿Qué ocurre? —preguntó, limpiándose las manos manchadas de barro en un trapo.
—Arturo. Eso es lo que ocurre. —Mateo se pasó las manos por el pelo, frustrado—. Está usando intermediarios para ahogarnos económicamente. Si las comisiones no nos contratan, no tenemos ingresos. Si no tenemos ingresos, perdemos el taller. Está intentando matarnos de hambre para demostrarte que te equivocaste al quedarte conmigo.
El boicot no se limitó a los contratos. Semanas después, el proveedor principal de madera de Mateo se negó a venderles material, alegando “problemas de stock” inexplicables. Una noche, encontraron las cerraduras del taller selladas con pegamento industrial. Otra madrugada, alguien rajó los neumáticos de su vieja furgoneta de reparto.
Era una guerra de desgaste silenciosa. Arturo tejía su tela de araña desde su celda, asegurándose de que la vida en libertad de Elena fuera miserable.
Una noche de diciembre, con el taller helado porque no podían pagar la calefacción, Elena encontró a Mateo sentado en la oscuridad, mirando un montón de facturas sin pagar bajo la luz mortecina de un flexo. Se veía demacrado. La presión lo estaba devorando.
Elena se acercó por detrás, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello y apoyando la barbilla en su hombro. Las manos de ella ya no eran suaves; estaban callosas, manchadas permanentemente con pigmentos en las cutículas, y tenían pequeños cortes del cúter. Eran manos de trabajadora. Manos fuertes.
—No vamos a rendirnos, Mateo —susurró ella.
—Elena, nos estamos hundiendo. A este paso, en febrero tendremos que cerrar. Quizás… quizás deberías contactar con tu padre. Seguramente te acogería, podrías recuperar tu…
Elena giró la silla de Mateo bruscamente, obligándolo a mirarla a los ojos. Había fuego en su mirada, un fuego mucho más intenso que el de la Cremà.
—No te atrevas a decir eso —le espetó, su voz cargada de ira—. No huí de una jaula de oro para volver a ella cuando las cosas se ponen difíciles. Somos un equipo. Tú me salvaste la vida. Ahora me toca a mí salvar nuestro taller.
—¿Y cómo planeas hacerlo? Arturo controla a la mitad de los proveedores con sobres de dinero negro.
Elena se irguió, cruzando los brazos sobre su pecho manchado de yeso.
—Arturo juega con el miedo y el dinero. Pero yo conozco su mundo. Conozco a los abogados, conozco a los periodistas, y conozco sus debilidades psicológicas. Él necesita saber que aún tiene el control. Voy a quitárselo. Y en cuanto al taller… vamos a hacer la Falla más espectacular, polémica y brutal que esta ciudad haya visto jamás. Y no vamos a esperar a que una comisión nos la compre. Vamos a financiarla nosotros.
—¿Con qué dinero, Elena? No tenemos ni para madera.
Ella sonrió. Una sonrisa depredadora que, por un segundo, hizo que Mateo viera la herencia aristocrática que aún corría por sus venas, pero enfocada hacia la supervivencia.
—Cuando me fui de Madrid, dejé en la caja fuerte de mi casa un collar de diamantes que perteneció a mi abuela. Mi padre no lo tocó porque pensó que me lo pondría el día de mi boda. Le pediré a mi padre que me lo envíe. Lo venderemos. Y con ese dinero, compraremos corcho blanco, madera, pintura y silencio. Construiremos nuestra obra maestra en secreto.
Capítulo 4: La Entrevista en la Jaula
Antes de comenzar el proyecto, Elena sabía que debía cortar el hilo invisible que Arturo usaba para asfixiarlos. Necesitaba enfrentarse al monstruo en su propia cueva.
Solicitó un vis a vis en la Prisión de Soto del Real en Madrid. Fue un viaje frío y solitario en tren. Mateo quiso acompañarla, pero ella se negó categóricamente.
