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El chirrido ensordecedor de los frenos del convoy de la Línea 3

El chirrido ensordecedor de los frenos del convoy de la Línea 3 resonó en la bóveda subterránea de la estación de Plaça Catalunya como el lamento de una bestia metálica moribunda. Era un martes de agosto en Barcelona, a las dos de la tarde. El calor en el subsuelo era denso, pegajoso, una masa de aire viciado que olía a sudor rancio, a ozono y a la prisa frenética de miles de almas anónimas. En medio de esa marea humana, Elena apenas podía mantenerse en pie.

A sus treinta y ocho semanas de embarazo, su vientre era una montaña inmensa, tensa y dolorida que desafiaba su centro de gravedad. Llevaba un vestido holgado de lino amarillo, ahora oscurecido por las manchas de sudor en la espalda y bajo el pecho. Sus tobillos, hinchados hasta borrar la forma de los huesos, palpitaban dentro de unas sandalias que le apretaban como grilletes. Cada respiración era una batalla contra el aire espeso del metro; cada pequeño traqueteo del vagón, una puñalada sorda en su zona lumbar. Se aferraba a la barra de metal frío con los nudillos blancos, cerrando los ojos, rogando silenciosamente que el trayecto terminara. Solo quería llegar al hospital de Sant Pau. Las contracciones habían empezado hacía dos horas, irregulares pero con una ferocidad que le advertía que el momento estaba cerca.

A pocos metros de ella, abriéndose paso entre la multitud con la arrogancia de un depredador en su territorio, avanzaba Mateo. Llevaba el uniforme de revisor de Transports Metropolitans de Barcelona impecable, la placa brillando bajo la luz fluorescente, la mandíbula tensa y una mirada cargada de un cinismo crónico. Mateo odiaba su trabajo. Odiaba el calor, odiaba a los turistas, pero, sobre todo, odiaba a los “listillos”. Llevaba quince años patrullando los vagones y se enorgullecía de haber desarrollado un sexto sentido para detectar a los estafadores: los carteristas, los músicos sin licencia y, por supuesto, los que se colaban sin pagar, inventando cualquier excusa para dar lástima.

Para Mateo, el mundo subterráneo de Barcelona era un nido de mentirosos, y él era la única ley. Su mirada de águila escaneó el vagón y se detuvo en Elena.

Observó a la mujer del vestido amarillo. Vio su respiración agitada, sus ojos cerrados, la forma en que se aferraba a la barra. Pero Mateo, cegado por años de prejuicios y amargura, no vio a una mujer a punto de dar a luz. Vio el vestido excesivamente holgado. Vio la forma en que ella protegía su vientre con una bolsa de tela grande. En su mente retorcida, saltó una alarma. Había leído artículos sobre ello, había escuchado rumores en la sala de descanso: mujeres, y a veces hombres, que se colocaban cojines bajo la ropa para fingir embarazos, conseguir asientos, evitar multas o distraer mientras sus cómplices robaban carteras.

“Otra parásita”, pensó Mateo, apretando los dientes. “Otra sinvergüenza que se cree más lista que nadie”.

Con paso firme y autoritario, empujando a un par de adolescentes sin pedir disculpas, Mateo se plantó frente a Elena. Bloqueó su espacio, invadiendo la escasa burbuja de oxígeno que ella intentaba mantener.

—Billete, por favor —ladró, con una voz que cortó el murmullo del vagón como una navaja.

Elena abrió los ojos, desorientada. Una contracción acababa de comenzar, una banda de hierro incandescente que le apretaba desde la espalda hasta el bajo vientre. Jadeó, intentando enfocar la vista en el hombre uniformado que la miraba con un desprecio apenas disimulado.

—Yo… el billete… —balbuceó Elena, soltando la barra con una mano temblorosa para buscar en su bolso. El dolor le nublaba la mente. Sus dedos torpes rebuscaban entre llaves, pañuelos y documentos del hospital, pero el billete no aparecía. La contracción alcanzó su pico y ella soltó un pequeño gemido, encorvándose ligeramente.

Mateo esbozó una sonrisa torcida, una mueca de superioridad. Lo sabía. Era el comportamiento clásico de quien ha sido atrapado.

—No se moleste en hacer teatro, señora —dijo Mateo, alzando la voz a propósito para que los pasajeros cercanos escucharan. Quería humillarla, quería dar un escarmiento público—. Es curioso cómo a todos los que no llevan billete les da un ataque de amnesia o un dolor repentino justo cuando aparezco yo.

La atención del vagón entero se centró en ellos. Los auriculares se bajaron, los móviles dejaron de teclearse. Algunos pasajeros miraban con curiosidad morbosa; otros, con indiferencia.

—Señor, por favor… —suplicó Elena, con lágrimas de dolor y frustración asomando en sus ojos oscuros—. Estoy embarazada. No encuentro el billete, pero lo he picado. Voy al hospital, las contracciones son muy fuertes…

Mateo soltó una carcajada seca, sin un ápice de humor. Era la risa de un tirano.

—¿Embarazada? —Mateo dio un paso más, señalando el vientre de Elena con el dispositivo de control de billetes, casi rozando la tela de lino—. Por favor. Ese truco del cojín está más visto que el tebeo. ¿Se cree que nací ayer? He visto a decenas de caraduras como usted. Se meten un almohadón del sofá para dar pena, conseguir asiento y viajar gratis.

El silencio en el vagón fue sepulcral. Las palabras de Mateo flotaron en el aire, pesadas y venenosas. Algunos pasajeros, influenciados por la seguridad del revisor, empezaron a murmurar. “Qué poca vergüenza”, susurró una señora mayor. Un joven con gorra sacó su teléfono móvil y empezó a grabar la escena, buscando su momento de gloria viral.

Elena sintió que el mundo daba vueltas. La humillación se mezcló con un nuevo y terrorífico pico de dolor. No podía ser. No podía estar pasando esto.

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