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Una Joven Viuda Recoge A Un Anciano Ciego Y A Una Niña Abandonados En El Mercado, Pero La Verdad…

 Marisol cosía vestidos, remendaba pantalones, hacía cortinas para las señoras del pueblo y los domingos se iba con una canasta a vender empanadas afuera de la parroquia. Vivía en un cuartito de adobe en la orilla del pueblo con una sola pieza, un patiecito con un naranjo seco y un perro flaco y amarillo llamado Lazo, que había sido de Esteban, y que dormía a los pies de la cama de los niños, como si todavía estuviera cuidando a la familia, que ya no estaba completa.

 Aquel martes, Marisol había bajado al mercado de Dolores Hidalgo a comprar tela barata. Era el día de tianguis y los puestos se extendían por tres cuadras. Hacía un calor pesado, de esos que se pegan a la espalda y no te sueltan. Marisol llevaba a Beto cargando en el reboso y a Estrellita de la mano. Compró 3 m de manta cruda y medio metro de popelina rosa para hacerle un vestidito a la niña y ya iba de regreso a la parada de los camiones cuando los vio.

 Estaban sentados en la banqueta junto a un puesto de aguas frescas que ya estaba recogiendo. Un anciano flaco, alto a pesar de estar encorbado, con un sombrero de palma viejo y unos lentes oscuros muy gruesos que le tapaban media cara. Llevaba una camisa blanca remendadas en los codos y unos pantalones de manta amarrados con un mecate a su lado, sentada muy quieta, una niñita de unos 8 años, también con lentes oscuros, con dos trenzas largas amarradas con listones rojos descoloridos.

 La niña tenía las manos juntas sobre el regazo, como si estuviera rezando y a sus pies había una bolsa de manta con muy poquita cosa adentro. Marisol pensó al principio que estaban descansando porque mucha gente del campo se sentaba así en el mercado para esperar el camión, pero algo le llamó la atención. Nadie se les acercaba.

 Los vendedores ya estaban recogiendo y la banqueta se iba quedando vacía y aquellos dos seguían ahí sin moverse, como si no supieran a dónde ir. Le pasó por enfrente una señora que limpiaba el puesto de aguas y la oyó murmurar entre dientes. Pobre viejito, ya tiene horas ahí y nadie viene por él. Marisol se detuvo, se acomodó a Beto en la cadera y se acercó despacio.

“Disculpe, don”, dijo con voz suave. “¿Está esperando a alguien?” El anciano levantó la cara despacio, como quien escucha más que mira. movió los lentes oscuros hacia la voz y Marisol entendió en ese instante que el hombre no veía. Lo entendió por el modo en que la deó la cabeza, por el modo en que la niña apretó muy fuerte la manita arrugada del viejo. “Esperamos a alguien.

” “Sí”, respondió él con voz pausada, una voz acostumbrada a hablar despacio. “Pero creo que ya no va a venir.” ¿A quién esperaban? El anciano apretó los labios. La niña agachó la cara. Pasó un largo silencio antes de que él respondiera a mi sobrino. Nos trajo en la madrugada y nos dijo que ahorita venía.

 Dijo que iba por unas medicinas a la farmacia. Eran como las 7, pero ya pasó el mediodía. Y  su voz se quebró apenitas y se compuso de inmediato. Los camiones ya casi no pasan a esta hora y nosotros no sabemos para dónde caminar. La niña tampoco ve, ¿sabe usted? Es mi nieta. Se llama Lucía.

 A Marisol se le secó la garganta, vio la bolsita de manta, vio los pies hinchados del anciano, vio los listones rojos descoloridos de la niñita y entendió. No era que el sobrino se hubiera El sobrino los había dejado ahí. Los había dejado ahí como quien deja un costal viejo en la orilla del camino. Sintió que algo se le rompía en el pecho, una rabia caliente que le subió por la garganta y que tuvo que tragarse porque Estrellita la veía con esos ojos color miel.

