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El Día Que Un Hombre Escupió Al Che Guevara | La Historia De Rolando Laserie

 

En los archivos del Instituto Cubano de Radio y Televisión existe una lista negra. Los nombres que figuran en ese documento fueron eliminados de las frecuencias radiales, sus grabaciones destruidas, su existencia borrada de la historia oficial de Cuba. Celia Cruz está en esa lista. Bebo Valdés está en esa lista y en el lugar más alto de ese registro de la infamia hay un nombre al que el régimen odiaba por encima de todos los demás.

Este hombre era considerado la segunda voz más grande de Cuba después de Benny Moré. Su canción Mentiras tuyas despachó 30,000 copias en su primera semana de venta. Pero lo que verdaderamente lo hizo legendario no fue su voz ni su magnetismo sobre el escenario. Lo que lo hizo legendario fue una sola frase que le lanzó directamente al hombre más poderoso de la revolución.

 Una frase que funcionó como un golpe en plena cara. A partir de ese instante, su nombre fue borrado por completo de la memoria oficial cubana. Tener sus discos pasó a ser un delito. Sus canciones dejaron de sonar en todas las emisoras. Lo trataron como si nunca hubiera existido, como si esa voz extraordinaria jamás hubiera cruzado el aire.

 Su nombre era Rolando la serie. Y hoy en Revolución en Sombras te voy a contar qué fue exactamente lo que le dijo en la cara al Cheeguevara, qué ocurrió realmente en aquella habitación y por qué fue declarado el cantante más peligroso de Cuba. Quédate conmigo porque esta historia no es simplemente la biografía de un músico, es la demostración de que las dictaduras le temen más a una voz que canta que a un ejército que dispara.

 Pero antes de llegar a ese momento explosivo con el Che, necesitas saber de dónde venía este hombre, porque rolando la serie no era el bolerista típico. Si uno piensa en los cantantes de bolero de los años 50, se imagina a caballeros elegantes y refinados con voces terciopeladas y letras llenas de metáforas sobre el amor perdido.

 La serie era algo completamente distinto. Era un tipo de la calle, un hombre que convirtió la arrogancia en arte y el descaro en estilo. William Newton Calasan Rolando. La serie Rodríguez nació el 27 de agosto de 1923 en un caserío llamado Matas en la provincia de Villacara. Era el menor de ocho hermanos en una familia tan pobre que ir a la [música] escuela era un privilegio inalcanzable.

 A los 9 años su hermano mayor Luis le enseñó a golpear los timbales. Ese fue el instante en que todo cambió. Mientras otros músicos de su generación salían de conservatorios y hogares acomodados, la serie se ganaba la vida como zapatero y tabaquero. Remendaba calzado de día y cantaba de noche.

 Enrollaba puros con las mismas manos que después machacaban las pailas con una precisión que dejaba sin aliento. Este hombre aprendió el ritmo no en ninguna academia, sino en las calles polvorientas de Villacara. Aprendió a cantar, no con profesores de canto, sino imitando lo que atrapaba de la radio mientras trabajaba el cuero y el tabaco.

 Absorbió el sabor del guahuancó en los solares, la cadencia del son en las fiestas de barrio, la picardía del pregonero en las esquinas. Esa formación callejera, esa escuela de la vida real es precisamente la clave de todo lo que vino después. Existe una anécdota que circula en los círculos musicales cubanos.

 Algunos dicen que es pura leyenda, otros juran que ocurrió exactamente así. Se cuenta que alrededor de 1943, cuando la serie apenas tenía 20 años, la legendaria orquesta Arcaño y sus maravillas llegó a Santa Clara para una presentación. Esa noche el cantante principal, Miguelito Kuní, no pudo actuar.

 El joven la serie que se había memorizado todo el repertorio escuchando la radio, se ofreció como reemplazo. Dicen que electrificó al público, [música] que desde ese momento quedó claro que estaba destinado a algo grande. Los propios historiadores cubanos catalogan esta historia como anécdota no corroborada. Pero si no ocurrió exactamente así, algo muy parecido tuvo que haber sucedido, porque ese muchacho de pueblo terminó conquistando la Habana.

 En 1946, la serie llegó a la capital con una mano adelante y otra atrás. Tenía 23 años, ningún contacto en la industria musical y una ambición que no cabía en su cuerpo delgado. Al principio intentó abrirse paso sin éxito y tuvo que regresar a su pueblo, pero volvió a intentarlo y esta vez funcionó. Comenzó tocando timbales en la orquesta Hermanos Palau.

