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Víctor Roura le dijo a Juan Gabriel: “Tu Música No Tiene Nivel para este Escenario” — Hasta que…

 Presentaciones del ballet folkórico. Obras de teatro de autores clásicos. Aunque un par de años antes la cantante ranchera Lola Beltrán había pisado ese escenario, su presencia había sido vista como una excepción controlada, no como un precedente. El bellaste seguía siendo territorio exclusivo de quienes venían de conservatorios y academias.

 Juan Gabriel no cumplía ninguno de esos requisitos. No había estudiado en el Conservatorio Nacional, no leía partituras formalmente componía de oído. Su música se tocaba en cantinas y fiestas familiares. Para la élite cultural era impensable verlo cantar. Querida, yo sé que te vas. o el Noa noa en ese recinto considerado sagrado.

 La idea del concierto no fue de Juan Gabriel, sino de María Ester del Pozo, asistente de Víctor Sandoval de León, entonces director del Instituto Nacional de Bellas Artes. Ella vio una oportunidad de democratizar el acceso cultural y propuso que Juan Gabriel se presentara acompañado por la Orquestra Sinfónica Nacional bajo la dirección del maestro Enrique Padrón de Rueda.

 Cuando se anunció oficialmente, la reacción fue inmediata y explosiva. Víctor Roura en sus columnas atacaba la decisión día tras día. Otros intelectuales firmaban cartas de protesta. Políticos exigían la cancelación, pero no todos estaban en contra. Víctor Flores Olea, director del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, salió públicamente en defensa del evento.

 Anunció que las ganancias del concierto serían destinadas completamente a la Orquestra Sinfónica Nacional. lo que ayudó a calmar algunas críticas. El escritor Carlos Moncibis también defendió a Juan Gabriel señalando que muchas críticas iban más allá de lo musical y criticando el purismo cultural de quienes despreciaban la música popular por considerarla incompatible con la alta cultura.

 El debate dividió al país, pero lejos de disminuir el interés, la controversia provocó lo contrario. Los boletos para las cuatro noches programadas se agotaron en horas. Juan Gabriel estaba consciente de cada crítica, de cada ataque, de cada duda sobre su capacidad de estar en ese escenario, pero en lugar de responder con palabras, respondió con preparación meticulosa.

 Trabajó durante semanas con el maestro Enrique Padrón de Rueda y los arreglistas de la Orquestra Sinfónica Nacional, creando versiones sinfónicas de sus canciones más conocidas. No serían simples adaptaciones, sino arreglos complejos que respetarían la esencia de sus composiciones mientras demostraban su sofisticación musical.

 Ensayó incansablemente con la orquesta completa. Eligió cuidadosamente cada canción del repertorio, seleccionando aquellas que mejor demostrarían que sus composiciones podían sostener el peso de un tratamiento orquestal completo. Decidió vestirse elegantemente, pero sin perder su esencia. No iba a pretender un cantante de ópera, pero  tampoco iba a dar razones para que lo acusaran de falta de respeto al espacio.

 Entendía perfectamente lo que estaba en juego. Esta presentación era mucho más grande que él. Era sobre romper barreras de clase que habían existido durante décadas. Era sobre demostrar que la música que el pueblo amaba tenía tanto valor artístico como cualquier sinfonía europea. Las noches del 9 al 12 de mayo de 1990, el Palacio de Bellas Artes se llenó completamente cuatro veces consecutivas.

Entre el público de esas cuatro noches había una mezcla extraordinaria de personas. Estaban los fans leales de Juan Gabriel, muchos de clase trabajadora que habían ahorrado durante meses para comprar los costosos boletos, pero también estaban figuras prominentes de la cultura y la política mexicana. Carlos Moncibis asistió para apoyar públicamente al artista.

 El presidente Carlos Salinas de Gortari y su esposa Cecilia Ochelli estuvieron presentes en una de las noches dándole un sello de legitimidad oficial al evento. Críticos culturales y periodistas ocupaban sus asientos algunos esperando confirmar sus predicciones negativas, otros genuinamente curiosos por ver qué sucedería.

 El ambiente era tenso y eléctrico. Todos sabían que no era una presentación normal,  era un momento histórico, una prueba cultural, un juicio sobre qué merecía ser llamado arte en México. Juan Gabriel esperaba detrás del escenario respirando profundamente. Las luces del teatro se apagaron, el murmullo de la audiencia se intensificó.

 Las cortinas se abrieron revelando la orquestra sinfónica nacional completa ya posicionada. El maestro Enrique Padrón de Rueda levantó su batuta y cuando Juan Gabriel finalmente apareció caminando hacia el centro del escenario, el momento que cambiaría la historia cultural de México estaba a punto de comenzar. Juan Gabriel subió al escenario del Palacio de Bellas Artes la primera noche, vestido elegantemente, pero sin perder su esencia.

 La orquestra sinfónica nacional lo rodeaba con más de 70 músicos preparados bajo la dirección del maestro Enrique Padrón de Rueda. El público guardó un silencio expectante. Los críticos en sus asientos tenían bolígrafos listos para documentar cada error. Los fans contenían la respiración. Juan Gabriel se paró frente al micrófono y antes de cantar habló al público con voz clara y firme.

 Sus palabras resonaron por todo el teatro. Esta noche estoy feliz y quisiera expresar mi deseo, que todos los artistas populares tengan la oportunidad de venir aquí porque este lugar fue construido con dinero del pueblo y que se dé lugar aquí a los compositores populares, porque en su época también Bach, Bethoven y Mozart fueron populares y tuvieron dificultades.

 No es que me compare. Me informan que a la entrada algunos cantantes de ópera dicen que este es su lugar y no el mío. Fue una declaración valiente y directa. El maestro padrón de rueda levantó su batuta. Los primeros acordes sinfónicos de Quida llenaron el espacio sagrado. Lo que siguió dejó a todos sin aliento. La voz de Juan Gabriel llenó cada rincón del Palacio de Bellas Artes con una potencia y control que muchos no esperaban.

 No estaba simplemente cantando como lo hacía en estadios y palenques. Estaba interpretando con la disciplina de un artista que entendía perfectamente  el peso del momento. Las notas altas las alcanzaba sin esfuerzo aparente. Los cambios dinámicos de suave a fuerte eran perfectamente ejecutados. Su dicción era impecable, permitiendo que cada palabra llegara hasta la última fila.

 La orquestra sinfónica nacional lo seguía con precisión absoluta, creando arreglos que transformaban canciones familiares en piezas de genuina complejidad orquestal. Los 70 músicos profesionales, muchos de ellos, entrenados en los mejores conservatorios del mundo, tocaban con concentración total. En sus rostros no había desprecio, sino sorpresa y respeto.

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