—Es mi fantasma, Mateo. Tengo que exorcizarlo yo sola.
El locutorio de la prisión era de un blanco clínico y deprimente. Un cristal blindado, sucio y rayado, separaba los dos mundos. Elena se sentó en la silla de metal, esperando. Cuando la puerta del otro lado se abrió, el corazón le dio un vuelco, pero se obligó a mantener el rostro impasible.
Arturo entró escoltado por un guardia. Llevaba el uniforme reglamentario de la prisión, que le quedaba grande. Su cabello, antes impecablemente engominado, estaba ralo y sin brillo. Había perdido peso, y las ojeras hundían sus ojos crueles. Sin embargo, al ver a Elena, esbozó una sonrisa arrogante, intentando proyectar la sombra del depredador que alguna vez fue.
Tomó el teléfono de la pared. Elena hizo lo mismo.
—Querida Elena —dijo la voz metálica de Arturo a través del auricular—. Debo admitir que me sorprende tu visita. ¿Te has cansado de jugar a los castillos de arena con tu carpintero? ¿Vienes a rogar por un poco de piedad financiera?
Elena no respondió de inmediato. Lo miró fijamente. No vio al magnate intocable; vio a un hombre envejecido, amargado y encerrado.
—Vengo a decirte que has perdido, Arturo. Y que quiero que dejes de acosar a los proveedores y a las comisiones falleras en Valencia.
Arturo soltó una carcajada seca que se convirtió en una tos áspera.
—¿Yo? Yo solo soy un preso preventivo a la espera de un juicio injusto. No sé de qué hablas. Pero me alegra saber que la vida bohemia no te está sentando bien. Mírate… —Arturo escudriñó su ropa sencilla y su rostro sin maquillaje—. Has perdido el glamour. Eres una sombra de la mujer que iba a gobernar mi imperio. Vuelve a Madrid, Elena. Deja a ese perdedor. Si lo haces, enviaré a mis abogados para que dejen de asfixiar su negocito.
Elena levantó la mano izquierda y la pegó contra el cristal blindado. No era un gesto romántico. Presionó la palma y los dedos contra el vidrio. Arturo frunció el ceño, mirando la mano.
No vio la mano delicada y blanca que él había besado formalmente en las cenas de compromiso. Vio nudillos hinchados, cortes curados de forma irregular, quemaduras por fricción en las yemas de los dedos y uñas recortadas al ras, manchadas de pintura acrílica azul que el disolvente no había podido borrar. Era una mano áspera, dura, curtida.
—Mírala bien, Arturo —dijo Elena, su voz fría como el hielo, resonando por el auricular—. Esta es la mano de una mujer libre. Esta mano lija madera, levanta pesas de cartón piedra, mezcla productos químicos tóxicos y construye cosas con el hombre al que amo. Cada callo, cada cicatriz, vale mil veces más que los diamantes que ibas a colgarme del cuello como si fuera un perro de exhibición.
Arturo tragó saliva, la sonrisa arrogante desapareciendo lentamente de su rostro.
—No tienes el control, Arturo —continuó Elena, acercando su rostro al cristal, con los ojos ardiendo de determinación—. Estás en una jaula. Estarás aquí muchos años por intento de asesinato y fraude. Y mientras tú te pudres viendo las mismas cuatro paredes, yo estoy creando. Vendí el collar de mi abuela. Tenemos más dinero del que tu red de chantajes puede bloquear. Vamos a construir el monumento más grande de Valencia. Y cuando arda, quiero que sepas que será la luz que ilumine tu derrota definitiva.
Elena colgó el teléfono de golpe antes de que él pudiera responder. Se levantó, dio media vuelta y salió del locutorio sin mirar atrás. Por primera vez en su vida, sintió que respiraba a pleno pulmón. El hilo del titiritero se había roto.
