Posted in

Un Experto Declaró FALSO el Disco de Camilo — Sin Saber que Camilo Estaba Delante de Él

El Centro Cultural de Arganzuela en Madrid celebraba su tercera edición del evento benéfico anual de tasación de memorabilia arística. La idea era simple. Expertos voluntarios valoraban objetos traídos por particulares y los más valiosos podían donarse a la subasta nocturna, cuyos fondos iban a programas culturales para jóvenes en riesgo de exclusión.

 Roberto Vidal era uno de esos expertos, 54 años, dos décadas especializándose memorabilia musical española e iberoamericana. Había escrito artículos en revistas especializadas. Había sido consultado por museos. Tenía una columna mensual en una publicación de coleccionistas. Era bueno en lo suyo. Lo sabía y lo sabían los que le conocían.

 Tenía un ojo especialmente afinado para los discos de oro y platino, uno de los objetos más falsificados del mercado de memorabilia musical. Había detectado docenas de réplicas a lo largo de los años. Era entre sus colegas el referente en ese tipo de objetos. Fondo la mañana había transcurrido bien, varios objetos interesantes, un par de carteles de concierto con valor real, una guitarra que resultó ser auténtica a pesar de las dudas iniciales, un álbum firmado que lamentablemente era una falsificación hábil. Había algo en ese tipo de eventos

que Roberto encontraba satisfactorio más allá del trabajo en sí. La mezcla de personas, la viuda que trae un objeto que no sabe si vale algo, el jubilado con una guitarra que compró décadas atrás, el hijo que heredó cosas de su padre y no tiene idea de lo que tiene, cada objeto con una historia detrás. Y Roberto siempre le había parecido que su trabajo era también eso, escuchar esas historias y darles un contexto.

 Aunque ese día, si alguien hubiera podido ver lo que ocurriría por la tarde, habría dicho que Roberto necesitaba escuchar mejor. A las 4 de la tarde, una mujer de unos 60 años se acercó a su mesa con algo envuelto cuidadosamente en una tela de tercio pelo azul. La mujer se llamaba Carmen Ruiz, tenía 62 años.

 El pelo canoso recogido, ropa discreta y ordenada, la ropa de alguien que cuida lo que tiene. Tirul los ojos con esa mezcla de esperanza y resignación que tienen las personas que han pasado por algo grande y todavía no saben del todo cómo seguir adelante. Su marido, Alejandro, había muerto 18 meses antes. Un infarto rápido, sin tiempo para prepararse.

 Alejandro Ruiz había trabajado durante 3 años. Entre 1978 y 1981, en el equipo de producción de Camilo VI, coordinador de escenario, el primero en llegar a cada recinto, el último en irse, se humó el hombre que se aseguraba de que todo estuviera en su sitio, para que cuando Camilo saliera al escenario no hubiera ninguna razón para que algo fallara.

 Cuando el álbum Algo de mí superó el millón de copias vendidas, la discográfica mandó discos de oro a varios miembros del equipo. No solo a Camilo, también a los que habían hecho posible que ese disco llegara así a tantas manos. Alejandro recibió el suyo en 1979. Lo había colgado en el estudio pequeño que tenía en casa.

 Lo había mirado durante 20 años con una satisfacción tranquila. Sin presumir, Enoín, sin contarlo a todo el mundo, solo sabiendo que estaba ahí, que era suyo. Durante los años en que Alejandro trabajó con Camilo, Carmen había aprendido a convivir con esa profesión invisible, la del hombre que sale de casa antes del amanecer y vuelve cuando todos duermen.

del hombre que aparece en fotos de grupos grandes en las que, si te fijas bien, estás siempre al fondo, mirando que todo esté en orden, nunca en el centro, nunca con el foco encima. El disco de oro era la única prueba visible de todo eso. Amim, el único objeto que decía, “Alejandro estuvo aquí. Alejandro hizo algo que valió la pena.

” Carmen lo desenvolvió con cuidado sobre la mesa de Roberto. Era el orgullo de mi marido. Dijo, “Quiero donarlo a la subasta. Que sirva para algo. Alejandro habría querido eso.” Roberto tomó el disco con manos expertas, se puso las gafas de cerca, empezó a examinar. 5 minutos después, Roberto Vidal levantó la cabeza y dijo algo que hizo llorar a Carmen.

“Um, lo siento mucho, señora. Este disco es una réplica, no es auténtico. Carmen palideció. ¿Estás seguro? Mi marido decía que se lo dieron directamente de la discográfica. Roberto asintió con la cabeza, con paciencia, con esa seguridad de quien ha dado esta misma noticia muchas veces y ha aprendido a darla de manera que duela lo menos posible.

Entiendo que para su marido era muy importante, pero desde el punto de vista técnico, el peso no corresponde. El acabado del vinilo no es el de los discos de oro originales de ese periodo. Y la placa grabada tiene diferencias en el tipo de letra respecto a los estándares de la época. Es una réplica bien hecha, pero réplica.

 ¿Y no podríamos subastarlo de todas formas? preguntó Carmen. No sería ético presentarlo como auténtico. Tiene valor sentimental, por supuesto, pero valor de mercado como pieza original, no. Carmen bajó la mirada, sus manos buscaron el borde de la mesa. Carmen apretó los labios, asintió, no discutió, no tenía argumentos técnicos que oponer, solo sabía lo que Alejandro le había contado.

Y Alejandro nunca había mentido sobre estas cosas. recogió el disco de la mesa con cuidado, lo envolvió de nuevo en el tercio pelo azul con la misma delicadeza con que lo había traído, como si el cuidado exterior pudiera compensar lo que acababa de escuchar. A su alrededor, un pequeño grupo se había ido formando, como siempre ocurre cuando algo interesante pasa en estos eventos.

personas que habían venido con sus propios objetos y que ahora observaban en silencio esta escena pequeña y triste entre ellos apoyado contra la pared del fondo con los brazos cruzados. Un hombre con gafas oscuras que llevaba allí desde hacía 10 minutos había llegado al centro cultural de Arganzuela por otra razón completamente diferente.

Había una exposición de fotografía en la planta de arriba que quería ver. Al bajar había encontrado el evento, se había quedado curioseando. ¿Cómo hace la gente cuando no tiene prisa? Y algo le llama la atención sin saber exactamente por qué. Había escuchado a Carmen describir de dónde venía el disco, el nombre de Alejandro, los años en el equipo de producción y había escuchado la conclusión de Roberto.

 Bimor había pensado que si se iba sin decir nada, esa mujer se iría a casa creyendo que el orgullo de su marido era una falsificación. Ese hombre decidió hablar. Perdone, creo que ese disco es auténtico. Roberto se giró, miró al hombre, gafas oscuras en un interior, ropa sencilla casi anónima, un hombre que no destacaba en ningún sentido visible.

Read More