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Un pistolero le dijo que no podía cantar en Sinaloa… no sabía que era Pedro Infante

 Llevaba su guitarra envuelta en una funda de lona café sin nombre, sin marca visible. Había llegado en camión, mezclado entre campesinos y familias como uno más. Nadie imaginaba que Pedro Infante podía aparecer de esa manera. Nadie lo buscaba ahí porque nadie esperaba encontrarlo ahí. El anonimato no lo buscaba por capricho, lo buscaba porque necesitaba respirar su tierra, caminar sus calles sin que nadie lo siguiera con la mirada, entrar a una tienda y pedir un café sin que el encargado se quedara sin habla, ser por unos días el muchacho de Guamuchil, que

había sido antes de que su nombre llegara a todas partes, sin que el mundo lo mirara hacerlo. llevaba tres días observando mocorito y en esos tres días había entendido algo que a los habitantes del pueblo les había costado años comprender. El señor Valdés no era un nombre que se pronunciara en voz alta, era un nombre que vivía en los silencios, en la pausa antes de responder cuando alguien preguntaba por qué no había músicos en la plaza, en la mirada que se desviaba cuando un forastero preguntaba  por el

salón de baile cerrado, Valdés controlaba quién tocaba en mocorito y quién no. controlaba qué negocios sobrevivían y cuáles  no. Controlaba cuánto pagaban los vendedores por seguir en ese mercado cada semana. No era un gobierno, era algo más antiguo que un gobierno, algo sin  ley escrita que lo limitara, algo que se sostenía solamente sobre el miedo y sobre los hombres armados que caminaban la plaza como si les perteneciera.

Estaba sentado en una banca de madera a un costado de la plaza. Fue entonces cuando la voz del niño cortó el ruido del mercado. El niño tendría 8 años, quizás nueve. Llevaba una camisa remendada en el codo derecho, unos zapatos que ya habían visto demasiados años. Caminaba  cantando sinvergüenza con esa libertad que solo existe antes de que el mundo enseñe a guardar silencio.

 Pedro lo escuchó y sintió algo que no esperaba sentir esa mañana, una sonrisa que le nació sin permiso, de esas que aparecen cuando algo en el mundo está bien, aunque todo lo demás esté torcido. Apoyó la funda de la guitarra en sus rodillas, cerró los ojos un instante. La voz del niño llenaba la plaza de Mocorito como si la hubiera llenado siempre.

Entonces llegaron los tres hombres. Eran de los que no necesitan anunciarse. Su manera de caminar lo decía todo. Pisaban el empedrado con esa lentitud calculada de quien sabe que nadie va a apurarlo. Llevaban pistola al cinto visible, sin disimulo. Eran los hombres de Valdés. Todos en Mocorito los conocían.

 Todos en Mocorito los temían.  El mayor de los tres se plantó frente al niño con los brazos cruzados. Era un hombre  ancho de hombros y bigote espeso. Los otros dos se detuvieron a sus flancos como si la plaza entera fuera suya  y el niño no tuviera derecho a ocuparla. El hombre del bigote le dijo al niño que parara, que esa canción estaba prohibida en el mercado, que la música en la plaza era asunto de los que tenían permiso para hacerla.

 El niño se detuvo con la boca abierta, todavía a medio verso, sin entender del todo lo que escuchaba. Tenía los ojos muy abiertos, las manos apretadas a los lados del cuerpo. Nadie en el mercado dijo nada. Los vendedores miraron hacia otro lado. Las señoras del reboso se hicieron más pequeñas detrás de sus bultos.

 Los hombres junto a la tienda bajaron la vista al suelo. Era el silencio que Pedro conocía bien. El silencio que no nace de la indiferencia, el silencio que nace del miedo. El silencio de quien sabe que intervenir tiene un precio que no puede pagar. El niño intentó explicar algo, dijo que solo estaba cantando, que no le había hecho daño a nadie.

 El hombre del bigote no esperó que terminara la frase, le dio un empujón con la palma abierta en el pecho. El niño retrocedió dos pasos, tropezó con una caja de naranjas que estaba en el suelo, cayó de rodillas sobre el empedrado. La caja se volcó, las naranjas rodaron en todas direcciones y el mercado entero se quedó quieto como si el tiempo se hubiera detenido.

  Pedro vio todo desde la banca. Vio la caída. Vio el empedrado áspero bajo las rodillas del niño. Vio las naranjas dispersas. Vio las manos del hombre del bigote todavía en el aire después del empujón. Con esa pose de quien no espera ninguna consecuencia. y sintió algo que su madre le había enseñado a reconocer desde niño.

 No era rabia, aunque se le parecía, era la sensación de que algo en el mundo estaba roto y que callarse frente a eso era también una forma de romperlo  más. Pedro pensó en ese instante que tenía opciones. Podía levantarse y caminar en otra dirección. Nadie lo conocía ahí. Nadie lo llamaría cobarde porque nadie sabía quién era.

Esa era exactamente la ventaja del anonimato. Podía irse sin consecuencias para su carrera, sin problemas en Sinaloa, con hombres que no dudarían en crearlos. Para los compromisos en Ciudad de México la semana siguiente para la grabación que debía terminar en el estudio  de Pirles. Pensó todo eso rápido y luego pensó en María del Refugio Cruz.

 pensó en lo que su madre le había dicho en Guamuchil cuando él era muchacho y había visto algo parecido y había seguido caminando y había dicho que el miedo es humano, pero que la cobardía es una elección, que un hombre casi nunca está tan impotente como se dice a sí mismo. El niño no lloraba todavía. Estaba en esa fracción de segundo entre el golpe y las lágrimas, con los ojos brillantes y y la barbilla temblando,  miraba las naranjas dispersas, sin saber bien qué había pasado.

 Uno de los flancos dio un paso hacia él, le dijo que recogiera la caja y se fuera, que aprendiera a respetar las reglas del mercado, que la música era para quien tenía dinero para pagarla. Pedro se puso de pie, no lo hizo con prisa, no lo hizo con ruido, se levantó con la calma de quien ha tomado una decisión que ya no admite revisión. Tomó la funda de lona con la guitarra adentro.

 Caminó hacia el centro de la plaza, pasos lentos y medidos. El sombrero de paja cubría su frente, la camisa blanca ligeramente húmeda por el  calor era un hombre cualquiera, caminando hacia el centro de un mercado cualquiera, en un martes  cualquiera de Sinaloa. El hombre del bigote lo vio venir y lo midió de y arriba abajo le preguntó qué quería.

 le dijo que siguiera su camino. Pedro no respondió de inmediato. Se agachó primero junto al niño, le puso una mano en el hombro con cuidado, le preguntó en voz baja si estaba bien. El niño asintió sin hablar, con esa dignidad muda de los niños que no quieren que nadie vea que les duele.

 El hombre del bigote repitió la pregunta con más volumen. Quería saber quién era ese y qué creía que estaba haciendo. Pedro se enderezó despacio. Miró al hombre a los ojos sin levantar la voz. le dijo que era músico de paso, que venía de lejos, que había escuchado cantar al niño y le había parecido que cantaba bien nada más. El mercado seguía en silencio, pero algo había cambiado en él.

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