Capítulo 5: El Monumento a la Libertad
El año siguiente fue un frenesí de creatividad y trabajo extenuante. Con el dinero del collar, compraron toneladas de poliestireno, madera y pintura. Como ninguna comisión los había contratado debido al boicot inicial de Arturo, tomaron una decisión radical: presentaron un proyecto independiente a la junta central para plantar su Falla en una plaza pública cedida por el Ayuntamiento, bajo la categoría de “Falla Experimental o Fuera de Concurso”.
El título del monumento era: “Los Hilos Invisibles”.
El diseño de Mateo y Elena era sobrecogedor. No era una falla tradicional de colores pastel y figuras caricaturescas. Era una estructura gótica, monumental y oscura. La figura central, de casi quince metros de altura, representaba a un titiritero demoníaco vestido con un traje de sastre gris (una clara, aunque estilizada, alusión a Arturo). Sus manos gigantes, de dedos huesudos y uñas afiladas, sostenían gruesas cuerdas de cáñamo real.
Estas cuerdas bajaban hacia la base de la falla, donde ataban a decenas de ninots de tamaño real. Los ninots representaban los diferentes estamentos de la sociedad moderna atrapados en jaulas doradas: políticos con mordazas de billetes, familias ahogadas por hipotecas gigantes de cartón, jueces con balanzas trucadas, y, en el centro, una figura femenina exquisitamente detallada, vestida de novia, con cadenas de diamantes falsos atándola a un pedestal.
Pero lo verdaderamente magistral de la obra, la aportación brillante de Elena, no era la esclavitud, sino la rebelión. La novia de cartón sostenía en su mano derecha unas tijeras enormes de hierro oxidado, y estaba a punto de cortar la cuerda principal del titiritero. El resto de los ninots en la base también estaban en pleno proceso de romper sus cadenas, quemar sus hipotecas o escupir sus mordazas.
Durante los meses de invierno, el taller no dormía. Elena descubrió que su pasión residía en la pintura de los rostros. Mientras Mateo se encargaba de la arquitectura estructural y el modelado a gran escala, Elena daba vida a las miradas. Pintó el terror en los ojos de los esclavos, y pintó la furia en la figura de la novia. Pasaba horas perfeccionando las sombras, buscando transmitir la misma desesperación y posterior liberación que ella misma había experimentado.
La semana de la Plantà, a mediados de marzo, fue una prueba de fuego. Llevaron las piezas en inmensos camiones grúa a la plaza designada. Valencia, siempre ávida de polémica y arte, se detuvo a observar. Mientras ensamblaban la gigantesca figura del titiritero, la prensa local comenzó a hacerse eco de la obra.
Los críticos de arte fallero, acostumbrados a sátiras políticas más ligeras, quedaron impactados por la crudeza y la belleza brutal del monumento de Mateo y Elena. El mensaje era universal, pero todos en la ciudad que conocían la historia del año anterior sabían exactamente quién era el titiritero de traje gris y quién era la novia rebelde.
Cuando la obra estuvo terminada la mañana del 16 de marzo, la plaza se llenó de miles de personas. No había comisión, no había carpa VIP, solo arte crudo expuesto a la calle.
Una periodista de la televisión autonómica se acercó a Elena, que estaba cubierta de polvo y agotada, observando la figura desde la barrera de seguridad.
—Elena —dijo la reportera, poniendo el micrófono frente a ella—. Su historia de supervivencia el año pasado conmocionó al país. Ahora presenta este monumento colosal junto a Mateo Navarro. ¿Es esto una venganza contra Arturo Villanueva, ahora condenado a veinte años de prisión?
Elena miró la inmensa figura de la novia a punto de cortar sus cuerdas. Sonrió, no con arrogancia, sino con paz.
—No es venganza —respondió Elena, su voz clara y firme en directo para toda la comunidad—. Es un recordatorio. Las Fallas nacieron para quemar los trastos viejos, para destruir lo que nos sobra y lo que nos hace daño. Hay mucha gente atrapada por deudas, por miedo, por relaciones abusivas o por el peso de lo que la sociedad espera de ellos. Este monumento no es sobre mi pasado. Es sobre el futuro de cualquier persona que decida agarrar unas tijeras y cortar los hilos que la controlan.
