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El Adiós en el AVE Madrid-Sevilla

PRIMERA PARTE

El zumbido eléctrico del tren AVE de las 16:00 horas con destino a Sevilla resonaba en los oídos de Valeria no como un prodigio de la ingeniería moderna, sino como el siseo constante y amenazador de una serpiente a punto de morder. Faltaban exactamente setenta y dos horas para que se convirtiera en la esposa de Carlos de la Vega, el heredero del imperio inmobiliario más grande y despiadado de toda Andalucía. El anillo de diamantes de cinco quilates que descansaba en su dedo anular izquierdo pesaba como una lápida de mármol. Hacía calor en Madrid, un calor asfixiante de finales de julio que derretía el asfalto de Atocha, pero dentro del vagón de clase Preferente, el aire acondicionado mantenía una temperatura glacial, casi mortuoria.

Valeria miró por la ventana doblemente acristalada. Los andenes de la estación de Atocha comenzaban a difuminarse mientras el tren ganaba velocidad, engullendo las vías de acero como un depredador metálico. Había huido. No de la boda, sino de la asfixia de las pruebas de vestido en el barrio de Salamanca, de las miradas inquisitivas de su futura suegra, de las sonrisas gélidas de Carlos, un hombre que la había comprado con la misma frialdad con la que adquiría edificios en la Gran Vía. Iba a Sevilla a firmar los últimos documentos prenupciales, un contrato que vendería su alma y su libertad a cambio de la salvación financiera de su propia familia.

Tomó un sorbo de la copa de champán que el asistente de a bordo le había ofrecido minutos antes. El líquido dorado y burbujeante le rascó la garganta. Fue entonces, al bajar la copa de cristal tallado, cuando la sangre se le heló en las venas. Una parálisis absoluta, fría y terrorífica, se apoderó de cada músculo de su cuerpo. El aire abandonó sus pulmones como si estallaran.

En el asiento 4A, justo en la diagonal opuesta a ella, un hombre bajó lentamente el periódico El País que había estado leyendo.

El tiempo se detuvo. El tren, que ya cruzaba los suburbios de Madrid a más de doscientos kilómetros por hora, pareció quedar suspendido en el vacío.

Era él.

No un fantasma. No una alucinación provocada por el estrés pre nupcial y el lexatín que había tomado esa mañana. Era Mateo.

Mateo. El hombre al que había amado con una intensidad que casi la destruye. El hombre al que había abandonado, sin una sola palabra de explicación, en la habitación de un hostal barato en el barrio de Malasaña hacía exactamente cinco años, dos meses y catorce días.

Pero este no era el Mateo que ella recordaba. El joven estudiante de arquitectura, de mirada soñadora y ropa desgastada, había desaparecido. El hombre que la observaba ahora, con unos ojos oscuros como pozos sin fondo, vestía un traje a medida de corte italiano que gritaba poder y un peligro latente. Su cabello, antes un caos de rizos indomables, estaba recortado con precisión militar. Y lo más aterrador: una cicatriz pálida, fina pero inconfundible, le cruzaba el lado izquierdo del cuello, perdiéndose bajo el cuello impecable de su camisa blanca. Una cicatriz que no estaba allí la última vez que ella besó esa piel.

Él no pareció sorprendido de verla. De hecho, la leve y perversa sonrisa que curvó la comisura de sus labios delataba una premeditación escalofriante. Había planeado esto. Estaba en el tren por ella.

—Hola, Valeria —dijo él.

Su voz. El timbre profundo, rasposo, con ese ligero acento del sur que cinco años atrás solía derretirla, ahora sonó como la sentencia de un juez implacable. La acústica del vagón de primera clase, extrañamente vacío salvo por ellos dos y un anciano dormido al fondo, amplificó el sonido de su nombre.

—Mateo… —susurró ella, la voz rota, apenas un hilo de aire tembloroso—. ¿Qué… qué haces tú aquí? ¿Cómo me has encontrado?

Él dobló el periódico con una lentitud exasperante, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si las dos horas y media de trayecto hasta Sevilla fueran una eternidad diseñada exclusivamente para su venganza.

—Una pregunta curiosa, considerando que tu boda es el evento del año en la alta sociedad española —respondió Mateo, cruzando las piernas. Sus zapatos Oxford de cuero pulido brillaron bajo la luz halógena—. El diario ABC dedicó cuatro páginas enteras a los detalles de tu enlace con el imperio De la Vega. Flores de Holanda, un banquete en la finca de Carmona, un vestido de Lorenzo Caprile… Has escalado muy alto, mi amor.

La ironía en las palabras “mi amor” fue un cuchillo clavándose y retorciéndose en el estómago de Valeria. Sintió náuseas. Se aferró a los reposabrazos de su asiento de cuero blanco hasta que sus nudillos perdieron el color.

—No deberías estar aquí —logró articular Valeria, mirando frenéticamente hacia la puerta del vagón, buscando al revisor, a cualquiera que pudiera romper la intimidad letal de ese momento—. Si Carlos se entera…

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