 Trabajó en el teatro Martí. Actuó en varios cabarets de la zona de playa de Marianao. Colaboró con la compañía teatral del comediante Enrique Arredondo. Apareció en Radio Progreso. Cada trabajo era un escalón, cada noche era una lección. Después pasó por varias agrupaciones hasta que llegó el momento que definiría su sonido para siempre.

 Fue contratado como timbalero y corista en la banda gigante de Benny Moré. Estamos hablando de principios de los años 50. Benny Moré era el bárbaro del ritmo, el músico más grande que Cuba había producido jamás. Y ahí estaba la serie, un muchacho de pueblo que había reparado zapatos para sobrevivir tocando detrás del monstruo, observando cada movimiento, cada gesto, cada manera de conectar con el público.

 Esa escuela no se compra con dinero, esa escuela se paga con sudor y con años de mirar y aprender en silencio. Pero aquí entra en juego algo que nadie esperaba. La serie no quería ser una réplica de Benny Moré. La serie quería ser la antítesis de todo lo que el bolero representaba hasta ese momento. Entre 1953 y 1954 dio el salto como solista en el cabaret Sanosí, uno de los templos de la noche habanera.

 La orquesta que lo acompañaba era extraordinaria. Blaz en la batería, Rubén González en el piano, Orlando Cachaito López en el bajo. Nombres que décadas después el mundo entero reconocería gracias al buena Vista Social Club, pero en aquel momento eran simplemente los músicos más talentosos de la isla, tocando detrás de un cantante que estaba a punto de romper todas las reglas.

 En 1957 ocurrió la explosión. La serie grabó Mentiras Tuyas con el sello discográfico Gema, propiedad de los hermanos Álvarez Guedes, bajo la producción del brillante arreglista Ernesto Duarte Brito. La canción compuesta por Mario Fernández Porta fue arreglada con el sonido de las jazz band americanas que dominaban la moda.Libro ¡De película! Rolando Laserie (Resumenes de libros) - YouTube

 Vendió 30,000 copias en su primera semana, pero lo que escandalizó a los críticos no fueron las ventas, sino el estilo. La serie no cantaba el bolero como se suponía que debía cantarse. El bolero tradicional era suave. melódico, poético, con voces que acariciaban las palabras como si fueran de cristal. La serie hacía exactamente lo contrario.

Metía cortes abruptos, frases habladas en medio de las canciones, monólogos que parecían arrancados de una esquina del centro de la Habana. Usaba el argot de la calle, la manera de hablar del negro y del mulato de los barrios pobres. Intercalaba expresiones coloquiales, diálogos imaginarios, comentarios narcisistas, pero irresistiblemente carismáticos.

 Los críticos musicales lo atacaron. Dijeron que era vulgar, que estaba degradando el bolero, que sus incursiones coloquiales eran de mal gusto, pero a la serie esas críticas le importaban exactamente nada. Él sabía algo que los críticos no alcanzaban a entender. El pueblo no quería más boleros llorones cantados por señoritos de salón.

 El pueblo quería verse reflejado en la música y la serie era el espejo perfecto. El presentador de televisión, Germán Pinelli, lo bautizó como el guapachoso. En su programa El show del mediodía. El apodo le quedó como un guante. Guapachoso significaba atrevido, rítmico, echado para adelante, con sabor.

 [música] Era exactamente lo que la serie encarnaba. La serie se vestía con trajes de lino blanco impecables. Usaba una gorra que se convirtió en su marca registrada. Según contaba su amigo Guillermo Álvarez Guedes, bebía su café en las calles de La Habana con un cuidado casi ceremonial para no mancharse ni una sola gota en la ropa.

 Era la elegancia del hombre que viene de abajo, pero que ha decidido que nadie lo va a mirar por encima del hombro jamás. Esa gorra se convirtió en un símbolo tan poderoso de rebeldía y estilo que décadas después un escritor venezolano llamado Luis Brito García revelaría un detalle que pone los pelos de punta. En su libro menciona que el propio Cheegevara comenzó a usar una gorrita similar a la de Rolando la serie para disimular su calvicie.

 El revolucionario que despreciaba todo lo que la serie representaba, el ideo del hombre nuevo que pretendía erradicar el individualismo burgués, terminó copiando el estilo del cantante que más odiaba. La ironía es tan brutal que parece inventada, pero ahí está documentada. La serie tomó canciones clásicas e intocables y las reinventó con un descaro absoluto.

 Su versión de Lágrimas negras, el clásico de Miguel Matamoros, era tan personal, tan distinta, tan osada, que algunos la consideraron casi una herejía y otros una obra maestra. Su grito de guerra era una expresión que quedó grabada para siempre en la memoria de quienes lo escucharon. De película, decía después de cada frase memorable, después de cada arreglo brillante, después de cada instante de pura magia musical de película.

