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El Beso Bajo la Lluvia de Cenizas de las Fallas

Capítulo 1: El Crujir del Mundo

El infierno no es un lugar frío y oscuro, como dicen algunos poetas melancólicos. El infierno tiene el color del azafrán enfurecido, huele a pólvora quemada, a plástico derretido, y suena exactamente como el crujir de los huesos del mundo.

Era la noche del 19 de marzo en Valencia. La culminación de las Fallas. La Nit de la Cremà. La ciudad entera era una pira funeraria dedicada a la sátira, al arte efímero y a la purificación por medio del fuego. Cientos de monumentos de cartón piedra, madera y poliestireno ardían simultáneamente en cada intersección, en cada plaza, elevando al cielo nocturno una espesa cortina de humo anaranjado que ocultaba las estrellas.

Alejandro Vargas estaba allí, atrapado en la marea humana de la Plaza del Ayuntamiento. No estaba allí para celebrar. Alejandro odiaba las Fallas. Odiaba el ruido ensordecedor que le recordaba a los disparos, odiaba el fuego que le recordaba a la destrucción, y odiaba la alegría ciega de una multitud que ignoraba que, a veces, las cosas que se queman nunca vuelven a renacer de sus cenizas. Estaba allí por pura inercia, arrastrado por la necesidad de perderse entre la masa para no enfrentarse a los fantasmas de su propio apartamento.

Frente a él se alzaba la Falla municipal, un coloso de veinte metros de altura, una intrincada obra de arte que representaba la codicia humana. Irónico, pensó Alejandro. La ironía era un plato que la ciudad servía frío, a pesar de los miles de grados de temperatura que estaban a punto de desatarse.

La mecha se encendió. El silencio expectante de decenas de miles de personas fue devorado por el primer silbido de los fuegos artificiales. El cielo estalló en crisantemos de luz roja, verde y dorada. La multitud rugió. El fuego comenzó a trepar por la base de la falla gigante, lamiendo la madera pintada, devorando las figuras sonrientes de los ninots.

Y entonces, todo salió catastróficamente mal.

No fue un error de cálculo habitual. No fue un petardo descarriado. Fue una detonación sorda, profunda, que hizo vibrar los cimientos de los edificios circundantes. Una reserva oculta de material pirotécnico, o quizás una fuga de gas subterránea bajo la estructura principal, nadie lo sabría hasta días después. Lo único que importó en ese microsegundo fue que la falla no ardió; explotó.

Una onda expansiva invisible pero demoledora barrió la plaza. El sonido fue tan brutal que arrebató el aire de los pulmones de Alejandro. El coloso en llamas se fracturó por la mitad, no como madera, sino como un cristal bajo el impacto de una bala. Fragmentos de madera en llamas, trozos de hierro retorcido y grandes bloques de corcho incandescente llovieron sobre la multitud como meteoritos en un apocalipsis en miniatura.

El rugido de alegría se transformó instantáneamente en un grito de terror puro y animal.

Alejandro cayó al suelo, empujado por la estampida repentina. El calor le abrasó la nuca. El olor a pelo chamuscado y sangre inundó sus fosas nasales. Se puso de rodillas, aturdido, con un pitido agudo taladrándole los tímpanos. A su alrededor, el caos era absoluto. Personas corriendo, tropezando, aplastándose unas a otras para escapar del epicentro de la plaza, que ahora era una zona de guerra iluminada por fuegos incontrolables.

Fue entonces cuando la vio.

A escasos diez metros de él, cerca de la valla de seguridad que había sido destrozada por la explosión, una joven yacía en el suelo. Llevaba un vestido de seda blanca que ahora estaba manchado de hollín y sangre. Por encima de ella, un enorme fragmento de la falla —el rostro sonriente y grotesco del remate principal, del tamaño de un coche— se balanceaba peligrosamente sobre los restos de un andamio colapsado, envuelto en llamas voraces. Las cuerdas de acero que lo sostenían estaban cediendo, emitiendo un chirrido agónico.

La gente pasaba a su lado, ignorándola en su pánico ciego. Ella intentaba arrastrarse, pero su pierna parecía atrapada bajo una viga de madera menor.

Alejandro no lo pensó. El instinto, esa bestia dormida que reside en el fondo del cerebro humano, tomó el control. Se levantó, ignorando el dolor en su propio hombro, y corrió hacia ella, nadando a contracorriente en un mar de cuerpos aterrorizados.

Esquivó un trozo de lona ardiendo que caía del cielo. Saltó sobre un carrito de churros volcado. El calor era insoportable, como si hubiera abierto la puerta de un horno industrial de golpe. La piel de la cara le escocía, los ojos le lloraban por el espeso humo tóxico.

Llegó hasta la chica. Tenía el rostro cubierto de polvo gris, y sus ojos, de un verde intenso, estaban dilatados por el pánico absoluto. Le rogó algo con la mirada, pero las palabras se perdieron en el estruendo infernal de las sirenas que empezaban a aullar a lo lejos y el rugido del fuego.

—¡Agárrate! —gritó Alejandro, aunque ni él mismo pudo escucharse.

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