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Un Anciano Cantó la Canción de Juan Gabriel Todos los Días Durante 10 Años — Entonces, Juan Apareció

 Distante al principio, filtrada a través del ruido del tráfico, pero inconfundible. Alguien estaba cantando Amor eterno. La canción que había escrito 10 años atrás pensando en su madre. La canción que se había convertido en himno para todos los que habían perdido a alguien amado. Conforme conducía más despacio tratando de localizar la fuente, la voz se volvía más clara.

 Era la voz de un hombre mayor, no técnicamente perfecta, pero cargada con una emoción tan cruda que cada nota parecía venir de algún lugar donde vivía el dolor verdadero. Juan Gabriel vio un espacio disponible adelante y estacionó el auto rápidamente. Apagó el motor y salió caminando hacia donde la voz se volvía más fuerte con cada paso.

 A mitad de la cuadra, parado directamente en la banqueta bajo el sol de la tarde, estaba un hombre de aproximadamente 73 años, alto pero ligeramente encorbado hacia delante por los años. Vestía pantalones de mezclilla gastados y una camisa de algodón que había visto mejores días. En su mano derecha sostenía un bastón blanco.

 En la izquierda un micrófono barato conectado por cable a un amplificador pequeño y rayado a sus pies. En su rostro llevaba lentes oscuros grandes, no para bloquear el sol, sino para ocultar ojos que ya no veían. Frente a sus pies descansaba una gorra vieja, dentro de ella algunos billetes arrugados y monedas sueltas, tal vez 30 o 40 pesos en total.

 La gente pasaba a su lado en oleadas constantes, mujeres con bolsas del mercado, hombres en trajes apurados, jóvenes con audífonos ajenos al mundo. Nadie se detení. Nadie realmente escuchaba. El anciano podría haber sido invisible como los autos estacionados junto a él si no fuera por esa voz que se elevaba sobre el ruido de la ciudad con determinación que sugería años de práctica, años de pararse ahí cantando para multitudes que raramente prestaban atención.

 Juan Gabriel se detuvo a unos metros de distancia, parado en la banqueta, mientras el anciano ciego había llegado al segundo verso de Amor eterno, su voz quebrada en los lugares correctos, sosteniendo las notas con vibrato natural que venía de experiencia vivida, de dolor real procesado a través de música durante tanto tiempo, que se había convertido en la única forma de expresarlo.

 Se quedó ahí inmóvil mientras la canción continuaba. La gente pasando alrededor de él, sin entender por qué este hombre bien vestido estaba parado mirando fijamente a un cantante callejero. Y ahí Juan Gabriel, un hombre que había cantado esa canción miles de veces en estadios llenos, parado en una calle de Ciudad de México escuchando a un extraño ciego cantar su propia canción de vuelta hacia él, sintió lágrimas formándose en sus ojos.

 Cuando la canción terminó, no se movió. esperó en silencio mientras procesaba lo que acababa de presenciar. La canción terminó. El anciano bajó el micrófono y golpeó su bastón contra el suelo suavemente, sintiendo su entorno. Luego se inclinó hacia la gorra contando las monedas con sus dedos antes de enderezarse nuevamente.

 Aunque sus ojos no podían ver, podía sentir que alguien estaba parado cerca sin moverse, una presencia diferente a las que normalmente pasaban apuradas. Buenas tardes”, dijo el anciano. Su voz al hablar era más baja que al cantar, pero igual de cálida. ¿Alguna petición? Si la conozco, la canto. Juan Gabriel no pudo encontrar palabras por un momento.

 Se formaban en sus labios y luego se dispersaban. Finalmente habló dando un paso más cerca con voz que llevaba emoción que no intentaba ocultar. Esa canción que acaba de cantar, Amor eterno, ¿dónde la aprendió el anciano? sonrió gentilmente, girando su rostro hacia donde venía la voz, sus dedos acariciando el bastón blanco.

 “¡Ah) esa canción”, dijo con voz que se fue a algún lugar lejano. “La escuché por primera vez hace 10 años en la radio y lloré ahí mismo en mi casa. Una canción escrita por un extraño me agarró en algún lugar tan profundo que fue como si él conociera mi historia.” Juan Gabriel sintió algo apretarse en su pecho mientras escuchaba esas palabras.

 como si él conociera mi historia, porque esa era exactamente la intención cuando había escrito esa canción hace 10 años, capturar el dolor universal de perder a alguien amado. Le preguntó al anciano cuál era su historia y el hombre respondió con nombre que llevaba el peso de 73 años de vida. Se llamaba Crisanto Valderas y explicó que había cantado Amor eterno todos los días durante 10 años, desde el día que su esposa Victoria había fallecido.

 Juan Gabriel sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al escuchar ese nombre. Victoria, el mismo nombre de su propia madre que había muerto años atrás, la mujer en quien había pensado cuando escribió esa canción. Crisanto continuó explicando que Victoria había muerto de cáncer en 1984, el mismo año que la canción había salido y que la primera vez que la escuchó fue en el hospital dos semanas antes de que ella muriera, cuando Victoria había apretado su mano al oír esas palabras, como si quien escribió esa canción hubiera estado en esa habitación con

ellos. Juan Gabriel sacó un billete de su cartera para ponerlo en la gorra, pero entonces se detuvo, guardó el dinero de vuelta y en su lugar le dijo a Crisanto que le gustaría quedarse un rato si no le molestaba, que quería escuchar más de su historia. Crisanto levantó las cejas con genuina sorpresa, admitiendo que nadie había querido quedarse a escucharlo en mucho tiempo, que usualmente la gente o tiraba dinero y seguía caminando o no miraba en absoluto.

 Juan Gabriel se quedó ahí parado en la banqueta frente a Crisanto y un silencio cayó entre ellos que extrañamente era cómodo, como si dos almas que habían conocido pérdida similar reconocieran algo en el otro sin necesidad de palabras. Juan Gabriel pensaba en su propia madre Victoria mientras Crisanto se acomodaba apoyándose en su bastón.

 La coincidencia de ese nombre resonando en su mente como señal de que este encuentro no era accidental. Los dos hombres se quedaron ahí parados en esa calle mientras la gente seguía pasando alrededor, creando una burbuja extraña de quietud en medio del movimiento constante de la ciudad. Cris Santo comenzó a contar su historia sin que Juan tuviera que preguntar mucho.

 Las palabras saliendo como si hubieran estado esperando años por alguien que realmente quisiera escuchar. Había nacido en Oaxaca. Había conocido a Victoria cuando ambos tenían 20 años. Estuvieron casados 41 años sin hijos, pero teniéndose el uno al otro. La diabetes había llegado cuando tenía 50 años. Gradualmente le quitó la vista hasta dejarlo completamente ciego a los 62.

 Y Victoria había sido sus ojos durante 11 años describiéndole todo. Explicó que cuando ella murió no salió de la casa durante un año entero hasta que un día despertó sin poder soportar más el silencio. Ese día había agarrado el micrófono y había salido a la calle donde había estado desde entonces. Juan Gabriel escuchaba en silencio sintiendo cada palabra resonar con sus propias experiencias de pérdida.

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