 Pero mientras la serie conquistaba los escenarios del Tropicana y el Sansosí, mientras sus discos sonaban en cada radio de la isla, algo oscuro se estaba gestando en las montañas de la Sierra Maestra y ese algo estaba a punto de destruir todo el mundo que la serie conocía. El 1 de enero de 1959, Fulgencio Batista huyó de Cuba.

 Los barbudos bajaron de la sierra y entraron en la Habana como héroes. Fidel Castro y Ernesto Cheeguevara se convirtieron de la noche a la mañana en los dueños absolutos del destino de 6 millones de cubanos. En los primeros meses de la revolución, la serie hizo algo que muchos prefieren olvidar. Grabó canciones a favor del nuevo régimen.

Fidel ya llegó, fue una de ellas. Se dice que también grabó un tema llamado Chévere Guevara, aunque algunos investigadores cuestionan si realmente fue él quien lo interpretó o fue otro artista. Este detalle es crucial. La serie no era un opositor desde el primer día. Como muchos cubanos, creyó inicialmente en las promesas de justicia y libertad que los barbudos trajeron de la sierra. Pero algo cambió.

 Algo lo hizo pasar de grabar canciones revolucionarias a convertirse en el enemigo número uno del régimen cultural. Imagínate que eres un cantante en la cima de tu carrera. Tus canciones suenan en todas partes. Los cabarets más lujosos se pelean por tenerte en sus escenarios y de repente empiezas a ver cosas que no encajan con el discurso oficial.

Los fusilamientos en la cabaña, donde el Che firmaba sentencias de muerte con una frialdad burocrática, las confiscaciones arbitrarias de negocios y propiedades, los amigos que desaparecen sin explicación, los artistas que empiezan a ser vigilados por el aparato de seguridad, la libertad creativa que se va cerrando como un puño.

 Una noche, según cuenta un testigo de la época, un soldado uniformado entró en el club El toreador de la calle Velascuaín, donde actuaban varios cantantes. Se plantó en medio del local, miró con desprecio a los artistas y al público bohemio, escupió al piso y gritó que les quería cortar la cabeza, pero que la revolución ya se encargaría de ello.

 Ese era el ambiente, esa era la amenaza permanente. La serie vio todo eso y a diferencia de muchos que prefirieron callarse y adaptarse, él decidió que no iba a ser parte de aquella locura. Se cuenta en los círculos del exilio de Miami, transmitido de generación en generación entre los cubanos que abandonaron la isla, que en algún momento de 1959 o principios de 1960 rolando la serie tuvo un encuentro cara a cara con Ernesto Cheegevara.

 La versión que ha sobrevivido seis décadas dice que el Che, con esa arrogancia fría que lo caracterizaba, le lanzó una pregunta directa. ¿Qué vas a hacer por la revolución? No era una invitación, [música] era una orden disfrazada de pregunta. El Che en 1959 era el hombre que supervisaba los fusilamientos en la cabaña. Era el ideólogo del hombre nuevo socialista, ese ser vaciado de individualismo que debía existir únicamente para servir al colectivo.

 En su ensayo, El socialismo y el hombre en Cuba, Guevara escribiría después que el pecado original de muchos artistas e intelectuales era no ser auténticamente revolucionarios. Preguntarle a un artista qué iba a hacer por la revolución era decirle que su arte ya no le pertenecía, que su voz era ahora propiedad del estado. Según los testimonios que circulan en el exilio, la serie miró al Che directamente a los ojos y le respondió con una frase que se ha convertido en leyenda. Nada de nada.

No voy a hacer nada por esta locura comunista. Me voy de aquí. Las versiones más dramáticas de esta historia, las que se narran en las noches de nostalgia en Miami, agregan que tras pronunciar esas palabras, la serie le escupió físicamente en la cara al che. [música] No existe ningún documento oficial que confirme ese escupitajo literal.

 La razón es obvia, el régimen cubano jamás habría permitido que semejante humillación quedara registrada. Pero seamos honestos, mirarle a los ojos al verdugo de la cabaña, al hombre que firmaba sentencias de muerte antes del desayuno, y decirle en su propia cara que su revolución era una locura comunista y que no ibas a ser parte de ella. Eso ya era escupirle en la cara.

