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 Se burlaron de la cueva que les dieron — hasta que la nieve sepultó el valle y ellos fueron los únicos en sobrevivir

El orgullo de la madera frente a la sabiduría de la piedra

Para entender cómo llegamos a este punto de locura, hay que conocer cómo funciona la vida en este rincón olvidado del valle. Aquí la tierra no perdona los errores. Llevo cincuenta y seis años viviendo a la sombra de estas cumbres, y si algo he aprendido, es que la montaña tiene memoria, pero no compasión.

Todo empezó cuando una empresa de turismo rural decidió comprar los terrenos de la antigua solana. Construyeron seis cabañas de madera “ecológicas”, de esas que salen en las revistas de diseño de Madrid o Barcelona. Grandes ventanales de vidrio templado, vigas vistas que olían a barniz fresco, jacuzzis en la terraza… una auténtica delicia visual para el urbanita que busca “conectar con la naturaleza” desde la comodidad de un sofá mullido.

El problema es que la naturaleza no quiere que te conectes con ella de forma tan cómoda; la naturaleza te exige respeto, y si no se lo das, te lo quita a bofetadas.

Cuando llegaron los primeros clientes de la temporada de invierno, el ambiente en el pueblo ya era tenso. El bar de Tomás, el único sitio con lumbre fija y café cargado, era un hervidero de comentarios.

—Esos chalets no aguantan un invierno de los de antes, Mateo —me decía Tomás mientras limpiaba la barra con un paño rancio—. El constructor es un chaval de Zaragoza que cree que porque una madera sea de pino de Soria va a aguantar la ventisca de cara. No han reforzado los pilares del este. Como sople el cierzo con ganas, el efecto vela los tumba.

Yo asentía, dándole un trago a mi carajillo. Yo mismo había intentado hablar con el capataz durante las obras. Le sugerí, con la mejor de las intenciones, que la inclinación del tejado era insuficiente para el volumen de nieve que cae cuando el frente entra por el Cantábrico. El tipo, un ingeniero joven con un plano digital en una tableta, se rió de mí con esa condescendencia tan típica de los que creen que los títulos universitarios dan experiencia de campo.

—Abuelo —me dijo, palmeándome la espalda como si fuera un niño chico—, esto lleva doble aislamiento de poliuretano y cristales con cámara de gas argón. Esto aguanta un terremoto. Preocúpese de sus ovejas y deje la arquitectura a los que sabemos.

“Los que sabemos”, decía el muy imbécil. Ahora, viéndolos subir por el sendero hacia la Cueva de los Lamia, me daba cuenta de que la ignorancia es el escudo más audaz del ser humano.

El grupo de turistas estaba compuesto por ocho personas. Julián y su mujer, Marta; una pareja de influencers de treinta y pocos que no habían soltado el teléfono móvil hasta que se quedaron sin cobertura; un empresario de éxito con su hijo adolescente, que no paraba de mirar con desprecio mis botas de montaña manchadas de estiércol; y dos hermanas jubiladas que habían ganado el viaje en un sorteo de televisión. Un grupo de lo más variopinto, unidos únicamente por el odio común que me procesaban en ese instante.

La subida a la cueva fue un calvario de caídas, quejas y lágrimas. El camino no estaba preparado para botas de suela lisa ni para maltechos de diseño. A mitad de la cuesta, el viento arreció, levantando una cortina de nieve fina que te cortaba la cara como cuchillas de afeitar.

—¡Esto es inhumano! —gritaba la influencer, cuyo nombre creo que era Soraya, mientras intentaba proteger su cámara con una bufanda—. ¡Nos estamos congelando! ¡En la cabaña teníamos la chimenea eléctrica encendida!

—¡Esa chimenea eléctrica va a ser vuestro ataúd en dos horas! —le grité de vuelta, sin bajar el ritmo—. ¡Caminad y callaos, que el aire os gasta las fuerzas que vais a necesitar luego!

Mi opinión en este punto era inamovible, y lo digo con la certeza que da el haber visto cadáveres helados en la primavera: el ser humano moderno ha olvidado lo que es el frío de verdad. Creen que el frío es algo que se soluciona subiendo el termostato de la pared. No entienden que el frío real es un monstruo vivo que te chupa el calor de los órganos internos, que te adormece los dedos de los pies hasta que se vuelven negros y que te nubla el juicio hasta que te entran ganas de desnudarte en medio de la nieve justo antes de morir. Eso es la hipotermia, y esa era la invitada de honor que venía de camino al valle.

La Cueva de los Lamia: El refugio de los malditos

Llegamos a la boca de la cueva justo cuando la visibilidad se redujo a menos de tres metros. La entrada era una hendidura estrecha en la roca caliza, semioculta por unos matorrales secos que el hielo había convertido en esculturas de cristal. Por dentro, el panorama no era mucho mejor para unos ojos desacostumbrados. El suelo era de tierra batida, las paredes mostraban el hollín de las hogueras que mis abuelos habían encendido durante la Guerra Civil, y el olor… bueno, olía a tierra húmeda, a murciélago y a encierro.

—¿Aquí? ¿Pretendes que pasemos la noche aquí? —preguntó el empresario, cuyo nombre era Carlos, mirando el techo de piedra con pánico—. ¡Pero si no hay luz! ¡No hay agua corriente! Esto es insalubre, es tercermundista.

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