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Pedro Infante vio humillar a Sara García en el set — lo que hizo dejó a todos en silencio

había llegado al foro esa mañana sin que nadie lo esperara. Su producción estaba en el foro dos, pero Pedro tenía la costumbre de los hombres que crecieron entre gente trabajadora. Le gustaba caminar por los pasillos antes de que empezara el trabajo del día, saludar a los tramoistas de nombre, tomar café con los que llegaban temprano.

 Pedro había sido carpintero antes de ser cualquier otra cosa. Ese origen no lo había abandonado nunca, ni cuando su nombre empezó a llenar las salas de cine de un extremo a otro del continente. Vestía ropa sencilla para el traslado, pantalón oscuro, camisa abierta en el cuello. Su traje de charro lo esperaba en el camerino del foro 2.

 Pero Pedro de mañana era simplemente un hombre,  un hombre que caminaba con los pies firmes sobre la tierra. Fue el tramollísta Eusebio quien lo detuvo en el pasillo exterior del foro 4. Era un hombre de 40 años con manos como tenazas. Tenía la cara de quien decidió hace tiempo no asombrarse de nada, pero esa mañana había algo en sus ojos que Pedro reconoció de inmediato.

 Eusebio le dijo que adentro estaban con la señora Sara, que el señor Reinhard llevaba un buen rato hablando muy fuerte, que los muchachos del set no sabían qué hacer. Pedro no necesitó más, le puso una mano al tramollista en el hombro y empujó la puerta del foro. Lo que vio cuando entró quedó fijado en su memoria, con esa claridad que tiene los momentos que uno no elige, pero tampoco puede olvidar.

 En el centro del decorado estaba Sara García, rodeada por los arcos de adobe falso y las vigas pintadas de la hacienda. La señora Sara, la abuelita del cine mexicano, una mujer que llevaba más de 30 años en escenarios y foros, había construido ese trabajo con todo lo que tenía, con su talento y con su voz, con una dedicación que la había llevado al extremo  de quitarse los dientes para dar mayor verdad a sus personajes.

 Nadie más habría podido hacerlo como ella. 55 años de vida que en su rostro no eran arrugas, sino historia. Estaba sentada en la silla del decorado con las manos sobre el regazo, la espalda derecha, los ojos abiertos, la boca en esa línea tranquila de quien ha aprendido a contenerse, de quien usa toda la voluntad para guardar las respuestas que la dignidad pide dar para no ceder cuando la humillación  llega sin aviso.

 Frente a ella estaba Walter Reingar. brazos cruzados, el gesto de quien lleva toda la vida esperando que el mundo funcione a su ritmo. Productor, asociado de una distribuidora norteamericana, había llegado a México con dinero de inversión y con la convicción de que el dinero era moneda suficiente para comprar cualquier cosa, incluyendo el respeto.

  Era un hombre de 50 años, rubio ya mezclado de gris. Traje claro que el calor del foro había empezado a vencer. una corbata floja desde primera hora. Hablaba en un español construido con prisa y sin afecto, mezclado de inglés, pero lo que decía no necesitaba traducción. El tono era universal. Era el tono que usan los hombres que confunden dos cosas, la autoridad que les da el dinero y la autoridad que se gana con el trabajo.

 Reinhard le estaba diciendo a Sara García que la escena no funcionaba, que la había visto hacer lo mismo en cuatro tomas y que en ninguna había logrado lo que la producción necesitaba. usaba palabras como ritmo, modernidad, mercado internacional. Con el aplomo de quien cree que esas palabras bastan para invalidar décadas de experiencia, le decía que los tiempos habían cambiado, que el público norteamericano al que querían llegar con esa coproducción tenía expectativas diferentes, que necesitaban algo más dinámico, algo más actual, algo que se

pareciera menos a las películas viejas y más a lo que el cine de hoy pedía,  y que si la señora García no podía ofrecer eso, quizás había que hablar con el director sobre elenco. Los técnicos escuchaban en silencio. Nadie movía los ojos del lugar donde los tenían fijos. Consuelo. La directora de Cena revisaba su tablero con una atención tan exagerada que era la prueba de que no estaba leyendo nada.

 Don Rafael,  el director de fotografía, inspeccionaba un filtro que ya había inspeccionado tres veces.  El director miraba hacia el lateral del foro. Tenía la cara de alguien que está masticando algo muy amargo y no puede escupirlo. Sara García no respondía. Pedro lo notó desde el umbral. Sintió que algo se apretaba en el pecho con una fuerza que no esperaba.

 No respondía porque no era el tipo de mujer que respondía a la prepotencia con palabras. Mantenía la espalda recta y los ojos abiertos, la boca en esa línea tranquila que Pedro conocía bien. La había visto antes, en el rodaje de los Tres García, 4 años atrás y reconocía con claridad lo que esa quietud costaba. No era resignación, era un esfuerzo activo y sostenido.

 Era una mujer usando toda su voluntad para no darle ese hombre la satisfacción de verla perder la compostura. la compostura que había tardado una vida entera en construir. Pedro se quedó parado en el umbral durante un momento, no porque dudara, sino porque aprendió desde joven que antes de estuar que ver bien lo que está pasando, miró a Reinhar, que seguía hablando.

 Ahora se dirigía también al director como si la señora Sara ya no estuviera presente en la conversación sobre ella misma. Miró a los técnicos inmóviles, miró a Sara García, seguía sentada con esa espalda recta, una declaración de principio sin necesidad de palabras. Y entonces Pedro cruzó el umbral del foro, no anunció su entrada, no llamó la atención de nadie, tomó una silla de las que había contra la pared, la acercó al espacio del decorado con naturalidad, como alguien que lleva toda la vida formando parte de ese espacio.

Se sentó, cruzó un tobillo sobre la rodilla y esperó. Reinhard lo notó en cuestión de segundos. Era difícil no notar a Pedro Infante, incluso cuando hacía todo lo posible por no llamar la atención. Era algo en su presencia que no tenía que ver con la fama, algo más anterior a ella, una manera de ocupar el espacio sin reclamarlo, una calma que no era indiferencia, sino exactamente lo contrario de la indiferencia.

 El productor americano lo miró con una expresión que mezclaba reconocimiento e irritación. le preguntó con la brusquedad que usaba para todo que hacía. Y Pedro respondió que descansaba un momento entre sus propios rodajes. Dijo que esperaba que no molestara. El tono era completamente neutro. No había amenaza ni cortesía forzada, simplemente la declaración tranquila de un hombre que no sentía necesidad de justificarse, pero tampoco estaba buscando conflicto.

Reingar lo estudió un instante y luego se volvió hacia el director para continuar la conversación interrumpida. Le decía que tenía que hablar con la señora García sobre sus métodos, que en el cine que él representaba no había espacio para la improvisación ni para las costumbres heredadas de una época que ya había pasado, que el cine moderno requería actores capaces de adaptarse.

 Y entonces dijo algo que cayó en el silencio del foro como una piedra en agua quieta. Dijo que tal vez el papel necesitaba alguien con más energía, alguien más joven. El silencio que siguió fue distinto al anterior, más denso, más cargado. Consuelo levantó los ojos de su tablero. Don Rafael se detuvo con el filtro en la mano.

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