Esas palabras fueron el escupitajo más grande que nadie le lanzó jamás a Ernesto Guevara. No hacía falta saliva. Las palabras bastaban. Lo que sí está documentado es lo siguiente. Rolando, la serie abandonó Cuba el 26 de octubre de 1960 junto a su esposa Gisela en el mismo avión que el pianista Bebebo Valdés, disfrazando el viaje como una gira profesional con la orquesta Sabor de Cuba que Bebo había formado específicamente para escapar.

 Como el propio Bebo admitió años después, nunca quiso realmente tener una orquesta porque era demasiado trabajo, pero era la única manera de sacar a la serie y a él mismo de Cuba. La serie declaró al periódico El Nuevo Gerald en 1998 que se fue asqueado por los fusilamientos. Esa palabra es importante.

 Asqueado, no asustado, no preocupado. Asqueado. El asco es una emoción física que no deja espacio para la negociación ni el compromiso. En ese avión rumbo a México, mientras dejaban atrás todo lo que conocían, la serie y Bebo Valdés hicieron un juramento. Cuando salimos de Cuba en el mismo avión el 26 de octubre de 1960, nos juramos que nunca íbamos a volver bajo el régimen actual, recordó Bebo en 1998.

Él cumplió. Ahora queda que yo cumpla. Ambos cumplieron su palabra hasta la muerte. La serie falleció en 1998 sin volver a pisar Cuba. Bebo. Murió en 2013 en Estocolmo, también en el exilio eterno. Más de medio siglo después de aquel vuelo, ninguno de los dos quebró el juramento. Pero la historia no termina con la huida.

 Mientras en Cuba no se conseguían medicinas básicas, mientras las familias hacían colas interminables bajo el sol para obtener un pedazo de pan racionado, el aparato del estado dedicaba recursos a borrar a Rolando la serie de la memoria colectiva. Sus discos fueron confiscados. poseer una grabación suya se convirtió en prueba de actividad contra revolucionaria en evidencia de que eras un gusano.

 Su nombre fue eliminado de todos los programas de radio. Las emisoras recibieron órdenes estrictas del ICRT de no transmitir jamás ninguna de sus canciones. Como reportó Kubanet, al igual que a tantos otros artistas que tomaron el camino del exilio, las grabaciones de Rolando la serie fueron barridas de la radio cubana.

 Era como si hubieran decretado que nunca existió, que esa voz extraordinaria que había vendido decenas de miles de discos, que había llenado los cabarets más importantes de la Habana, que había sido comparada con la de Benny Moré, simplemente no era real. Si la serie era solamente un cantante que decidió emigrar, ¿por qué tanto odio institucional? ¿Por qué tanta energía del aparato estatal invertida en borrarlo? La respuesta está en lo que él representaba.

 La serie no era solo una voz, era la encarnación física de todo lo que la revolución quería destruir, el individualismo feroz, la elegancia personal como declaración de principios, el placer sin culpa revolucionaria, la noche habanera con sus cabarets llenos de humo, su jazz americano prohibido, sus trajes blancos y sus mujeres hermosas.

 La serie era la Cuba de antes, la Cuba que bailaba, la Cuba que no pedía permiso para ser feliz. El Che escribió extensamente sobre el hombre nuevo socialista. En su visión utópica y terrible, el artista debía abandonar por completo sus impulsos individuales para ponerse al servicio de la revolución y el proletariado.

 El arte que no servía a la propaganda era arte degenerado, contaminado por el capitalismo yankee. La serie era exactamente lo opuesto a ese ideal gris. Era un hombre que cantaba sobre amores personales, sobre celos que quemaban, sobre pasiones que no tenían absolutamente nada que ver con la lucha de clases ni con el antiimperialismo.

 Y lo hacía con un estilo tan personal, tan único, tan imposible de domesticar, que ningún comité revolucionario podría haberlo controlado jamás. Por eso lo odiaban con tanta intensidad, no solo por lo que dijo en aquella habitación, lo odiaban por lo que representaba en cada nota que cantaba la prueba viviente de que el alma cubana no podía ser domada por ningún decreto, por ningún comisario, por ninguna revolución.

 La serie llegó primero a México junto a Bebebo Valdés. Después los caminos se separaron profesionalmente. Entre 1960 y 1962 grabó en México y Nueva York, incluyendo el álbum Pachanga New York junto a Tito Puente en 1961. Grabó también con Rafael Cortijo e Ismael Rivera. A mediados de los 60 pasó varios años en Venezuela trabajando con la orquesta de Porfy Jiménez.

 recorrió América Latina, Argentina y España, alternando con otros exiliados legendarios como Celia Cruz, Olga Guillot y Orlando Vallejo. Finalmente, a mediados de los 70, se instaló en Miami en el corazón de la comunidad cubana exiliada de Coral Gables. Su producción discográfica en el exilio fue prolífica. más de 50 álbumes a lo largo de su carrera.