 Preguntándole en silencio qué estaba pasando. Marisol miró el cielo. Eran como las 2 de la tarde. El último camión a San Miguel del Cerro salía a las 3:30 y todavía tenía que caminar 10 cuadras hasta la terminal. Pensó en la renta atrasada, pensó en que apenas tenía para los frijoles de la semana. pensó en que no cabían tres personas más en su cuartito de adobe y luego miró otra vez a la niña que seguía muy quieta con los listones rojos torcidos del viento.

 Don, ¿cómo se llama usted? Reginaldo. Reginaldo, buen rostro Aguilar. Para servir a Dios y a usted. Don Reginaldo, agarre fuerte a la niña. Se vienen conmigo. El anciano alzó la cara sorprendido. Señorita, no queremos ser una molestia. Apenas y tenemos, no me están molestando. Ándele, levántense que se nos va el camión. Marisol ayudó a la niña a pararse.

 La criatura era ligerita, como si no hubiera comido en días. Le tomó la mano y descubrió que estaba helada a pesar del calor. Don Reginaldo se levantó, apoyándose en un bastón de madera tallada que llevaba a un lado, un bastón viejo, pero bonito, con la empuñadura en forma de cabeza de águila. Caminaron despacio hacia la terminal.

 Marisol cargando a Beto, llevando a Estrellita de una mano y a Lucía de la otra, y el anciano detrás tanteando el suelo con su bastón. La gente los veía pasar. Algunos volteaban la cara, otros bajaban los ojos. Nadie preguntó nada. Alcanzaron el camión por 2 minutos. Marisol pagó cinco pasajes con el dinero que tenía guardado para la luz y se sentaron hasta atrás, los cinco apretados, porque el camión iba lleno.

 Lucía se quedó dormida en el hombro de su abuelo apenas el camión empezó a moverse. Don Reginaldo no soltó la manita de la niña ni un segundo. Cuando ya iban saliendo del pueblo, Marisol se atrevió a preguntar, “Don Reginaldo, ¿de dónde vienen ustedes?” El anciano tardó en responder. Cuando lo hizo, hablaba muy bajito, como si las palabras le pesaran.

 De más arriba de la sierra, de un rancho que se llama La Asunción, aunque ya no es nuestro, ya no. Y la mamá de la niña, mi nuera, murió hace dos años. Mi hijo Andrés murió primero en un accidente con la camioneta allá por el camino de la presa. Yo me quedé con la niña. Lucía ya nació así, ciega de nacimiento. Yo me quedé ciego hace 7 años por la diabetes, pero yo le aprendí a leer en braile y le enseñé.

 Yo le hice una pizarrita con clavos chiquitos. La niña es muy lista, señorita. Sabe sumar, sabe rezar el rosario completo, sabe los nombres de todas las plantas del rancho. Marisol se quedó callada un rato. Y el sobrino que los dejó, ¿por qué los dejó? Don Reginaldo se quitó los lentes despacio y se limpió los ojos con un pañuelo arrugado.

 Sus ojos estaban blancos, nublados como dos lunas chiquitas. Mi sobrino se llama Eulalio. Es hijo de mi hermano Crescencio, que en paz descanse, dijo que nos llevaba al médico. Yo le creí. Le dije, “Gracias, hijo. Dios te lo pague.” Y él me dijo, “No se preocupe, tío. Ya verá que todo va a estar bien.” No dijo más. No hizo falta. Llegaron a San Miguel del Cerro cuando ya estaba oscureciendo.

 Marisol los llevó a su cuartito. El perro lazo salió corriendo a recibirlos meneando la cola y se quedó muy quieto cuando olfateó al anciano y a la niña. Después se acercó despacio y se sentó a los pies de Lucía como si la conociera de toda la vida. La niña se agachó, le pasó la mano por el lomo y por primera vez sonrió.

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