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El Cable Roto en San Juan de Gaztelugatxe: La Marea de los Pecados

El sonido no fue un simple crujido. Fue un aullido metálico, un alarido de acero agonizante que rasgó el estruendo perpetuo del mar Cantábrico. Amaia Etxebarria apenas tuvo una fracción de segundo para registrar la vibración antinatural bajo las suelas de sus botas antes de que el mundo entero se desplomara.

La sección provisional del puente, una pasarela de maderos y cables de acero instalada para sortear un arco de piedra colapsado durante las tormentas de invierno, cedió con la violencia de una guillotina. El cable principal del lado derecho —un trenzado de hierro que supuestamente debía soportar toneladas— estalló. Los filamentos oxidados latigaron el aire como víboras ciegas, cortando la niebla salada y desgarrando la manga de la chaqueta de Amaia, dejando a su paso una línea de fuego y sangre en su brazo izquierdo.

—¡No! —El grito se ahogó en su garganta, devorado por el viento feroz que azotaba el islote de San Juan de Gaztelugatxe.

El suelo de madera desapareció. La gravedad la arrastró hacia el abismo hirviente de espuma blanca y rocas negras que la aguardaba treinta metros más abajo. Por puro instinto de supervivencia, un reflejo forjado en los montes escarpados de Euskadi, las manos de Amaia se dispararon hacia arriba. Sus dedos enguantados se cerraron alrededor del único cable que aún resistía, el del lado izquierdo.

El impacto de la caída frenada en seco le dislocó casi el hombro derecho. Un dolor blanco, cegador, le atravesó la columna vertebral. Quedó colgando en el vacío, balanceándose como un péndulo roto sobre la furia del océano. La pasarela destrozada colgaba inútilmente debajo de ella, golpeando contra la antigua mampostería de piedra con cada ráfaga de viento.

Respira. Respira. El mar rugía debajo, hambriento. Las olas, monstruos de agua helada y salitre, se estrellaban contra los pilares de piedra milenaria, escupiendo espuma que le empapaba el rostro pálido. San Juan de Gaztelugatxe no era solo una ermita en un peñón; era una fortaleza natural que exigía respeto, y a menudo, un sacrificio.

Amaia apretó los dientes, sintiendo el sabor a sangre en sus labios mordidos. Abrió los ojos, parpadeando contra la sal y el viento. Miró hacia arriba. Apenas cinco metros la separaban de la cornisa de piedra firme, donde los 241 escalones originales reanudaban su ascenso en zigzag hacia la cima. Pero cinco metros colgando de un cable resbaladizo por la llovizna, con un brazo herido, eran un universo de distancia.

Fue entonces cuando lo vio.

El terror primario a la caída fue reemplazado instantáneamente por un escalofrío de una naturaleza completamente distinta. Un frío que no provenía del Cantábrico, sino del alma.

A dos metros por encima de su cabeza, donde el cable que se había roto debía estar anclado a un grueso perno de acero incrustado en la roca centenaria, el corte no era irregular. No era el desgarro de un metal fatigado por el tiempo y la sal. La luz grisácea de la tormenta inminente se reflejó en los bordes limpios, brillantes y antinaturalmente parejos del acero seccionado.

Alguien había usado cizallas hidráulicas. Alguien había cortado la mitad de los filamentos del cable, dejando el resto para que la tensión y el peso del primer transeúnte hicieran el trabajo sucio.

Alguien había intentado matarla.

El pánico amenazó con paralizar sus pulmones, pero la ira lo apartó a empujones. Diez años. Había estado exiliada de Bermeo durante diez largos años, huyendo de los fantasmas, de la vergüenza, de la sombra aplastante de los crímenes de su padre. Y ahora, a menos de veinticuatro horas de haber regresado a la costa de Bizkaia para buscar la verdad que él le había dejado en una carta póstuma, estaba a punto de morir en el mismo lugar donde su familia había forjado su maldición.

Miró hacia abajo. La marea estaba subiendo. No era una marea normal; era la marea de una galerna, una de esas tempestades traicioneras que nacen en el Golfo de Vizcaya y devoran la costa sin previo aviso. En menos de una hora, las olas gigantes alcanzarían el nivel del puente derrumbado. Si no caía antes por agotamiento, el mar la arrancaría de su cuerda de salvamento.

Tenía que pensar. Tenía que recordar por qué estaba allí.

«El perdón no se pide, Amaia. Se desentierra. Ve a Gaztelugatxe. Bajo el tercer escalón antes de la campana, encontrarás lo que Koldo y yo escondimos. Te librará a ti, pero me condenará a mí para siempre.»

Esa había sido la última misiva de Xabier Etxebarria, su padre, un hombre que para el pueblo era un pescador trágicamente ahogado, pero que para Amaia y un selecto grupo de mafiosos locales, era el contrabandista más eficiente de la cornisa cantábrica.

Y Koldo. Koldo Urrutia. El hombre más rico de la comarca, el actual alcalde de Bermeo, y el “tío” que le había aconsejado encarecidamente que nunca regresara.

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