 Grabó con sellos como Musart, Fania, RCA, Big y Combo Records. Trabajó con gigantes como Johnny Pacheco, Charlie Palmieri y Johnny Ventura. [música] Pero como lamentó el crítico Nat Chediac en su aituario, Rolando era otra víctima de las injusticias que padecen los músicos cubanos, que no reciben el reconocimiento que merecen.

 Cuando llegó a Miami, nunca obtuvo la atención que le correspondía. En 1996 ocurrió un momento histórico. La serie participó en un concierto de reunión en Miami junto a Bebo Valdés, Israel Cachao López, Paquito de Rivera y otros. Era la primera vez que esos músicos se juntaban desde que habían dejado Cuba 36 años antes.

 Ese concierto quedó grabado en el álbum de regreso de Bebo Bebo Rides Again. Un año antes, Cachao había compuesto un son monto titulado El guapachoso, en homenaje a la serie para su álbum Master Sessions, volum 2. Se dice que la serie nunca superó la tristeza de haber tenido que abandonar su patria. Estuvo casado 55 años con Gisela, su tita, nunca tuvieron hijos.

Sus amigos más cercanos incluían al novelista Guillermo Cabrera Infante, exiliado en Londres, y al comediante Guillermo Álvarez Guedes en Miami. Compartían ese dolor específico e intransferible de ser cubano sin Cuba. Enero de 1998, la serie sufrió una hemorragia cerebral. Su salud se deterioró durante los meses siguientes.

 El 22 de noviembre de 1998 murió en el Health South Doctor Hospital de Coral Gabels, Florida, mientras aguardaba una cirugía de corazón abierto. Tenía 75 años. Su esposa, Shisela, llorando, le dijo al nuevo Gerald una frase que resume 55 años de amor y 38 de exilio compartido. Ahora mismo siento que se me ha ido la vida. Lo enterraron en el Miami Memorial Park Cemetery.

 La familia pidió que en lugar de flores enviaran donaciones a la Liga contra el cáncer. Nunca vio una Cuba libre. Nunca volvió a pisar la tierra donde nació. El juramento que hizo en aquel avión de 1960 lo mantuvo hasta su último aliento. El régimen que intentó borrarlo de la historia fracasó por completo. En 2023, con motivo del centenario de su nacimiento, algo inesperado ocurrió.

 medios oficiales cubanos, los mismos que lo habían censurado durante 60 años, publicaron artículos reconociendo su legado. La Jirivilla, la revista cultural afiliada al gobierno, lo llamó uno de los nombres indispensables de la historia de la música cubana. Radio Cadena Habana publicó una biografía detallada. Ecured, la enciclopedia oficial del régimen, mantiene una página que reconoce su trayectoria.

 60 años de censura sistemática. 60 años de destruir discos y prohibir canciones. 60 años de pretender que el guapachoso nunca existió. Y al final tuvieron que admitir públicamente que su voz era demasiado poderosa para silenciarla. El borrado no funcionó. La memoria del pueblo resultó más fuerte que todos los decretos del ICRT.

 Hoy rolando la serie tiene más de 500,000 oyentes mensuales en Spotify. Su música aparece en la banda sonora de The Lost City, la película de Andy García sobre la Habana prerevolucionaria con guion de Cabrera Infante. Sus documentos personales, fotografías y correspondencia están archivados en la colección del patrimonio cubano de la Universidad de Miami.

 El hombre que el régimen quiso borrar terminó siendo más inmortal que todos sus sensores juntos. La vida de Rolando la serie es la prueba de que ninguna dictadura, por poderosa que sea, puede silenciar de manera permanente una voz que el pueblo ha decidido recordar. ¿Conocías al guapachoso antes de este video? ¿Habías escuchado la historia del encuentro con el Che? ¿Crees que ese escupitajo fue literal? ¿O entiendes que esas palabras ya eran el escupitajo más grande que nadie le lanzó jamás a un dictador? Déjame tu respuesta en los comentarios

porque esta es exactamente la conversación que el régimen nunca quiso que tuviéramos. Si este análisis te ha revelado una historia que desconocías, si te ha hecho reflexionar sobre el precio que algunos pagaron por mantener su dignidad intacta, te invito a suscribirte a Revolución en Sombras. [música] Activa la campanita para no perderte ningún estreno y comparte este video con ese amigo que cree conocer toda la historia de la revolución cubana, pero nunca escuchó hablar de Rolando la serie. Te espero en la próxima entrega

de Revolución en Sombras. M.

 

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