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Un Anciano Sin Hogar Tarareaba “El Triste” Frente a un Micrófono — Hasta que JOSE JOSE se Detuvo

 Era evidente que alguna vez había cantado. Era evidente que aquel hombre vivía en la calle, pero también era evidente que aunque la vida le había quitado casi todo, no había logrado quitarle la música. Lo que José José estaba a punto de hacer cambiaría la vida de ese anciano para siempre. El hombre se llamaba Aurelio Vargas y tenía 62 años, de los cuales había pasado los últimos cinco durmiendo en portales, estaciones de autobús y bancas frías de la Ciudad de México.

 Mucho tiempo atrás, Aurelio había sido cantante de boleros en restaurantes, salones pequeños y bares de hotel. Nunca fue famoso, nunca tuvo discos, nunca apareció en televisión, pero durante más de 30 años se ganó la vida con su voz. Tenía una elegancia sencilla, traje barato pero bien planchado, zapatos boleados, cabello peinado hacia atrás y un micrófono propio que cuidaba como si fuera una joya.

 Había estado casado con Mercedes, una costurera de manos dulces y carácter fuerte que lo acompañaba a veces a sus presentaciones. Ella se sentaba en una mesa cercana, pedía café y lo miraba cantar como si estuviera viendo al artista más grande del mundo. Para Aurelio esa mirada era suficiente. Juntos criaron a un hijo que con los años se fue al norte buscando mejores oportunidades.

 La vida de Aurelio nunca fue lujosa, pero era digna. Había música, comida caliente, una cama limpia y una mujer que lo esperaba al final de la noche. Hasta que todo se derrumbó. Mercedes enfermó de los pulmones. Al principio fue una tos, después cansancio, después hospitales, medicinas, deudas y noches enteras en vela.

 Aurelio vendió lo poco que tenía para pagar tratamientos. vendió sus trajes, sus bocinas, su equipo de sonido y finalmente su micrófono, aquel micrófono plateado con el que había cantado durante media vida. Nada fue suficiente. Mercedes murió una madrugada, tomándole la mano y pidiéndole que no dejara de cantar. Pero Aurelio sí dejó de cantar.

 La casa se volvió demasiado silenciosa. Los restaurantes dejaron de llamarlo. La tristeza le fue quitando la fuerza, la voz, el hambre y la voluntad. Primero se atrasó con la renta, luego perdió el cuarto, después perdió el contacto con su hijo y finalmente terminó en la calle cargando una bolsa vieja con dos camisas, una fotografía de Mercedes y la memoria de todas las canciones que algún día lo habían mantenido vivo.

 Durante los primeros años todavía cantaba en camiones o afuera de cantinas, pero la gente pasaba de largo. Algunos se burlaban, otros le decían que su voz ya no servía. Una noche, un grupo de jóvenes borrachos le arrebató la fotografía de Mercedes y la rompió frente al solo por diversión. Aurelio recogió los pedazos del suelo como quien recoge el corazón.

 Desde entonces cantaba solo para sí mismo. La canción que más repetía era el triste. La había escuchado por primera vez muchos años atrás cuando José José la interpretó con esa voz imposible que parecía partir el aire en dos. Aurelio siempre decía que esa canción no se cantaba con la garganta, sino con una herida abierta.

Mercedes la amaba. Cada vez que Aurelio la cantaba en algún restaurante, ella bajaba la mirada, sonreía apenas y se secaba una lágrima con discreción. Decía que nadie podía cantar esa canción sin haber perdido algo por dentro. Cuando Mercedes murió, el triste dejó de ser una canción y se convirtió en una forma de hablarle.

 Aurelio la cantaba en voz baja al despertar, al caminar, al buscar comida, al mirar escaparates donde veía cosas que ya no podía comprar. La cantaba como una oración, como una carta, como un hilo invisible que todavía lo unía a la mujer que le había enseñado a sentirse amado. Aquella tarde, Aurelio había llegado a insurgentes después de caminar varias horas.

 Tenía frío, hambre y una toseca que le quemaba el pecho. Se detuvo frente a una tienda de música porque algo en la vitrina le apretó el alma. Era un micrófono antiguo plateado, montado sobre una base negra. No era exactamente igual al suyo, pero se parecía lo suficiente para hacerlo sentir que el pasado acababa de aparecer detrás de un vidrio.

 Se acercó despacio, apoyó una mano en la vitrina y se quedó mirando el micrófono con una mezcla de nostalgia, vergüenza y deseo. Sin darse cuenta, empezó a tararear. Qué triste fue decirnos adiós cuando nos adorábamos más. Su voz salió bajita, rota, casi escondida entre el ruido de los coches. Pero había tanta verdad en esa frase que José José, que venía caminando a unos metros, se detuvo como si alguien lo hubiera llamado por su nombre.

 Aurelio siguió cantando sin notar la presencia detrás de él. Sus dedos se cerraron alrededor de un micrófono invisible. Su espalda se enderezó un poco. Por unos segundos dejó de parecer un hombre vencido y volvió a ser el cantante de antes, el hombre que se paraba frente a una mesa pequeña y hacía llorar a desconocidos con una canción.

 José José se quedó escuchando en silencio. No quiso interrumpirlo. Había escuchado a miles cantar sus canciones en teatros, en programas, en homenajes, en fiestas, en cantinas. Pero pocas veces había sentido algo tan desnudo, tan verdadero, tan parecido a una vida entera resumida en una melodía.

 Cuando Aurelio terminó la frase, bajó la cabeza y se limpió las lágrimas con la manga de su saco viejo. José José tosió suavemente para anunciar su presencia. El anciano se sobresaltó y giró de inmediato con miedo en los ojos. Perdón, señor, ya me voy. No estaba molestando, solo estaba mirando el micrófono.

 Su voz era defensiva, la voz de alguien acostumbrado a que lo corrieran de todos lados. José José levantó una mano con calma. No lo estoy corriendo, al contrario, me quedé porque lo escuché cantar. Aurelio lo miró con desconfianza. No estaba cantando fuerte, no quería pedir dinero. No tiene que explicarme nada, respondió José José con suavidad. Cantó con mucho sentimiento.

Eso no se encuentra todos los días. Aurelio bajó la mirada avergonzado. Antes cantaba, hace muchos años, cuando todavía tenía voz, cuando todavía tenía vida. José José observó sus manos temblorosas. ¿Usted fue cantante? Aurelio tardó en responder. Parecía que decirlo en voz alta le dolía. Sí. Cantaba boleros en restaurantes, en bares, en bodas humildes.

 Nunca fui nadie importante, pero la gente me escuchaba. Mi esposa decía que cuando yo cantaba se le olvidaban los problemas. Hizo una pausa y miró de nuevo el micrófono de la vitrina. Ese se parece al que tuve. Lo vendí cuando ella enfermó. Después vendí todo lo demás y después la perdí a ella también. José José sintió que algo se le apretaba en el pecho. ¿Cómo se llamaba? Mercedes.

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