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Un anciano rescató a un gatito herido… Años más tarde, Dios le mostró por qué lo había hecho

la plaza. Su padre había sido jornalero, su madre la bandera y él había  aprendido desde niño que el pan se gana doblando la espalda y que el respeto se gana cerrando la boca cuando toca callar. A los 12 años ya cargaba leña monte abajo con una soga vieja y los pies descalzos partidos por las piedras.

 A los 15 arreaba ganado ajeno  por caminos que nadie quería recorrer, durmiendo a veces bajo las estrellas con el estómago vacío y el corazón tranquilo. A los 20 se casó con Juliana, una muchacha de ojos tranquilos y manos que sabían hacer pan con casi nada. Hija de un herrero pobre que le entregó a su hija con una sola frase: “Cuídela, don Anselmo, que es lo único bueno que tengo!” Y él la cuidó 4 y tantos años sin fallarle ni un solo día.

 Se instalaron en una casita de adobe al borde del pueblo con un patio de tierra apisonada, un fogón de barro y una higuera vieja que daba sombra en verano y recuerdos en invierno. Tuvieron dos hijos que crecieron y se fueron lejos. ¿Cómo se van los hijos cuando el pueblo ya no alcanza a sostener los sueños? Les escribían de vez en cuando,  mandaban algo cuando podían y venían en Navidad si el trabajo lo permitía.

 Don Anselmo y Juliana aprendieron con los años a querer a sus hijos desde  lejos, que es una forma de querer más callada y más dolida, pero no menos verdadera. Don Anselmo trabajaba en las tierras de don Aurelio Vargas, el hombre más rico del valle, dueño de cafetales,  de potreros, de casas que ni él mismo visitaba.

Don Aurelio era de esos ricos que miran al pobre como se mira una herramienta. Útil mientras sirve, desechable cuando falla. Tenía esa mirada fría de los que han olvidado de dónde vienen y esa risa corta de los que creen que el dinero los hace mejores. Pero don Anselmo nunca le había reclamado nada.

 iba, trabajaba, cobraba lo  poco que le daban y volvía a su casa donde lo esperaba con café y con silencio,  que era otra forma del amor de ellos dos. Aquella tarde de octubre, don Anselmo volvía del cafetal con el cuerpo cansado y el alma intacta. La lluvia había empezado temprano, una lluvia  fina y terca de esas que calan hasta los huesos sin que uno se dé cuenta.

 Caminaba por el sendero de siempre con su sombrero de palma ya chorreando agua cuando escuchó un maullido débil, casi un suspiro,  viniendo de entre unas matas al borde del camino, se detuvo. Al principio pensó que era el viento jugando con las hojas, pero el sonido volvió más apagado, más urgente, como la última palabra de algo que se está apagando.

 Se acercó despacio,  apartó las hojas mojadas con cuidado y lo vio. Un gatito diminuto  color ceniza con una pata torcida y los ojos cerrados por la suciedad.  Estaba empapado, temblando, tan flaco, que se le marcaban las costillas debajo del pelaje húmedo. Tenía una herida vieja en el lomo y las orejas  llenas de espinas pequeñas.

 Parecía que ya había renunciado a vivir y que  solo maullaba por costumbre, porque algo adentro todavía le decía que tal vez alguien pasara. Don Anselmo se quedó mirándolo un momento largo. Sintió algo apretarle el pecho,  esa cosa rara que a veces sentía cuando veía sufrir a lo que no tiene voz.

 En eso  pasó don Aurelio Vargas a caballo, cubierto con un impermeable fino, oliendo a Colonia cara. Y al ver a don Anselmo inclinado sobre el bulto gris, soltó esa risa seca que usaba para los pobres. Quite ese animal sarnoso de mi camino, don Anselmo. Un gato moribundo no vale ni la tierra donde va a caer.

 Don Anselmo no contestó, recogió al gatito, lo metió debajo de su camisa para darle calor y siguió caminando. Pensó en sus propios bolsillos vacíos, en las medicinas que Juliana ya tomaba solo cada tercer día porque no alcanzaba para más. en el saco de maíz que ya andaba por la mitad, en la vela que esa noche tendrían que apagar temprano para que durara la semana.

  pensó en todo eso y aún así siguió caminando con el gatito contra el pecho porque hay  cosas que uno no decide con la cabeza, sino con algo más adentro, con ese lugar donde Diosito habla bajito y uno solo tiene que saber escuchar. Cuando llegó a la casa, Juliana estaba removiendo el fogón,  levantó la vista, vio el bulto que su marido sostenía debajo de la camisa y no preguntó nada, solo puso agua a calentar y sacó  un trapo limpio del baúl. Así eran ellos.

 Ya no necesitaban palabras para entenderse. Esa  noche durmieron poco. Don Anselmo limpió al gatito con paciencia. le acomodó la patita torcida lo mejor que pudo con dos palitos y  un trapo. Le dio leche tibia con una cucharita vieja, gota por gota, porque el animalito no tenía fuerza ni para tragar. Juliana hizo una camita con trapos junto al fogón  y le acercó una piedra caliente envuelta en tela para que no pasara frío.

 Durante tres días, el gatito estuvo entre la vida y la muerte,  y don Anselmo se quedaba despierto vigilándolo, hablándole bajito, diciéndole cosas que solo él y Diosito escuchaban.  Aguanta, chiquito, aguanta, que todavía no es tu hora. Si Diosito te puso en mi camino,  es porque algo tienes que hacer todavía en este mundo.

 Al cuarto día, el gatito abrió los ojos. Eran verdes, claros como dos hojitas nuevas después de la lluvia. Y lo miró directamente,  como mira quien reconoce a quien le salvó la vida. Don Anselmo sonrió por primera vez en muchas semanas. Juliana,  que lo observaba desde la puerta con el delantal entre las manos, también sonró.

 Te vamos a llamar Milagro”, dijo ella con voz suave. “Porque eso eres, chiquito, eso eres. Y Milagro se quedó, se quedó para siempre.” La noticia corrió rápido porque en los pueblos chicos hasta el silencio tiene eco. Que don Anselmo, con lo poco que tenía, se había puesto a criar un gato tuerto y cojo que le daba de su comida,  que Juliana le guardaba pedacitos de queso del que vendía en el mercado, que dormía  a los pies de la cama como si fuera persona. La gente se reía.

No con maldad siempre, a veces solo con esa burla boba  de quien no entiende que la ternura. Cuando es de verdad, no se mide en centavos. Don Anselmo ya le enseñó a rezar al gato”, le gritó  un muchacho una tarde en la plaza entre las risas de los demás. “Rezar ya sabe, hijo”, contestó el viejo sin enojarse, quitándose el sombrero con calma.

 “Lo que le estoy enseñando es a perdonar, que eso sí cuesta más.” El muchacho se quedó callado sin saber qué decir. Los otros dejaron de reír. Don Anselmo siguió su camino con milagro asomándose desde el bolsillo grande de su saco. Pero el que más se burlaba era don Aurelio Vargas. Cada vez que don Anselmo iba a cobrar su jornal, el patrón le tenía lista una broma bien preparada, bien pulida,  para que los capataces la celebraran.

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