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Rechazada Por Su Esposo Y Abandonada Por Su Propia Familia, Hasta Que Una Anciana Zapoteca Se…

naturaleza decide sola. Ramiro escuchó el diagnóstico sentado en la silla de plástico del consultorio con los brazos cruzados y la quijada apretada. No dijo nada en el camino de regreso, tampoco esa noche, pero algo en él se fue apagando desde entonces, despacio, como se apaga una vela en un cuarto donde nadie entra.

 Ramiro era hijo de don Ceferino, dueño de unas tierras al norte del municipio y de una tienda de abarrotes que era la más surtida del pueblo. Cuando se casaron hacía 2 años, Elena había creído que era amor lo que él sentía. Tal vez sí lo era al principio, pero el amor de ciertos hombres viene con condiciones que no se dicen en la iglesia, condiciones que solo aparecen cuando algo no funciona como se esperaba.

 Una mañana de octubre, Ramiro llegó temprano de las tierras, se sentó en la mesa de la cocina. Elena estaba haciendo tortillas. Él habló sin mirarla, como quien lee en voz alta algo que ya tiene resuelto desde hace tiempo. Esto no tiene para dónde crecer, dijo. Mis padres necesitan que haya continuidad. Yo también la necesito. Elena soltó la tortilla sobre el comal, se limpió las manos en el delantal, buscó palabras, pero ninguna le alcanzaba para lo que estaba sintiendo.

“Tienes hasta el fin de semana para recoger tus cosas”, dijo él y se levantó a buscar su sombrero como si hubiera dicho cualquier otra cosa. Ella llegó a casa de su madre con una maleta y el pecho roto. Esperaba encontrar los brazos abiertos que toda hija espera cuando el mundo se le cae encima. En cambio, encontró una incomodidad grande, el tipo de incomodidad que tiene la gente cuando no sabe qué hacer con el problema que acaba de entrar por la puerta.

 Su madre, doña Esperanza, era una mujer buena, pero frágil de carácter, del tipo que prefiere el silencio a cualquier conversación que pueda volverse difícil. Su padre, don Leobardo, era hombre de pocas palabras y muchos principios que en el fondo le servían para no tener que sentir demasiado. Los primeros días fueron silencios largos y miradas que decían todo lo que nadie se atrevía a poner en palabras. Entonces llegaron las tías.

Llegaron con sus voces bajitas y sus consejos que en realidad eran juicios disfrazados de preocupación. Una dijo que algo habrá hecho ella. Otra dijo que esas cosas no pasan solas. La mayor, la tía refugio, que tenía esa autoridad que viene con la edad cuando se usa mal, dijo la frase que Elena no iba a olvidar mientras viviera.

 Una mujer que no da hijos es como una milpa que no levanta. ¿Para qué sirve una milpa que no levanta? Elena cerró los ojos, se metió al cuarto que le habían prestado y respiró hondo con la cara pegada a la almohada para que no la oyeran. Una semana después, su padre tocó la puerta del cuarto, se quedó parado en el marco sin entrar, con el sombrero en la mano como hacía siempre, que tenía algo difícil que decir.

 Esta casa es chica, dijo. Y la gente habla. Tú ya sabes cómo es la gente. Sería mejor si encontraras dónde quedarte en otro lado. Tengo un primo en mi Aguatlán que quizás Elena no lo dejó terminar. Está bien, papá, dijo. Entendí. Se levantó. dobló la poca ropa que había traído, metió todo en la maleta de lona azul, salió antes de que amaneciera para no tener que despedirse de nadie.

 El camino que salía del pueblo hacia el norte era de tierra colorada y polvo que se levantaba con cada paso. Elena caminó sin una dirección fija porque no tenía ninguna. Miuatlán estaba lejos y no conocía al primo de su padre, pero quedarse tampoco era opción. Entonces caminó con la maleta en la mano y el sol que subía despacio hasta ponerse con toda su fuerza en el mediodía.

 Llevaba casi dos horas caminando cuando las piernas le avisaron que ya no podían más. Se sentó en una piedra grande a la orilla del camino, puso la maleta en el suelo, se quedó mirando la vereda que desaparecía entre los encinos y los maguelles. No tenía agua. No había pensado en eso cuando salió de madrugada con la cabeza llena de todo aquello en lo que no quería pensar.

 El sol le pegaba directo y su boca se había puesto seca con esa clase de sed que no es solo del cuerpo, sino también del alma. Estaba sentada ahí sin saber cuánto tiempo, hasta que el paisaje perdió todo significado y la piedra debajo de ella empezó a sentirse como el único lugar fijo que quedaba en el mundo.

 Fue entonces cuando escuchó los cascos. La señora mayor apareció en la curva del camino montada en un burro café con unas alforjas llenas de canastos. con esa calma de quien conoce cada piedra de ese trayecto y no tiene prisa en ninguna dirección. Era vieja, de esas que tienen una edad que ya no se puede calcular, porque el tiempo en ciertas personas deja de ser un número y se vuelve una forma de estar.

 El cabello completamente blanco recogido en una trenza gruesa que le caía sobre el pecho, ropa oscura con bordados de colores en el filo del reboso, del tipo que hacen las mujeres de las comunidades zapotecas de la sierra. Cada color con su significado, cada figura con su propia historia. El burro se detuvo solo cuando llegó a la altura de Elena, como si supiera, la señora mayor la miró desde arriba, no con lástima, sino con reconocimiento del tipo que solo tienen los ojos que ya vieron esa misma historia antes porque también la

vivieron. No le preguntó qué había pasado, no le preguntó para dónde iba, solo sacó de una de las alforjas una calabaza con agua. Se la extendió y dijo en voz baja, “Primero esto, lo demás puede esperar.” Elena bebió. El agua estaba fresca, con un sabor a hierbas que no supo identificar, pero le bajó por la garganta como si todo su cuerpo la hubiera estado esperando.

 Cuando terminó, devolvió la calabaza. La señora la guardó sin decir nada. y se quedó mirando el camino al norte como calculando algo. “¿Tienes a dónde ir?”, preguntó al fin, sin voltear a verla. No dio Elena. Y fue la primera vez en todo el día que dijo esa palabra en voz alta. Y cuando la dijo, sintió que pesaba exactamente lo que pesaba, ni más ni menos. La señora asintió despacio.

 “Mi casa queda a hora y media por este camino,” dijo. Si quieres puedes venir. No era exactamente una invitación, tampoco era una orden. Era algo en medio, una puerta abierta sin presión de entrar. Elena miró la maleta en el suelo. Miró el camino al norte que no llevaba a ningún lado conocido. Miró a la señora mayor que seguía sin voltearse a esperarla, sin prisa.

 “¿Cómo se llama usted?”, preguntó. Remedios, dijo la señora. Pero todos me dicen, doña Remi. Elena recogió la maleta y se puso de pie. El camino tardó más de hora y media porque el terreno iba subiendo entre los encinos y el burro caminaba al ritmo que le gustaba, que era tranquilo y parejo, como todo en aquella mujer.

 Elena caminaba a un lado del animal. Doña Remy no habló mucho durante el trayecto. De vez en cuando señalaba una planta al borde del camino y decía su nombre en voz baja. A veces agregaba para qué servía. No daba explicaciones largas, como alguien que sabe que las cosas se aprenden mejor cuando llegan solas. Cuando apareció la casa entre los árboles, Elena se detuvo un momento.

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