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Un VAGABUNDO que vivía en la calle se encontró con CANTINFLAS y lo que le dijo LE CAMBIÓ LA VIDA

 Mario Moreno conocía esa realidad mejor que la mayoría de las estrellas de cine. Él mismo había crecido en Santa María La Redonda, un barrio donde el hambre no era una metáfora, sino una compañera constante. Recordaba perfectamente las noches en que se acostaba con el estómago vacío, escuchando a su madre llorar en silencio en la habitación de al lado.

 Recordaba la vergüenza de ir a la escuela con los zapatos rotos. con los pantalones heredados de su hermano mayor, que le quedaban grandes y que amarraba con un mecate. recordaba el sabor amargo de la humillación cuando los otros niños se burlaban de él por su pobreza, por su ropa remendada, por su delgadez extrema. Esos recuerdos nunca lo abandonaron, ni siquiera cuando su nombre comenzó a aparecer en letras enormes en las marquesinas de los cines más importantes del país.

 Ni siquiera cuando empezó a ganar más dinero en un mes de lo que su padre había ganado en toda su vida. Había algo en su interior que seguía siendo aquel niño hambriento de Santa María la Redonda, aquel muchacho que sabía exactamente cómo se sentía no tener nada, absolutamente nada en el mundo, excepto la dignidad que uno mismo se inventaba cada mañana para poder seguir viviendo.

 Por eso, cuando salía de los teatros o de las filmaciones, Mario Moreno solía caminar por las calles en lugar de subirse inmediatamente a su automóvil. Le gustaba observar, escuchar, sentir el pulso real de la ciudad. Sus asistentes le habían advertido muchas veces que no era seguro que una estrella de su magnitud no debía andar sola por las calles a altas horas de la noche.

 Pero Mario siempre respondía lo mismo. Si tengo miedo de mi propia gente, entonces no merezco su cariño. Esa noche de febrero, mientras caminaba por insurgentes rumbo a donde había estacionado su coche, Mario iba pensando en la función que acababa de terminar. había estado especialmente inspirado. El público se había reído a carcajadas con cada uno de sus gags, con cada una de sus cantinfladas.

 Pero al final del espectáculo, cuando se quitó el maquillaje y se miró al espejo del camerino, sintió algo extraño, una especie de vacío. Una pregunta que lo incomodaba. ¿De qué servía hacer reír a miles de personas si después esas mismas personas salían del teatro y volvían a sus vidas donde quizás no había mucho de qué reír? Estaba tan absorto en sus pensamientos que casi no lo vio.

 Era un bulto oscuro recargado contra la pared de un edificio justo en la esquina. Al principio Mario pensó que era basura, un montón de trapos viejos que alguien había abandonado. Pero entonces el bulto se movió y Mario se dio cuenta de que era un hombre, un vagabundo envuelto en una cobija raída, con el rostro parcialmente oculto por una barba descuidada y un cabello largo y sucio.

Mario siguió caminando, no porque fuera indiferente, sino porque había aprendido con los años que era imposible ayudar a todos. En cada esquina había alguien que necesitaba ayuda y si se detenía con cada uno de ellos, nunca llegaría a ningún lado. Además, había algo en la mirada de algunos vagabundos que lo perturbaba profundamente, una especie de abismo que daba miedo contemplar demasiado tiempo.

 Pero cuando pasó junto a aquel hombre, algo sucedió. El vagabundo levantó la cabeza y sus ojos se encontraron. Y en esa fracción de segundo, Mario vio algo que lo paralizó. No era súplica lo que había en aquellos ojos. No era lástima ni desesperación, era reconocimiento y algo más que Mario no pudo identificar de inmediato, pero que lo hizo detenerse en seco.

 “Usted es Mario Moreno”, dijo el vagabundo. No era una pregunta, era una afirmación pronunciada con una voz sorprendentemente clara y educada, una voz que no correspondía para nada con la apariencia destrozada del hombre. Mario se volvió lentamente. Sí, respondió con cautela. Soy yo. El vagabundo sonríó. Pero no era la sonrisa servil y esperanzada de alguien que está a punto de pedir dinero.

 Era una sonrisa amarga, cargada de ironía. Lo sé. Lo reconocí inmediatamente. Es difícil no reconocer al hombre más famoso de México, incluso cuando intenta esconderse debajo de un sombrero. Había algo en el tono del hombre que inquietó a Mario. No era hostil, pero tampoco era amistoso. Era distante, como si estuviera hablando desde muy lejos, desde un lugar al que Mario no tenía acceso.

 ¿Necesita algo?, preguntó Mario sacando su cartera. Era su respuesta automática la que había perfeccionado después de años de encuentros similares. Dar algo de dinero, despedirse cortésmente, seguir su camino. Así funcionaba normalmente. Pero el vagabundo negó con la cabeza. No quiero su dinero, señr Moreno. Esas palabras sorprendieron a Mario más que cualquier otra cosa que el hombre pudiera haber dicho.

 En todos sus años saliendo a las calles, nunca nadie había rechazado su dinero. Nunca. Entonces, ¿qué quiere?, preguntó Mario, genuinamente confundido. El vagabundo guardó silencio por un momento, como si estuviera decidiendo si valía la pena continuar la conversación. finalmente habló. “Quiero hacerle una pregunta, si me lo permite.

” Mario sintió una oleada de curiosidad mezclada con aprensión. Había algo en aquel hombre que no encajaba. Su manera de hablar, su vocabulario, su postura, todo indicaba que no había nacido en la calle, que había caído ahí después de haber conocido algo mejor. Adelante”, dijo Mario guardando su cartera y cruzándose de brazos. “Pregúnteme lo que quiera.

” El vagabundo lo miró fijamente durante varios segundos antes de hablar. Cuando finalmente lo hizo, su voz tenía un tono casi filosófico. “¿Usted cree que hacer reír a la gente sirve de algo?” La pregunta cayó como una piedra en agua tranquila. Mario sintió como si alguien le hubiera leído la mente, como si aquel vagabundo hubiera estado presente en su camerino media hora antes, observando sus dudas reflejadas en el espejo.

 “¿Por qué me pregunta eso?”, respondió Mario, sin poder ocultar su incomodidad. El vagabundo sonrió de nuevo. Esa sonrisa amarga que parecía haber sido tallada por años de sufrimiento, porque yo también hacía reír a la gente. Y mire dónde terminé. Esas palabras golpearon a Mario con una fuerza inesperada. Se quedó inmóvil mirando a aquel hombre con una mezcla de fascinación y horror.

¿Usted era comediante? El vagabundo asintió lentamente. Era actor, no tan famoso como usted, por supuesto, pero actuaba. Tenía mi nombre en algunos carteles. La gente pagaba por verme. Creían que era gracioso. Hizo una pausa y su mirada se perdió en algún punto del horizonte invisible. Ahora duermo en esta esquina y la gente cruza la calle para no pasar cerca de mí.

 Mario sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. Había algo profundamente perturbador en la idea de que un actor, un comediante, pudiera terminar así. Era como verse a sí mismo, en un espejo del futuro, una versión alternativa y terrible de lo que podría llegar a ser. ¿Qué le pasó?, preguntó Mario. Y por primera vez en mucho tiempo su pregunta era genuina. No estaba siendo cortés.

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