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Un Profesor de Conservatorio le Dijo a Camilo Que Participara — Camilo Había Escrito la Canción

 El hombre de la última fila levantó la vista, se quitó las gafas, las dejó sobre el cuaderno. Lo siento, es que esta canción la escribí yo. Si todavía no te has suscrito al canal, is hazlo ahora. Porque lo que ocurrió en esa aula del Conservatorio de Sevilla, nadie lo había previsto. El aula quedó en un silencio que nadie supo cuánto duró.

El Conservatorio Superior de Música de Sevilla lleva funcionando desde 1933, fundado por Eduardo Torres y Ernesto Halfter en la calle Jesús del Gran Poder. Era uno de los centros de enseñanza musical más rigurosos de España. Por sus aulas habían pasado compositores, intérpretes y directores que luego habían llevado la música española por todo el mundo.

 Y era un lugar que se tomaba la música en serio, muy en serio. El doctor Alejandro Rueda llevaba 12 años enseñando allí. Musicología, análisis armónico, historia de la música española contemporánea. Era un hombre metódico, apasionado por su disciplina y conocido entre sus colegas por algo poco habitual en los conservatorios de la época.

 Tomaba la música popular española con la misma seriedad académica que la música clásica. En un tiempo en que muchos de sus colegas consideraban que el análisis formal debía reservarse para BAG o falla, Tin Rueda argumentaba que las canciones que escuchaban millones de españoles merecían el mismo rigor analítico que cualquier sinfonía, que la popularidad no era sinónimo de superficialidad, que había construcciones armónicas en ciertas canciones de los años 70 que resistían perfectamente el análisis académico.

Para el doctor Rueda, el pop español de los años 70 era terreno sin explorar académicamente. Sus colegas miraban con escepticismo cuando sacaba partituras de canciones que sonaban en la radio. Pero Rueda insistía, decía que si un siglo después la gente estudiara la música española de los 70, esas serían las canciones que estudiarían, no las que se tocaban en los conservatorios, las que cantaba la gente en la calle.

 tenía razón, pero en 1976 nadie le daba completamente la razón todavía. Ese otoño, uno de sus alumnos de cuarto curso, un joven sevillano llamado Marcos, había propuesto analizar las canciones de Camilo VI. El doctor Rueda había aceptado, había preparado las partituras, había diseñado el seminario. Lo que el profesor no sabía era que el compositor de esas canciones estaba sentado en su propia clase.

 Mi Camilo VI había llegado a Sevilla 4 días antes. Tenía conciertos en la ciudad. Era octubre de 1976 y Camilo estaba en el punto más alto de su carrera. El año anterior había protagonizado la versión española de Jesucristo Superstar y el país entero hablaba de él. Sus discos se vendían en toda España y en América Latina.

 Su nombre aparecía en los periódicos casi a diario. Marcos, el alumno del conservatorio, era hijo de un músico que conocía al equipo de Camilo. En una cena informal, Umim Marcos le mencionó casi de pasada, “Esta semana estamos analizando tus canciones en el conservatorio.” Camilo se quedó mirándole, analizando como armonía, estructura, teoría musical.

 El profesor dice que tus baladas tienen una complejidad armónica inusual para el pop de la época. Camilo no dijo nada durante unos segundos, luego preguntó si podía ir solo a escuchar sin que nadie supiera quién era. Marcos dudó. El doctor Rueda admitía oyentes externos con normalidad. Pero Camilo era Camilo.

 Si alguien le reconocía, el seminario se convertiría en otra cosa. Camilo le miraba esperando. Era una mirada que Marcos no sabía bien cómo interpretar. No era insistencia. Era algo más parecido a la curiosidad genuina, la de alguien que quiere saber cómo ven su trabajo desde fuera y que por una vez tiene la oportunidad de escuchar los infiltros.

Pon las gafas y no te sientes en primera fila, dijo Marcos finalmente. Durante 30 minutos, Camilo VI escuchó como un profesor explicaba sus propias canciones sin saber que él estaba allí. Y Mui fue una experiencia extraña, no incómoda. extraña en el sentido de algo que no tiene precedente, de verse desde fuera por primera vez, de escuchar tu propio trabajo explicado por alguien que lo conoce de otra manera que tú, que ha llegado Imogil por un camino completamente diferente y que, sin embargo, habla de él con la misma

certeza con que tú lo creaste, solo que con palabras distintas, con nombres que Camilo no tenía para lo que hacía y que al escucharlos por primera vez reconocía, no los nombres, lo que describían. Yomby. La clase llevaba 40 minutos cuando Camilo entendió algo que nunca había visto desde fuera. Siempre había sabido que sus canciones funcionaban, los números lo confirmaban, las listas de ventas, los aplausos, las cartas de los fans, pero nunca había escuchado a nadie explicar por qué funcionaban. No con ese lenguaje, no con

ese rigor. Era como oír tu propia voz grabada por primera vez, reconocible tuya. Y sin embargo, desde un ángulo que nunca has tenido. Desde fuera, leis, desde donde la escuchan los demás. Era como ver el mapa de un lugar que uno conoce de memoria, pero que nunca ha visto representado desde arriba. Los caminos que uno recorre sin pensar.

 De repente tienen nombres y direcciones y una lógica que estaba ahí. Aunque uno no la viera, lo que el doctor Rueda estaba diciendo sobre algo de mí era técnicamente correcto. Camilo lo entendía así, aunque no supiera los nombres de lo que estaba escuchando. Rueda hablaba de progresiones armónicas, de modulaciones inesperadas, chitín de cómo la canción creaba tensión y resolución de una manera que no era inhabitual en el pop español de los 70.

Lo escribía en la pizarra. Los alumnos tomaban notas. Varios levantaban la mano para siadir observaciones. Camilo escuchaba y pensaba, “No sabía que hacía eso. No porque no lo hiciera, sino porque cuando lo escribió no había pensado en términos de modulaciones ni progresiones. Había pensado en que la canción tenía que sonar de una manera determinada, que en ese punto necesitaba subir, que en ese otro punto tenía que quedarse quieta.

 F que algo en su interior le decía cuando estaba bien y cuando no. Eso era todo. Sin nombres, sin teoría. Fue entonces cuando el doctor Rueda miró al fondo del aula y vio al único hombre que no estaba participando. Usted lleva casi una hora sin participar. Esto es un seminario avanzado, no un concierto. Participe o deje el asiento a quien lo necesite.

Camilo se quitó las gafas. Lo siento, es que esta canción la escribí yo. El doctor Rueda tardó varios segundos en procesar lo que veía en sus ojos. J. El aula entera se giró hacia la última fila. Algunos reconocieron a Camilo de inmediato, otros tardaron un momento más. Uno de los alumnos soltó el lápiz sin darse cuenta.

 El doctor Rueda se apoyó contra la pizarra. Detrás de él, el nombre del compositor seguía escrito en Tiza Blanca, Camilo VI. Ustedes sí, dijo Camilo y acaba de pedirme que participe en el análisis de mis propias canciones en sin saber que eran mías. Hubo una pequeña risa nerviosa en el aula. El doctor Rueda sintió que el suelo académico se movía levemente bajo sus pies.

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