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Viuda expulsada de su rancho por los cuñados — el perro sabía dónde estaba enterrada la verdad

 El abogado que habían traído de Hermosillo recogió sus papeles con el ruido específico de quien ya sabe cómo termina esto y solo está esperando que la otra parte lo acepte. Mercedes se paró de la silla, fue al cuarto, tomó la bolsa de mandado que colgaba detrás de la puerta, metió adentro lo que era inequívocamente suyo, su ropa, las fotos de sus hijos, la Virgen de Guadalupe que le había regalado su madre el día que se casó, su acta de matrimonio que guardaba desde siempre en el de la Biblia, porque había aprendido de su madre que

los documentos son lo primero. salió por la puerta de la cocina sin decir adiós. El sol de Sonora en agosto pega diferente cuando uno lleva el pecho cerrado de algo que todavía no sabe cómo llamar. No es tristeza todavía, es más antiguo que la tristeza. Es el reconocimiento de que el piso que creías sólido no era piso sino agua y que llevas años caminando sobre agua sin saberlo.

 Mercedes caminó por el camino de tierra que salía del rancho hacia la carretera. Eran 4 km. Los conocía de memoria cada curva, cada piedra, cada nopal que crecía chueco del lado derecho a mitad del camino. Los había caminado miles de veces en 31 años. Los caminó una vez más. La última fue a mitad del camino cuando escuchó los pasos detrás de ella. Se dio vuelta.

 Era un perro mediano color tierra con una mancha blanca en el pecho, orejas caídas, costillas visibles bajo el pelo corto. No era de los perros del rancho. No lo había visto nunca. Estaba parado a unos metros, mirándola con esa atención específica que tienen los perros cuando están decidiendo algo. Mercedes lo miró. Sígueme si quieres”, le dijo, “pero no tengo nada que darte.” El perro siguió.

En el pueblo más cercano vivía una mujer a quien Mercedes conocía de vista, la esposa de un ejidatario que había muerto el año anterior, que vivía sola en una casa pequeña con patio de tierra y una higuera que daba más higos de los que una sola persona podía comer. Mercedes tocó su puerta sin saber bien por qué.

 A veces uno toca la puerta que toca porque es la única que conoce en ese momento. La mujer abrió, miró a Mercedes, miró la bolsa de mandado, no preguntó nada. “Pasa”, dijo. “Hay frijoles. Mercedes se quedó tres semanas. Dormía en un catre en el cuarto que había sido de los hijos yaídos.

 El perro dormía afuera junto a la puerta, como si hubiera decidido que ese era su lugar sin que nadie se lo dijera. En esas tres semanas, Mercedes hizo dos cosas. La primera lloró. Lo hizo de noche en silencio, con la cobija hasta la boca para no despertar a nadie, con ese llanto que no es de dolor, sino de inventario, de ir contando todo lo que se fue y todo lo que queda y tratar de entender la diferencia entre lo que se perdió y lo que simplemente cambió de forma. La segunda, pensó en los papeles.

Había algo en esos papeles que no cuadraba, algo que había visto en el segundo en que el abogado los puso sobre la mesa y que no había podido nombrar en ese momento, porque el golpe de lo que estaba pasando era demasiado grande para que el detalle entrara. Pero el detalle había entrado de todas formas, como entran las cosas importantes por la puerta de atrás mientras uno está ocupado con otra cosa.

 La firma de Ernesto la había visto 1 veces en 31 años en la libreta del gasto, en las cartas para el banco, en los papeles del seguro cuando nació el mayor. Conocía esa firma como conocía su propia mano. Y la firma en esos papeles no era la de Ernesto, era parecida. Estaba hecha por alguien que había estudiado la firma de Ernesto y había practicado, pero no era la misma.

 La E inicial tenía un giro diferente. El rasgo final, ese que Ernesto siempre jalaba hacia abajo como cola de lagartija, en esos papeles subía. Mercedes no era abogada, no había terminado la secundaria, pero llevaba 31 años leyendo la mano de su marido y sabía lo que sabía. El nombre del rancho donde la habían mandado a vivir cuando llegó de recién casada era el mismo nombre que Ernesto siempre había usado cuando hablaba de su tierra, el mezquite colorado.

 Y Ernesto siempre había dicho, con esa forma que tienen los hombres del campo, de decir las cosas importantes, sin aparentar que son importantes, que ese rancho lo había comprado su padre con sudor propio, que no le debía nada a nadie, que algún día sería de sus hijos y de Mercedes si algo le pasaba. Algún día si algo le pasaba.

 Había hecho testamento. Mercedes no lo sabía con certeza. Ernesto era de los que dejaban las cosas para después, porque después siempre iba a llegar. Y después llegó en marzo de un infarto en el potrero, sin avisar. Pero había algo más que Mercedes recordaba, algo que Ernesto le había dicho hacía años en una de esas conversaciones de noche que tienen los matrimonios cuando los hijos ya duermen y la casa está quieta y la gente dice lo que de día no dice.

 le había dicho que cuando compró el rancho había dejado copia de la escritura en dos lugares, una en la caja del banco en Hermosillo, otra en un lugar en el rancho mismo, porque desconfiaba de los bancos con la desconfianza específica, de quien creció viendo como los bancos cerraban y la gente perdía todo.

 ¿Dónde en el rancho? no le había dicho o sí le había dicho y ella no había guardado ese dato porque en ese momento no había razón para guardarlo, porque en ese momento Ernesto estaba vivo y el rancho era su vida, nadie estaba poniendo papeles sobre ninguna mesa. Mercedes pasó una noche entera tratando de recordar. no podía volver al rancho.

 La cuñada había cambiado el candado del portón al día siguiente de que Mercedes se fue con una rapidez que decía mucho sobre cuánto tiempo llevaban planeando todo esto, pero había algo que la cuñada no sabía. Mercedes conocía ese rancho como no lo conocía nadie. Conocía cada cuarto, cada rincón, cada lugar donde el adobe se había cuarteado y donde habían tapado la grieta con mezcla nueva.

 Conocía el olor de cada temporada en cada parte de la casa. Conocía los lugares donde Ernesto guardaba las cosas que no quería que encontraran fácilmente y recordó el cuarto de los saperos, el que estaba al fondo del corral, el que tenía el piso de tierra apisonada que nunca habían cambiado, porque Ernesto decía que el piso de tierra era mejor para guardar las herramientas, que la humedad se regulaba sola.

 ese cuarto donde Mercedes nunca entraba porque era territorio de Ernesto, con ese acuerdo no dicho que tienen los matrimonios del campo sobre los espacios de cada quien. Una tarde Ernesto había salido de ese cuarto con las manos con tierra fresca hasta las muñecas. Era en época de secas, no había razón para tener las manos así.

 Mercedes le había preguntado qué andaba haciendo y él había dicho nada, arreglando unas cosas y había cambiado el tema con esa naturalidad que tienen los hombres cuando no quieren mentir, pero tampoco quieren explicar. Manos con tierra fresca en época de secas, algo enterrado. Mercedes esperó dos semanas más. esperó a que los cuñados bajaran a Hermosillo por los trámites del ganado, que era algo que iba a tomar varios días, porque los trámites del ganado siempre toman varios días.

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