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Si creciste viendo a Cantinflas… esto te va a doler más de lo que imaginas

 Una de las críticas más sostenidas,  más valientes y más inteligentes que se hayan hecho jamás al poder en México. Vas a entender por qué ciertos funcionarios de la Secretaría de Gobernación pedían informes sobre sus actuaciones en las carpas de Tepito. Vas a entender por qué ciertos productores de los estudios Churubusco se ponían nerviosos cuando Mario Moreno llegaba al set con ideas propias.

 Vas a entender por qué Hollywood cuando finalmente lo vio, no podía creer que algo así hubiera estado ocurriendo en México durante 20 años sin que nadie en el mundo lo hubiera notado. Y cuando entiendas todo eso, cuando las piezas encajen y la imagen completa aparezca frente a ti, algo va a cambiar en ti que no va a poder deschangarse porque la infancia no se puede recuperar.

 Y la inocencia de haberte reído sin saber de qué te estabas riendo exactamente, esa tampoco. Pero a cambio vas a recibir algo mucho más valioso. Vas a recibir la verdad. Hay una pregunta que nadie se hacía cuando era niño en esa sala oscura mirando a Cantinflas en la pantalla. Una pregunta tan obvia  que su obviedad misma era lo que la hacía invisible.

 La pregunta es esta, ¿por qué la gente más pobre de México, la gente de los barrios de Tepito y de La Lagunilla y de Itapalapa  y de todos los arrabales de la Ciudad de México y del país entero? ¿Por qué esa gente lloraba de risa con un personaje que era exactamente igual a ellos? ¿Por qué la miseria los hacía reír cuando la miseria en la vida real no hace reír a nadie? La respuesta a esa pregunta  es la historia entera de Cantinflas.

 Empecemos por donde todo empieza. Empecemos por el México que Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes encontró cuando llegó al mundo el 12 de agosto de 1911 en una vecindad de la colonia Santa María La Redonda en la ciudad de México. Era el año en que Porfirio Díaz abandonaba el país después de 30 años de un régimen que había enriquecido a unos pocos con una eficiencia brutal y había dejado a los demás exactamente donde estaban.

 en la pobreza, en la ignorancia forzada, en esa condición de prescindibilidad que los poderosos de todos los tiempos han necesitado que los pobres interioricen para que el sistema funcione sin demasiada resistencia. La revolución mexicana empezaba, pero las revoluciones, incluso las más genuinas, tardan en llegar a las vecindades.

 Y en la vecindad donde nació Mario Moreno, donde su padre Pedro era empleado postal y su madre María Guadalupe, cargaba el peso de ocho hijos en dos cuartos que nunca alcanzaban para tanto cuerpo y tanta necesidad. La realidad del día a día no esperaba a que terminara ninguna revolución.

 Lo que Mario Moreno aprendió en esa vecindad, lo que absorbió antes de saber leer y mucho antes de subirse a cualquier escenario, fue algo que ninguna escuela de actuación del mundo puede enseñar. Aprendió el lenguaje de los que no tienen poder. Aprendió la gramática de la supervivencia cotidiana. Aprendió esa manera peculiar que tiene la gente pobre de hablar con la autoridad, de responder sin responder, de afirmar y negar simultáneamente, de confundir al inspector, al policía, al casero, al funcionario, con un torrente de palabras que formalmente no dicen

nada, pero que comunican perfectamente lo que el hablante quiere decir, sin darle al que tiene poder ningún punto concreto al que aferrarse. No era tontería, era táctica. Era la táctica del débil frente al fuerte en una sociedad que no ofrecía al débil ninguna otra herramienta. Era la manera en que la gente de los barrios populares de México había aprendido a lo largo de generaciones a existir en un sistema que los ignoraba cuando les convenía y los aplastaba cuando se lo podían permitir.

La confusión deliberada, el rodeo interminable, el chiste que desactivaba la tensión antes de que la tensión se convirtiera en confrontación. Todo eso no era ignorancia, era una forma de inteligencia que el méxico de los trajes y los escritorios nunca reconoció como tal, porque reconocerla habría implicado reconocer que los de abajo eran inteligentes y eso era incómodo para una estructura social que necesitaba creer lo contrario. Mario Moreno lo vio todo.

Lo observó con esa atención silenciosa que tienen los niños que crecen en la escasez, que no pueden darse el lujo de no estar atentos porque la distracción en ese mundo tiene consecuencias reales. Y cuando llegó el momento de ganarse la vida, cuando la familia necesitó que los hijos contribuyeran y Mario dejó la escuela primaria para salir a la calle, llevaba ya grabado en él un archivo completo de la manera en que su gente existía.

 hablaba, resistía  y sobrevivía. Fue cargador, fue ayudante, fue lo que pudo ser, como lo fue cualquier chico del barrio en el México de los años 20, hasta que encontró las carpas. Las carpas eran el espectáculo popular de los barrios pobres de la Ciudad de México, y nadie que no haya estado en una puede entender del todo lo que eran.

 No eran teatros, no eran circos, eran espacios de libertad. Eran los únicos lugares en la ciudad donde la gente del barrio podía ir, pagar unos centavos que casi siempre podían reunir y sentarse frente a alguien que les hablaba en su idioma, que se reía de las mismas cosas de las que ellos se querían reír, que nombraba sin miedo a los mismos personajes que aplastaban sus vidas cotidianas.

 El policía corrupto, el funcionario burocrático, el patrón abusivo, el juez que tenía una balanza con dos pesas diferentes, según de qué lado de la ciudad vivieras. En las carpas, esos personajes eran ridiculizados noche tras noche frente a un público que los reconocía de inmediato y que pagaba sus centavos precisamente por ese reconocimiento y por la pequeña venganza simbólica que representaba verlos.

 Reducidos al absurdo, Mario Moreno subió a ese tablón de madera por primera vez alrededor de 1926 con 15 años y descubrió que podía hacer algo que muy poca gente en el mundo puede hacer. podía entrar en ese estado de concentración y libertad simultáneas en que el cómico de verdad existe. Podía leer al público en tiempo real y ajustar cada segundo de su actuación a lo que ese público específico necesitaba escuchar en ese momento específico.

Podía usar ese lenguaje del barrio que había absorbido durante toda su infancia y convertirlo en arte. No de inmediato. Al principio fue tropiezos reales. Noches en que el público no respondía, noches en que los veteranos de las carpas le decían con la dureza sin adornos de ese mundo que todavía no tenía lo que se necesitaba.

 Pero Mario Moreno tenía algo que compensaba la inexperiencia. Tenía material real. tenía un archivo de observación directa de la vida de los barrios que ningún cómico de origen más acomodado podía igualar porque ninguno había vivido esa vida desde adentro. Y fue en esas noches de ensayo y error en los tablones de las carpas de Tepito y la la Lagunilla donde nació el personaje.

 No fue una decisión artística, fue un proceso natural. Mario Moreno probó cosas, descartó cosas, fue quedándose con lo que funcionaba, con lo que hacía que el público de los barrios respondiera de esa manera específica que los cómicos de carpa reconocen de inmediato. No la risa cortés, no la sonrisa educada, sino la carcajada que viene del estómago, la que sale cuando algo toca un nervio tan real y tan profundo que el cuerpo no tiene otra respuesta posible.

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