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El Capítulo PROHIBIDO de Vivir del Cuento que AVERGONZÓ a Cuba | El SECRETO de Pánfilo

 

Marzo de 2016, La Habana. El protocolo de la presidencia de Estados Unidos funciona como una maquinaria donde cada segundo está calculado con precisión milimétrica. Cada apretón de manos, cada encuadre fotográfico transmite un mensaje que los equipos han negociado durante semanas. Ibarack Obama, el primer presidente estadounidense en pisar suelo cubano en casi un siglo, decide invertir una fracción de ese tiempo irreemplazable, no con los líderes del Partido Comunista, no en una mesa de negociaciones detrás de puertas

cerradas, sino sentado frente a un jubilado imaginario de pantalones subidos hasta el ombligo, zapatillas rotas y una devoción casi religiosa por su libreta de abastecimiento. a pensarlo un momento porque la imagen tiene una densidad política que va mucho más allá de lo anecdótico. Obama no eligió a un disidente conocido, no eligió a un intelectual ni a un artista reconocido.

 Eligió a Pánfilo y al hacerlo, sin pronunciar ningún discurso sobre libertad de expresión, sin señalar con el dedo a ningún funcionario, le dijo al mundo y al propio régimen cubano algo que no tenía respuesta cómoda. Este personaje del canal del estado es la voz más auténtica que encontré en Cuba. Esa escena sacudió al aparato hasta los cimientos porque demostraba que algo se había escapado del control, que la herramienta había adquirido vida propia, que el ventrilocuo ya no controlaba del todo al muñeco.

 Para entender cómo se llegó a ese momento, hay que retroceder hasta el hombre que construyó la máscara. Luis Daniel Silva de Francisco nació el 9 de octubre de 1978 en La Habana, criado por su madre Pilar Silva Martínez sin la presencia del padre biológico. Si uno imagina el origen típico de un comediante cubano, imagina a alguien que creció en las esquinas perfeccionando el arte de hacer reír como mecanismo de supervivencia.

Silva era otra cosa. Estudió ciencias de la computación en la Universidad de La Habana. era matemático, profesor universitario, un hombre que pensaba en estructuras lógicas, en sistemas, en la relación entre premisas y conclusiones. No fue un accidente biográfico, fue la arquitectura invisible de todo lo que vendría después.

 Cuando Pámfilo desmontaba las políticas económicas del Estado ante millones de televidentes, lo hacía con la precisión de quien identifica el error en un algoritmo. Cada monólogo era un teorema cómico donde la conclusión inevitable era el absurdo del sistema. No era improvisación ni instinto callejero, era demolición calculada construida con la misma metodología con que se resuelve un problema formal.

 identificar las premisas que el sistema declara verdaderas, seguirlas hasta su consecuencia lógica y mostrar que esa consecuencia es ridícula. La risa era el resultado, pero la herramienta era el rigor analítico. El personaje nació en 2001 durante el octavo festival nacional del humor en un monólogo titulado El pan en los tiempos de cólera, un juego con García Márquez que tenía como tema central, y esto importa, el PAN cubano, no la libertad en abstracto, no la política exterior, no los grandes discursos ideológicos, el PAN, lo más

básico, lo más cotidiano, lo más imposible de defender cuando escasea, Silva entend endió desde ese primer momento que la crítica más efectiva no es la que ataca las ideas, sino la que expone la distancia entre las promesas y lo que hay sobre la mesa a la hora de comer. Para construir a Pánfilo, Silva pasó semanas observando a los jubilados reales de la Habana, no en los museos de la revolución ni en los actos oficiales, sino en los parques, en las colas de las bodegas, en los puestos de periódicos donde los viejos se quedaban parados.

sin comprar nada, porque no había nada que comprar, pero tampoco había otro lugar a donde ir. Absorbió sus gestos, el modo particular en que arrastraban las palabras cuando hablaban del pasado, la mezcla de nostalgia y resignación que se instala en el cuerpo de quien ha esperado demasiado tiempo algo que nunca termina de llegar.

 El resultado fue un personaje que no era una caricatura, sino un retrato. Y esa diferencia es la razón por la que conectó con una profundidad que ningún personaje inventado desde un escritorio podría haber alcanzado. Vivir del cuento debutó el 14 de septiembre de 2008 en Cubaivisión, el canal principal del estado, en el horario estelar de las 8:30 de la noche.

 Lo que siguió fue algo que los propios creadores probablemente no anticiparon en toda su magnitud. El Instituto Cubano de Radio y Televisión registró índices de audiencia de entre el 66 y el 67% con aprobación superior al 93, casi dos tercios de Cuba, cada lunes por la noche frente al televisor viendo a un jubilado quejarse de su libreta de abastecimiento.

Los martes en las colas del pan, en los talleres, en las oficinas. El episodio de la noche anterior era la conversación que sustituía a todas las demás. Era el único programa que generaba algo que en Cuba tiene un valor incalculable, una experiencia compartida que no había sido fabricada desde arriba.

 Para un momento, no te pierdas este detalle, porque aquí está la pregunta que desbarata cualquier lectura simple de esta historia. Si el programa criticaba al régimen con una dureza que el propio Raúl Castro admitiría públicamente años después, ¿por qué el régimen lo permitía? La respuesta tiene nombre en los estudios sobre sistemas autoritarios y se llama válvula de escape.

 Un pueblo que se ríe de sus miserias en la privacidad de su sala. Es un pueblo que no está organizando nada en la calle. La risa libera la tensión acumulada sin amenazar la estructura que la produce. El régimen entendió esto con una lucidez que ningún vocero oficial habría admitido y tomó una decisión que parecía un cálculo perfecto.

 Dejar que Pánfilo se burlara de los burócratas locales, de las colas interminables, de los apagones y la escasez, siempre y cuando nunca tocara las líneas que realmente importaban. Nunca Fidel, nunca la legitimidad [carraspeo] del partido, nunca los presos políticos, nunca el caso Ochoa o Padilla. Ese era el contrato tácito y no escrito.

 Y durante años, Silva bailó dentro de esos límites con una habilidad que sus admiradores leían como valentía y el régimen como utilidad, y los dos tenían razón al mismo tiempo. Pero lo que ninguno había calculado del todo era el efecto acumulativo de 16 años de un espejo puesto frente a la realidad cotidiana de millones de personas.

 Los espejos no obedecen órdenes, muestran lo que hay y lo que había en Cuba reflejado semana a semana con precisión matemática, era una realidad que ninguna cantidad de propaganda podía volver invisible una vez que alguien la había nombrado con tanta claridad frente a dos tercios del país. Todavía no sabes lo que está por venir, porque el momento en que ese contrato empezó a romperse, no fue un acto de rebeldía deliberada, sino algo más inevitable y más difícil de controlar.

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