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Las cicatrices del tiempo y el arte de lo irrepetible NH

Las cicatrices del tiempo y el arte de lo irrepetible NH

Moments that Can't be Repeated in Football - YouTube

El silencio que se instaló en el gran comedor de la hacienda “Los Gavilanes”, a las afueras de Sevilla, era mucho más peligroso que cualquier grito. Sobre la mesa de madera de roble centenario, entre copas de vino tinto a medio terminar y restos de un asado ibérico, reposaba un fajo de documentos notariales con el sello rojo de la Fiscalía Anticorrupción. La matriarca de la familia, doña Cayetana de la Vega, mantenía los ojos fijos en su hijo mayor, Julián, con una mezcla de repugnancia y dolor que amenazaba con dinamitar tres generaciones de prestigio terrateniente.

—Dime que no es verdad, Julián —susurró la anciana, con una voz temblorosa que, sin embargo, cortaba el aire como una navaja albaceteña—. Dime que no has usado las escrituras de las tierras de tus hermanos para avalar tus timbas de póker en Gibraltar y tus negocios de contrabando en el puerto de Algeciras. Dime que no nos has vendido a todos por tu maldita codicia.

Julián, un hombre de cuarenta años con el cinismo esculpido en las líneas de su rostro aristocrático, soltó una carcajada seca, se recostó en la silla y encendió un puro sin pedir permiso. El humo rancio ascendió hacia los techos altos decorados con frescos barrocos.

—No seas ingenua, madre —respondió con una frialdad que helaba la sangre—. Esas tierras no producen más que deudas y nostalgia. Yo solo busqué una salida rápida. ¿O acaso pretendías que viéramos cómo el banco se quedaba con la hacienda mientras tú sigues fingiendo que somos la nobleza de Andalucía? He firmado los traspasos esta mañana. A partir del próximo mes, “Los Gavilanes” pertenece a un fondo de inversión británico. Y si mis hermanos quieren su parte, tendrán que ir a reclamarla a los tribunales de Londres.

El hermano menor, Carlos, un joven de veintidós años que hasta ese momento había permanecido callado apretando los puños debajo de la mesa, se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás con un estruendo que hizo vibrar las lámparas de cristal.

—¡Eres un bastardo, Julián! —bramó Carlos, abalanzándose sobre la mesa y agarrando a su hermano por la solapa de su costosa chaqueta de lino—. ¡Nuestro padre se mató trabajando en estos campos para que tú los regalaras a los ingleses para pagar tus deudas de juego! ¡Has destruido esta familia! ¡Has dejado a mi madre sin el techo donde nació!

Julián no se inmutó. Con un movimiento rápido y entrenado, le propinó un codazo en pleno rostro a Carlos, haciéndolo retroceder mientras la sangre comenzaba a brotar de su nariz, manchando el mantel de hilo blanco. Doña Cayetana ahogó un grito, llevándose las manos al pecho, sintiendo cómo el corazón le fallaba en un espasmo de pura agonía. El drama familiar había alcanzado el punto de no retorno; el odio ciego y la traición más descarnada habían entrado en el hogar de los De la Vega, despojándolos de todo orgullo en una fracción de segundo, transformando el santuario de sus vidas en un escenario de ruina, violencia y desolación absoluta.

En el televisor del rincón, que transmitía un programa sobre la historia del fútbol mundial, se escuchó de fondo la mítica narración de un gol lejano de Cristiano Ronaldo contra el Oporto. El locutor gritaba desquiciado sobre un disparo imposible que nadie volvería a ver jamás: “Too far for Ronaldo to think about it… Absolutely sensational!” Fue en ese preciso instante de caos familiar, mientras la sangre de Carlos goteaba sobre el suelo y su madre se desplomaba presa de un ataque cardíaco, cuando comprendí que la vida, al igual que los momentos más legendarios del fútbol, está hecha de instantes únicos, brutales e irrepetibles, donde un solo movimiento destruye el pasado para siempre o te condena a un exilio eterno de la felicidad.


Los meses que siguieron a aquella nefasta tarde de domingo se convirtieron en un calvario de hospitales, juzgados y humillación pública. Mi madre, doña Cayetana, sobrevivió a aquel infarto, pero su salud quedó herida de muerte, reducida a una silla de ruedas y a una mirada perdida que buscaba en los horizontes de Sevilla los olivares que ya no le pertenecían. Julián desapareció de nuestras vidas con los últimos fondos que pudo rescatar de la venta fraudulenta de la hacienda, dejándonos una montaña de deudas y el desprecio de toda la comarca.