La entrevista se hizo viral. Durante los tres días siguientes, la plaza fue un río incesante de gente. Turistas, falleros de otras comisiones y ciudadanos de a pie peregrinaban para ver “La Falla de la Novia”. Dejaban notas de apoyo en las vallas metálicas. Algunas mujeres dejaban flores de plástico en la base del monumento, identificadas con el mensaje de liberación.
Mateo y Elena habían ganado sin necesidad de competir en ningún concurso oficial. Habían conquistado el corazón de Valencia.
Capítulo 6: La Última Chispa y la Nueva Vida
La noche del 19 de marzo, la Nit de la Cremà, llegó con un cielo despejado y sin viento. Perfecto para el fuego.
A diferencia del año anterior, donde se escondían como fugitivos observando la falla municipal arder desde la distancia, esta vez estaban en primera línea, en su propia plaza. El protocolo era sencillo, ya que no había Fallera Mayor para dar la orden. Ellos mismos debían encender la mecha.
A las doce de la noche, el silencio descendió sobre la multitud de miles de personas congregadas en la plaza. Mateo, con un puro encendido en la boca, se acercó a Elena. Le entregó un extremo de la mecha, impregnada en pólvora rápida.
—¿Lista, compañera? —preguntó Mateo. Sus ojos estaban húmedos, no por el humo, sino por la emoción de ver la culminación de un año de sudor, lágrimas y renacimiento.
Elena asintió, tomando la mecha con su mano áspera. Sintió el bulto en el bolsillo de su chaqueta. Llevaba algo más de dos meses guardando un secreto, esperando el momento adecuado. El estrés del monumento la había mantenido en silencio, pero ahora, frente al fuego que iba a purificarlo todo, era el momento.
Juntos, acercaron el puro a la mecha.
Un chispazo azulado, luego un siseo violento. El fuego corrió como una serpiente luminosa por la base del monumento, rodeando a los ninots esclavizados, lamiendo la figura de la novia y subiendo rápidamente por la estructura central de madera hacia el pecho del titiritero gigante.
Las bombas pirotécnicas escondidas dentro del monumento comenzaron a estallar, marcando el ritmo de la destrucción. La multitud aplaudía y vitoreaba. Las llamas se alzaron majestuosas, rojas y amarillas, iluminando la noche valenciana con un calor abrasador.
El titiritero, la representación del miedo y el control, comenzó a deformarse. Su rostro de cartón se derritió, sus manos de poder colapsaron sobre sí mismas. La estructura de madera crujió con un sonido ensordecedor y, en un instante de caos controlado, el monstruo se derrumbó sobre su propia hoguera, enviando una lluvia de chispas doradas hacia el firmamento.
Había desaparecido. Solo quedaban las cenizas resplandecientes.
Elena se giró hacia Mateo, con el rostro iluminado por el fuego, sudorosa y absolutamente hermosa. El calor del incendio les golpeaba la piel.
—Mateo —le gritó ella por encima del rugido de las llamas y los aplausos de la gente.
Él la miró, rodeando su cintura, protegiéndola del empuje de la multitud.
—Dime —respondió él, acercando su rostro al de ella.
Elena tomó la mano libre de Mateo y la guio lentamente hacia su propio vientre, presionando su palma dura contra la chaqueta de ella.
—El año pasado te dije que el fuego quema lo viejo y que de las cenizas nace algo nuevo… —Elena tuvo que alzar más la voz, riendo entre lágrimas de alegría—. Bueno, la semilla ya está plantada.
Mateo se quedó petrificado por un segundo. Sus ojos oscuros se abrieron desmesuradamente, mirando el rostro de Elena, luego su vientre, y luego de nuevo sus ojos. El ruido de la Cremà pareció desvanecerse a su alrededor. El artista rudo, el hombre que no había temblado al enfrentarse a un sicario o al asaltar una suite armada, comenzó a temblar como un niño.
