Posted in

Una Familia POBRE iba a Casarse Sin Música ni Comida, hasta que Pedro Infante Llegó y Todo Cambió

 La amaba con una pureza  que Rosa María nunca había visto en ningún otro hombre. Y eso debía ser suficiente. La familia había hecho lo posible. El tío  Sebastián había conseguido prestado un cerdo pequeño que ahorita estaba asándose en el patio. La tía refugio  había hecho tortillas desde las 4 de la mañana.

 Había frijoles, arroz, agua de jamaica hecha con piloncillo porque no  alcanzaba para azúcar. Habría suficiente comida para los 30 invitados, pero apenas nada sobraría.  Y no habría música. Eso era lo que más dolía. Una boda sin música era como un cielo sin  estrellas. Rosa María había crecido escuchando los corridos que su padre cantaba antes de morir.

 Había soñado con bailar su primer  bals con sentir que por 3 minutos era una princesa, no una campesina pobre destinada a una vida de trabajo sin fin. Pero los músicos cobraban 50  pesos. 50 pesos que la familia no tenía, 50  pesos que representaban dos semanas de trabajo de Tomás. No importa, le había dicho Tomás cuando ella lloró por eso.

 Yo te  voy a cantar. No canto bonito como los de la radio, pero te voy  a cantar con el corazón. Rosa María lo había abrazado amándolo aún más por ese  gesto, pero en secreto en la oscuridad de la noche había llorado de nuevo. Lo que Rosa María no sabía era que su hermano menor, un niño de 11 años llamado Chullito,  había hecho algo imposible tres semanas antes.

 Chullito había  escrito una carta. No sabía escribir muy bien. Apenas había terminado el tercer año de primaria antes de tener que dejar la escuela para ayudar en el campo, pero conocía las letras suficientes  para formar palabras temblorosas en un pedazo de papel que había arrancado de un cuaderno viejo.  La carta decía, “Señor Pedro Infante, mi hermana se casa y no tenemos música.

 Ella llora en las noches. Usted canta bonito. Si pudiera venir sería un milagro. Vivimos en el Rosario, Sinaloa. La boda es el 22 de agosto. Gracias. Chullito Velázquez.  Al final había dibujado un mapa tembloroso. La carretera principal, el  desvío al pueblo, la casa al final de la calle.

 Chullito había caminado 8 km hasta el pueblo vecino  donde había una oficina de correos. Le había dado la carta al empleado  junto con las tres monedas que había ahorrado durante meses recogiendo botellas. ¿A dónde  va?, preguntó el empleado. A Pedro Infante, a la Ciudad de México. El empleado había sonreído con tristeza, esos niños y sus sueños imposibles, pero tomó  la carta, tomó las monedas y la envió.

 Chullito nunca le dijo nada a nadie. Sabía que era tonto. Sabía que Pedro Infante jamás  leería su carta. Sabía que los milagros no existían para gente como ellos, pero había tenido que intentarlo. Ahora, mientras el sol comenzaba a descender y los invitados  empezaban a llegar a la pequeña casa, Chullito miraba el camino polvoriento con una última  chispa de esperanza que se negaba a morir completamente.

No pasaría nada. Lo sabía. Pero  miraba de todos modos. Pedro Infante Cruz leía su correo en el estudio de su casa en la ciudad de México. Era temprano,  apenas las 7 de la mañana y ya había revisado tres guiones,  firmado dos contratos y respondido a su manager sobre una gira que  no quería hacer. Había cientos de cartas.

Siempre había cientos de  cartas. Fans pidiendo autógrafos, mujeres declarando su amor, hombres pidiendo dinero, madres  suplicando ayuda para hijos enfermos. Pedro las leía todas, o al menos intentaba leerlas todas. Cada una  representaba a una persona real, con problemas reales, con esperanzas reales.

 La mayoría de las veces no podía ayudar, no podía  responder a todas, no podía salvar a todos, pero las leía porque sentía  que era lo mínimo que podía hacer. Esa mañana entre montañas  de sobres encontró uno pequeño. El papel era corriente, el sobre manchado. La caligrafía  era infantil, las letras temblaban. Lo abrió.

 Leyó las palabras de Chullito una vez, luego otra vez,  luego una tercera. Mi hermana llora en las noches. Esa frase se le clavó en el pecho como  una espina. Pedro había crecido pobre, muy pobre. Conocía  ese tipo de llanto. El llanto silencioso de quien sabe que sus sueños son demasiado grandes para  su realidad.

 El llanto de quien se resigna que las cosas bonitas no son para gente como ellos. Miró la  fecha de la boda. 22 de agosto. Era dentro de 5 días. Miró su agenda, tenía grabaciones, tenía compromisos,  tenía reuniones importantes con productores que no se podían mover. Pero también tenía un avión privado y tenía la capacidad de hacer que  los sueños imposibles de una niña pobre se volvieran realidad.

 “¿Estás loco?”, le dijo su manager cuando Pedro le contó su plan. Tienes el estudio reservado. Tienes a 20 músicos esperándote.  ¿Vas a cancelar todo para ir a una boda de unos desconocidos en medio de la nada? Sí, respondió Pedro simplemente.  Eso es exactamente lo que voy a hacer.

 Pero la niña llora en las noches, Armando. Llora porque no va a tener música  en su boda. Yo puedo darle música, puedo darle más que música. Puedo darle un día que nunca olvidará. Pedro, eres el actor más  famoso de México. No puedes simplemente sí puedo y lo voy a hacer. Durante los  siguientes tres días, Pedro preparó todo en secreto.

 Contactó  al trío Tariakuri, los mejores músicos de mariachi del país. Les explicó la situación. Ellos aceptaron acompañarlo sin cobrar  un centavo. Compróida, mucha comida. Mole de la mejor cocina de Puebla. Tamales, barbacoa,  tortillas frescas, frutas, dulces, refrescos, vino. Suficiente para alimentar no solo a 30 personas, sino a 100.

 Compró un pastel de bodas de tres pisos de la mejor pastelería  de la ciudad y compró algo más, algo especial para la novia. El  22 de agosto a las 2 de la tarde, Pedro Infante subió a su avión junto con los  tres músicos del trío Tariakuri y cinco cajas llenas de provisiones. Dos hombres más los acompañaban cargando el equipo  y la comida.

 “¿Sabes siquiera dónde queda el rosario?”, preguntó uno de los músicos. Pedro sacó el  mapa dibujado por Chullito, ahora cuidadosamente guardado en su bolsillo. “Un niño de 11 años me  hizo este mapa. Vamos a confiar en que nos lleve al lugar correcto. Volaron a Mazatlán.  De ahí rentaron dos camionetas.

Read More