Carlos y yo nos vimos obligados a trasladarnos a un desvencijado piso de alquiler en el barrio de Triana, un espacio minúsculo donde el olor a humedad y el traqueteo de los coches sustituyeron el susurro del viento entre los árboles de la finca. Para poder pagar los medicamentos de nuestra madre y los abogados que intentaban, sin éxito, deshacer el entuerto legal de Julián, tuve que aceptar un trabajo nocturno como encargado en un local de apuestas deportivas cerca de la Plaza de Cuba.

Aquel lugar, bautizado como “La Prórroga”, era el purgatorio de los desesperados. Un antro iluminado por el resplandor azulado de decenas de pantallas que emitían partidos de fútbol de ligas exóticas, carreras de caballos y combates de boxeo a cualquier hora del día y de la noche. Allí acudían hombres de mirada turbia y bolsillos vacíos, buscando en el azar la fortuna que la vida real les negaba.

Fue entre aquellas paredes, rodeado del humo de los cigarrillos y el olor a cerveza barata, donde empecé a obsesionarme con un concepto que leía a menudo en las revistas de deportes antiguos: los momentos que jamás podrán repetirse. Aquellas genialidades que desafían las leyes de la física, la lógica del juego y el propio paso del tiempo. Eran milagros paganos atrapados en cintas de vídeo analógicas, instantes donde la perfección humana alcanzaba su cénit para luego desaparecer para siempre.

Cuando el dolor por la traición de mi hermano o la tristeza de ver a mi madre consumirse se volvían insoportables, yo miraba las pantallas del local y me refugiaba en esos mitos del césped. Recordaba, por ejemplo, la narración mítica del gol de Michael Ballack para Alemania en los minutos decisivos. El locutor en la pantalla solía repetir: “It’s Michael Balac scores for Germany. Four minutes into the second half. Surely now ease their passage through to the qualif…” Ese gol no era solo un tanto en el marcador; era la demostración de la fuerza bruta y la voluntad inquebrantable de un hombre que se negaba a aceptar la derrota.

Una madrugada de noviembre, mientras ordenaba los boletos de apuestas desechados por los clientes, un viejo habitual del local, al que todos llamaban “El tito Curro”, se acercó a la barra con una copa de anís en la mano. Era un hombre que lo había perdido todo en los casinos flotantes del Guadalquivir, un filósofo de la derrota con los ojos cansados de ver rodar la bola de la ruleta.

—Miras esas pantallas como si buscaras una respuesta, muchacho —me dijo Curro, señalando un gol de volea que se repetía en bucle—. El fútbol es como la vida de los hombres libres: está lleno de jugadas de diseño, de tácticas aburridas y de pases cortos. Pero de vez en cuando ocurre una locura. Mira a Roberto Carlos contra Francia. Ese tiro libre con un efecto que desafió a la ciencia. “It’s a 30 yard free kick for a 20 yd run. Dear dear, I don’t believe it. What a goal we have just seen from Roberto Carlos. That is amazing.” Nadie, ni el propio Roberto Carlos, pudo volver a pegarle a la pelota de esa manera. Fue un instante único. Tu hermano Julián os dio un golpe de esos, un disparo con un efecto endiablado que os sacó del mapa. La pregunta es si vais a quedaros mirando cómo la pelota entra en la red o si vais a intentar una salvada imposible sobre la misma línea de gol.

Las palabras de Curro se me clavaron en el pecho. Pensé en la mítica jugada donde Lionel Messi colgó un balón perfecto para que el delantero rematara, y el portero Van der Sar voló de forma milagrosa para sacarla en la misma raya. “Messi Mio hangs it on the curry pops against his head and Vanovan on the line. Still in play. Euro blocked by Romero and Bashu away. Brilliant, brilliant, brilliant. Van clearance on the line.” Esa salvada en la línea de gol era lo que mi familia necesitaba. Estábamos al borde del colapso total, con los acreedores llamando a la puerta y el honor de nuestro apellido pisoteado por los escándalos de Julián. Necesitábamos despejar el balón antes de que cruzara por completo la línea de la destrucción.


El invierno trajo consigo una oportunidad tan inesperada como peligrosa. Carlos, que se pasaba los días buscando información en los bajos fondos de la ciudad sobre el paradero de Julián, regresó una noche al piso de Triana con los ojos desorbitados y un fajo de papeles bajo el brazo.

—Lo tengo, Mateo —dijo, arrojando los documentos sobre la mesa de la cocina—. Sé dónde está Julián y sé cómo recuperar las escrituras de “Los Gavilanes”.

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