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Un millonario intentó impresionar a María Félix — Ella lo puso en su lugar frente a todos

Esa noche el anfitrión era Aurelio Montemayor Garza, el hombre más rico de México, segundo hombre más rico de Latinoamérica. dueño de bancos, minas, fábricas de acero, haciendas ganaderas que se extendían por tres estados. Su fortuna se estimaba en 800 millones de pesos de la época, una cifra tan obscena que ni los periódicos se atrevían a publicarla completa.

 Tenía 52 años, viudo desde hacía tres, con una reputación que mezclaba respeto y terror en partes iguales. Los que trabajaban para él lo llamaban don Aurelio. Los que le debían dinero lo llamaban señor. Los que lo conocían de verdad lo llamaban el tiburón, porque cuando olía sangre en el agua no descansaba hasta devorar a su presa.

Aurelio Montemayor no era un hombre acostumbrado a escuchar la palabra no. En los negocios compraba a quien se resistía o lo destruía. En la política financiaba campañas y cobraba favores con intereses. En su vida personal, lo que Aurelio quería, Aurelio obtenía. Había comprado cuadros de Diego Rivera directamente de su estudio, pagando el triple del precio solo para demostrar que podía.

Había adquirido un yate que perteneció a un príncipe europeo, no porque le gustara navegar, sino porque quería algo que un príncipe había tocado. Coleccionaba cosas, propiedades, arte, automóviles, caballos de carreras. Y ahora, a sus 52 años, con todo el dinero del mundo y un vacío del tamaño de su fortuna, había decidido coleccionar algo nuevo.

 Había decidido que quería a María Félix, no como amante, no como novia. Quería que María Félix fuera su esposa. Quería poseerla como poseía todo lo demás, como trofeo, como prueba definitiva de que no había nada en este mundo que el dinero de Aurelio Montemayor no pudiera comprar. El problema era que Aurelio no conocía a María Félix.

Conocía su imagen, conocía su fama, conocía las fotografías en las revistas y las películas que había visto en su sala de cine privada, pero no conocía a la mujer. No sabía que María Félix no era un cuadro que se cuelga en la pared, no era un yate que se compra con un cheque, no era una propiedad que se adquiere con una firma.

María Félix era fuego y Aurelio estaba a punto de quemarse. La obsesión había comenzado 6 meses antes, en mayo de 1959, cuando Aurelio vio a María en una fiesta en la embajada de Francia. Ella había llegado tarde, como siempre con un vestido de valenciaga color marfil que parecía hecho de luz, joyas que habrían financiado una pequeña revolución y esos ojos, esos ojos que no miraban, atravesaban.

Aurelio la observó desde su mesa durante toda la noche. No se acercó. El tiburón primero estudia a su presa, mide distancias, calcula movimientos. Esa noche le dijo a su secretario personal, Ricardo Fuentes, un hombre delgado de traje impecable que llevaba 18 años a su servicio. Quiero saber todo sobre María Félix.

Todo. ¿Dónde vive? ¿Qué come? ¿Qué bebe? ¿Quién la visita? ¿A qué hora se despierta? ¿Cuáles son sus joyas favoritas? ¿Cuáles son sus debilidades? Ricardo lo miró con cautela. Don Aurelio, María Félix está casada. Con el banquero francés Alexander Berger. Aurelio sonrió. Todos tienen un precio, Ricardo.

 Hasta los banqueros franceses, especialmente los banqueros franceses. Ricardo hizo su trabajo. Durante tres meses. Investigó todo sobre María. Compiló un dossier de 47 páginas que incluía sus gustos, sus horarios, sus amistades, sus enemistades, sus caprichos. Aurelio lo leyó como quien estudia los planos de una fortaleza que planea conquistar.

descubrió que María amaba las joyas, no cualquier joya, joyas con historia, joyas únicas, piezas que hubieran pertenecido a reinas o emperatrices. Descubrió que María despreciaba a los hombres que intentaban impresionarla con dinero. Descubrió que María tenía un sentido del humor devastador y una lengua capaz de dejar cicatrices permanentes.

Pero Aurelio no prestó atención a esa parte del dossier, solo leyó lo que quería leer, las joyas. Si le gustan las joyas, pensó, le daré la joya más espectacular que haya existido y con eso la tendré. Encargó el collar a Cartier en julio. Voló personalmente a París para supervisar el diseño. 200 esmeraldas, las más perfectas que la casa tuviera disponibles, engarzadas en una pieza única que llevaría el nombre de María.

 Le costó millones dó una fortuna incluso para él. Cuando lo tuvo en sus manos, lo miró durante una hora en la suite del hotel George de Feff, el mismo hotel donde María había vivido años atrás con su amante francesa, aunque eso Aurelio no lo sabía ni le importaba. “Este collar va a cambiar mi vida”, le dijo a Ricardo. “Ninguna mujer en la historia ha recibido un regalo así, ni Cleopatra, ni Josefina, ni la mismísima reina de Inglaterra.

” Don Aurelio, dijo Ricardo con cuidado, me permite una observación. Habla, he investigado a María Félix durante 3 meses. Es la mujer más extraordinaria que he estudiado en mi vida y con todo respeto, creo que un collar no va a impresionarla. ¿Por qué no? Porque María Félix tiene joyas que le regalaron Reyes, literalmente tiene piezas de cartier que ella misma diseñó.

El collar es magnífico, pero para ella es solo otra joya. Lo que la impresionaría es algo que no se puede comprar. Aurelio lo miró con frialdad. Todo se puede comprar, Ricardo, todo. Solo hay que saber el precio. Ese fue el primer error de Aurelio Montemayor, creer que María Félix tenía un precio. El plan era sencillo.

Aurelio organizaría la gala de las Américas, el evento social más importante del año, e invitaría a María como invitada de honor. Durante la cena, frente a las 347 personas más influyentes de México, le presentaría el collar como regalo y le pediría matrimonio públicamente. Aurelio estaba convencido de que ninguna mujer podría rechazar semejante propuesta frente a toda la alta sociedad.

Era perfecto, era infalible. Era el plan de un hombre que nunca había sido rechazado porque nunca había intentado conquistar a alguien que no estuviera en venta. Las invitaciones se enviaron en octubre. grabadas en papel de algodón italiano con letras de oro. La de María llegó a su residencia de Polanco en un sobre de seda con un ramo de 200 rosas blancas.

La tarjeta decía para la mujer más extraordinaria de México, de un admirador que espera ser digno de su presencia. María leyó la tarjeta mientras Lupita, su asistente, acomodaba las flores. ¿Quién es este Aurelio Montemayor?, preguntó María sin mucho interés. Lupita abrió los ojos. Doña María es el hombre más rico de México, dueño de medio país.

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