—¿Estás… Elena, estás embarazada? —balbuceó, su voz rompiéndose.
Ella asintió frenéticamente, llorando y riendo al mismo tiempo.
Mateo no dijo nada más. La levantó en el aire, girándola sobre sí mismo en medio de la plaza, rodeados de miles de personas que miraban el fuego, ajenas al milagro privado que ocurría a su lado. La besó con una pasión feroz, sabiendo que ese beso no era un final, sino el verdadero comienzo.
Cinco años después.
El taller “Navarro & Villalobos” (Elena había adoptado el apellido de su madre en lugar del de su padre, rompiendo definitivamente sus lazos con la aristocracia) era uno de los más respetados de la Ciudad del Artista Fallero. Habían ganado el primer premio de la Sección Especial dos años consecutivos. Ya no pasaban frío, ya no lidiaban con boicots, y sus obras eran estudiadas en las escuelas de Bellas Artes.
Era la mañana del 15 de marzo. El taller estaba sumido en el caos ordenado habitual de los días previos a la Plantà. El olor a pintura fresca, madera cortada y buñuelos de calabaza llenaba el aire.
Elena, vestida con un mono de trabajo salpicado de colores neón, estaba subida a un andamio, dando los últimos retoques a los ojos de una figura mitológica.
Abajo, corriendo entre cajas de tornillos y botes de cola de conejo, un niño de cuatro años con rizos oscuros y ojos intensamente verdes perseguía a un perro callejero que habían adoptado. El niño llevaba una pequeña blusa fallera negra, hecha a medida, y las manos manchadas de tiza azul.
—¡Leo, cuidado con los botes de barniz! —gritó Mateo, saliendo de la oficina con unos planos enrollados bajo el brazo, su cabello con algunas canas incipientes, pero con la misma fuerza en la mirada.
El pequeño Leo se detuvo en seco, riendo a carcajadas, y corrió a abrazarse a la pierna de su padre, manchándole el pantalón vaquero de tiza. Mateo se agachó, lo levantó en brazos con facilidad y le dio un beso sonoro en la mejilla, llenándose él mismo de polvo azul.
Elena bajó del andamio, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la muñeca. Se acercó a sus dos hombres, contemplando la escena. La luz de la mañana iluminaba el taller inmenso, revelando docenas de piezas listas para salir a las calles, listas para ser admiradas y, finalmente, quemadas.
Mateo rodeó los hombros de Elena con un brazo libre, mientras Leo jugaba con el cuello de su camisa.
—Todo está listo para esta noche —dijo Mateo, mirando las figuras monumentales—. Otro año, otro fuego.
Elena se apoyó en él, respirando profundamente el aroma del taller, el aroma de su hogar. Miró a su hijo, nacido de las cenizas del terror, creciendo fuerte entre el arte y la pólvora de Valencia. Recordó a la chica asustada del abrigo elegante en la plaza, a la mujer huyendo de su boda, y sintió que esa persona pertenecía a otra vida, a un sueño lejano y oscuro que se había disipado con el humo de la mascletà.
—No, Mateo —corrigió Elena suavemente, acariciando el cabello rizado de su hijo—. El fuego no es algo que ocurra solo una vez al año. El fuego es esto. Es la pasión con la que trabajamos, es la libertad que construimos todos los días, es el amor que nos salvó en la oscuridad. El fuego nunca se apaga. Solo cambia de forma.
Mateo sonrió, inclinándose para besarla mientras a lo lejos, en las calles de la ciudad, el estallido sordo del primer petardo del día anunciaba que las Fallas habían comenzado. La pólvora volvía a llamar, pero esta vez, no anunciaba muerte ni terror. Anunciaba celebración, purificación y la eterna, hermosa e inquebrantable promesa de la vida latiendo fuerte en las calles de Valencia.