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Una joven sin dinero buscaba su Currículum en la basura y un Millonario se burló de ella

Frente a ella, un hombre alto, extremadamente guapo con el cabello castaño, la miraba con una ceja alzada y una taza de café en la mano. Llevaba un maletín discreto y unos zapatos que probablemente costaban más que su renta. “Mi currículum cayó. Es una larga historia”, dijo ella, levantándose con el documento arrugado en la mano.

“Y pegajosa, al parecer”, añadió él señalando el papel con restos de crema. “Perfecto, ¿dónde venden dignidad nueva?” “Porque creo que la mía se quedó en el fondo del bote.” Él sonrió divertido. “No todos los días alguien se lanza al combate contra un vaso de café en plena acera. Ya es algo memorable. Paola suspiró sin energía para fingir que no estaba al borde del colapso.

Gracias por el comentario motivacional, pero voy tarde a una entrevista que probablemente no conseguiré con un currículum que parece haber sobrevivido una guerra. Entonces deberías correr. A veces los currículums no importan tanto como las historias. Ella lo miró un segundo más. Él no parecía burlón, sino curioso, como si ella fuera el tráiler de una película que no esperaba ver.

 Sin contestar, Paola salió corriendo rumbo a la entrada con el corazón en la garganta y los zapatos desamarrados. Subió por el elevador de cristal con las piernas temblando. En el piso 11, una recepcionista impecable la recibió con una sonrisa apenas perceptible. Nombre Paola Méndez. Tengo entrevista a las 9 con recursos humanos.

La recepcionista revisó su pantalla. Espere aquí. El director estará con usted en breve. El director. Así es. El director general de área creativa pidió verla directamente. Paola parpadeó. Eso es bueno. O ya me van a decir que no califiqué desde la entrada. La mujer no respondió, solo le indicó una elegante banca de madera clara.

Paola se sentó tratando de no manchar nada con sus mangas sucias. Observó las paredes minimalistas, los cuadros abstractos, los empleados que caminaban como si flotaran. Entonces la puerta se abrió. Él, el del café, camisa blanca, maletín en mano y una sonrisa perfectamente controlada. Señorita M. Cierto. Paola se puso de pie como si la hubieran electrocutado.

Usted es Maximiliano Duarte, director general y testigo ocular de una valiente lucha contra la basura. Paola sintió que el estómago se le caía hasta los tobillos. Voy a fingir que esto no está pasando. Voy a cerrar los ojos y voy a desaparecer. O podemos entrar y fingir que todo empezó aquí dentro. Ella asintió en automático, sin dejar de preguntarse cuántas vidas anteriores debía pagar para tener tan mala suerte en esta.

 Entraron a una sala de juntas de paredes de vidrio. En el centro, una mesa larga con sillas modernas. Max se sentó y señaló el asiento frente a él. “Traes tu currículum o aún está secándose?” Sobrevivió, dijo Paola extendiéndolo con ambas manos. Ahora más arrugado que nunca. Max lo tomó sin dejar de observarla. Leyó en silencio por un momento.

Paola aprovechó para limpiar con disimulo una mancha en su mejilla. Licenciada en diseño visual, cursos en línea, proyectos personales. ¿Por qué quieres trabajar aquí? Respuesta honesta o respuesta bonita. Siempre prefiero la primera. Paola se enderezó. Porque soy buena, aunque nadie lo sepa, porque vengo de un lugar donde tener internet ya es lujo.

 Y porque quiero demostrar que el talento no depende de la ropa que usas ni del lugar donde estudiaste. Max sonreía, tampoco mostraba burla, solo atención. Interesante. ¿Y qué haces cuando te dicen que no eres suficiente? Insisto, a veces lloro un poco, pero insisto, un segundo de silencio. Luego Max soltó una pequeña risa.

 Bienvenida al mundo real. Ya estoy ahí desde hace rato. Tengo curiosidad, ¿qué diseño te define? Una bicicleta vieja pintada a mano con las ruedas chuecas, pero que aún avanza y suena bonito. Eso es raro, pero me gusta. Max se levantó dejando el currículum sobre la mesa. Te ofrezco una semana de prueba. Nada garantizado.

Si demuestras lo que dices, hablaremos de quedarte. Paola lo miró incrédula. ¿Habla en serio? Parezco alguien que hace bromas con ofertas laborales. Ella dudó. No parece alguien que desayuna contratos y se afeita con creatividad. Max alzó una ceja. Eso también es raro, pero te dejo sorprenderme. Salieron de la sala.

La recepcionista la miró de reojo. Paola se acomodó el cabello e intentó sonreír. Al bajar por el elevador, soltó una carcajada ahogada. Se miró en el reflejo del acero y susurró, primer día, bote de basura, director guapo y semana de prueba. Si sobrevivo, me tatúo el currículum en la espalda.

 El lunes siguiente, Paola llegó 20 minutos antes de la hora. No por puntualidad, sino porque el insomnio la había expulsado de la cama desde las 5. Se había peinado como pudo, con una trenza mal hecha que intentaba ser elegante. Llevaba una blusa blanca prestada, un pantalón que le quedaba apenas justo y sus únicos zapatos que no hacían ruido al caminar.

 En la recepción, la misma mujer del viernes la recibió con más cortesía que simpatía. Te asignaron al piso siete, equipo de diseño. Te esperan. Gracias, dijo Paola con una sonrisa más grande de lo que su seguridad permitía. El piso siete era distinto, más informal, con luces cálidas, pizarras llenas de garabatos y postets de colores pegados hasta en las lámparas.

Un ventilador giraba con pereza en una esquina. Dos chicos discutían sobre tipografías como si eligieran el nombre de un hijo. Una mujer de gafas redondas, blusa con dibujos de planetas y voz rápida se acercó. Tú eres Paola. Sí, soy nueva o algo así. Soy Tania, diseñadora seior. Te voy a dar el tour de bienvenida.

No tenemos café decente, pero hay un microondas que sobrevive milagrosamente desde 2011. Caminaron por el espacio mientras Tania le explicaba quién era quién. Había un diseñador que escuchaba música clásica para hacer logotipos, una chica que hablaba sola al corregir textos y un becario que siempre llevaba el mismo suéter.

 El ambiente era caótico pero cálido. “Tu escritorio es este”, dijo Tania señalando un espacio junto a la ventana con una computadora apagada y una planta artificial. Me encanta”, dijo Paola sinceramente emocionada. “No te encariñes. Si sobrevives la semana, ya veremos.” Paola rió, pero por dentro sintió el nudo en el estómago.

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