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El crujido de la madera de palosanto sonó como el chasquido de una columna vertebral partiéndose en dos

El crujido de la madera de palosanto sonó como el chasquido de una columna vertebral partiéndose en dos, un sonido antinatural que desgarró la espesa y sagrada quietud de las tres y media de la tarde. En el sur de España, la siesta no es una mera costumbre; es una religión, un pacto silencioso de tregua con el sol inclemente del verano andaluz. Las calles de adoquines hierven, las persianas se bajan como párpados pesados de plomo y el tiempo mismo parece derretirse. Sin embargo, aquel silencio reverencial no fue profanado por la música, sino por la furia.

Don Mateo Vargas no caminaba; marchaba. Era un hombre cincelado por la arrogancia, dueño de medio barrio y esclavo de su propio mal genio. Sus zapatos de cuero italiano golpeaban las losetas de la plaza con una violencia rítmica y amenazante. Llevaba tres días sin poder conciliar el sueño durante su sagrada hora de descanso. ¿El motivo? Un rasgueo constante, melancólico y profundo que se filtraba por las ventanas de climalit de su lujoso ático. Era flamenco. Una soleá pura, desnuda, tocada con una maestría que a cualquier otro hubiera conmovido hasta las lágrimas, pero que a Mateo le arañaba el cerebro como un alambre de espino.

En el centro de la plaza, sentado en un banco de piedra bajo la escuálida sombra de un naranjo marchito, estaba el culpable. Era un anciano de aspecto frágil, vestido con una camisa de lino descolorida y unos pantalones desgastados. Sus ojos, cubiertos por unas gruesas gafas de sol oscuras, miraban hacia la nada, perdidos en la noche perpetua de la ceguera. Se llamaba Rafael, aunque en el barrio todos lo conocían simplemente como “El Ciego del Duende”. En sus manos encallecidas y marcadas por el tiempo, sostenía a su compañera, su voz, su única ancla en un mundo que ya no podía ver: una guitarra flamenca construida por los legendarios hermanos Conde en 1974. No era un simple instrumento de madera y cuerdas; era una extensión de su propia alma, el último regalo que le hizo su difunta esposa antes de que la tragedia le arrebatara la luz de los ojos.

La música fluía de los dedos de Rafael, evocando el dolor antiguo de la tierra seca, un lamento que vibraba en el aire caliente. Estaba inmerso en su mundo de sombras y sonidos, ajeno por completo a la tormenta que se cernía sobre él.

—¡Ya basta! —rugió Mateo, su voz resonando en las paredes de los edificios circundantes, haciendo que algunas palomas alzaran el vuelo asustadas.

Rafael se sobresaltó. Sus manos se detuvieron en seco sobre las cuerdas, silenciando la guitarra de golpe. Giró su rostro ciego hacia la dirección de la voz, con el ceño fruncido por la confusión y el miedo repentino.

—¿Quién es? —preguntó el anciano, su voz rasposa y vacilante—. ¿He molestado a alguien?

—¡Si has molestado, viejo inútil! —escupió Mateo, acercándose a grandes zancadas hasta quedar a escasos centímetros del rostro del músico. El olor a loción cara de Mateo contrastaba violentamente con el aroma a sudor limpio y tabaco negro del anciano—. ¡Llevas tres días destrozándome la cabeza con ese ruido infernal! ¡Esta es mi plaza! ¡Estos son mis edificios! ¡Y yo exijo silencio cuando duermo!

—Señor… yo… yo no sabía —tartamudeó Rafael, encogiéndose en el banco e instintivamente abrazando su guitarra contra su pecho, como un padre protegiendo a su hijo de un depredador—. Toco a esta hora porque es cuando la plaza está vacía, para ganar unas monedas de los turistas rezagados… es mi único sustento.

—¡Me importa un rábano tu sustento, parásito! —bramó el terrateniente, con el rostro enrojecido por una ira desproporcionada y patológica. La vena de su cuello palpitaba peligrosamente. La impunidad de la que gozaba por su dinero lo había convertido en un déspota intolerante—. ¡Te avisé ayer por medio del conserje! ¡Pero parece que además de ciego eres sordo!

Antes de que Rafael pudiera articular una sola palabra de disculpa o súplica, antes de que pudiera intentar levantarse para marcharse con su dignidad intacta, Mateo actuó. Cegado por un ataque de ira psicótica, un berrinche de hombre rico acostumbrado a que el mundo se doblegue a sus caprichos, Mateo agarró el mástil de la guitarra con ambas manos.

—¡No, por el amor de Dios, no! —gritó Rafael, un alarido de terror puro y desgarrador que heló la sangre de los pocos vecinos que espiaban aterrados tras las celosías de sus balcones—. ¡Mi guitarra no! ¡Es mi vida!

Con una fuerza brutal y despiadada, Mateo se la arrancó de las manos al anciano. La madera crujió al resistirse, y las uñas de Rafael se rasgaron, sangrando al intentar aferrarse a su tesoro. Mateo levantó la joya de la luthería por encima de su cabeza, como un verdugo alzando el hacha, y con un grito gutural, la estrelló con todas sus fuerzas contra el afilado borde de piedra de la fuente seca que adornaba el centro de la plaza.

El impacto fue ensordecedor.

La tapa armónica de abeto alemán estalló en mil pedazos, esparciendo astillas pálidas por el suelo como huesos fracturados. El fondo de palosanto se rajó longitudinalmente, emitiendo un quejido hueco y agónico. Las cuerdas de nailon y plata se soltaron de golpe, restallando en el aire como látigos. Una de ellas rebotó y trazó un corte fino y sangrante en la mejilla de Mateo, pero él, en su delirio destructivo, ni siquiera lo sintió. No satisfecho con el primer golpe, Mateo volvió a levantar los restos destrozados y los pisoteó con sus zapatos caros, aplastando la caja de resonancia hasta que no quedó más que un amasijo irreconocible de madera astillada, barniz cuarteado y alambres retorcidos.

El silencio que siguió fue más aterrador que el ruido de la destrucción. Era un silencio denso, pesado, cargado de una culpa colectiva y de una atrocidad irreparable.

Rafael no gritó de nuevo. Se dejó caer de rodillas sobre los adoquines ardientes, ignorando el calor que le quemaba la piel a través del pantalón. Sus manos temblorosas, manchadas con su propia sangre, comenzaron a palpar el suelo ciegamente. Sus dedos tropezaron con un trozo del mástil; luego, con un pedazo de la tapa con la roseta incrustada a mano que su mujer había elegido para él cuarenta años atrás.

—Mi Carmen… —susurró el ciego, con una voz tan rota como la madera que acariciaba—. Mi pequeña… ¿qué te han hecho?

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