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El color rojo tiene un olor particular. No es a hierro, como la sangre, ni a dulzor, como la fruta madura.

El color rojo tiene un olor particular. No es a hierro, como la sangre, ni a dulzor, como la fruta madura. En las calles estrechas de Buñol, el último miércoles de agosto, el rojo huele a putrefacción ácida, a sudor colectivo y a una histeria primigenia que convierte a seres humanos civilizados en una horda salvaje. Era la Tomatina. Una fiesta, decían las guías turísticas. Un bautismo de caos, pensaba Linh mientras sentía sus zapatillas resbalar sobre un palmo de puré de tomate triturado.

Linh, una joven arquitecta vietnamita que buscaba inspiración en el caos urbano de España, apenas podía respirar. Cuerpos resbaladizos chocaban contra ella; manos anónimas la empujaban en una marea humana que bramaba bajo el sol implacable de la Comunidad Valenciana. El aire estaba espeso, saturado de jugo rojo que escocía en los ojos y se filtraba por la garganta. No había escapatoria. La plaza era un foso de gladiadores donde la única munición era vegetal.

De repente, la multitud se agitó con una violencia inusitada. Un camión de volteo acababa de descargar otra tonelada de tomates en la calle principal, creando una ola roja que derribó a decenas de personas. Linh perdió el equilibrio. Cayó de rodillas, el impacto amortiguado por la pulpa triturada, pero el pánico la invadió al sentir que las botas de la multitud empezaban a pisotearla. Necesitaba levantarse. Necesitaba espacio.

Agarró ciegamente lo primero que encontró en el suelo, un tomate intacto, inusualmente pesado y duro, cubierto de lodo rojo. Con la desesperación de un animal acorralado, se puso en pie a duras penas y, en un acto reflejo para despejar a la persona que se le abalanzaba encima, lanzó el tomate con todas las fuerzas que le quedaban.

No golpeó a un turista borracho. No golpeó a un lugareño eufórico.

El proyectil atravesó el aire viciado y se estrelló con un sonido seco, antinatural, directamente contra el puente de la nariz del Comisario Jefe Diego Madero.

Madero no era un policía de pueblo. Era un lobo con uniforme de la Policía Nacional, trasladado temporalmente a Buñol para supervisar el dispositivo de seguridad de alta tensión debido a rumores de actividad del crimen organizado. Su rostro, tallado en piedra pómez y marcado por cicatrices de los bajos fondos de Madrid, se giró hacia el impacto.

El tomate no se aplastó como los demás. Al golpear el hueso del comisario, la fina piel roja se rasgó, revelando que el vegetal había sido cuidadosamente vaciado y sellado. De su interior no salió pulpa, sino un objeto sólido, geométrico, que brilló por una fracción de segundo bajo el sol antes de caer al suelo asfaltado con un tintineo metálico. Un diamante. Pero no uno cualquiera. Era del tamaño de una nuez, tallado con una precisión quirúrgica, y en su núcleo parpadeaba una microscópica luz azul. Un dispositivo de almacenamiento cuántico encapsulado en carbono puro.

El Comisario Madero se llevó la mano a la cara. Sangre real, oscura y espesa, se mezcló con el jugo de tomate y bajó por su barbilla. Sus ojos, fríos y desprovistos de cualquier humanidad, escanearon la multitud hasta clavarse en Linh. Ella se quedó congelada, con la mano aún extendida en la postura del lanzamiento. El tiempo pareció detenerse. El estruendo de cuarenta mil personas gritando se redujo a un zumbido sordo en sus oídos.

—¡Atrápenla! —rugió Madero, su voz cortando el clamor de la fiesta como una navaja.

Antes de que Linh pudiera articular una palabra en español, antes de que pudiera procesar la imposibilidad de lo que acababa de lanzar, dos mastodontes vestidos de paisano emergieron de la multitud. No le leyeron sus derechos. No le mostraron una placa. Uno de ellos le agarró el cabello con una brutalidad que le arrancó un grito de dolor, mientras el otro le torcía el brazo a la espalda hasta casi dislocarle el hombro. Una bolsa de lona negra, apestando a humedad y tabaco, cayó sobre su cabeza, sumiéndola en una oscuridad absoluta.

La Tomatina había terminado para ella. El verdadero baño de sangre acababa de empezar.


El frío del cemento le calaba hasta los huesos. Linh despertó tosiendo, el sabor metálico del miedo mezclado con la acidez del tomate seco en sus labios. Estaba atada a una silla de metal, anclada al suelo en una habitación sin ventanas. Una única bombilla parpadeaba sobre su cabeza, zumbando como un insecto moribundo.

La puerta de hierro se abrió con un chirrido que le taladró los tímpanos. Madero entró. Ya no llevaba el uniforme manchado. Vestía un traje a medida, oscuro, elegante, que contrastaba grotescamente con la gasa blanca que cubría su nariz rota. Detrás de él, un hombre de rostro pálido y ojos vacíos llevaba un maletín de cuero.

—Linh Nguyen —dijo Madero, pronunciando su nombre con un asco deliberado mientras hojeaba un pasaporte mojado, su pasaporte—. Turista. Estudiante de arquitectura. Qué fachada tan poética, tan lamentablemente común.

—Yo… yo no sé qué pasó —balbuceó Linh, su voz temblando. Hablaba un español decente, pero el terror le anudaba la lengua—. Me caí. Agarré lo que había en el suelo. ¡Era solo un tomate! Se lo juro por mi vida, era solo…

Un bofetón de revés, rápido como el chasquido de un látigo, le giró la cara. El dolor le estalló en la mejilla, llenándole los ojos de lágrimas.

—No me insultes, niña —siseó el Comisario, acercando su rostro al de ella hasta que Linh pudo oler la menta y el coñac en su aliento—. El “Corazón de Leviatán”. Así es como lo llaman en el Sindicato de las Sombras, ¿verdad? Un diamante sintético que alberga un chip de memoria bio-encriptada. Contiene los códigos de acceso a las bóvedas de criptomonedas del cártel de Sinaloa en Europa, además de la lista completa de políticos, jueces y generales españoles que están en nuestra… en su nómina.

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