El Honor de las Sombras: La Promesa de los Olvidados NH
La lluvia en el norte de España no cae, se desploma. En las colinas de Asturias, el agua se mezclaba con la sangre y el barro en una danza macabra que parecía no tener fin. Santiago de la Vega, un hombre cuyo nombre alguna vez significó nobleza y hoy solo evocaba temor, caminaba por el pasillo principal de la vieja casona familiar. Cada paso de sus botas de cuero resonaba como un martillazo en un ataúd.
—¡No puedes hacerlo, Santiago! —gritó su hermano mayor, Diego, bloqueándole el paso—. ¡Es una locura! Si apareces en esa boda, los hombres de los Montoya te acribillarán antes de que puedas decir “sí, quiero”.
Santiago no se detuvo. Su rostro era una máscara de piedra, curtida por años de exilio y batallas que nadie debería haber sobrevivido. Se ajustó el cuello de su chaqueta negra, impecable a pesar del caos exterior.
—No voy por la paz, Diego. Tampoco voy por la guerra —respondió Santiago con una voz que parecía venir desde el fondo de una tumba—. Voy porque un De la Vega nunca rompe una tradición. Y la tradición dicta que el primogénito del linaje debe entregar la medalla de la unidad antes del brindis.
—¡Esa tradición tiene trescientos años! —rugió Diego, agarrándolo del brazo—. Los tiempos han cambiado. Ellos mataron a nuestro padre. Violaron nuestro territorio. Y ahora pretendes entrar en su fortaleza solo porque “es lo que se hace”? ¡Te matarán, Santiago! ¡Y después nos matarán a todos nosotros!
Santiago se giró con una rapidez felina, sujetando a su hermano por la nuca. Sus ojos, oscuros como una noche sin luna, brillaban con una intensidad aterradora.
—Ese es tu problema, Diego. Tú ves una boda. Tú ves una amenaza. Yo veo el único hilo que nos mantiene siendo humanos en este nido de ratas. Si perdemos nuestras tradiciones, si dejamos de honrar lo que nos hizo grandes, entonces ya estamos muertos. Prefiero morir como un villano que cumple su palabra que vivir como un cobarde que olvida sus raíces.
Apartó a su hermano de un empujón y salió bajo la tormenta. Su coche, un antiguo Hispano-Suiza restaurado, rugió en la oscuridad. El destino era la Catedral de Oviedo, donde el enemigo celebraba su unión.
El ambiente en la catedral era opresivo. Los Montoya, vestidos con sus mejores galas, portaban armas ocultas bajo los trajes de seda. El patriarca, Don Ernesto Montoya, presidía el evento con la arrogancia de quien se cree dueño del destino. La novia, su hija Elena, temblaba no de emoción, sino de miedo. Sabía que su matrimonio era un pacto de sangre, una alianza para aplastar lo que quedaba de los De la Vega.
De pronto, las pesadas puertas de roble de la catedral se abrieron de par en par. El viento frío y la lluvia invadieron el recinto sagrado. Santiago de la Vega entró solo.
El silencio fue absoluto. El sonido de los seguros de las pistolas siendo retirados fue lo único que compitió con el trueno lejano. Santiago caminó por el pasillo central, ignorando las bocas de fuego que le apuntaban desde cada banco.
Llegó frente al altar. Don Ernesto se levantó, con la mano en su revólver.
—Tienes mucho valor o muy poco cerebro, Santiago —siseó el viejo Montoya—. ¿Has venido a morir?
Santiago no respondió de inmediato. Metió la mano en su bolsillo interior, provocando que diez hombres dieran un paso al frente. Con calma, sacó una pequeña caja de terciopelo rojo.
—He venido a honrar la tradición de la boda —dijo Santiago, su voz resonando en las bóvedas góticas—. Como el último representante legítimo del linaje fundador de esta tierra, traigo la Medalla de la Unidad para la novia.
Abrió la caja. Una joya de oro antiguo y rubíes brilló bajo la luz de las velas. El valor de esa pieza era incalculable, pero su significado era aún mayor: quien la poseía contaba con la protección eterna de los De la Vega, incluso si eso significaba la extinción de la familia.
Elena, con los ojos llenos de lágrimas, extendió la mano. Don Ernesto intentó detenerla, pero algo en la mirada de Santiago lo frenó. Era la mirada de un hombre que ya había aceptado su muerte y, por lo tanto, era invencible.
Santiago prendió la medalla en el velo de la novia.