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Una viuda embarazada acoge a una pareja de ancianos, pero la verdad les sorprende.

Germán había pedido un préstamo para comprar una yegua de trabajo, una yegua vieja que se llamaba Canela y que ahora era el único ser vivo que la acompañaba en ese pedazo de tierra rodeado de monte. Fueron precisamente Canela y la carreta vieja las que estaban con dolores aquel jueves de septiembre, cuando bajaba por el camino de terracería hacia el pueblo a comprar sal y harina.

El sol pegaba fuerte desde temprano. El polvo rojo se levantaba bajo las patas de la yegua y el vientre de dolores hacía que el tablón de la carreta se sintiera más duro que de costumbre. Fue en la curva del mesquite grande donde los vio. Estaban sentados a la sombra de un árbol de Wisache al borde del camino.

 Tan quietos que por un momento Dolores pensó que eran bultos abandonados. Un hombre viejo, encorbado, con sombrero de palma desilachado y pantalón remendado. Una mujer todavía más vieja a su lado, agarrándole el brazo con las dos manos, la cabeza baja, el vestido color de tierra de tanto lavado. Entre los dos en el suelo, un costal de tela pequeño, demasiado ligero para hacer equipaje de verdad.

 Dolores jaló las riendas. Canela paró. El viejo levantó la cabeza. tenía los ojos hundidos y la barba toda blanca y dispareja. La miró sin hablar, como quien ya no espera nada de nadie, pero todavía mira por costumbre. ¿Están bien?, preguntó Dolores desde la carreta. La vieja levantó la vista. Sus ojos eran oscuros, cansados, con ese tipo de cansancio que no viene de una noche sin dormir, sino de años cargando algo muy pesado.

“Estamos descansando, hija”, dijo la mujer con la voz finita. Vamos caminando desde la madrugada. ¿A dónde van? Los dos se miraron. Fue el viejo quien respondió con la voz gruesa y lenta. A ningún lado en especial, solo caminando. Dolores los miró un momento más. Miró el costal pequeño, los pies hinchados de la mujer, las manos temblando del viejo.

Miró el sol que ya estaba alto y el camino que no tenía sombra por los siguientes 3 km. puso el freno de mano, bajó de la carreta con esa pesadez embarazo avanzado y abrió el portezuelo trasero. “Súbanse”, dijo. El viejo abrió la boca. “No queremos molestar, señora.” “No me molestan. Súbanse. Se llamaba Evaristo y Petra.

 Lo supo cuando ya iban en la carreta, los tres sacudiéndose con los baches del camino de tierra. Él, 81 años, ella 78. Venían de la ciudad, dijeron, del paradero de autobuses de Guanímaro, donde su hijo los había dejado esa mañana con el costal y 100 pesos. “Su hijo los dejó ahí”, preguntó Dolores sin voltear con los ojos fijos en el camino.

 “Dijo que ya no podía más”, respondió Petra en voz baja, “que éramos una carga. El silencio que siguió lo llenó el chirrido de las ruedas y el viento en el monte. Dolores no fue al pueblo ese día. dio vuelta en el crucero y llevó a Evaristo y a Petra directamente a su parcela. La casa era pequeña, de adobe y techo de lámina, con tres cuartos y una cocina de leña que Germán había construido con sus propias manos, sencilla, con las paredes descarapeladas en algunos lugares y la puerta del fondo que nunca cerraba del todo. Pero era una casa y tenía techo y

tenía sombra. Los bajó de la carreta, los metió adentro, les dio agua. Petra bebió despacio con las dos manos alrededor del vaso como si fuera a escapársele. Evaristo se quedó parado en medio de la sala, mirando a su alrededor con esa cara de quien lleva mucho tiempo sin entrar a una casa de verdad. Siéntese, don Evaristo.

 Dijo Dolores señalando la silla. Él obedeció, puso el costal entre las piernas y se quedó mirando sus propias manos. Manos grandes, llenas de callos y venas saltadas, manos que habían trabajado toda la vida. ¿Comieron hoy? Silencio. Petra movió la cabeza apenas. Dolores fue a la cocina. Tenía unas papas cocidas y un poco de frijoles de la noche anterior.

 Los calentó, les puso sal y epazote, cortó las últimas tortillas que había y sirvió. No era gran cosa, pero estaba caliente. Comieron en silencio, despacio, masticando cada bocado como si fuera el último. Petra se limpiaba los ojos de vez en cuando sin hacer ruido. Evaristo no levantaba la vista del plato. Cuando terminaron, Petra juntó las manos sobre la mesa. Que Dios la bendiga, hija.

Usted no nos debe nada y nos dio de comer. Todos comemos, respondió Dolores, recogiendo los platos. Esa noche sacó el colchón viejo del cuarto de atrás, el que era del suegro cuando venía de visita, y lo extendió en la sala. Petra abrió el costal. Adentro había una cobija, una sola, descolorida, con remiendos cocidos a mano.

 La extendió sobre el colchón con cuidado, como si fuera lo más valioso del mundo. Es la única que tenemos, dijo mirando a Dolores. Pero si usted necesita, guárdenla. Cortó dolores. Buenas noches. Se fue a su cuarto, se acostó vestida y se quedó mirando el techo de lámina oscuro.

 Afuera, el monte cantaba con sus grillos y sus ranas. Adentro se escuchaba la respiración pesada de los dos viejos en la sala. Evaristo roncaba bajito. Petra tosía de vez en cuando, una tos seca que se quedaba atorada en el pecho. Dolores pensó en la deuda del banco. Pensó en el bebé que venía. Pensó en dos personas más a quienes darle de comer cuando apenas alcanzaba para una.

Se durmió tarde, rezando en voz baja y soñó con caminos sin fin y portones cerrados. Al día siguiente se despertó con olor a café. Se levantó asustada pensando que había dejado algo en el fuego, pero no. Fue hasta la cocina y se paró en la puerta. Petra estaba frente a la estufa de leña, moviendo el café de olla con la cuchara de palo.

 La lumbre estaba bien prendida. Evaristo barría el patio con la escoba vieja despacio, con ese movimiento firme de quien sabe bien lo que hace, aunque el cuerpo ya no responda igual. “Buenos días, doña Dolores”, dijo Petra sin voltear. Encontré un poco de café en la alacena. Hice para todos. Espero que no le moleste.

 Dolores miró el frasquito de café que ella guardaba para emergencias ya casi vacío. No dijo nada. Se sentó. Petra sirvió en dos jarritos y se sentó enfrente. Bebieron sin hablar, pero no era un silencio incómodo. Era un silencio de gente que no necesita palabras para entenderse. Así fueron pasando los días. Evaristo arregló la cerca del gallinero que llevaba meses floja.

 usando pedazos de madera del cobertizo y el martillo viejo que encontró colgado en la pared. Las gallinas dejaron de escaparse. Reparó la puerta del fondo que no cerraba, ajustó las bisagras, lijó el marco. Pequeñas cosas que Dolores había dejado acumularse porque no tenía tiempo ni fuerzas. Petra transformaba lo poco en bastante.

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