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El Fantasma en el Escenario del Teatro Romano de Mérida

El aplauso rugía como una bestia sedienta de sangre, reverberando contra las milenarias columnas de mármol del scenae frons. Tres mil personas puestas en pie en las gradas del Teatro Romano de Mérida, inmersas en la cálida y asfixiante noche de julio de Extremadura. Aplaudían mi dolor. Aclamaban mi locura. Pero yo no estaba allí. O, mejor dicho, yo estaba atrapada en el rincón más oscuro y asfixiante de mi propia mente, golpeando las paredes de mi cráneo, gritando con una voz que nadie podía escuchar.

Mis ojos, muy abiertos y fijos en el infinito, derramaban lágrimas de verdad, lágrimas ardientes que me quemaban las mejillas. Sin embargo, los músculos de mi rostro no me obedecían. Mi boca se curvó en una sonrisa macabra, una mueca de desprecio absoluto y crueldad infinita que jamás había ensayado, que jamás podría haber concebido. Sentí el tirón antinatural en mis mandíbulas, como si unos hilos invisibles y gélidos estuvieran manipulando mis tendones.

Mi brazo derecho se alzó lentamente. En mi mano no sostenía la daga de utilería de poliuretano inofensivo que nuestro director de arte había diseñado para la obra. No. El peso era real. El frío del bronce antiguo se filtraba por mis poros. La hoja, oxidada pero letalmente afilada, captaba la luz de los focos cenitales, devolviendo un destello carmesí. ¿Cómo había llegado esa arma a mis manos? ¿Cuándo se había producido el cambio?

Sanguis pro sanguine… —La voz que brotó de mi garganta fue un golpe físico que me desgarró las cuerdas vocales. No era el castellano pulido y proyectado con técnica teatral que yo, Elena Valdés, había perfeccionado durante años en la Real Escuela Superior de Arte Dramático. Era latín antiguo, hablado con un acento gutural, rasposo, como si las palabras hubieran estado enterradas bajo la arena durante dos milenios y ahora emergieran, secas y cargadas de tierra y odio.

Frente a mí, David, mi compañero de reparto, el actor que interpretaba a mi antagonista, retrocedió. El guion dictaba que debía mirarme con desafío, pero lo que vi en sus ojos fue terror puro y primitivo. El pánico le desfiguró el rostro. Él también se había dado cuenta. Él sabía que la mujer que estaba frente a él, envuelta en la túnica blanca manchada de un rojo sospechosamente oscuro, no era Elena.

—Elena… —susurró David, rompiendo su personaje, temblando, olvidando que teníamos micrófonos inalámbricos pegados a la piel y que tres mil espectadores nos escuchaban—. Baja eso. ¿Qué estás haciendo?

El público guardó un silencio sepulcral, creyendo que esta improvisación era una genialidad de la dirección moderna. Pensaban que el miedo de David era actuación. Pensaban que mi latín macabro era un recurso estético. Idiotas. Todos y cada uno de ellos eran unos idiotas sedientos de drama que no veían la masacre a punto de desencadenarse.

Mi cuerpo avanzó. Mis pies descalzos pisaban las losas de piedra del escenario con una familiaridad aterradora, como si conocieran cada grieta, cada desnivel, cada historia de sangre que ese suelo había absorbido desde el año 15 a.C. La entidad que me habitaba se movía con una gracia depredadora, felina y antigua. Sentí que me levantaba el brazo, apuntando la daga de bronce directamente a la yugular de David.

¡Detente! —grité en el vacío de mi mente—. ¡Por favor, no lo hagas!

Pero ella se rio. Una risa seca que hizo eco en las ruinas. Era una risa cargada de la amargura de siglos de olvido, la risa de una mujer que había sido silenciada de la forma más brutal imaginable. A través de mis propios ojos, pero con su visión, de repente no vi a David, el actor de Madrid con el que había tomado café esa misma tarde. Vi a un hombre envuelto en una toga pretexta, a un senador romano con el rostro arrogante y los ojos llenos de lujuria y desprecio. La entidad dentro de mí lo reconoció. Y lo odiaba con una furia que trascendía el tiempo y la muerte.

La daga descendió cortando el aire caliente de Mérida. Fue un movimiento tan rápido que ni siquiera el viento pareció registrarlo.

David tropezó hacia atrás, cayendo torpemente sobre una de las bases de las estatuas caídas que adornaban el decorado. La hoja de bronce rozó su cuello, apenas a un milímetro de su piel, cortando el fino cordón de cuero de su collar, que cayó al suelo de piedra con un chasquido sordo. El público estalló en un grito ahogado colectivo, seguido inmediatamente por una ovación ensordecedora. Creyeron que el movimiento milimétrico, el roce con la muerte, estaba coreografiado a la perfección.

Mi cuerpo se detuvo en seco. La fuerza gélida que controlaba mi espina dorsal pareció retroceder, como una marea que se retira de la costa, dejándome de nuevo al mando, pero exhausta, vacía, tambaleante. El peso de la daga de bronce tiró de mi brazo hacia abajo. Mis rodillas cedieron. Caí de bruces sobre las milenarias piedras del Teatro Romano. El frío del mármol antiguo contra mi frente febril fue el único consuelo real.

El telón cayó. Las luces de trabajo se encendieron de golpe, cegadoras e implacables. El estruendo del público quedó amortiguado por la gruesa tela negra.

David seguía en el suelo, pálido como un cadáver, tocándose el cuello para asegurarse de que no estaba sangrando. El director, Marcos, entró corriendo desde las bambalinas, aplaudiendo histéricamente, con la cara roja de excitación.

—¡Sublime! ¡Joder, Elena, ha sido absolutamente sublime! —gritó Marcos, arrodillándose a mi lado y agarrándome de los hombros—. ¡Ese cambio al latín! ¡Esa agresividad! ¡Los tienes en el bolsillo! ¡Toda la crítica va a hablar de esta noche!

Yo no podía hablar. Estaba hiperventilando. Miré la daga en mi mano. Ya no era de bronce oxidado. Volvía a ser la estúpida utilería de poliuretano pintada de plateado. Mi mente daba vueltas. ¿Había sido una alucinación? ¿El calor? ¿El estrés del estreno? Pero entonces, mis ojos se desviaron hacia la base de la estatua donde David había caído. Allí, en una pequeña grieta entre las piedras romanas, había un charquito oscuro y viscoso, brillando bajo las luces de trabajo. Sangre. Sangre antigua. Y el aire alrededor de esa piedra olía fuertemente a mirra y a carne quemada.

No estaba loca. La actriz que había muerto allí hace dos mil años había regresado. Y me había elegido a mí como su vehículo.

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